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No. 22/CRÓNICA


 
El enigma de esa pequeña nación


Silvia Elisa Aguilar Funes

 
eslovenos.jpg“¿Qué se siente escribir para dos millones de personas?”, plantea Drago Jančar, escritor, graduado en leyes, originario de Eslovenia. La pregunta surgió cuando por la mañana recorría las calles del Centro Histórico de México, ciudad donde vivimos 8 millones 720 mil 916 habitantes.

En la Sala Carlos Chávez se reunió un puñado de oyentes para la presentación de Antología de narradores eslovenos contemporáneos, publicación reciente de la Dirección de Literatura de la UNAM. Una mujer de cabello rubio entrecano y anteojos, fuerte, alta, es dirigida a un rincón al lado izquierdo del proscenio. “Se los perdono porque es la UNAM”, ríe forzadamente y se introduce en la pequeña cabina de 90 X 90 desde la que hará la traducción simultánea.

Afuera, junto a la mesa de audífonos para los no-angloparlantes, el murmullo de las organizadoras —parte importante del equipo está compuesto por mujeres— crece con las expectativas que genera Antología de narradores eslovenos contemporáneos. Cuatro de los autores participarán para dar a conocer algo acerca de la producción literaria de Eslovenia, una de las repúblicas que conformaban Yugoslavia y que alcanzó la independencia hace 18 años.

La barrera lingüística ha propiciado que la conferencia sea en inglés. Más tarde, la doctora Rosa Beltrán compartirá que en la agencia de traductores comentaron: “Tenemos a la persona indicada, se fue como estudiante de intercambio a ese país, habla perfectamente el eslovaco”. Mientras, curiosos e informados se suman al auditorio del Centro Cultural Universitario movidos por la curiosidad, ¿quiénes son estos eslovenos, por qué deberíamos leerlos?

Son las cinco de la tarde, los escritores toman su lugar. Se trata de una generación que durante el régimen comunista estuvo obligada a hacer loas al nacionalismo, por lo que su búsqueda ahora evade la sublimación de la patria.

El primero es Evald Flisar, novelista, dramaturgo, ensayista y narrador; es también un viajero que ha parado en al menos 86 países. La historia de Eslovenia, que Flisar ubica “del lado soleado de los Alpes”, se sostiene en sus escritores, incluso su héroe fundamental es un poeta, France Prešeren.

Con mirada severa detrás de los anteojos, lee el esbozo histórico que ha preparado. Cuenta a la audiencia que la primera vez que Eslovenia fue un país libre fue en el siglo VII y después hasta 1991, época en que los escritores organizados propusieron una constitución que inflamó las fantasías culturales de muchos creadores. El proyecto no se orientó de esa forma. Como resultado, hoy los escritores enfrentan el alza de los precios de los libros y la disminución de fomento y divulgación por parte del Estado aunque, señala Flisar, sí cuentan con financiamiento.

Toma la estafeta Andrej Blatnik, quien comparte este diagnóstico debido a su labor profesional como editor y escritor. Recuerda que durante el gobierno del mariscal Tito, el libro se consideró objeto especial-social, valor que han conservado en el presente los dos millones de eslovenos que constituyen esa nación. No obstante, el consumo de libros ha decrecido desde entonces debido al desinterés y a la liberalización económica, que tuvo por efecto que “la edición se convirtiera en negocio”.

Pese a que lo ideal es obtener beneficios monetarios e intelectuales de la industria editorial, Blatnik considera que los 5,000 títulos que se publican al año no rebasan el interés mercantil. Ofrece más cifras: en promedio, cada ejemplar cuesta €20; de cada tiraje de 1000 a 1500 libros se venden unos cuatrocientos en el primer año.

El crecimiento de la industria editorial se basa en hábitos de lectura que surgieron durante el comunismo pero que han sido rebasados. Blatnik, también profesor, explica que la pérdida de interés de los lectores se asocia con una transformación clave: “en la década de 1980, la gente invertía en libros porque era la única manera de entretenimiento y porque nutría su vida intelectual, sobre todo obras provenientes del extranjero conseguidas a través del contrabando”. Ahora los costos se han elevado y la facilidad de leer a los autores de cualquier país están tan cerca como internet, lo malo es que el interés disminuyó.

Drago Jančar, editor, periodista y escritor entre los más reconocidos de Eslovenia, agradece las traducciones de los clásicos —mención que merece un “¡Yuhu!” de la traductora desde su reducida cabina— y, consciente de que escribir para las naciones pequeñas puede orillar al anonimato, comenta: “Lo que nos hace provincianos no es la lengua, es el miedo que uno tiene de sí mismo y de su potencial.”

“¿Qué se siente escribir para dos millones de personas?” Se pregunta Drago Jančar y luego prosigue. “Caminé por la calle de Donceles y miré en las librerías de viejo. Había muchas obras de los grandes autores del inglés, italiano, alemán, francés, las lenguas más importantes. ¿Significa esto que a la larga desaparecerá nuestra literatura [la eslovena]? Entonces —parafrasea a Wilde— ¿qué sentido tiene dedicarse a una actividad tan inútil?”

Jančar fue beneficiado con la beca Fulbright en 1982 para estudiar en los Estados Unidos. Allí se dio cuenta de que su lengua materna no fue la llave que abrió esas puertas. “Entonces —cuestiona— ¿por qué escribimos en las lenguas de nuestras pequeñas naciones?” Y se responde: “El enigma de esa pequeña nación es el enigma del mundo. El secreto radica en escribir la diversidad humana.

Sobre el problema de la creación, Igor Bratož recuerda que el origen de su vocación, hace 20 años, fue la búsqueda de una literatura que transformara lo viejo en algo nuevo, “algo que se nutriera de sí mismo, producto de mis lecturas, naturalmente”. El director de Delo, el suplemento cultural de mayor importancia en su país, empezó por el cuento, relatos breves, y más tarde probó la novela, experiencia que le mostró la dificultad de escribir. Retomando palabras de Rosa Beltrán, se describe como “el peor que ha leído”, palabras que la moderadora matiza: “Uno es el mejor escritor que puede ser”.

La antología es un esfuerzo por intercambiar producciones literarias recientes entre México y Eslovenia, uno de los 40 volúmenes de traducciones al español, que incluye su proyecto, selección que no “complacerá a todos” como dice Flisar. En el brindis que sucedió a la mesa, ante la pregunta a Jančar acerca de qué espera de esta edición, el autor da un paso atrás, sonríe y levanta su copa de vino tinto: “Es sólo una introducción, no hay nada que esperar mientras no sirva para invitar a conocer más de nuestro país”.

 


Silvia Elisa Aguilar Funes (Estado de México, 1984) es comunicóloga por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Se ha desempeñado como asistente editorial y labora como profesora adjunta en el área de periodismo de la FCPyS-UNAM. Obtuvo una mención en la categoría de crónica en el Concurso 38 de la revista Punto de partida.