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CUENTO BREVE/No. 26


 

Manual de instrucciones para adolescentes 



Diego Armando Arellano



 

cuento-arellano-01.jpgAntes de iniciar el ritual, asegúrese de que el cubo de hielo esté completamente congelado. Para que esté congelado, el cubo de hielo debe tener un blanco muy característico. Si el trozo es cristalino, sin bruma ni empaño, entonces déjelo más tiempo en el congelador. De preferencia de treinta a cuarenta minutos para que no se pegue en la charola de plástico y no levante sospechas. La paciencia no es una virtud de los adolescentes, pero si no sigue las recomendaciones, el hielo habrá de derretirse mucho antes de pasarlo por el cuello.

Si el rito se realiza en el invierno, o de noche cuando enfría el ambiente, por favor póngase guantes antes de tomar el hielo. Regularmente las manos son frías ante esa sensación extrema; ellas únicamente producen, guían y conducen sin esperar algo a cambio. Es la única parte del cuerpo que no perdonaría la quemadura de ese objeto tan frío. Incluso las mejillas congeladas son más llevaderas en circunstancias parecidas. Por eso use guantes; de tela, plástico, inclusive un par de calcetines viejos si carece de la prenda. Durante el verano o primavera puede desnudar sus manos sin ningún problema.

cuento-arellano-03.jpgCuando tenga el cubo congelado (o par de cubos, o media docena, quizá, según sea su frenesí), empiece a quitarse la ropa. De preferencia oficie el ritual en su recámara; jamás en el baño, mucho menos tomando una ducha de agua tibia. Recuéstese sobre la cama, sin destenderla por favor, a menos que sea de noche y lleve puestos sus guantes y/o calcetines. Para su comodidad, coloque tres o más almohadas para elevar la cabeza en busca de una visión óptima del proceso de transformación de la materia: de hielo en agua, de agua en vapor. Completamente desnudo(a) reflexione un poco. Ría y convénzase de que el acto es inofensivo, pueril, común. Un simple experimento. Sonría maliciosamente e imagine que al poner el hielo sobre su piel le provocará un ligero brinquito.

Traiga guantes o no, esa sensación de tener el cubo de hielo perfectamente congelado entre sus dedos es una garantía de que algo mejor habrá de sentir el resto de su cuerpo. Antes de llevar el trozo de hielo a cualquier parte: chúpelo, sáquele la lengua, hágala taquito, mójelo otra vez, seduzca y vuelva a sonreír desprotegido(a). Repita la operación hasta quitarle lo áspero al hielo. No excederse; la lengua, como pez viscoso, debe estar insoportablemente tibia. Húmedo el hielo, elija la parte del cuerpo predilecta, o la que menos le guste. Quizá dé un repaso por los labios hasta que se endurezcan, después llévelo al pecho, a los pezones, para que contemple su firmeza. Sin titubear, vaya al cuello para sentir plácidamente el anunciado brinquito. Apure el paseo. A estas alturas, el cuerpo debió entrar en combustión.

cuento-arellano-02.jpgEl cuerpo y la mente uno solo. Lleve el hielo hirviente por los muslos, orejas, piernas, entrepierna, rodillas, pies, plantas, y vaya de nuevo hacia arriba, por el mismo camino para que no se pierda en distracciones. Con la segunda vuelta el hielo estará en ruinas, será un pequeño y deformado granizo, aparentemente inofensivo. Entonces, lleve el frío despojo al ombligo, inunde esa pequeña cavidad hasta desbordarla con gracia, brincos y risas eufóricas. Conserve el último trozo del iceberg en sus manos laceradas, dolientes (o si se protegió, en sus guantes húmedos y fríos). Aguante un poco más para pensar en dónde fulminar ese último pedazo sinvergüenza, y si lo pensó bien, déjelo morir ahí, y después descanse. Aspire el vapor invisible que le sale del cuerpo. Si por curiosidad voltea a ver el par o la media docena de cubos de hielo que le sobró, descubrirá con asombro que todo aquello es un charco de agua helada. Bébasela de inmediato.


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Ilustraciones:
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Diego Armando Arellano (Ciudad Guzmán, Jalisco, 1984) estudió periodismo en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima. Ha colaborado para el periódico El Comentario, el suplemento periodístico Andante, y para la estación de radio Universo FM de la Universidad de Colima. Actualmente colabora en el semanario El Juglar de Zapotlán el Grande, Jalisco y forma parte del consejo editorial del suplemento Reflexiones. Ha publicado cuentos cortos y reseñas literarias en el suplemento Destellos. En 2010, su cuento El Naranjo, obtuvo la primera mención honorífica en el concurso estatal de cuento Murmullos en el Llano Juan Rulfo.