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 No. 20/CUENTO


 

Viaje de vuelta y Tetotas



Eduardo Varas


 

Para Byron Rodríguez y Edwin Alcarás



¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.
Roberto Bolaño

 

Llego al mostrador y presento el pasaje. “¿Maleta?”, me pregunta. La levanto con la mano. “Colóquela en la balanza”. Procedo. El acto es casi mecánico, sin ninguna motivación aparente, salvo el hecho de regresar a casa y descansar un poco. Los viajes se traducen en eso, en agotar las posibilidades del cuerpo para revalidar lo que uno tiene en el hogar. Algo así como el “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Uno de los tantos absurdos de la vida.

Un minuto antes estaba en la fila, detrás de una pareja que optaba por no moverse con la rapidez que requería el momento del chequeo. “Permiso”, debí decir un par de veces, emputado. No hay nada que me moleste más que interrumpir la lectura, y en esa hilera de gente con boleto en la mano me encontraba leyendo un libro de Bolaño. “Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar.” El chileno tenía razón. Entonces vuelvo al instante inicial, cuando abandoné el mostrador y acomodé mis papeles en la billetera. El libro descansa en mi mano izquierda; en la derecha, mi pequeña maleta de mano en la que llevo la computadora; así sorteé la fila de pasajeros.

cuento-viaje-foto-garytamin.jpgLa mujer de negro me llama la atención. No es hermosa, pero como para mí el atractivo se mide en función de las actividades del intelecto (una completa aberración de mi parte), descubro que puede ser la mujer más hermosa de todas. Está leyendo. La cubierta del libro es roja, quizás ella misma lo haya forrado para evitar que se ensucie, y eso le quita méritos. Pero soy curioso y camino con inocencia cerca de ella. Delta de Venus. Henry Miller en su expresión más perturbadora. Quizás forró el libro por vergüenza, no es recomendable que la vieran leyendo ese tipo de literatura, pero esa consideración es una de las tantas precisiones descabelladas que tengo.

La dejo de lado, es mejor entrar a la sala de preembarque y leer con tranquilidad. Es algo complicado estar en una ciudad como Quito. No es la primera vez que vengo, pero siempre me voy convencido de que es una urbe sobre ruedas. Salvo tres lugares en específico, la ciudad es un recinto de vehículos. Quito no se podrá salvar de la crisis cosmopolita porque necesita de carros para ir de un lado al otro. Me piden que vacíe mis bolsillos. Hago caso. Coloco la maleta de mano y mis pertenencias en una máquina de rayos equis, que analiza el contenido de lo que llevo. “¿Tiene algo de metal?”, me pregunta uno de los guardias. Niego con la cabeza. Atravieso el portal, la alarma no suena. Nunca lo ha hecho, en definitiva no sé si eso es cuestión de suerte. Siempre he sentido curiosidad porque suceda algo así, pero no es real. Un día, en Quito nuevamente, me obligaron a pasar sin mi cinturón. Esta vez no sonó la alarma y llevaba puesto mi cinturón, por lo que puedo concluir que no es de metal. Reacomodo mis cosas y entro a la sala. Está vacía. Es inevitable que la gente empiece a llegar, una a una. Lamentable.

La mujer de Miller no tarda en aparecer. El libro descansa en su mano, mientras ella busca un buen lugar para esperar. Dentro de la ley de las probabilidades será muy difícil que ella se siente frente a mí o a mi lado. Y así sucede. Encuentra un buen puesto detrás de mí. No lo lamento, prefiero seguir leyendo a Bolaño, tratando de digerir la idea de que los escritores actuales no están dispuestos a fulminar la respetabilidad social, ni mucho menos a ser un hatajo de inadaptados, sino gente deseosa de esa respetabilidad. Y vaya que sus términos fueron paradójicos, aunque hay algo bueno detrás de todo esto, Bolaño lleva muerto dos años y desde ahí puedo decir lo que quiera, ¿no? Es la misma idea que se subraya debajo de mis zapatos, especialmente después de haber recorrido Quito por la noche, en pleno centro histórico, reconociendo puntos de la historia de la Capital, gracias a los amigos que me acompañaban. Y es ahora que pienso que los cambios sociales se producen a pie. Puedo pensar lo que me dé la gana, alucinar e imaginar cualquier posibilidad del espíritu y de eso se trata todo esto. El libro es una excusa mientras imagino que la mujer se desliza a través de los asientos que están en dirección a mi nuca y no esgrime ningún detalle sobre mí. No soy indispensable, de eso estoy seguro.

cuento-viaje-foto-lusi.jpgLa Tetotas llega. La búsqueda de puesto se diluye en una caminata que la ubica directamente frente a mí. Así las distingo, grandes, redondas, jugosas, apuntando hacia la eternidad. Me pierdo en las precisiones del cuerpo, en el avance de la tecnología; pues, desde luego, no es una Marilyn, que le ganaba a todas en una época en la que no había operaciones. Pero son grandes, las dos, apuntándome y yo indefenso, salvo por el libro de Bolaño, en el que descubro que hasta un enfermo piensa en hacer el amor. Supongo que también estoy enfermo, la escritura no debe ser más que uno de los síntomas, la manifestación más próxima y evidente de lo que puede ser el mal de la clarividencia. Así, en medio de un salón casi vacío, lleno de monitores en los que se ve el desarrollo de los vuelos (el mío está a tiempo, leo), la Tetotas parece llamarme, y yo la llamo Cindy, Luciana o Dorotea, aunque este último nombre no es de toda mi simpatía. Las recubre una blusa color amarillo y sobre ella un abrigo verde agua. Lleva unos jeans azules y sandalias con suelas de ocho centímetros de grosor. En realidad la Tetotas no es alta, pero eso no importa, sentada puedo verlas bien, mientras me hago el lector atento, lleno de las líneas de Bolaño, pero la Tetotas puede más que cualquier criterio, especialmente cuando se agacha y abre su maleta para buscar algo. El escote es pronunciado y puedo ver su textura completa, el trabajo del cirujano, el sostén que no las sostiene y simplemente lucha por su vida. Los pezones sobresalen, quizás hayan desarrollado insensibilidad, no lo sé. Pero tengo el espectáculo para mí, nadie más alrededor. La Tetotas se da cuenta de que la estoy viendo, es lógico, sería imposible que no se percatara. Entonces suena su teléfono y contesta. Escucho su voz, el acento tan característico de la Sierra, y saluda a alguien. Parece ser deportista, pronuncia algo de una carrera, atentamente trato de dilucidar sus susurros, porque en momentos su conversación se vuelve una simple exhalación. Imagino que la mujer de Miller sigue detrás, envuelta en la lectura de Delta de Venus, pero no me importa. La Tetotas puede más, así como el frío, la caminata por las calles que se llenan de turistas pero permiten un paseo tranquilo. “Esto estaba lleno de prostitutas”, dijo uno de mis amigos. “Limpiaron esto y se fueron para otros barrios.” Asentí con la cabeza. Las prostitutas están en otros lugares, dispersas, quizás por eso esta ciudad no es para caminarla, ya quitaron a las putas, no hay razón para hacerlo. Recuerdo que al pensar aquello me dio un ataque de risa. Entonces las casas ya no eran lo que parecían, sino un juego de imágenes, como la casa de la tía de uno de mis amigos, donde pasaba los fines de año cuando era adolescente. Ahora es sólo envoltorio; adentro, un centro comercial. Así como la Tetotas que está frente a mí, quizás realmente quepa en mis manos, pero lo que veo no entraría en ningún lado. Mi boca quizás se canse de besar una por una o morder los pezones, lo que sea. Cindy puede tener una imagen complicada, más que Luciana o Dorotea, aunque ya dije que ese nombre no me simpatiza del todo.

cuento-viaje-foto-tania64.jpgLa Tetotas se agacha, busca algo en su maleta que no logro distinguir, pues yo sigo leyendo a Bolaño, que explica cómo desconoce a los escritores y critica a los que venden bien. Cómo quisiera ser uno de sus criticados, pero eso es imposible porque él ya está muerto. Así como ese cuerpo que tengo frente a mí y que ha dejado de ser cuerpo, sobre todo por esas descomunales tetotas que de un momento a otro me han hecho olvidar de la mujer de Miller, que de seguro es más atractiva. Ojo, estas tetotas no son tan desagradables, simplemente no se las puede abarcar con toda la mirada y eso es despreciable bajo cualquier circunstancia. Es como esa caminata por la ciudad, en medio del frío y de la gente que iba de un lado al otro. El centro histórico es tan distinto con relación a otros lugares. Por televisión Quito es inalcanzable, la realidad es otra. Ahí estaban los edificios, desprovistos del griterío mañanero, calzados hasta el cansancio por un estilo barroco que no logra descontarse del todo con una pequeña mirada. Así está ella, la Tetotas, abominablemente atractiva, pero reaccionaria; aunque debo decir que son mejores que las de esa brasileña que sale en televisión, ella parece que las tiene en el ombligo, especialmente cuando viste blusas de tiritas, que no le favorecen. En cambio, a Cindy, Luciana o Dorotea todo le luce y llama la atención. Es muy probable que esa ventaja no sea proporcionada, pero de eso se trata, de no pedir más. Por lo general es así, quizás la mujer de Miller me esté llamando y yo prefiera a la Tetotas, y mientras espero el vuelo no tengo más que pensar y leer a Bolaño, buscando la manera de llevármela al baño y amarla. Pero una cosa es segura: este último pensamiento es completamente estúpido.

cuento-viaje-foto-mapelc.jpgLa gente ha empezado a llegar. Hablan con ella, que ya se ha sentado y revisa algunas fotos en su cámara digital. La gente empieza a ubicarse alrededor. Son atletas, sus cuerpos los delatan. Comentan sin ningún inconveniente que en Guayaquil la maratón será extenuante, y me quiero reír. Si mi deseo fuese importunarlos, de seguro que lo haría, pero los escucho. Supongo que lo mismo hace la Tetotas, ignoro si el desarrollo de los acontecimientos interese a la mujer de Miller, lo más probable es que no sea así. No importa. Todo se reduce a gestos sin sentido que reverdecen al vaivén de la espera, Bolaño y la Tetotas. “¿Te has preparado?”, pregunta uno. “Todos los días”, responde el aludido. Entonces imagino mi entrada triunfal. “Si piensan que correr en Guayaquil es una prueba de resistencia, permítanme reír.” Pero no es algo que diría; en sí no podría hacerlo. Sin embargo, mi mente continúa en el gratuito proceso de elucubración. Ellos me miran, los observo hasta cansarme y hablo nuevamente. “Esta ciudad es más larga, si quieren probar su resistencia, háganlo acá.” Pero ella, la Tetotas, se mueve otra vez. No hay flacidez en esos promontorios. Todo está colocado donde debe ir, en la dureza, en la superficie elaborada con ahínco. Está agachada otra vez. Ahora todos callamos, somos víctimas del embrujo del escote. Nos miramos y sonreímos. “Pasajeros de Ícaro, vuelo 343 con destino a Guayaquil, por favor abordar por la puerta dos.” Los movimientos se magnifican en la sala. Me quedo solo con ella, Cindy, Luciana o Dorotea frente a mí. Las puertas se abren y el frío ingresa. Dejo el libro a un lado. Bolaño habla desde la muerte sobre la enfermedad y el examen que se practicaba a diario para saber si estaba mal o no. Algo así como esta situación inherente a mi perspectiva de vida. Pues si de alguna manera escribo es porque sin duda estoy lleno de ese despropósito de no ser yo, sino otro, en medio de Quito, sin morirme de frío, perdido en las tetotas como las calcomanías de los buses guayaquileños, donde un orejón y narigón se pierde en una mujer, aunque sea en sus nalgas inconmensurables, difíciles de describir en un arrebato de pensamiento. “Pasajeros de Aerogal, vuelo 066, con destino a Guayaquil, por favor abordar por la puerta tres.” Me llaman y debo subir al avión. La Tetotas se levanta y me doy cuenta de que toda su estructura se pierde en las tetotas, que de ahí hacia abajo no hay nada. Cierro el libro, junto las manos y pienso en la Iglesia de la Compañía, en el Banco del Pichincha, en el Embassador, el Majestic, los edificios comprados gracias al Fondo de Salvamento, en los escondites de Carlos Julio Arosemena para tener a sus mujeres, en todo. Bolaño pudo haber sido un genio y esa mujer, la de Miller, que ahora se ha dado cuenta de que llevo un libro entre los dedos, me mira con deseo. Está vestida de negro, y siento esa atracción que lo único que consigue hacerme pensar es que en treinta minutos estaré de regreso, espero.

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Eduardo Varas (Guayaquil, Ecuador, 1979) es escritor, blogger y periodista. En 2007 publicó su primer libro de cuentos Conjeturas para una tarde. En el 2008 formó parte de la antología on line El futuro no es nuestro, realizada por Diego Trelles para la revista colombiana Pie de Página. Actualmente prepara una novela y administra su weblog Libros, autores y riesgos en http://masalladelibros.blogspot.com.