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 No. 21/CUENTO


 

Una flor encendida



Alejandro Badillo


 
 

 

I

Turbios los ojos y los sentidos al aire, el perfumista buscaba revelaciones. En su tienda, todas las noches, lejos de alborotos, improvisado el laboratorio bullía. También algunos frascos calentados por llamas azules. En medio de la penumbra, las azulosas iluminaban su cara y en su mirada una inútil victoria. Porque las esencias eran efímeras. Porque el tiempo actuaba en ellas. Como el humo disperso del café. Como morosa nube que pierde su forma. Es verdad que el perfumista era hombre viejo. Pero en los olores gozaba y rejuvenecía. Y entonces, gota a gota, con altas palmadas, con nuevos olores, encendía su locura.

cuento-unaflor-philedon.jpgEn las tardes el perfumista bajaba al pueblo y bebía absenta en el Cuervo Rojo. En la segunda ronda se quitaba el sombrero, inclinaba la cabeza y le hablaba a su bebida, el hada verde de los maniacos, de los poetas. El perfumista enverdecido alzaba la voz y proclamaba su fuego, sus contenidos ardores. Y los parroquianos lo miraban y sus risas eran tan ruidosas que parecían rojas. Transfigurados en la penumbra, rabiando en el Cuervo Rojo, eran densos diablos bailando en las sombras, empuñando tenedores como afilados tridentes, en ristre. Quizá en esas noches la verdosa hacía al perfumista inmune a las burlas. Le entumía el alma para ensimismarlo y alejarlo de las voces y del escarnio. Como un guiñapo, envenenado por tanto verde, el perfumista caminaba después por las calles. Insultaba a la luna, a los rijosos diablos, a su sombra. La tormenta de absenta terminaba en su cama con estertores. El vaho del alcohol tan fresco era, casi fosforescía en su boca. Y el cuerpo, encallado entre las sábanas, se anegaba en el dócil sueño, en la penumbra.




II

Murió el silencio en el cuarto. El perfumista dio locas vueltas en la cama. Como herido de muerte. Como si habitara un lecho de encendidos carbones. Tomó un vaso de agua. Frente al espejo hizo el triste inventario de su cuerpo. Se lavó la cara. Se examinó, uno a uno, los dientes. Los pelos blancos fulguraban en la luz. Ésta, a su vez, también incidía en las arrugas, en la barba. En las mañanas que seguían a las juergas sentía alboroto de mundo en el cuerpo. Como muchos pájaros a un mismo tiempo en el pecho. Un temblor casi caliente en las venas. Cosquilleos en la nariz.

Después de vestirse abrió su negocio. Quitó el polvo de los instrumentos, de las precisas herramientas. A pesar de los temblores conservaba diestras las manos. Ordenó goteros y colorantes. Hierbas y minerales. Se sentó a esperar clientes. Suspiraba como santo. Miraba la vida triste del pueblo. El silencioso transcurrir de los gatos, rodeado de frascos, de los reflejos que brotaban en ellos. Alrededor de él, como luciérnagas, sus imaginaciones.

Una mujer atravesó la calle y entró al negocio. El perfumista miró su rostro de nieve. La mujer husmeó con el perfil fino, casi dibujado a tinta en el resplandor de la calle. Bosquejado también, su rostro, en el tiempo; enmarcado con un sombrero antiguo. En el mostrador la mujer inclinó el torso. La luz le llenó los ojos. Por la invasión de luz, la mirada más plena, que se le quedó mirando, apenas pestañeando, intacta. El perfumista se acercó. En el pecho de la mujer percibió un olor dulzón, como el de las desbordadas frutas que en sus sueños tocaba. Ella inclinó aún más el cuerpo. El olor, esta vez, más sutil. Una mueca de satisfacción dejó expuestos los dientes; los labios codiciosos y llenos.

—Me informaron que su tienda es la más surtida de la región —le dijo.
—Tengo muchas variedades, es cierto —respondió el perfumista
—Busco este perfume —indicó la mujer extendiéndole un papel.

El perfumista no pudo leer el nombre. La caligrafía era extraña. Casi un dibujo. Ahí no había letras sino flores, pálpitos rojos y verdes, ramas enredadas hasta la locura. Vocales, sílabas extrañas, incluso gruñidos intentó el perfumista. Pero no quiso negar el perfume a la mujer. Quería retenerla y seguir bebiendo sus olores. Se caló los lentes y se dirigió al fondo de la tienda. Fingió revisar frascos, la balanza, los minerales pulverizados en el mortero. Pero sus pensamientos hervían. El fuego en el cuerpo lo afiebraba. Con gesto adusto trazaba con las manos rutas imaginarias en los anaqueles. Pero la búsqueda artificiosa y la impaciencia de la mujer, bullendo al otro lado del mostrador, lo hicieron regresar.

cuento-unaflor-bongani-.jpg—No tengo ese perfume —confesó, al fin, derrotado.
—¿No lo tiene? —replicó ella.

El perfumista negó con la cabeza.

—¿Lo podría conseguir?
—Voy a intentarlo —mintió.
—Regreso después —dijo la olorosa.




III

Esa noche en el Cuervo Rojo, débil trazo en la mesa, el perfumista. El hábito de pensar en los olores de la mujer lo había desgastado. Sus breves palabras, también. En las manos tenía el papel con el impronunciable. Pero cada vistazo a los colores, a las líneas, lo aguijoneaba. El Cuervo Rojo emitía un débil murmullo y en su barra empezaban a dispersarse los diablos. El humo de la absenta permanecía en el tiempo y le velaba el rostro y los labios. Humoso, el perfumista, sentía sus pensamientos como torpes peces nadando en el fondo de su copa. Los últimos diablos, con los ojos constelados de alcohol, brillosos por la locura, salieron del Cuervo Rojo. ¿Cómo conseguir el perfume que quería la mujer?, ¿cómo retenerla para beberse por completo sus dones? Fatigada la mente, empezaba a jugar el juego de la verdosa. Pero la absenta ya no era consolación, ni bandera de guerra, ni motivo para el abandono. El perfumista pidió la cuenta. Al salir del lugar, a la distancia, el Cuervo Rojo titilaba en la noche. Su anuncio neón, la figura viva del pájaro, aleteaba en la oscuridad

El perfumista se dirigió a su tienda. Las banquetas lustrosas por la noche. Los gatos en las esquinas, en los tejados, en su coro. Después de unos minutos, el perfumista la vislumbró a lo lejos, al final de la calle. Junto a un farol, como atraída por la luz, inmóvil falena, la mujer lo esperaba. La olorosa tenía el mismo vestido. El perfumista apresuró el paso. Llegó a su encuentro con latidos violentos; la sangre, una estampida en las venas.

—Necesito el perfume —dijo la mujer.

El perfumista no pudo contestar. Recobraba apenas el aliento. Pero a pesar del cansancio, sus sentidos ciegos a las cosas del mundo iban en pos de la fragante, de la nube de olores que la envolvía.

cuento-unaflor-l_avi.jpg—¿Lo encontró? —preguntó la impaciente.

El perfumista negó con la cabeza.

La seguridad había abandonado a la mujer. Como al borde de un precipicio, temblaba su voz. Urgidos los ojos, los labios llenos.

—Vamos a la tienda —dijo, al fin, el perfumista —a lo mejor alguna combinación puede dar resultado.

Sus cuerpos avanzaron en la noche. Breves sombras ungían el cuerpo de la mujer. El perfumista caminaba a un lado, sin despegarse mucho, como mosca atraída a la miel.

El perfumista abrió la cortina, prendió las luces. Los frascos alineados, con nuevos colores, por la artificiosa. Líquidos ambarinos, púrpuras y dorados. Reproducciones de plantas oriundas de Asia. Algunas encontradas en islas imaginarias, rodeadas de océanos profundos. Un tesoro en la tienda tenía el perfumista. La mujer dejó su bolsa en una silla y pasó al otro lado del mostrador.

—Debe ser algo de rosas, de sándalo —dijo el perfumista—. O una flor muy rara que poliniza una extraña suerte de insecto —pensó en voz alta—. O una esencia que brota al azar —finalizó mientras iba al fondo de la tienda.

La mujer, inmune a su soliloquio, se acercó a los frascos. Mientras miraba sus labios, toda ella, suspendida en la fiebre. Leía una a una las etiquetas. El vestido dejaba al descubierto una parte de la espalda. Los cabellos derramados en ella abrevaban su resplandor. Un ascua era su alma mientras recorría los anaqueles. El perfumista, a poca distancia, distinguía en su respiración una rara orquídea, una especia añorada, una flor cuyo nombre le provocaba insomnio. La mujer, impaciente revisó manuales, consultó amarillos recetarios, pesados libros. Mientras ella investigaba, el perfumista instigado por su provocación se acercó aún más. Pero lo hizo tímidamente. La mujer se dio vuelta:

—Espere —dijo y se acercó al perfumista.
—¿Qué pasa?
—No se mueva.

A las solapas de su saco dirigió la mujer su investigación. El rostro subió después por los botones de la camisa, el cuello almidonado y recto.

—No es posible, usted lo tiene —dijo.

La mujer festejó su descubrimiento. Parecía niña iluminada, al borde de la locura. Con vivas palmadas festejaba.

—Después de tantos años —dijo dando vueltas.

El perfumista se quitó el saco. Lo examinó con minucia. Pero no encontró ningún olor. También su camisa. Como negado a ese olor. Como si éste, en breves segundos, se hubiera evaporado. Sin embargo, la mujer era un sol.

—Debemos darnos prisa —dijo.
—¿Qué hay que hacer?

La mujer no contestó. Sólo empezó a desnudarse.  Pronto en una silla el vestido abandonado. Los zapatos. El encaje de la ropa interior, un destello en los ojos del perfumista. El cuerpo de la mujer expuesto como una lámpara apenas oscurecida por la sombra del pubis.  El perfumista maravillado percibió que en el talle le crecían los aromas. El origen de ellos ahí, en ese mundo ignoto que ahora descubría. En la tienda se desperdigaron los aromas de la mujer, como luces, como esquivos insectos. El perfumista miró los blancos senos. Los pezones. Las aureolas dibujadas por la penumbra. Toda ella era la llama de una vela. El perfumista se quitó, tembloroso, la ropa.

cuento-unaflor-sumeja.jpgLa mujer hizo espacio, tiró el mortero de una mesa. Viejos cuadernos con recetas, escobillas, palas, terminaron también en el suelo. Libre la mesa, entonces. Lista para los ardores. La mujer se acostó. Flor que atrapa a un insecto, atrajo al perfumista. En el ambiente flotaba la fiebre de ella, la que pronto contagiaba al perfumista y lo hacía subir con dificultad a la mesa. El rojo pulsando en las entrañas. El cuerpo desnudo de la mujer, fresco como fruta, como madera recién cortada. El ombligo profundo. Tal vez ahí, pensó el perfumista, mientras lo besaba, estaba la clave de los olores. Abandonado al deleite, sobre ella, con los ojos cerrados. La mujer guió al impaciente, al de las manos tiesas y temblorosas. Lo ablandó en los densos muslos. Después el perfumista, más libre, se internó en el bosque. A la distancia, enredados los dos, como un nombre imposible, como el buscado perfume. Y los dos brillaban. La mesa se tambaleó. Un frasco más cayó al suelo y dejó un indeleble rastro en la madera.

El perfumista penetró en los olores. A cada movimiento, lluvia de ellos tenía. También más joven era cuando, la quejosa entre sus brazos parecía desbaratarse. De papel era la mujer con cada acometida. Después de unos minutos, el goce de los olores terminó. El perfumista se dejó caer como desprendida hoja, a un costado de ella. Un coro tenía encima. Lo que los hombres deben sentir antes de entrar al cielo. La mujer se bajó de la mesa. La pedacería de vidrio, herida de luz, en el piso. Toda ella sudaba. La respiración le afilaba las costillas. Más evidentes los pechos. Más viva por el sexo, la olorosa. Como flor seca de pronto agotada con agua. El perfumista, embebido aún, se puso los pantalones. Tenía aromas por todas partes. En las manos. En las canas. En los brazos calientes. No se acordó de la esencia buscada por la mujer. Sólo podía pensar en el calor, en los incandescentes restos de una fogata. La mujer seguía desnuda. Se sentó en una silla. Meditaba. Sus pies muy blancos parecían lunas en el piso. Después de unos momentos, le preguntó:

—¿Tiene cerillos?

El perfumista fue al mostrador y le alargó una caja.

La llama brotó fácil al primer contacto. La mujer la protegió con la palma de su mano. Como ánima en cueva oscura. Como espontánea y diminuta estrella. Después tomó un mechero y contagió de oro la punta. Los dos estuvieron unos segundos mirando la llama, encandilados.

—Mira, perfumista —dijo la mujer con una sonrisa, acercando el mechero al encendido sudor de su cuerpo— éste es el secreto de la esencia, el que he esperado toda la vida, el único que me falta.

La llama se encaramó al cuerpo blanco. El perfumista intentó con un trapo apagar a la mujer. Pero el fuego era pleno. Amante voraz. Como ardiente sudario brotaba. La flama grande y la mujer un débil pabilo. No hubo gritos, quejas, invocaciones. La mujer silenciosa ardía. De cuclillas, invadida, mirada a su alrededor, asombrada. Después de unos instantes el sitio del fuego ocultó casi todo su cuerpo. Pero a pesar del fuego no ardía la olorosa. Y no había chispas, ni leves pavesas volando. El perfumista, los estantes, los frascos, testigos. La tienda un vertedero de luces. No había denso humo.  Ni olor a quemado, ni oscuros nubarrones. En el ámbito sólo fina niebla crecía, cundía entre papeles, cuadros, estantes. Como dos brasas los ojos de la mujer. La niebla comenzó a llenarse de azahares, de rosas, de orquídeas. El perfumista incluso encontró, en el cúmulo, la absenta que había bebido esa misma tarde. Percibió, en la niebla, un nuevo olor. La mujer aún pudo mover la mano derecha y atrapó un poco. La llevó a la nariz. Sonrió. Fue lo último que pudo ver el perfumista de la ardiente. Atrapar el olor era inútil. El perfumista pensó, esperanzado, que el olor era tan intenso que quedaría impregnado en los frascos, en los instrumentos, en los papeles. Pero la esencia, como la muerte, era efímera. El tiempo pasó y el olor fue absorbido. Pero la niebla perduró durante días y era tan densa que el perfumista a veces sentía que le besaba los labios. 


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Alejandro Badillo (Ciudad de México, 1977) reside en Puebla desde 1986. Ha publicado cuento en diversas antologías, en los suplementos culturales de los diarios Síntesis, Cambio e Intolerancia, y en la revista Crítica, de Puebla. En 2007 fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de Jóvenes Creadores. En los años 2006 y 2007 ganó la cuarta y la primera mención honorífica en el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción convocado por la Secretaría de Cultura de Puebla. Tiene publicado el libro de cuentos Ella sigue dormida (Fondo Editorial Tierra Adentro).