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No. 28/CRÓNICA


 
Los Tropicales del Caribe, y de Medellín


Juan Manuel Granja

 
¡Apagá todo que ya sube la papayera!

Para entrar a Deluxe, para subir, sigo a Orlando Echeverría. Las luces apagadas y la ausencia repentina de altoparlantes —o reggaetón— me confunde con ellos. Soy, por la breve gracia del anonimato, el cuarto miembro de la papayera.

cronica-medellin.jpgPapayera es como se llama al alboroto que los músicos de la costa atlántica colombiana, con sus gaitas y tambores, causan en las fiestas. Alguna comodidad de la urbe ha logrado que los vallenateros como Orlando y los suyos —esa bullanga que hoy va uniformada de blanco repartiendo rumba— sean también una papayera. Deluxe, a esta hora de la madrugada, está lejos de ser un lugar fijo y preciso con no sé cuantas mesas y no sé cuantos vasos sobre las mesas. La discoteca es un puro presente de vértigo noctámbulo: faldas cortadas por el calor, risas que reencarnan en risas, rostros en el espejo de las botellas, nalgas y tetas diseñadas para mirones profesionales. Nos refugiamos en la fiesta a unas cuantas cuadras de El Poblado y su Parque Lleras, la zona rosa donde ricachos, riquitos y no tan ricos aún siguen al acecho o van de la mano de pelinegras o monas —rubias, rubísimas— que por ahora sólo quieren rumbear, rumbear y rumbear. Mañana es jueves y, claro, se trabaja. Aunque sea la semana festiva de inicios de agosto y la más rumbera del año, los paisas, como si obedecieran a una ética protestante que crece en los árboles del trópico, no paran de trabajar.

A sus 67 años Orlando aún se empeña por ser invisible, por lograr que nadie sepa que los Tropicales del Caribe han llegado. La papayera debe ser escuchada antes que vista, es la ley de la sorpresa, la ley de la noche. Tras Orlando, el guacharaquero, escondidos en el silencio de sus instrumentos, suben Ascención González, cantor y cajero, y Diego Vera abrazado a su acordeón. Han pasado seis horas y media de espera, y más de 20 años de parrandas a domicilio, desde que pararon en la esquina de la carrera 70 con avenida San Juan a ver si llegaba algún carro. A lo mejor se repite una llamada como la que alguna vez los llevó a cantarle vallenatos a la hija del archimillonario Ardila Lulle, que salió a festejar sus quince años, muy bonita la pelada en una silla de ruedas. O quizás consiguen algo más modesto, una moña, un contratico, para sumarle al menos doscientas barras a la bolsa aún vacía de la noche. "Acá en Medellín la gente es muy rumbera", me dice el guacharaquero, seguro de que el gentío que ha llegado de todos lados a la Feria de las Flores comparte su más firme creencia: "Fiesta que no lleve papayera no es fiesta".

Hoy la papayera son sólo tres. Aunque Orlando acostumbre acompañarse también de bajo y tumbadora para salir a tocar, hoy sólo son los tres. Y no sólo salen y tocan y se van porque de paso se dan una y otra vuelta y reparten unas tarjetas amarillas donde se leen tres números de celular, un e-mail, un "atendemos las 24 horas" y, pegado al dedo que las sostiene, un "artistas de Radio, Prensa y TV". Si bien Orlando, Ascensión y Diego no se hicieron músicos para vivir así, viven así para seguir siendo músicos. Los tres acabaron en esto imitando al hermano mayor o a aquel amigo también mayor que dejó de tocar antes de que todo se convirtiera en dormir de día, pelear el precio, merodear por la 70 o seguir los pasos de las amigas más entusiastas de un tipo al que le llevan, en secreto, un happy birthday con acordeón.

—Tienen que lucirse niños —dice la mujer tras el volante cuando subimos al jeep.

Luego de acordar la tarifa de 200 mil pesos por una hora de vallenatos, avanzamos una cuadra y ella precisa:

—Soy Natalia, soy abogada, acá mi amiga Viviana es contadora, nuestro parcero Wadi cumple 38 añitos.

—Para hacerle bien bien la vuelta tiene que pagarnos más —responde Orlando.

—Hágale con lo que le dimos, que nos encontró con los pantalones abajo, no hay mucho billete.

—No diga eso que hubiera estado bueno encontrarlas en ésas —sigue Orlando mientras se inclina para verlas mejor.

Las risotadas no evitan que Natalia vaya tan rápido como puede y puede ir muy rápido porque son cerca de las dos de la mañana. Pegado al vidrio del carro la ciudad parece un pesebre de Navidad con sus casas empotradas en las montañas. Tras las ventanas iluminadas se ve la gente que baila, pero hay más que baila frente a los tablados donde la Feria pone músicos y fiesta. Una vez más compruebo que afuera siempre hay más mujeres que hombres —muchas más— y muy hermosas. Le pregunto a Orlando, que va a mi lado apretujado entre guacharaca y vallenateros, si la cosa es siempre así, si cada vez que salen deben dar una prueba, como tocar partecitas de canciones antes de treparse al auto o, si es que están cinco, antes de llamar al taxi y seguir al auto.

—“Somos como putas”, me decía una vez un compa, a ellas primero las miran de arriba a abajo para subirlas al carro; a nosotros antes de nada nos escuchan y si andamos afinados, antes de media canción ya estamos andando pa’la fiesta a meterle rumba vallenata.

—Muchachos, cuando acabe todo les damos para un taxi o los regresamos a la 70 en el carro, allá arreglamos, ¿listo? —dice Natalia.

—Uy señora si nos da para un taxi ya tenemos carro propio pa’volver pues.

Natalia responde a la broma de Ascensión con un frenazo y una curva cerrada para al fin estacionarse a una buena distancia de la entrada. Viviana es la primera en sacar su celular:

—¡Apagá todo que ya sube la papayera!

La chiva en el aire

Medellín, miércoles a las siete de la noche, carrera 70 con San Juan. Llego a la esquina —olor de humo de motor, motor de suelo irregular— y ellos me creen su primer cliente. "Locombiano, sí, gracias a Dios soy colombiano" —me dice el taxista en su demostración del orgullo paisa para extranjeros. Los encuentro tras una parada de autobús y se parecen a lo que busco, a lo que creo buscar: el remate de la Feria, esos seres ambulantes que esperan en una esquina para volver a encender la mecha de la rumba cuando se han apagado las luces. No hay demora en escoger al portavoz, nadie tiene que decidir por él ahora que da un paso al frente. Orlando, su cara ancha, su caminado rápido que no le deja levantar mucho las piernas, esas piernas que lo hacen un señor bajito y que son capaces de esperar, como hicieron hoy, de siete a una y treinta hasta que llegó el jeep rojo, lo acercan hasta mí. Al escuchar su voz entre bocinas y bostezos de acordeón se me ocurre que recordar lo que me dice será difícil, se entromete su bigote de Tin Tan colombiano, su lenguaje dicharachero, ese humor callejero y costeño: "Pasé diez años por la Universidad de Bolívar, todas las mañanas que iba a comprar leche pasaba por toda la acera de la Universidad". Y él sigue. Y sus chistes y su canturreo y su soltura hablan de esa alegría suya y para los suyos que se sostiene en la fe, fe en el trabajo diario o, mejor dicho, nocturno, ese por el que Orlando le agradece al cielo: "Mi trabajo me lo bendijo Dios, siempre me ha ido muy bien y nunca he tenido que trabajar por cuenta de otro". Me pregunto si será oro, el oro que extraen de los cerros de Antioquia, el departamento del cual Medellín es la ciudad principal, lo que sostiene la cruz esmeralda que cuelga de su cuello. "¡Songo sorongo ya ve, songo sorongo ritmo movido!", canta Orlando. "Todos me dicen Echeverría", dice con esa voz reseca con la que se presentó con su guacharaca y su trinche a Rafael Cabezas, quien se encargó de sacarlo de Cartagena y traerlo a Medellín para grabar "a ver, uno dos tres cuatro, sí, cuatro long plays".

—Yo vine a Medellín y tres meses después estuve a poco de irme para siempre. Una balacera ahí mismo en la gasolinera de la esquina. Unos motorizados que pasan y le disparan a un bus que cargaba combustible. Sacaron un muerto y dos heridos. Ahí fue cuando dije: “Me regreso pa’mi Cartagena, mañana mismo me voy”. Al siguiente día tomé un taxi para comprar el tiquete y el conductor me dice que me amañe, que no pasa nada, que si usted no se mete con nadie, que esa gente quiere a los costeños, que o si no los taxis no trabajarían hasta tan tarde. Así, dimos media vuelta y regresé con mi guacharaca —Orlando saca las fotos de sus hijos, todos nacidos en Medellín, de un bolsillo secreto pegado a su costilla y continúa—: Ese taxista me convenció, ni siquiera sé cómo se llamaba pero le agradezco con toda el alma. Acá vivo bien, me sentí muy rápido como un paisa, mi vida ha sido chévere, muy chévere.

Sobre la acera, las letras verdes de un cartel definen el orden de salida de los conjuntos vallenatos. Detengo la mirada en una de las fotos que me muestra Orlando, en ella reconozco la similitud que guarda con cada uno de sus 36 hijos; esos que ha tenido con 14 mujeres distintas. En la primera lucen un uniforme con los colores de la bandera colombiana; paso a otra foto, camisas con llamas y, de nuevo, guayaberas. Freddy Orlando, Orlando Jesús, Elkin Orlando, Misael Orlando, Óscar Orlando sonríen tras una caja, una tumbadora, un acordeón.

—Los cinco más pequeños viven conmigo en el barrio Belencito —dice—. Acá a cinco minutos de la 70, a las tres cuadras vive la otra mamá con otros seis pelados míos.

Por las fotos parece que ninguno de sus hijos —todos varones— le hace a la guacharaca.

—Aquella vez apareció una muchacha de traje negro, nos llevó pa’la sala de velación y nos puso frente al ataúd —me dice Diego Vera, cambiando de tema—. Con un solo micrófono los cinco tocamos lo que nos contó que al difunto le gustaba: “Dime pajarito ¿por qué hoy estás triste?”. Al pajarito lo habían bajado de tres tiros… pero es que ésa es la música que dura, toque usted “Alicia adorada”, “La hamaca grande”, toda la música de Alejo Durán, toda esa vaina vieja a la gente le encanta, lo nuevo no suena más de dos meses.

Me lo imagino con su sombrero vueltiao y su Hohner de 2 millones 800 mil pesos, aunque sea difícil entender cómo sepultó el dolor en su acordeón, cuando perdió a sus hijos en los años del terror:

—Uno por andar de curioso en una balacera, otro por meterse con una señora casada.

Diego no para de mover los dedos, esos por los cuales Orlando lo llama una eminencia: "Don Diego, que además es de los pocos acordeoneros paisas que conozco, toca fandango, cumbia, porro, merengue y hasta tango."

—Mis hijos menores, en cambio, es como si vivieran en otra ciudad, trabajan, van a la universidá —dice la eminencia paisa del acordeón—: La Receta Vallenata se llamaba mi otro conjunto, el consultorio era aquí mismo y de acuerdo a la enfermedad del paciente le recetábamos un vallenato, un paseo o hasta un ron.

—No Diego, no diga eso que el ron pa’las vainas sentimentales es un mal consejero —remata Orlando.

cronica-medellin-desfile.jpgSu otro hijo es el acordeón. Diego no pudo tener uno propio hasta que el coronel Moure decidió que el batallón donde prestó servicio por 24 meses necesitaba un acordeonero para los eventos oficiales. Desde entonces, además de formar algunos discípulos, Diego no ha hecho sino buscar a los que quieran rumbearse su sonido, como en este miércoles que inicia —para él como para Orlando y Ascención— a las siete de la noche.

—Qué vaina —dice Diego Vera—, el viernes hay que levantarse temprano y darse una vuelta por el desfile.

—Hemos tocado para militares, traquetos y monjas, para gente empresaria y parranderos de toda monta. En la Feria hay mucha chiva y nos suben y nos llevan a tocar por todas partes —me cuenta Orlando.

Son como arrieros, me digo, el desfile de estos músicos ambulantes no es precisamente como el del acto principal de la Feria de las Flores pero de alguna forma se parece a la hilera de silleteros que cargan la fertilidad de la tierra sobre sus espaldas. Flores que sudan el spray del color de una gaseosa o que forman el logotipo de un banco, flores cultivadas en la montaña, arriba en Santa Elena; flores blancas y amarillas pintando el huevo frito de una bandeja paisa o la silleta en memoria de un Michael Jackson hecho la cirugía de pétalos. Quien las cuente hallará más flores que las que adornan las tumbas de la violencia. Los silleteros las cargan con orgullo, como la papayera que sigue cargando sus instrumentos. Los Tropicales del Caribe, aprovechando el desfile por el que han visto el sol que cuando tienen mucho trabajo prefieren no ver, siguen cobrando 200 mil pesos por una hora de música. La competencia ya no son los serenateros y sus guitarras o los mariachis y sus trompetas —a quienes en el día de la madre no hay músico o precio rebajado que les gane— sino mimos que pegan papelitos con dibujos de sonrisas en las solapas esperando unas monedas, la música a alto volumen que desfila con el desfile, los disfrazados de simios que se golpean el pecho por más monedas y los helicópteros que echan pétalos a una multitud más variopinta que las flores de Antioquia. Y al capricho de la imaginación —imposible no dejarse engañar por el delirio del color y el pulso de la fiesta— veo la papayera dentro del helicóptero, como si los hubieran subido a una chiva flotante, Orlando y Diego y Ascensión, música de acordeón y flores cayendo de las alturas.



Golpes de guacharaca

Orlando me dice que no me mueva, que me quede donde estoy, que debo estar cansado después de lo de ayer en Deluxe. Frente a la Universidad de Antioquia —donde a los estudiantes se les permite vender películas piratas para pagar sus pensiones— está el Parque de los Deseos. El sol no me ha dejado solo este día de nubes extintas en que el ladrillo rojo que cubre cada casa de Medellín debe sentirse como una parrilla encendida. Ansío volver al resguardo del metro que atraviesa la ciudad pero es Orlando quien la atraviesa a casi 80 kilómetros por hora.

Empiezo a pensar que la amabilidad de los colombianos resulta sospechosa cuando llega Orlando e imprevistamente me abraza. "Estoy con chaqueta negra", me había dicho por el celular —que sus hijos le enseñaron a usar— y en su mano derecha siento lo que los años le hacen a la piel. Sin guacharaca y sin uniforme es difícil adivinar a qué se dedica. Aún conserva cierto dejo de boxeador de barrio cuando su cuerpo amulatado le hace mover los brazos que parecerían ágiles pero se sienten tensos. Es como si arrastraran grilletes, como si hubieran cargado un gran peso a través del Caribe hasta llegar a Cartagena.

—No quiero volverme viejo, hermanazo —me dice—. Nací el 20 de septiembre de 1942 en el barrio de San Francisco. De allá salieron muchos boxeadores famosos en todo el país: Bernardo Caravallo, Mochila Herrera y, cómo no, Antonio Cervantes, el gran Kid Pambelé. Mi Cartagena es la cuna de los boxeadores de acá de Colombia y aunque no me crea y me vea bajito yo practiqué el boxeo por algún tiempo. ¿Peleas? En tantos años de salir todas las noches por las calles de Medellín parece mentira pero sólo me he metido en dos líos que llegaron a los puños. Uno por una mujer, otro por una mujer y una guacharaca… en ambos gané.

La sorpresa de los fenómenos astronómicos que expone el Parque de los Deseos como parte de los proyectos sociales que siguen transformando a Medellín pasa por un momento a segundo plano. La conversación con el guacharaquero se interrumpe por la preparación de la tarima para la final del Festival de la Trova a la que asistiré en la noche. Las cuartetas, versos improvisados, cantados y además rimados, intentan sumar los aplausos del público que se acomoda sobre sillas de plástico en el centro del parque, el mismo donde a veces se proyectan películas clásicas o donde los niños se echan encima arena blanca y limpia.

Para esta hora Orlando ya ha esperado un buen tiempo en la carrera 70. Los Tropicales del Caribe, dicta el cartel de letras verdes, serán los segundos en salir. Ascensión deambula por la vereda, ha subido de peso desde que llegó a Medellín hace 25 años. El negro de Urabá, el hijo de agricultores que cultivaban arroz en la región costera de Antioquia, el que Orlando me presentó como el vocalista "porque siempre tiene la boca lista pa’comer", ha sido recientemente elegido el presidente de la Cooperativa Multiactiva de Músicos Vallenatos de la 70. Su misión es lograr, a través de los aportes individuales de los 120 músicos que afinan sus instrumentos en la calle, la instalación de un local con facilidades para guardar sus uniformes, cajas y acordeones y así trabajar mejor.

—La ley ampara al organizado —me dice antes de sostenerle la guacharaca y verlo cruzar la calle para llegar al baño de la gasolinera Texaco—. Yo siempre he dicho que soy católico, apostólico y cartagenero.

El viejo percusionista hace tantos chistes como golpes de guacharaca caben en un vallenato. En el humor descubro resistencia. Una ciudad hace poco dominada por la muerte debe reír. Desde el Metrocable, uno de dos teleféricos que sirven como medio masivo de transporte, se ve a la familia que nunca tuvo balcón pero que se pintó a sí misma en la pared de su casa como si estuviera mirando desde un balcón colorido. Humor City es también parte de la Feria, un festival del humor donde los imitadores y los bromistas hacen reír a una mayoría de jóvenes que en otra vida y a esa misma hora estarían frente o detrás de una bala. El humor paisa, aquel que una vez fue capaz de rezarle a una virgen con revolver en mano para que los disparos lleguen a su destino, se burla de su propia cultura, de su propio humor, nada queda en pie porque basta una broma para demolerlo todo a carcajadas. Aquí no se trata de hablar con corrección como en otros lados, en los chistes que se cuentan en Medellín siempre está la irreverencia, el sexo: "aparte de la cola, de la mujer me gusta todo el cuerpo", me dijo por ahí un parcero, "ya se formó el maniculiteteo".

Dejo la carrera 70, todavía nadie ha venido a recoger a los vallenateros y leo en mi libreta lo que he recogido azarosamente sobre la ciudad en pocos días de Metro y taxis:

Montañas, industria, pasado: Pablo Escobar, Rosario Tijeras, Rodrigo D, La Vendedora de Rosas. Los Fernandos paisas: Botero (sus esculturas cerca de una iglesia) y Vallejo (el infierno dantesco de la comuna y la cama). Medellín, qué fácil era matar. Medallo, Metrallo. Oro de cerros antioqueños, tres millones de habitantes. Medellín, metrópolis transformada, oficinas que no cierran si no han pasado doce horas y por la noche aguardientico. Nacional, Rey de Copas, en la cancha contra el Rojo de la Montaña. Medellín, eterna primavera, shopping, cirugía. Migrantes que llegan de la costa y van en Metro a sus trabajos. Velas ardiendo en el Cementerio de San Pedro. El valle hundido en la cordillera, el aislamiento, hace de los paisas devotos de los motores y los convence de ser únicos. Medellín: qué pena… con mucho gusto… de pronto… hágale pues… ¿cierto?



Doscientas barras más el taxi

La minifalda acaba justo antes del tatuaje que serpentea su pierna izquierda. Lleva lentes blancos y unos zapatos Converse que se ven más nuevos de lo que son. Me habla a toda velocidad, la escucho unida al sonido bullanguero del acordeón que subió a Deluxe en la oscuridad y miro su cuerpo tan tuneado como los autos que exhiben en la Feria sus accesorios metálicos y sus equipos de sonido. Entre las frases de "El cantor de Fonseca" a cargo de Ascensión escucho que estudia en la Universidad Pontificia Bolivariana. "Una universidá privada, pontificia", me repite, "una carrera como diseño", me dice, con la voz expulsada por el ron, "es lo que le encarreta a una berraca como yo". Comparo su tono atropellado y ansioso con la frase resignada que me había dicho Orlando en la calle: "Hermanazo, le soy sincero, yo sólo sé hacer hijos y tocar vallenato… ésa es mi malicia, ésa es la astucia y la valentía mía, el 100% de todo es malicia como decía el viejo mío".

Diego ha tocado parado en el mismo lugar todo lo que han venido a tocar. Además de los dedos sólo mueve las piernas que bajan y se vuelven a enderezar como si el propio Diego Vera, desde los talones a la coronilla, fuera el fuelle encargado de hacer sonar al acordeón. Al fondo, se pueden ver las sobras de champán en copas plásticas que parecen de neón y la chica pequeña de falda azul, la encargada de apagar todo cuando empezaban a subir los vallenateros, sigue correteando de un lado al otro con una botella en mano: "Aguardiente para el cumpleañero, aguardiente para Ascensión, aguardiente para Diego, aguardiente para usté". Dejo de escuchar a la universitaria, me interrumpe el alboroto, debo volver a la papayera:

—A ver, a ver —dice Diego con esa voz rugosa de fumador que igual conserva cierta dulzura—, ya vamos tocando más de una hora.

Viviana alza la voz:

—No señor, aquí me faltan más canciones.

—Cincuenta más o nada pues —interviene Orlando. Alguien lo agarra de su camisa blanca, esa que forma parte del uniforme que aún no ha fotografiado.

—O siguen cantando o ustedes verán cómo se regresan a su esquina —dice un tipo calvo al que le brillan los aretes en ambas orejas.

cronica-medellin-noche.jpgCon el acordeón cerrado, Diego se cruza y pide "cincuenta más". Ascensión va detrás suyo y su rostro —el negro de Urabá es ahora más alto y macizo que en la calle— parece no decir nada reflejado en los ojos del calvo. Orlando cierra los puños. Deluxe, de repente, ha quedado en silencio. A Wadi no le importa, el barranquillero prendado del alcohol no se ha enterado de nada. Lo último que supo fue que en algún momento escuchó la guacharaca, la caja y el acordeón llenando su discoteca de recuerdos inventados por la voz de Ascensión. Aparte de un grupito atrás del bar encerrado en una discusión en la que aparecían personas que no están ni estuvieron aquí esta noche, la papayera logró enfiestar a la gente desde que arrancó con la canción de cumpleaños de la que nació —casi sin pausa— la famosa «Matilde Lina»: "…al recordarte Matilde sentí temor por mi vida…".

—Aquí tienen para el taxi —Viviana saca un par de billetes de la cartera que por poco deja olvidada en el jeep.

 


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Ilustraciones:
Músicos
http://extroversia.universia.net.co/html/reportajes/rep2006/huila/p_02.htm
Desfile
http://www.canalpatrimonio.com/es/noticias/?iddoc=57962
Medellín de noche
http://www.absolut-colombia.com/mas-sobre-medellin/

 


Juan Manuel Granja (Quito, Ecuador). Es escritor y periodista. Ha publicado en las revistas Mundo Diners, El Apuntador, BG, Dolce Vita, Revista Q y Vanguardia, así como en los portales La Selecta y El Portalvoz (España). En 2007 fue premiado por su novela corta Un ligero temblor en las piernas. En 2009 formó parte de una publicación especial de cronistas realizada por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano con su crónica "Los Tropicales del Caribe". Su poemario Alter se publicó en internet. Dirige los blogs de cine, literatura y música metamorfodromo.blogspot.com y folioinn.blogspot.com.