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No. 26/CINE

 
Un profeta


Rodrigo Martínez

 
  

Un profeta
Director: Jacques Audiard (Francia, 2009)


 


profeta-cartel.jpgHubo un tiempo en que la cinematografía fue vista como reflejo de realidades. Esta concepción ya no tiene la fuerza de sus orígenes pero, una mirada al cine de géneros más reciente, revela que las fórmulas que lo rigen han trascendido del gusto por el espectáculo al deseo de comprensión. El cine aún produce semblanzas de las sociedades. Un profeta, que obtuvo el gran premio de jurado de Cannes en 2009, relata la formación criminal de un joven en el mundo carcelario de las mafias. Docudrama de gángsteres, historia de suspenso y vaivén sicológico, la quinta película de Jacques Audiard (Paris, 1952) es un diálogo de estilos fílmicos que logra ser una alusión crítica a las comunidades enajenadas por mafias corruptoras.

Malik El Djebena (Tahar Rahim), un francés de origen árabe y analfabeto de diecinueve años, recibe una condena de setenta y dos meses por agredir a un policía. El preso procura aislarse durante los primeros días de su reclusión. Trabaja en el taller de costura de los reclusos. Se comporta con recelo. Permanece incomunicado en los recesos hasta que César Lucini (Niels Arestrup), el líder de una mafia corsa, le explica que, para sobrevivir, tendrá que obedecerlo. A partir de ese momento, la vida del muchacho depende del cumplimiento de algunos trabajos. Su primera asignación es asesinar a un árabe que días atrás le solicitó encuentros íntimos a cambio de droga. Malik comienza una doble educación. Toma clases de lectura, escritura y otras asignaturas en la escuela de la cárcel, pero también estudia y acata las maneras del crimen organizado para garantizar la protección del italiano que controla el penal.

Más que una viñeta carcelaria, Un profeta es un relato de sobrevivencia. La quinta realización de Jacques Audiard es un drama realista sobre un hombre que debe transgredir sus valores para adaptarse al medio. Esta historia, que aprovecha algunos elementos del cine de género, es una recreación del camino de un individuo para preservar la vida en un entorno institucional corrupto. Un hombre pasivo debe hallar una identidad distinta, aunque alienada, como resultado de su incorporación a una cárcel, que representa una comunidad desconocida y enajenada, donde impera la ley de un grupo de presos. El estilo de esta cinta es realista, pero su móvil radica en plasmar con un montaje dinámico la correlación de tres procesos vigentes en varias sociedades contemporáneas: la sobrevivencia en un contexto de violencia, el hallazgo de la identidad y el poder enajenador de las instituciones corruptas.

profeta-01.jpgAunque la estructura y el estilo visual apuntan al cine de gángsteres, la propuesta de la película se basa en aludir a un proceso social a partir de la puesta en escena de la vida en una prisión. Esta entidad conforma la realidad de la cinta, pero no es el objeto que el director quiso representar. La poética de Un profeta tiene que ver más con los cometidos del docudrama que con la épica urbana. Sin olvidar la necesidad de participación del espectador, lo que explica la estructura lineal, el trabajo argumental y el uso del suspenso, Audiard intenta proyectar las consecuencias de un fenómeno ya generalizado: la enajenación de los individuos como resultado de la corrupción institucional.

Malik es un delincuente de orden común. Su delito, si bien no es aclarado, resulta menor. Al ingresar a la cárcel procura respetar las normas. Trabaja y evade los conflictos hasta que se ve obligado a cometer crímenes mayores con tal de salvar la vida. Tras el pasmo del primer homicidio, el protagonista comienza a adaptarse a una identidad que no le pertenece, pero que le depara la sobrevivencia. Es un alienado que deriva de un entorno corrupto. Es habitante de un espacio cuya cotidianidad no coincide con los fines para los que fue diseñado. En vez de readaptar, la cárcel pervierte. Antes que un lugar de aleccionamiento, es una escuela de crimen. En Un profeta predomina la mirada sociológica del personaje y del tema. Su virtud es que no cae en excesos documentales ya que conjuga los principios de la narrativa clásica con una estética que puede explicarse a partir de una concepción acuñada por Umberto Babaro: la posibilidad del cine de convertirse en un medio capaz de determinar la ruta que tomará una realidad social concreta.

Malik, al igual que los protagonistas de Audiard en películas como Un héroe muy discreto o El latido de mi corazón, es al principio un ser indefinido y ambiguo. Luego de confrontar por vez primera la hostilidad, asume un papel servil frente a los corsos, pero procura que otros presos lo perciban como un sujeto autónomo. Se vuelve la mano derecha de Lucini cuando los integrantes de su pandilla son liberados. Para entonces El Djebena, como lo apodan, no sólo ha aprendido italiano, sino que sabe leer y escribir, y ha creado una red de tráfico de hachís con otro preso y con un amigo que está fuera de la cárcel. Hay un momento en que Jordi El Gitano, con quien negocia una alianza para traficar, le reclama que trabaja para los corsos. Entonces Malik afirma que él trabaja para sí mismo. Mientras, en las noches, como pasa a otros personajes emblemáticos del cine de criminales, alucina que su primera víctima dialoga con él.

profeta-02.jpgUn profeta abreva en la cultura americana del gángster en el cine, pero no se subordina a ella. Además de contar las vicisitudes de un criminal en ascenso, Audiard retoma algunas convenciones dominantes del género como la presencia del líder solitario de una mafia y la necesaria relación entre un medio social envilecido  y personajes que viven al margen de la ley. Dado que casi toda la cinta transcurre en la cárcel, la fotografía tiene contrastes en la iluminación que son herencia del cine negro. Hay un efecto de sordidez visual y otro de fatalidad. El director de Lee mis labios (2001) ajusta estos elementos a su método para crear personajes. Sólo que, a diferencia de clásicos del género como La ley del hampa (Sternberg, 1927), Scarface (Hawks, 1932) y El padrino (Coppola, 1972), no mitifica a los gángsteres. El registro de esta cinta no es épico. Se trata de un drama, de crudeza verosímil y violencia explícita, aunque jamás injustificada, que muestra los modos en que la mafia se entromete en el entorno cotidiano de individuos ordinarios. Un profeta no escribe leyenda. Plasma, con un realismo sociológico y metafórico, el trayecto sórdido y precario de de los individuos que escalan en el crimen organizado como resultado del fracaso de las instituciones destinadas a controlar la delincuencia.

Esta cinta despliega una técnica que va del ritmo tenso de la narrativa del cine americano sobre crimen a la expresión dramática, de raigambre neorrealista, que se vale incluso de actores no profesionales y del cuidado de la verosimilitud por medio de un estilo realista y documental. La variedad de registros impide que la película parezca entretenimiento puro. No es evasión de realidades, sino más bien recreación de situaciones sociales cada vez más presentes. En contraste con la premiada Celda 211 (Daniel Monzón, 2009), donde un funcionario carcelario simula ser un preso tras un motín, Audiard elabora con más precisión el argumento, los personajes y las situaciones. La película española, cuyo antecedente es Brubacker (Rosemberg, 1980), es un melodrama de espectáculo. Tiene matices políticos, pero con el objeto de crear atmósferas o conflictos y no reflexiones. Parte de estereotipos y emplea numerosos giros argumentales. Ambas películas son relatos de sobrevivencia, pero parecen coincidir en la idea de la enajenación institucional. La diferencia está en la forma. Celda 211 es cine de género, dirigido con rigor, pero con afán de espectacularidad. De allí su montaje sólido y su registro melodramático. Aunque el personaje también se corrompe, el origen de su furia es la tragedia de su mujer. Un profeta es cine de autor, pero con pretensión analítica. Tiene más vínculos con la realidad política. Trata de profundizar en situaciones sociales vigentes. Su ambición es representar una problemática presente en países democráticos para anticipar, con una metáfora sólida ―la prisión como sociedad―, un escenario de corrupción general.

Un profeta sigue la línea trazada por Gomorra (Garrone, 2008), versión cinematográfica del reportaje de Roberto Saviano sobre la mafia italiana. Ambas desmitifican el mundo del crimen. Las dos proponen relatos de profundidad moral e intelectual. A pesar de sus diferencias en la tensión narrativa, son ficciones con trasfondo sociológico. Más recreación que imaginación. Ambas implican reflejos, proyecciones y hasta tesis del tema que abordan. Pero el elemento que más las define y unifica es que, a pesar de sus diferencias argumentales e incluso estilísticas, las dos muestran, sin decorados, las consecuencias del crimen organizado entre los individuos comunes. Ambas son representaciones antes que invenciones. Tratan de mostrar realidades humanas con un sesgo atinado de estudio social. Un profeta no ha reformulado el género en el que se inscribe, pero por su estilo realista, su actualidad temática, su fluidez actoral y su cierre demoledor ―muy al estilo de Gángster americano (Scott, 2007) ― es, junto con Gomorra, el futuro del cine de mafias.

 

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Rodrigo Martínez (Ciudad de México, 1982) es comunicólogo por la UNAM. Ha publicado en las revistas Punto de partida, El Universo del Búho, Viento en vela, La revista y Periódico de poesía (versión digital). En 2004, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Universitario Agustín Yáñez convocado por la revista Tierra adentro y el Conaculta. Ganó el premio de cuento del Concurso 35 de Punto de partida (2004) y, un año después, recibió el de crónica del mismo certamen. Coordina el Área de Publicaciones Digitales de la Dirección de Literatura de la UNAM y es profesor de asignatura en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.).