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No. 26/POESÍA


 

Los restos del humo
(fragmentos)




Simón Henao



AL HOMBRE SE le ladra
se le sacan los dientes
se le muerde
se le atraviesa en el rostro
esa angustia rara
esa sonrisa que acusa
ese temblor taciturno
esa manía tan suya de saber
que va a la muerte
como un perro

y se le deja en la calle
sin un peso en el bolsillo
para comprar la leche
sin un dios al que indagarle
sin un cuerpo para quedar
al menos
tranquilo en la desazón del sexo 
con la frente oxidada
para que brille más
la suerte.




¿ESTÁS BIEN?
no pasó nada ¿cierto?
ahora podemos seguir
podemos comenzar de nuevo
podemos terminar.

Ven
sigue la historia
regresemos a cuando no éramos más que orugas
y traqueteábamos por los predios
cercados para ponerle luz a las axilas
de los pájaros y hacer de las espaldas un soporte ni siquiera lejano
ni siquiera tinieblo
ni siquiera flemático
con el que le arrebatábamos a las lombrices la media vida que nos negó el marrano.

¿Cómo sigues?
¿sigues?
ya te ves mejor
al menos has dejado de mirarme como piedra abandonada
que reclama el movimiento y la muerte
como arena cancerígena al fondo del río que se sabe eterna aunque el ahogo
como murciélago que se emborracha en la noche con la superficie
resplandeciente de las lámparas vecinas
y vuelve envuelto de sonrisas y de sangre y de plomo
al interior de la piedra donde reposa sus dientes cristalinos de arena

Ya tienes cara de humano
de cosa
de taladro
vas tomando forma y profundidad
te vas irguiendo
te vas levantando de la tierra que es tu cama
y vas poniendo los pies sobre la tierra que es tu tumba
pronto alcanzaras la idiotez
de todos nosotros
recobrarás el sosiego del adulto solitario que se enclaustra entre sus manos
y no sale de él sino para pedir permiso
retomarás la grata melancolía de los viejos que reconocen en la muerte la salida más / absurda
reivindicarás la temprana curiosidad de los niños que asoman por la rendija de los baños femeninos los rostros estampados de alegría y sudor
expondrás los gestos que brindan el aspecto y dan carácter en el cuerpo como si solamente fuera verdad lo que se calla y nada de lo dicho tuviera importancia
pronto amamantarás
destrozarás
recuperarás
inventarás
caminarás
desilusionarás
devorarás
ilusionarás de nuevo
sin que mucho haya cambiado desde entonces
sin que mucho pueda hacerse para evitar el levantamiento constante de cadáveres
la construcción infatigable de edificios sobre los cementerios del norte
la tomadura de pelo
el sexo
los envenenamientos
las fiestas que terminan en piernas
las que terminan en más piernas
y se confinan hasta el amanecer del año siguiente




SEDUCIR / ¡BAH! / ¿PARA qué? / si el país se ha vuelto un lodazal/y las culebras ya huyen hacia las fronteras del sur / o del norte / y anda borracha y extraviada la identidad / que nunca ha habido / Las palabras son como tostadas / que no logran llegar a salvo a la mesa/pero son comidas en el camino / por el aire. / ¿Y si insistiera? / ¿Si me mantuviera en posición de ataque / y de conquista? / Mi madre diría que si realmente quisiera conseguirlo / no me daría nunca por vencido / y mantendría mi voluntad a punta de lanza. / Pero mi madre sabe muy poco de esas cosas / hace parte de una generación en la que se tenía fe / y se explotaban las manos en las universidades / combatiendo / hasta llenarse el vientre de criaturas inútiles / pero sonrientes / que se tomaban el tetero a la mañana / a la tarde / a la noche / y sólo lloraban entre batalla y batalla / seres a los que había que cambiar el pañal cada tres horas / o menos si no se tenía tanta suerte / ¿Pero ahora? / Ahora es otra cosa / todos lo sabemos. / El mapa es diferente en todo el mapa / y ya a mi madre se le caen los dientes de los dientes. / Ella es ella y yo ya empiezo a no necesitar teteros ni pañales / (ninguno de los que conozco necesitan pañales/ninguno ha necesitado nunca tetero / y por eso viven todos con cara de aburridos / que ni siquiera se masturban en frente de sus hijos / y no tienen hijos / no han tenido hijos / a pesar de sus sueños de lavanderas) / sino urgentemente seducir / requerir al otro / amortajarlo / desdoblarlo entre las yemas de los dedos / y arañarlo. / Pero en este lodazal todo es más complicado / de lo que se piensa / y no se puede pretender solucionarlo.




QUÉ DIRÍA MARIO RIVERO
allá en Bogotá o dónde esté
si viera que en esta ciudad
también las vendedoras de las esquinas carecen de dientes
y la noche acostumbra salir con chaqueta bajo el brazo
para interrumpir lo que el día no pudo siquiera decir.

Qué diría al ver los semáforos del otro lado de la calle
siendo traspasados como quinceañeras que se entregan a desconocidos
a la salida bulliciosa del colegio
y aceptan caramelos de todos los sabores
para homenajear las dulces formas que componen la boca.

Qué diría al ver las casas viejas de Palermo
donde se deshacen las paredes como bolsillos de pantalón roído por el tiempo
y frente a las cuales los ancianos pasean a sus perros sin recoger la mierda
no por el temor de untar sus manos arrugadas
sino por el agrado de ver tirada la identidad en los andenes.

Qué diría Mario Rivero
el menos perezoso de todos los poetas
al saber que acá no hay vírgenes
y que sólo en primavera se entretienen en los parques los amantes
y en el verano la ciudad se asemeja a la Estepa de la Desolación
sólo que sin relincho de caballos
y que en el invierno los árboles se entregan desnudos al gemido helado de
los / transeúntes
y en el otoño los barrenderos bailan como en agosto y vuelven a sus casas
con la escoba entre las piernas y los ojos polvorosos de tanto barrio.

Qué diría al caminar por Corrientes a la altura de Callao
y descubrir que la literatura también es un negocio como el paracaidismo o la carnicería
y que se puede vivir de vender libros pero jamás de escribirlos
a no ser que se quiera vivir de no escribirlos
y entonces entregarse de una vez por todas al asfalto de la noche
a la botella incrustada en la garganta
a la novia de turno o a la del amigo
a las circunstancias que inflaman el estómago
a los periódicos vencidos con que se descobija el aliento
a los guantes de boxeo de donde emerge el silencio
al amanecer vacío de pensamiento y de apuros
al sueño producido por la gasolina del hambre
al huevo
a las naranjas amargas
a la cada vez más lenta felicidad de la memoria.

Seguramente no hubiera dicho nada
─ni siquiera un tango─
y se hubiera muerto
          igual
se hubiera muerto.




SE FUE EL DÍA
¿se fue?
el opio está colgado de la lengua
y te avisan por la puerta transparente que ya es tarde
se fue el día
¿se va?
entre los cojines del sofá
no vas a encontrar mermeladas ni consejos
no hay monedas al otro lado del espejo
a duras penas responderás lo que te pregunta la siquiatra
o la nevera por escrito
para ir a la cama sin temores
y eso
y eso que traes cortada la cabeza con una trompeta de hielo
y eso que traes desecho el estómago como un trompo antiguo
y eso que traes carcomidas las venas por moronas de ladrillo
y eso que traes los ojos perturbados por inciensos y luces rayándote el cerebro y / oscuridades que laten hasta hacerse latidos en los párpados
se fue
se fuel día
¿se fue?
el opio va bajando de las ramas de la boca
hasta llegar a lo absurdo
mientras lames con tus ladridos de ladrón en muletas
y te dejas acomplejar por la nada y por la monja vestida de nada
que se sube junto a ti en el colectivo
te sientes como un hueco
como una bocanada en un abismo
como una alfombra tejida con hambre ante la sepultura
y te das la vuelta para mirar otra ventana
donde está lo mismo
reflejado
sólo que revuelto con lo insomne

Se fue el día
¿se fue?
de tanto irse se está quedando
y tu respiras
tienes en el aire la última hora
el último minuto
y lo usas para sentarte cómodo en el último vagón de la conciencia
donde john lee hooker robó su primera guitarra
respiras
mientras tus manos auspician en las lapiceras
la sangre de los dedos
y le sacas la punta a tus bolsillos
con las motas azules que encuentras en el suelo
te estremeces mientras silbas igual que cuando cagas
te acurrucas
te distraes
eres tu
tan fácilmente
tu solo en el último vagón de la conciencia
sin john lee hooker que te dé una mano
donde sólo entra el aire con bostezos
y las películas duran doscientos años
y no se acaban nunca los orgasmos
y no sucede nada si no es contigo solo
con tu aire y tu respiro
se fue el día
¿se fue?

¿Se fue?
Ahora te atreves a decirlo
como si el opio no purgara tu inventario
y no te adormeciera los dientes de papel manchado
y no te hiciera ver los amuletos
colgados del otro lado de la puerta
la llovizna amortecida que cae desde el siglo en que se tomaban en serio las vagancias
los carros salpicados de perros
los paraguas embotellados
los pasillos de faldas recogidas
los largos terremotos pasando entre las calles
por los subterráneos de lo afuera y de lo soplado




OTROS FUERON LOS que comieron sobre el mantel anoche
sin salir de sus casas
ni mirar a ver qué fue lo que pasó si es que pasó
otros los que se quedaron dormidos hasta tarde esta mañana
y no fueron a las duchas al espejo al asombro al café
a los buses pervertidos a las escalinatas sin sombra
a las largas filas de edificios que lamentan el ascenso
no descendieron a las morgues
no vagaron en los cementerios
no visitaron los cines
no bajaron al subterráneo
al andén
a las esquinas
no besaron
no cometieron crímenes
no estornudaron delante de una dama
no se hurgaron las narices
no voltearon a mirar
no rieron
no dieron propina
no cantaron 
porque se quedaron dormidos y no fueron
no fueron ni a las puertas más cercanas de sus casas
ni se asomaron al día
a ver qué fue lo que pasó si pasó.

nosotros en cambio
asistimos diariamente a la permutación gratuita del olvido
a los desayunos a la ducha al espejo recalcitrante de nosotros mismos
a la ausencia desvergonzada de la angustia y al vino
a la alfombra endemoniada de las mil y una noches
a la mítica desconexión del teléfono
al humo y a la muerte y sus evasiones continuas
a la madera y a la inocente ajenidad del labio
a los poros frágiles de una lengua prestada por un rato o un centavo
a las azoteas y los secretos que guardan en el aire bajo llave
a las ocurrencias que nos labran como enanos los orificios húmedos del cerebro y se nos vienen encima
y nos saquean la sangre para llenar con ella los tinteros de nuestra época
gusanos que buscan el transcurso hacia la boca
la salida por la que puedan librarse de nosotros
animales viscosos que no forman heridas sino permutaciones de la forma
murmullos
ronquidos
graznidos
palabras
voces
estampidos que como plumas
se pudren en el aire
hacen de risa el día.

 


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Simón Henao (Bogotá, 1980) es poeta y cuentista. Estudió Literatura en Colombia y en Argentina. Ha publicado poemas y cuentos en revistas. Actualmente realiza estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana en Buenos Aires.