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No. 2/CUENTO

 
Luz en la casa


Sergio Loo
 

amanecí sombría, dicen, llena de luz, nací sombría

Hernán Lavín Cerda

 


Claudia veía Plaza Sésamo cuando Adriana, su madre, bajó las escaleras con paso lento y cansado, con los ojos brillando como un chorro de agua cayendo a un estanque. Teresa, la madre de Adriana y abuela de Claudia, la miró.

—Ay, hija, otra vez no dormiste... Te voy a servir el desayuno, ándale, siéntate. Tu padre ya se fue.
—¿Adónde?
—Quién sabe.

Adriana sintió un poco de alivio cuando dio el primer bocado de arroz y sintió algo caliente en el estómago. Bostezó. Si fuese por ella se ocultaría nuevamente bajo las cobijas, perdiéndose en un sueño profundo, donde nadie pudiera encontrarla. Giraba la cuchara en la taza de café con desgano, miraba el agujero que se formaba en el centro del oscuro líquido. Imaginaba una pequeña mano, la suya, que salía del líquido, tratando de asirse a algo, y terminaba diluyéndose con el azúcar. Teresa, desde la cocina, observaba los ojos lacónicos de su hija.


Foto: Kleomia. Fuente: www.sxc.hu/

Foto: Kleomia. Fuente: www.sxc.hu/

 


Adriana pasó la mañana sentada en el sillón, con Claudia sentada sobre sus piernas, riendo y agarrándole la cara con sus deditos regordetes. Frente al televisor, los ojos de Adriana parecían más grandes, más vistosos.

En el trabajo Adriana comparte oficina con Anita y Petra. No es tan malo. Petra vende cigarros sueltos y baratos, y Anita es tan falsa y tan mosca muerta que difícilmente hay discusión con ella. Adriana tiene la capacidad de hacer lo que las tres juntas, incluso con más prontitud, pero como bien lo expuso Anita una tarde: “Si tú hicieras todo, ¿nosotras qué haríamos?” Entonces, para perder tiempo, Adriana acostumbra salir al jardín de vez en vez a fumarse un cigarro con Darío, su cuñado, que no tiene qué hacer porque los demás ya lo hicieron.

Rutina: Adriana llega del trabajo, cruza el patio, atrapa a Claudia, quien con sus besos la embarra de mermelada. Tere está en la máquina de coser y Chapo, el abuelo, duerme plácidamente desde las seis de la tarde, después de tapar las jaulas de los pájaros. Esta noche, como varias de este mes, Adriana saca sus libros de la carrera para tomar uno y usarlo como I Ching. Elige a Freud, su favorito.

Regresar a su niñez para encontrar la causa de su insomnio y su tristeza es un asunto complicado. Siendo la novena de doce hermanos, se le dificulta retomar la suya en vez de la historia de otro. Cuando ella tenía dos años, fue la vez que Juan... o cuando tenía diez fue que nació... Ella parecía sólo la espectadora en una casa repleta de personas corriendo en el pasillo, bajando las escaleras, buscando el otro zapato bajo la cama. Así, divagando entre los recuerdos ajenos y los bostezos largos, se le escurrían las primeras horas de la madrugada.
 

Foto: Groenmen. Fuente: www.sxc.hu/

Las ojeras de Adriana, cada vez más grandes, se ocultaban tras esa nueva mirada brillante que le aclaraba las pupilas. Sus compañeros del trabajo no lo notaron del todo, pero hicieron un segundo o tercer intento de llevarla a cenar, invitarla un sábado al cine o a conocer ese nuevo bar cercano al hotel... Pero ella no tenía energía, ni siquiera para dar excusas o decir que no. Regularmente los ojos se le enrojecían de sueño por la tarde, pero ahora el efecto permanente es un brillo más intenso que el que se tiene a punto de llorar, como si tuviera una serie de focos de árbol de navidad atrapada en el túnel de sus ojos oscuros, igual que una taza de café.

 

Menos Anita, los del trabajo y los vecinos la veían encantadora y melancólica, caminando con liviandad, casi desvaneciéndose.

Varias veces habló por teléfono con uno de sus muchos hermanos, el doctor.

—¿Te arden?
—No, nada más me brillan.
—¿Mucho?
—...No sé, creo que sí... Además me siento muy cansada... y a veces, en las noches me cuesta trabajo respirar... y me da miedo y me dan ganas de llorar, pero no puedo.
—Ni que te fueras a convertir en una lámpara.
—¿Qué pastillas tomo?
—Nada, ya duérmete.

A los dos días le brotaron resplandores detrás de las orejas. Entonces, para no llamar tanto la atención, Adriana se colgó aretes ostentosos. Todos le preguntaron si eran de fantasía y dónde los había comprado... o quién le había regalado aretes tan brillantes. Pero el problema no terminó ahí. Luego los pies comenzaron a tener luz propia, y luego la espalda. Hubo que tomar ciertas medidas para ocultar su depresión.

Anita, muy acomedida, corrió un rumor que explicaba por qué en temporada de calor a su compañera le dio por usar botas y nunca quitarse la chamarra. Pero con tan bonita cara nadie creyó que tuviera lepra. A lo más, las que estaban por jubilarse decían que tenía baja la presión.

Llegó el momento en que ya no pudo ocultar su tristeza y pidió un permiso de incapacidad para faltar al trabajo.

La niña estaba contenta de tener a su madre todo el día en casa, aunque Adriana no hacía mayor acto de presencia que abandonar su cuerpo luminoso en cualquier sillón. A la niña le gustaba, era como ser hija de un árbol de navidad. Y aunque Claudia conmovía a su madre corriendo, saltando en la cama, tratando de atarse las agujetas por sí misma, Adriana sentía resbalarse irremediablemente en un estanque lleno de peces opacos.

Por la mañana, mientras Adriana y su hija dormían, Chapo preguntó, metiendo un rollo de tortilla en el consomé.

—¿Y tu hija?

Teresa no se apuró en contestar, fue por su plato, se sentó y murmuró con la boca llena.

 

—En su cuarto, con la niña.
—¿Ya no va a trabajar?
—¿No ves que está triste?
—...Dile que apague la luz en la noche. El recibo nos va a salir muy alto este mes.
—No es la luz, es ella.
—...Dile que apague la luz.

Subieron un sillón para que ahí durmiera Adriana. La luz que de ella emanaba se hizo tanta que la niña ya no pudo dormir y fue necesario dividir el cuarto con un tendedero de sábanas para aislar a Claudia.

—Mamá, ¿crees que sea contagioso?
—Ay, no mijita. Eso luego se te pasa, pero tienes que comer bien.
—Me da miedo que la niña se me ponga triste.
—Ay, no mijita. Ella come muy bien. No tiene por qué enfermarse.

Una noche antes de que despertara con los brazos hechos tubos de neón, Adriana soñó volverse bidimensional, que su hija la dibujaba en la pared cuarteada del patio, cerca de la enredadera, y ahí se desmembraba junto con la pintura que se botaba de tan vieja con la lluvia. Ese día despertó y quiso a toda costa salir de ese cuarto, salir, no al patio, sino ir lejos, a un cerro, a un mirador y fingir ser una de esas luces que ubican a los aviones mientras el aire frío le entumía el rostro, pero no se atrevió.

Foto: Vincitrice. Fuente: www.sxc.hu/

 


Claudia dejó de distinguir a su madre. Era tanta la luz que rompía en llanto apenas notaba al resplandor acercándose. Entonces Adriana le extendía los brazos y todo empeoraba, porque el fulgor se acentuaba y Claudia gritaba y pataleaba hasta que la abuela la llevaba a otra parte, lejos.

Claudia tuvo que dormir con sus abuelos mientras Adriana resplandecía a cántaros por las noches sin poder dormir.

—¿Qué voy a hacer?
—Ay, hija... pues cómete tu caldito de pollo.
—No tengo hambre... Es que no sé lo que me pasa.
—Ay, hija. Come bien y se te pasará. A mí se me pasó.
—¿Y cómo le hiciste?
—Pues... los hijos siempre dan felicidad. Cuando comencé a brillar ya tenía a Reyna y a la Bety, entonces me embaracé de Mari, luego de Pepe y así, hasta que ya no hubo brillo.
—Pero yo no puedo tener otro niño ahora.
—Ay, hija.

Adriana pasó varios días y noches encerrada. El cuarto poco a poco le reveló nuevas grietas. El adoquín formaba figuras distintas cada vez que las miraba, como compensando el encierro con novedades. Comenzó a descubrir pequeñas ventajas de estar tan deprimida. Por ejemplo, no era necesario enchufar el radio para escucharlo, sólo con tocarlo algunos minutos y traspasarle un poco de corriente bastaba; no hacía falta prender la lámpara del buró a mitad de la noche para leer. No importaba la ropa que usara, ni lo gastada que estuviera, todo le lucía de maravilla. Incluso Chapo le dejaba el pequeño radio con el que salía por las mañanas en la mesa antes de dormir, para que ella lo cargara. No habría que comprar pilas nunca más. Hasta donde ella sabía era la única que había heredado el aura de su madre. De momento se le dibujó una sonrisa. Corrió al espejo a ver si había bajado su voltaje, pero no. Ahí estaba, esplendorosa. Ese día abrió la ventana de par en par por la noche. Ningún trasnochado alcanzó a ver el foco de donde venían esos rayos blancos.

La primera lluvia que anunció el verano fue impetuosa, por poco rompía los vidrios de las ventanas. Adriana veía detrás de la cortina  cómo la gente corría para guarecerse. No lo notó, pero un rayo provocó una descarga en la casa, lo suficientemente intensa como para descomponer el refrigerador.

Teresa fue por el vecino que era técnico, para no tener que pagarle más que el material, y éste le dio la cifra de lo que costaría cambiar la instalación completa.

—¿Y no puede cambiar nada más las partes que no sirven?
—Señora, con todo respeto, nada de la instalación sirve.
—Y no puede... este... remendarla.
—Señora, ya más no se puede.

Y era cierto. Los focos pendían de una sarta de cables unidos con cinta de aislar.

—Déjeme ver. Ahorita no tenemos dinero, pero yo le llamo cuando podamos ¿Dice que son todos los cables?
—Sí.
—¿Todos?

Teresa subió por Adriana, la obligó a abrazar el aparato a ver si así funcionaba. Adriana no quería salir por miedo a espantar a su niña, pero Teresa la obligó. Entonces se aferró al refrigerador y sintió descargas en las costillas y picos de luz que se le clavaban en las plantas de los pies. Funcionó, el refrigerador funcionó. Teresa estaba muy contenta abriendo y cerrando la portezuela del refri como si lo estuviera estrenando.

—Mamá, ¡mira!

Su cuerpo seguía resplandeciendo, pero un poco menos. Entonces Teresa pensó en matar dos pájaros de un solo tiro. Tomó a su hija de la mano, la sacó a fuerza al patio y le dijo que tocara el switch. Adriana no quiso, no podía ni imaginar el dolor que le causaría.

—Ándale. A lo mejor y se te quita la luz.

Adriana pensó en su hija, en su trabajo, en poder dormir de corrido una noche completa, en lo costoso de cambiar toda la instalación, en que la casa tenía tan viejas las paredes que quizá brotarían más problemas si las rasparan para sacar los cables inservibles; que la casa necesitaba muchas composturas y ella debía regresar al trabajo.

Puso ambas manos. Sintió como si le jalaran cada dedo con pinzas. Grito, gritó mucho. Su hija lloró al escuchar a su madre. La abuela cerró los ojos y dio unos pasos atrás, se cubrió la cara. Adriana dejó de respirar, sus ojos permanecieron abiertos, luego cayó.

Al despertar, Chapo ya estaba en casa, dormido. La niña roncaba junto a ella y Teresa tenía lista la cena.

—Ay, hija, ¿cómo te sientes?
—Bien mamá, creo que estoy bien.
—¿Le llamamos por teléfono a tu hermano?
—...No.

Ya no salía luz, ni de sus manos ni de sus piernas. Miró al espejo y logró verse a sí misma, aunque casi no se reconoció. Tocó su rostro. Se peinó con las manos el cabello negro. En el reflejo estaba Claudia dormida a pierna suelta en la cama.

—Ay, hija, qué bueno que estás bien... Bueno, te dejo descansar. Come bien y duérmete. Ahora sí vas a poder dormirte con la niña ¿Mañana vas a ir a trabajar?
—Sí.

Adriana acomodó a su hija para dormir. La contempló otra vez junto a ella.

—¿Te apago la luz?— preguntó Teresa.

Adriana miró el foco centelleante, lleno de energía.

—Sí.
El cuarto quedó a oscuras.

 

 


Sergio Loo (Ciudad de México, 1982) es egresado de la Especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX (UAM Azcapotzalco) y autor de Claveles automáticos (2006).