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No. 2/ENSAYO

 
La fatalidad cómica del lenguaje


Cristina Pérez Díaz
     


Un movimiento lingüístico es un movimiento ontológico y un movimiento ontológico es ya siempre un movimiento lingüístico. Lo que es está atrapado en el campo del lenguaje y todo viene a ser en el marco de la palabra, aun cuando ésta no alcance a nombrarlo. El límite del lenguaje es ya un corte ontológico sobre lo real. Lo que es y lo que no es queda todo enmarcado lingüísticamente. Lenguaje y ontología son dos campos de los que no podemos salir nunca, ni en el más osado de los silencios. Toda comprensión del lenguaje tiene presupuestos e implicaciones ontológicas que no deben pasarse por alto. La comprensión del lenguaje va siempre ligada a una determinada forma de comprensión de la subjetividad y su relación con el objeto. Por ejemplo, es distinto preguntar “¿qué hacemos con el lenguaje?”, a preguntar “¿qué nos hace el lenguaje?” En la primera pregunta presuponemos un sujeto que utiliza el lenguaje como un objeto más entre la totalidad de los entes; en la segunda partimos de un estar siempre en el lenguaje, es decir, de una perspectiva no objetivadora del lenguaje.

punto en línea no. 2
La Torre de Babel, óleo de Peter Brueguel (1563)


El lenguaje puede verse como <<actos de habla>>1 , es decir, como “algo” que sólo es en tanto efectuado. Una acción ejercida por un sujeto: un acto—instrumento mediante el cual se ejerce una acción constructiva. Con el lenguaje hacemos mundo. Mediante él conocemos los objetos, nos proporciona cierta habilidad para movernos en medio de los entes. Con el lenguaje también nos hacemos a nosotros mismos. Cuando hablamos expresamos nuestra voluntad, decimos lo que somos, contamos nuestra historia, reafirmamos nuestra identidad mediante el recuerdo de lo que hemos sido, manifestamos nuestros deseos, exigimos derechos, en fin, construimos y reconstruimos nuestra subjetividad. Sin embargo, esta visión del lenguaje tiene un carácter fantasmático. Tiene un tanto de mentira consoladora. Presupone, entre muchas cosas, que el lenguaje es “algo” con lo que podemos hacer cosas, que es un objeto sobre el cual recae la acción de un sujeto; presupone que el lenguaje es un ente aparte de nosotros mismos y de nuestro mundo, un mediador entre sujeto y objeto. Presupone también que tanto la subjetividad como el lenguaje son plenos: una relación en la que el sujeto absoluto domina al objeto absoluto llamado lenguaje. Pero, qué pasaría si la relación fuera a la inversa, si el sujeto fuese el dominado y resultara que, en la relación con el lenguaje, el sujeto se deshace. Y no sólo eso, qué pasaría si la relación de dominio fuese imposible en ambas direcciones, puesto que tanto el sujeto como el lenguaje son absolutos imposibles.

Si la relación entre sujeto y lenguaje es recíproca, la pregunta es entonces cómo nos deshace el lenguaje. El lenguaje deja de ser un instrumento, deja de ser un medio eficiente para la construcción de nuestro mundo y de nuestra identidad, no por nuestra voluntad de tratarlo de otra manera, sino porque él mismo se nos escapa de las manos. El sujeto no domina al lenguaje como a un objeto, puesto que el lenguaje es un presupuesto de la subjetividad misma. No es un objeto que nosotros construyamos mediante nuestras categorías, sino que él nos construye y nos constituye a nosotros mismos. Y esta construcción de la subjetividad que efectúa el lenguaje no se da por un acto voluntario mediante el cual nos constituimos a nosotros mismos utilizando al lenguaje como medio, sino que es el lenguaje mismo el que nos constituye más allá de todo acto voluntario de la conciencia. Él es incluso el presupuesto mismo de la conciencia. Pero esto no significa que el lenguaje tenga un dominio absoluto sobre la subjetividad. Como dije más arriba, una relación de dominio es imposible en ambas direcciones. Decir que el lenguaje domina a la subjetividad presupondría pensar al lenguaje como un ente absoluto. Es decir, simplemente invertiríamos los papeles y atribuiríamos al lenguaje las características del sujeto. Sin embargo, no se trata de invertir los términos sino de romper la estructura ontológica que comprende al sujeto y al objeto como dos absolutos, uno dominante y otro dominado. Si la relación de dominio es imposible en ambas direcciones es porque tanto el sujeto como el lenguaje son estructuras abiertas, permeables y mutuamente determinadas.

La pregunta por cómo nos deshace el lenguaje surge bajo la comprensión de que éste se encuentra fuera del campo de dominio de la subjetividad. Surge cuando, por un desfase cómico entre nuestra voluntad y el lenguaje, éste traiciona nuestra firme creencia en la mismidad de nuestro ser y abre una brecha al interior de la unidad del sujeto. ¿Este desasimiento de la subjetividad provocado por el lenguaje es una excepción o es más bien su modo de ser propio? ¿No será que elaboramos la idea del lenguaje como un <<acto de habla>> por parte de un sujeto completo, sólo como un fantasma para ocultar lo real del lenguaje, su estructura demoledora?

Podemos esforzarnos en construir cosas con el lenguaje y, efectivamente, hacemos mundo con él. No podría negarse el uso utilitario del lenguaje. En efecto, utilizamos el lenguaje como un instrumento. Pero, toda intención constructiva con el lenguaje tiene su reverso demoledor. Una especie de fatalidad envuelve nuestros actos voluntarios de manera que, mientras la conciencia se encamina constantemente a construir y reafirmar su mismidad y la identidad del mundo que ha construido, siempre hay un resto que obra más allá de su intención voluntaria. Algo siempre sale sobrando en nuestros <<actos de habla>>. Ese resto se dirige en dos direcciones: por un lado sobran siempre sentidos (presentes y ausentes) de lo enunciado; por otro, siempre queda un sobrante de nosotros mismos. Las sobras del sentido tienen que ver:  1) con la ambigüedad inherente al lenguaje, que se presta a múltiples interpretaciones; 2) con el hecho de que las palabras persisten en el tiempo y en el espacio más allá del sujeto que las enuncia, lo que hace que muchos de los sentidos de nuestras palabras estén todavía ausentes. Por su parte, lo que sobra del sujeto tiene que ver con la imposibilidad de la autoconciencia absoluta. Es decir, con que el sujeto de la enunciación nunca está ahí por completo, con plena intención, con plena conciencia de sí mismo y de sus palabras y, más aún, del sentido de sus palabras; el sujeto está siempre parcialmente presente / parcialmente ausente para sí mismo y para los demás. 

Toda enunciación es múltiple y no una. Cuando decimos algo, decimos mucho más o mucho menos de lo que intentamos decir, en tanto que la enunciación está siempre dirigida a otro, presente o ausente. Ni el yo ni el tú tienen presencia plena, lo que hace que la enunciación pueda tener múltiples sentidos. O ¿es que hay algún momento en el que nos decimos realmente, en que el lenguaje obedezca por completo a nuestra voluntad? ¿Podemos decir que somos sujetos plenamente conscientes cuando hablamos? El sujeto de la enunciación, al decir, ¿se dice o, más bien, se desdice? Tal vez nuestra intención es decirnos, lograr que se cumpla eso que llamamos la comunicación. Formulamos un enunciado tratando de ajustar las palabras, su orden y el tono de la enunciación a nuestra voluntad. Pero el aspecto cómico del lenguaje reside precisamente en que el enunciado nunca coincide plenamente con el sujeto de la enunciación. Un desfase involuntario entre nuestra voluntad consciente y el resto inconsciente que sale a relucir en el enunciado, revienta desde el interior nuestro pretendido dominio sobre el lenguaje. De manera que todo esfuerzo de la conciencia por decirse a sí misma es traicionado por la falta de plenitud de la conciencia misma y lo que resulta es un sujeto imposible que mientras más se esfuerza por afirmarse a través de sus palabras más se deshace, mientras más habla es más incompleto, más fuera de control sobre sí mismo.

La plenitud de la coincidencia es imposible por dos razones. Primero, porque si bien el lenguaje nos constituye, nunca deja de tener un aire de extrañeza con respecto a nosotros mismos. El lenguaje es para nosotros otro. Lo que se da es una relación paradójica: somos constituidos por el lenguaje, nosotros somos lenguaje, no hay diferencia entre él y nosotros pero, simultáneamente, el lenguaje es distinto de nosotros mismos, es un otro y nos constituye en tanto que otro. Nos conforma, pero también abre la brecha que nos separa de él y de nosotros mismos. En tanto que conformados por un otro, no somos nosotros mismos. Somos un yo que se constituye en la extrañeza. Extraños de nosotros mismos en tanto que estamos constituidos por “algo” que, al mismo tiempo que es “yo”, no es igual a “mí”. Por lo tanto, la subjetividad es abierta, separada al interior de sí misma.

Aquí puede verse una forma en la que <<yo es no-yo>>. El yo es formado al mismo tiempo que es desformado. La construcción de la mismidad es simultánea con su negación. Sin embargo, no hay que caer en la trampa de entender entonces el lenguaje como el otro absoluto que quiebra la unidad del sujeto. Esta es la segunda razón que impide la coincidencia plena entre el enunciado y el sujeto de la enunciación: el lenguaje tiene la misma estructura de la subjetividad; ambos son no-todo. El lenguaje abre una brecha al interior del sujeto precisamente porque es distinto de sí mismo, porque no es una unidad completa. De donde resulta que, al estar conformado por un otro que ni siquiera coincide consigo mismo, al estar constituido por algo que es en sí mismo incompleto, el sujeto es también algo que no puede nunca coincidir consigo mismo y con sus enunciados.

Aún cuando lo utilicemos como instrumento, como un ente a la mano, el lenguaje está siempre fuera de nuestras manos, más allá de nuestro dominio. No por eso deja de ser creativo, constructor del mundo y de nuestra subjetividad, pero su actividad es contradictoria; constructiva-destructiva. Es decir, efectúa un movimiento imposible, al que llamé fatalidad: un movimiento que va siempre en dos direcciones opuestas. La mutua relación entre el lenguaje y la subjetividad otorga la mutua apertura. Si bien el primero es otro con respecto al segundo, no tiene una existencia independiente de toda subjetividad. El lenguaje pertenece al ámbito de lo humano y, como tal, no es una entidad independiente de nuestro mundo. Es esta dependencia lo que lo hace incompleto, lo que hace que no sea un ente cerrado en sí mismo, existente por sí mismo. El lenguaje, como perteneciente a nuestro mundo, como nuestro mundo mismo, es, como la physis de Heidegger, “una fuerza imperante que brota”. Es decir, tiene carácter de apertura. El lenguaje es una constante explosión de sentidos, algo que nunca puede ser fijado; un mensaje que se envía y nunca termina de llegar; una estructura que se repite infinitamente, sin embargo, cada repetición tiene un carácter originario; se repite lo mismo, pero en tanto que se repite, es otro.

 






1Para esta perspectiva confróntese el texto de John Searle, Speech acts. La otra perspectiva que presento está abordada implícitamente desde mis lecturas de Jacques Derrida y Slavoj Zizek, si bien no abordo ni cito ningún texto específico de los autores.

 


Cristina Pérez Díaz (San Juan, Puerto Rico, 1985) estudia la licenciatura en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado en las revistas Viento en vela y Punto de Partida