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No. 19/POESÍA


 

Tres poemas



Marietta Morales

 

 

Tarjetas de navidad en los pasillos

Los pasillos luminosos
en el reflejo del pulso
cotidiano,
de esas pequeñas ruedas,
donde el sonido de los ecos
de los villancicos
retumba en los oídos,
de esas marchitas hojas,
de las ilusiones fragmentadas
en cuotas.
El baile,
de esa María Piedad de una historia
en que las piernas se encogen, por las luces de las monedas
que se entierran
en los caminos de los árboles
secos por el sol.
Las miradas de los niños
por el correr,
de esos cuentos en movimiento,
como las tarjetas de navidad
que giran en la bolsa de valores,
por el rostro de un santo.
El aroma del pan recién horneado
y el aliento de esos chicos vietnamitas.
Es sentir los ecos, ecos del culto dominical,
por las oraciones de fin de mes.
Es el Padre
que entra por los pasillos de un cine
y evoca esa Rosa Púrpura del Cairo,
por el resplandor
de ese anuncio del payaso del tío Sam.
La cocinilla
coarta ese pedazo de sueños
de los quince minutos de fama,
por las páginas de ese guión cinematográfico
que se evapora como los helados, los volantes,
las bolsas y la mirada severa de la caja registradora.
La vida es una peregrinación,
entre galletas de la buena fortuna,
bebidas perdidas en el desierto,
muñecas pitonisas,
empanadas que dibujan el monte
un anciano
que evoca esos días de campo.
Perfume baratos para apaliar la
tristeza,
de los años perdidos.
Los pasillos luminosos
son el reflejo de nuestro espejo diario,
al final del pasillo el letrero dice:
STORE OF LIFE LITTLE



El rinoceronte

Hace un milenio
que bajamos
al borde del barro,
donde vimos a un enorme
rinoceronte prehistórico
enjaulado entre hojas quebradizas,
con el cuerno al cielo
como el filo del cuchillo
que corta al mundo en dos mitades.
La humedad de su cuerpo, cayó como granizos
durante el temporal en el campo asoleado de la ira.
Los pescadores observaban a la monumental bestia
abrirse como redes en el infinito,
donde los pequeños entes anidaban
en el interior de interminables líneas
del camino de la podredumbre,
que surcan los ejércitos invisibles,
y todo descendió entre el campo ardiente de las descendencias.



Diario de motocicleta

Es el ondular
de un pequeño felino,
sobre la espalda del actor.
Los ecos de las barriadas,
los juegos
de los grifos,
en los callejones de ilusiones.
Las calles tibias,
el almacén del barrio,
del circo ambulante
de las calles de Buenos Aires.
Los anuncios del teatro
con el salto de los saltimbanquis.
Es construir
la cartografía de los versos
de una ciudadela furiosa,
en el laberinto,
de ese eje que provocó,
las miles de revoluciones,
en el corazón de una
doncella de hierro.
Los caminos de un desierto
por la vértebra de Fuster.
Reviviendo el sonido de la
Poderosa,
en el brillo de esos ríos,
que divide las manos carcomidas
por las grietas de una damisela
siniestra.
¡Fuster! ¡Fuster! ¡Fuster!,
el grito de las hierbas,
por el rostro
de esos vuelos altiplánicos.
El descender de los virus de la
portada de un diario,
tapizado por bueyes.
Las cocinerías, los mercados, el aroma de las frituras
y el reflejo de Fuster
de las crónicas de esos diarios de motocicleta.
Es el silencio de los reflectores
de la alfombra roja,
el vértigo entró por tu ventana,
en la mirada de las luces
de la vieja sala de teatro. 


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Marietta Morales Rodríguez (Antofagasta, Chile, 1973) es escritora, gestora cultural y colaboradora de la revista Cinosargo. Ganadora de la beca de creación literaria del Consejo de la Lectura y el Libro 2001 y coordinadora de Descentralización Poética en Antofagasta. Ha publicado el poemario Cartas abiertas a Serguei (2000) y El rudo alacrán de doble aliento (2008). Ha participado en diversos encuentros literarios en Chile, Argentina, Perú y Ecuador. Es editora de Ediciones Bruni.