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No. 19/CINE

 
Las cenizas de la luz


Rodrigo Martínez
 
 

Las cenizas de la luz
Director: Majid Majidi
Irán, 2005


 

majidi-carteli.jpgCegado por un accidente que tuvo a los 8 años, Youssef (Parviz Parastui) viaja a París para tratar un cáncer subocular. El profesor universitario de 45 años, padre de una niña aún pequeña, compañero de una mujer solícita (Roya Taymouriani) que toma el dictado de su marido experto en poesía persa, no sólo recibe la noticia de que no hay tumores malignos, sino que un transplante de córnea le permitiría recuperar la vista. Luego de un jolgorio con lágrimas de sangre tras saber que puede ver de nuevo, el catedrático vuelve a Irán para atestiguar una recepción soberbia por parte de familiares, colegas y pupilos. En su camino a casa viaja en el automóvil del primo joyero que financió su tratamiento y se siente atraído por una joven estudiante, llamada Pari (Leila Outadi), que lo admira por su labor académica. Convencido de que puede recobrar los años que ha perdido, Youssef intenta romper con su vida pasada, cegado por su inmadurez espiritual.

Luego de la filmación de dos documentales sobre refugiados afganos —Descalzo hacia Herat (2002) y Olimpiada en el campo (2005)—, Majid Majidi (Teherán, 1959) vuelve a la ficción con Las cenizas de la luz, un drama humanista de raigambre teológica (de allí el epígrafe al comienzo de la cinta: “A la gloria de Dios”) que aborda de nuevo el tema de la ceguera luego de Los colores del paraíso (1999). Como en otras cintas, el director de Baran (2001) recurre a una parábola que encubre por medio de metáforas contundentes y secuencias abrumadoras por su dinámica y su semántica visuales debidas al uso de un lenguaje fílmico occidental. Con un afortunado equilibrio de estos elementos, la sexta película del iraní evade el melodrama para situarse en un terreno simbólico-filosófico donde predomina la evolución espiritual del protagonista sin menoscabo de una riqueza narrativa sugerida en atmósferas y personajes.

En Las cenizas de la luz varias semillas literarias nutren su matiz metafórico. En la poesía clásica amorosa se concebía a los ojos como el vehículo genuino del amor. En esta cinta, la vista no es la ventana del afecto, sino de la madurez; pero la ceguera, como en la literatura clásica, representa sabiduría y fortaleza espiritual. Cuando Youssef recupera la vista de manera providencial, su razón se esfuma y con ella desaparece el valor de los sentidos que lo vinculaban con su entorno mientras estaba ciego. La belleza de Pari lo conducirá a una rebelión en contra de sí mismo y de su contexto. Al contemplar por varios minutos la juventud femenina, Youssef revela su debilidad espiritual. El símbolo de la ceguera adquiere significado. Mientras procura entregarse al amor que creyó descubrir a través de los ojos, el profesor emprende una transformación forzosa de su espíritu y una adquisición de la sabiduría verdadera; una maduración que, como en todo relato con raíces teológicas, no omite sus periodos de pecado y castigo.

majidi-2.jpgComo en Baran, la moral es evidente en esta cinta. Y lo es por su carácter humanista. El relato transcurre de la pena y el milagro al pecado y la condena. Este ciclo no es una lección de religiosidad, es una representación de la vulnerabilidad humana, o bien, de su inocencia permanente. Youssef convoca a Dios para recuperar la vista. Cuando el anhelo se cumple, el agraciado no tiene la fortaleza necesaria para soportar la verdad. En una secuencia de verosimilitud implacable, el profesor retira el vendaje postoperatorio por sí mismo, advierte que puede mirar a una hormiga y, luego de un lapso de incredulidad, salta frenético a lo largo del pasillo del hospital hasta que se topa con su reflejo: es ya un hombre maduro, con barba espesa, decaído y con marcas imborrables en el rostro y en las manos. Esta condición pesará en su espíritu. Youssef sabe que ha perdido la juventud. La consecuencia será la ruptura con su vida de ciego, momento que Majidi aprovecha para desplegar la narrativa de la película entre el milagro y la gracia, y la ingratitud y el castigo.

La virtud de Las cenizas de la luz es la consecución ideal de escenas que poseen los símbolos y los detalles precisos para lograr oposiciones y conflictos. Sin necesidad de recurrir a planos explícitos, la narrativa evoluciona mediante atmósferas, emociones implícitas y personajes. Hay un ritmo sereno en la etapa de gracia y uno turbulento en el tiempo punitivo. Primero vemos la época de gracia como lo hacen los ojos de Youssef: los magníficos paisajes de Irán (en establishment shots muy bien conseguidos), el rostro alegre de la hija, y el hecho culminante del milagro: el redescubrimiento de la fisonomía materna mientras la familia, los colegas y los pupilos lanzan flores, aplauden, sonríen y lloran durante la bienvenida que ofrecen en el aeropuerto. La transición hacia el castigo es el arrebato con que el protagonista busca su juventud a través de la joven Pari. Seguro de que merece algo diferente, el catedrático afirma que quiere vivir su auténtica vida y librarse del sentimiento de compasión que todos manifestaron cuando era ciego. Su esposa descubre la deslealtad y su madre advierte la ingratitud. La discordia deviene cataclismo de los valores de su vida pasada. Youssef arruina su biblioteca para derruirse a sí mismo: lanza libros y anotaciones a la fuente de su casa, mira con rencor su pasado (los ciegos lo aterran incluso) y no comprende la gracia que ha recibido desde que era invidente a pesar de su encuentro con Mortezza, un veterano de guerra que perderá la vista y quien le enseña a disfrutar el prodigio de la vida al conducirlo, ciego aún, junto a un roble fresco cerca del hospital francés.

majidi-1.jpgOtro símbolo literario moldea estos sucesos: la lluvia como señal de infelicidad y desequilibrio. Tras ser invidente por tres décadas, Youssef vuelve al mundo ya no como un niño. Ni siquiera es un adolescente, sino un hombre mayor que debe aceptar la pérdida de su juventud y la negación de su inocencia —tema ya tratado por Majidi cuando Alí, en Niños del cielo (1997), vive sólo para ayudar a los demás a pesar de su corta edad—. Hacia el desenlace de la secuencia memorable con que culmina la cinta, el profesor, humillado, herido y solo, implora de nuevo por una segunda oportunidad tras madrugar, como un vagabundo, bajo una lluvia que, esta vez, encarna la purificación; una lluvia que es como la cura contra el vacío espiritual y la carencia de sabiduría: el protagonista comprende, al fin, que no correspondió a la gracia que le habían otorgado. Esta comunión entre las metáforas y la dinámica visual de la fábula provee a la cinta de un estilo lírico-filosófico que lo acerca al poema fílmico de corte humanista; es decir, el sello característico del cine de ficción de Majid Majidi.

Con Las cenizas de la luz, el cine de Majid Majidi muestra su fidelidad al estilo iraní de filmar películas. Este director no pertenece con fidelidad a la tradición de Abbas Kiarostami (la llamada Nueva Ola del cine de Irán), cuyo pupilo más fiel en la actualidad es Bahman Ghobadi, pero domina de manera ejemplar los recursos más notables de dicha cinematografía: la parábola y la metáfora. A diferencia de otros directores, las ficciones de este autor, con excepción de Niños del cielo, no se involucran de lleno con el contexto político-social de su región, pero sus alegorías están dotadas de los mismos escenarios, símbolos y personajes (la madre con la columna dislocada en Niños de color; el hijo ciego en Los colores del paraíso; el padre cojo en Baran); del mismo temperamento y, sobre todo, de la profundidad que brinda la cultura persa tanto por su humanismo religioso como por su imaginación y su didáctica literarias.

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Rodrigo Martínez (Ciudad de México, 1982) es comunicólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha publicado en las revistas Punto de partida, El Universo del Búho, Viento en vela, La revista y Periódico de poesía (versión digital). En 2004, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Universitario Agustín Yáñez convocado por la revista Tierra adentro y el Conaculta. Ganó el premio de cuento del Concurso 35 de Punto de partida (2004) y, un año después, recibió el de crónica del mismo certamen. Coordina el Área de Publicaciones Digitales de la Dirección de Literatura de la UNAM y es profesor de asignatura en la FCPyS (This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.).