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 No. 21/CUENTO


 

Festival de la cultura 



Eduardo Uribe


 
uribe-2.jpgTendrías que haberlo visto, era repugnante. Qué bueno que llegaste tarde, vienes a la hora y te toca el numerito completo. Yo desde que lo vi dije éste se trae algo. Andaba de lo peor, de seguro venía hasta su madre, de otra forma dudo que se hubiera atrevido. Toda su ropa negra, llena de parches, picos y estoperoles, iba con una cresta azul, muy anarquista, muy punk, según él, y con sus botas de plataforma como para matarte de una patada. Ay, no, tendrías que haberlo visto. Ya me habían dicho que andaba por allí un tipo medio sospechoso, que había llegado desde la mañana y que se detenía en cada una de las instalaciones, como si estuviera supervisando. Al principio me pareció raro que un punk anduviera en el festival, pero total, me dije, la cultura es para todos, igual así se cultiva tantito y se rasura las mechas. No le presté más atención, no lo volví a ver sino hasta que empezó el discurso inaugural. El sonido estaba bien, el público estaba atento. Sin embargo no me quedé tranquilo y cada tanto buscaba al punk entre la gente. Era fácil ubicarlo, con esa cresta, se había preparado para hacerse el gallito. Una farsa, un montaje. Se paseaba por la zona de libros. Yo volvía los ojos al templete, pero ya nada más estaba atento a lo que podía pasar. Miraba de uno a otro lado de la explanada. Tenía la impresión de que algo iba mal, aunque no supiera qué. Y dicho y hecho, a mitad del discurso de bienvenida, el punk, que seguía entre las mesas de libros, abrió su mochila, sacó un bonche de volantes, y los empezó a repartir. La gente se le quedaba viendo, yo observaba su reacción. Salazar, desde el templete, hacía una invitación al público para que participara en los eventos del festival. Yo creo que Salazar no se había dado cuenta de nada, porque siguió con la misma parsimonia hasta el fin, hablando del impulso que se estaba dando a la cultura. Después de los aplausos, Duque se acercó al micrófono y recordó que la actividad inaugural era la obra de teatro. Pues sí, al final abrimos con el montaje de Claudia, ya sabes, compromisos, con todo y que desde el principio criticamos que los actores estuvieran obligados a usar micrófonos, con tal de que el estreno mundial fuera en la explanada del festival. Cuando me di cuenta, el punk ya había llegado frente a mí, me dio su volante, lo miré para ver qué decía, puras mafufadas, se lo devolví, y que se me ocurre decirle que esto no era una marcha. No lo hubiera hecho, creo que era lo que estaba esperando. Que se suelta contra el sistema, los conservadores, los esquemas y el orden. El mismo rollo de siempre. El problema es que empezó a alzar la voz y a alterarse. Entonces Duque bajó del templete. Desde las escaleras me vio pidiéndole al punk que se calmara. Los reporteros acorralaron a Salazar. Duque los evadió, atravesó el pasillo. El punk me dio la espalda, y el cabrón que sigue repartiendo los volantes y que se echa un speech. Puta, no mames. O sea, imagínate al pendejo gritando contra el gobierno, y con Salazar junto al templete. Por fortuna, Duque se encontró con el punk y le pidió un volante. Ya sabes que es muy hábil y contuvo el escándalo. Porque para entonces la seguridad se había acercado. No me pongas las manos encima, gritó el punk al policía que se le había puesto al lado. Hasta eso, la gente más bien estaba desconcertada, aunque allí sí se tensó el ambiente. Duque calmó a la policía, leyó el volante y le dijo al punk que nadie estaba en contra de lo que decía, pero que ése no era el lugar para hacerlo. Estuve de acuerdo con Duque. El punk se nos estaba saliendo de control, y la policía casi se le echa encima. Salazar venía por el pasillo. Tranquilos, repitió Duque, poniéndose entre el punk y la policía, tranquilos, te vas a calmar, no quieres que te toquen, ¿verdad? Duque le dijo que cada cosa tenía su lugar y su momento, y que ésta no era la ocasión adecuada, que esto era un festival de cultura, no un festival de política. El punk nos dio la espalda, nos dejó hablando a solas, siguió repartiendo sus pinches volantes. Los policías se nos quedaron viendo, Duque allí en medio, agitando la mano, pidiéndoles en voz baja que se quedaran en su lugar. Déjenlo, pedía la gente que estaba al lado, no está haciendo nada. Salazar llegó junto a nosotros y preguntó qué pasaba. Nada, qué podía pasar. El imbécil siguió con sus volantitos, lo bueno es que ni se le acercó a Salazar, y ella ni cuenta se dio, o hizo como si no se hubiera dado cuenta, después lo sabremos. Puta, de la que nos salvamos. uribe-1.jpgAh, es que tendrías que haber leído lo que decía, ya sabes, esas cosas que dicen los tipos sin inteligencia, y además muy irónico, aferrado con que el sistema, los presos políticos, los desaparecidos, la explotación, echando pestes contra el ejército y el gobierno. Imagínate, el idiota iba repartiendo esa porquería. Y todavía la policía nos preguntó si lo agarraban. Duque les dijo que nada más le echaran un ojo, que era inofensivo, que nada más iba a hacer su escenita y que nos dejaría en paz. Por fortuna los visitantes más bien se espantaban con el punk, recibían el volante, pero no lo tomaban en serio. Luego todo estuvo listo para que comenzara la obra de teatro. Dieron la primera llamada. Duque le pidió a Salazar que nos acompañara a la recepción y preguntó si ya estaban listos los bocadillos.

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Ilustraciones:
Soundgroov, www.sxc.hu
Weatherbox. www.sxc.hu


Eduardo Uribe (Ciudad de México, 1980) es poeta, narrador y traductor. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Fi­losofía y Letras de la UNAM. Ha publicado en revistas como Punto de partida y Periódico de poesía; poemas suyos aparecen en la antología Un orbe más ancho. 40 poetas jóvenes (1971-1983) de las Ediciones de Punto de Partida, colección que también publicó su primer libro de cuentos: Infiernos particulares (2008). Actualmente cursa la maestría en traducción en el Colmex y es becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en el rubro de poesía.