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No. 20/RESEÑA


 

Lo inesperado en la literatura de David Coronado



Laura Zúñiga Orta



 

Bocado de sal
José David Coronado García
Edición de autor


portada-coronado.jpgHay algo de prosaico en la escritura de David Coronado. Algo que lastima. Algo indefinible que germina en su mirada profunda —un poquito salvaje, de indomable ternura— y que termina en la punta de sus dedos; en el momento en que sus yemas rozan el teclado y dan a luz fantasmas. Los suyos, los colectivos: los de todos que son también los de nadie. Fantasmas que habitan sus poemas y su prosa, con la sonrisa indefinible del que ha devorado sin pensar, un Bocado de Sal, justo como en el título de su primer libro.

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José David Coronado García nació el 25 de mayo de 1974 en la Ciudad de México. Cuando tenía siete años, la familia se mudó al municipio mexiquense de Xalatlaco. David realizó ahí sus estudios básicos y tuvo su primer contacto con el arte: un grupo de baile folclórico al que se unió durante la preparatoria. A los diecisiete años regresó al Distrito Federal y comenzó a asistir a talleres literarios, movido por una profunda necesidad —y placer, habría que agregar— de comunicar. "Quienes me conocen saben que hablo mucho, que platico mucho. Me gusta relacionarme con las personas, ese es un pretexto: poder llegar con gente que no conozco y hacerles saber parte de lo que pienso, de cómo veo las cosas", dice Coronado.

Una de las motivaciones de este joven escritor es el lenguaje: "me gusta el idioma, me llama mucho la atención las posibilidades comunicantes que tiene". Con su mano derecha, David sostiene su cabeza y un delicado sin filtro; entrecierra los ojos y agrega que quiere seguir explorando el lenguaje. Hacerle el amor.

Otro motor es la vanidad de este hombre que siempre viste de negro y deja la ropa colorida para los días en que está triste o de mal humor. Por si fuera poco, David es un ojete. Lo acepta entre cínicas sonrisas, "me gusta lastimar, entonces, me gustaría envenenar a quien se deje". Por eso escribe, para eso escribe. Y vaya que consigue lastimar, envenenar: sin otra arma que el lenguaje, David Coronado se dedica a darle fregadazos limpios a quien se ponga enfrente.

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Como muchas de las buenas cosas de la vida, Bocado de Sal surgió de manera completamente inesperada. Los textos nacieron durante una época muy difícil, "son en su mayoría textos extraídos de las vivencias de Coronado, no es autobiográfico pero surgen durante una época muy cabrona para mí. Tenía una crisis espiritual, económica, de valores. Estaba dado a la chingada", explica David mientras se rasca la cabeza rapada.

Paulatinamente comenzó a dejar la mala racha y en su camino encontró personas que le permitieron hacer lo que quería y le abrieron las puertas. Un ejemplo fue el Museo José María Luis Mora, de Ocoyoacac. David conoció y trabó amistad con la entonces directora —Gisela Neri—, una mujer sumamente sensible a las manifestaciones artísticas y, además, "entusiasta partidaria de las causas perdidas, de las espinas y de la generosidad con los amigos", quien finalmente le ayudaría a publicar.

El resultado es este Bocado de Sal, un híbrido un tanto descuidado —a decir de David—, ya que con la oportunidad en las manos "me emocioné y metí de todo. Se ve un poco revuelto, aunque quise mantener la esencia de mala leche con los que algunos textos están hechos".

Mala leche quizá sea el binomio perfecto para describir este primer trabajo formal: David señala que el libro le roba algo de cinismo al autor y vuelve a reconocer "sí, soy ojete. Con excepciones, soy capaz de estar muy, muy involucrado con algunas personas y alejarme sin dolor alguno, sin extrañarlas y sin remordimientos. No sufro".

David no sufre: goza. Y goza más si hace daño. Le gusta señalar las cosas que nadie ve; procura encontrar el lado divertido, sarcástico, de la situación más desgarradora. Sal para hacer cicatriz, después de todo.

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"A mí no me interesa ser cuentista ni novelista ni poeta. A mí lo que me interesa es escribir, echando mano de todas las herramientas", dice David, a quien también le importa un cuerno la crítica, pues no cree en ella. Lo importante es la pasión más que la técnica o, mejor aún, el matrimonio perfecto.

En todo caso, Coronado declara que prefiere ser "un oscuro escritor marginal. Un tipo raro, triste, con esa maldita pasión". Y eso es más que suficiente.

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Laura Zúñiga Orta (Toluca, 1982) estudió Comunicación. Actualmente cursa la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Escribe la columna semanal Intersticio, en el diario mexiquense Portal. Es miembro activo del Centro Toluqueño de Escritores y colabora en la publicación digital de éste (www.ctescritores.org.mx). Fue ganadora dos veces del concurso de cuento corto organizado por ITESM, campus Toluca. Publicó el libro de cuentos No tiene nombre el paraíso (Centro Toluqueño de Escritores, 2007).