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CRÓNICA/No. 29


 

El diablito de Hannibal



Elías José Alejandro Arceo Contreras



 

La realidad siempre nos traiciona;
lo mejor es no darle tiempo y traicionarla a ella.

Javier Cercas, Soldados de Salamina

I

Su rutina es siempre la misma, parece que nunca cambiará. Son adolescentes, casi niños, que deben levantarse muy temprano para asearse, desayunar algo con muchísimas calorías (una torta de tamal con atole es, a menudo, lo mejor) y preparar los utensilios que necesitarán a lo largo del día. Así es la vida de los cargadores de mercancías en la Central de Abasto (CEDA), el centro distribuidor de alimentos más grande del mundo, y escenario de sus peripecias

Frente a este escenario hay un público enorme: la Ciudad de México. Si ambos, público y escenario, son analizados de forma independiente, parece confirmarse que “la capital no es una ciudad, son muchas”, como ha sentenciado el novelista Rafael Ramírez Heredia en La esquina de los ojos rojos. Pero si el público suele mirar de soslayo a los actores, como si fuesen de otra ciudad, la CEDA entonces confirma, con cifras y hechos, su condición de urbe en el interior de otra más grande, con su extensión territorial de 324 hectáreas; en ella, además, trabajan formalmente unas 70 mil personas, mientras que 300 mil visitan a diario sus instalaciones, así que en 2006 recibió a 109 millones de visitantes; cada día logra comercializar 30 mil toneladas de productos diversos ―frutas, verduras, hortalizas, flores, forrajes, carnes y abarrotes― hasta conseguir una venta anual de 10 millones 950 mil toneladas; todo esto redundó, también para 2006, en transacciones valuadas en 9 mil millones de dólares (así que viendo a la CEDA y a la Bolsa Mexicana de Valores como unidades productivas, se sabe que en dicho año sólo la segunda superó a la primera en cuanto a recursos generados en toda la nación).

Ciudad o metáfora de ciudad, la CEDA tiene una gran importancia para la capital mexicana, e incluso para la región central del país, pues no únicamente provee los alimentos que necesitan, sino que sus precios sirven de referencia para que los intermediarios ―desde pequeñas tiendas barriales hasta grandes supermercados― fijen los suyos, lo cual influye en los bolsillos y, por añadidura, en los estómagos de muchísimas personas.

Pero “estómago” y “bolsillo” no son entidades metafísicas. Esto significa que muchas personas trabajan para llenarlos. Por eso, ningún proyecto urbanístico puede considerarse exitoso si descuida, voluntaria o involuntariamente, a quienes contribuyen, con su trabajo, a solventar el principal desafío de toda gran ciudad del siglo XXI: procurarle comida suficiente, en cantidad y calidad, a su población. En esto colaboran, aunque no se les reconozca, los cargadores de la CEDA, y entre ellos hay muchas historias que ameritan su rescate y posterior difusión, más allá del amarillismo con que suelen ser abordados, en algunos periódicos y revistas los muchos delitos que cotidiana y lamentablemente ocurren en el lugar de marras.

diablito-de-hannibal-central.jpgAhora bien, entre los muchos cargadores que laboran en la CEDA, hay algunos que llevan tapabocas a la hora de sus faenas. Su presencia, tiempo atrás, llamó poderosamente mi atención, y me di a la tarea de investigar quiénes son y por qué se cubren las fauces con unos aditamentos donde destaca una “H” (así, mayúscula).

II

Aquí hay tantos niños que la CEDA también se podría llamar “El lugar más feliz de la Tierra”. Pero ¿qué hacen en un sitio que no es un parque de diversiones ni nada que se le parezca, sino un recinto de trabajo? Aquí empieza el problema, pues la Constitución mexicana, promulgada en el lejanísimo 1917, prohibe el empleo infantil en su artículo 123, que a la letra dice: “queda prohibida la utilización del trabajo de los menores de catorce años”. Un ejemplo más del abismo entre la realidad y las leyes, por más bienintencionadas que éstas sean.

Los niños y adolescentes que trabajan en la CEDA tienen un común denominador: trabajo sí, escuela no. Esta divisa se confirma todos los días alrededor de las 5:00 am, hora en que un ejército liluputiense ya se encuentra listo para guerrear contra la bestia de cemento, aunque la batalla, que todos los días reinicia y nunca concluye, pues la bestia no descansa, es una batalla literal, casi fantástica, como la de los pobladores de Liliput contra Gulliver. ¿Qué harán los soldaditos? Lustrar calzado, vender golosinas y artículos de bajo precio, reciclar desechos, servir de mensajeros, hacer trabajo de limpieza o jalar, hasta donde sus fuerzas y edades lo permitan, algunos de los muchos "diablitos" que operan en la CEDA (un “diablito”, no está de más recordarlo, es un pequeño carro de metal, con dos ruedas, en el cual se transportan mercancías, y recibe ese mote por los “cuernos” o barras con que se tira de él; por lo tanto, sus jaladores son conocidos como "diableros").

Como suele suceder con el subempleo, y México no es excepción, las cifras son inciertas. Así, tras consultar diversos estudios y documentos, el número de "diableros" en la CEDA puede ser promediado entre 10 y 12 mil, distribuidos en un igualmente confuso número de “empresas cooperativas” o de “asociaciones civiles”, que a menudo no son más que tapaderas de toda clase de abusos contra los cargadores. En los dos casos persiste el mismo engaño: las “cooperativas” suelen tener un “accionista mayoritario” (en realidad, un patrón) que alquila los "diablitos", a manera de negocio; mientras que las “asociaciones civiles”, en apariencia, no lucran con los "diableros", y dicen “trabajar” para el mejoramiento material y espiritual de ellos, pero lo cierto es que los mantienen muy controlados y les exigen cuotas para que puedan trabajar, con lo cual aumentan, desproporcionadamente, las ganancias y el poder de sus corruptos líderes, quienes, por otro lado, cuentan con el apoyo de algunos funcionarios públicos, lo cual hace aún más enmarañada la red de corrupción.

En cuanto a los menores de edad, dicho sea en honor de la verdad, quienes mueven mercancías no son niños, sino adolescentes. Pero en caso de seguir el criterio oficial, de acuerdo al cual sólo las personas mayores de 18 años pueden ser consideradas como adultas, persiste la duda sobre el número de trabajadores “no adultos” que prestan sus servicios en la CEDA, aun cuando su presencia es evidente. Son muchos los intereses económicos y políticos, y a quienes les conviene la indefinición numérica del subempleo, en un sitio donde se maneja, diariamente, un enorme caudal de dinero.

En el caso del empleo infantil no regulado, Jordi Borja y Manuel Castells, en su libro Local y global, han calculado en 100 millones el número de puestos de trabajo (cifra para el año 2000). Expresar numéricamente este tipo de cosas es importante, pero ¿todos los niños que trabajan son iguales, dando pie a una simple sumatoria? No, y es justo aquí donde entra la parte cualitativa. Por ello son de considerarse como muy valiosas, pese a los eufemismos que usan, las definiciones conceptuales de Ernesto Ortega y Verónica Peralta, quienes aclaran, en un texto llamado “Los niños en situación de calle” (contenido, a su vez, en una voluminosa antología de nombre La Ciudad de México en el fin del segundo milenio) que, en efecto, muchos de los infantes que trabajan lo hacen en las vialidades de grandes ciudades, como la capital mexicana, por lo cual se habla de “niños en situación de calle”, pero incluso esta noción puede subdividirse. Entonces, de forma genérica (incluyendo a las niñas) existen “niños en la calle”, quienes mantienen vínculos con sus familias y contribuyen al ingreso familiar mediante alguna forma de empleo callejero; y “niños de la calle”, quienes han roto todo vínculo familiar, se ganan la vida con múltiples ocupaciones y pernoctan donde les resulta posible. En ambos casos la referencia es a los menores de 18 años, con lo cual se elimina la ambigüedad entre menor, adolescente e incluso joven, aunque no estaría de más recurrir al concepto “indigencia juvenil y/o infantil”.

III

Investigar las condiciones de trabajo de los cargadores en la CEDA no es algo nuevo; muchos académicos y periodistas lo han hecho, recurrentemente, desde tiempo atrás. Todo esto ha contribuido para que el sitio sea conocido, publicitado, e incluso se transmitió, durante 2008, una telenovela llamada Central de Abasto, que probablemente llegará a otros países, dada la acogida internacional de los culebrones mexicanos.

Hay otro detalle: más allá de las estadísticas oficiales, no es fácil obtener información relevante y fidedigna, capaz de transparentar la correspondencia entre quienes venden su fuerza de trabajo y quienes la compran, pues la explotación de los primeros florece en los pantanos de la opacidad.

Para superar el escollo no conviene actuar como un tercero que investiga con pasividad, sino como un diablero más. Por lo mismo, el autor de estas líneas, a fin de penetrar hasta los intestinos de la CEDA para averiguar qué ocurre en ellos, decidió emular a Héctor Castillo Berthier, quien para desarrollar sus pioneras investigaciones sobre el problema de la basura y quienes de ella obtenían su sustento diario en la Ciudad de México, se hizo camarada de alguien que habitaba y trabajaba en el enorme, y ya por fortuna clausurado, tiradero a cielo abierto de Santa Cruz Meyehualco, dando origen a un esclarecedor libro: El basurero. Si Dante se hizo acompañar de Virgilio para recorrer el infierno en La divina comedia, este cronista hizo lo propio con un personaje que en lo sucesivo será llamado Condorito, apodo con que se le conoce entre su grupo de cargadores, y quien confiesa: “Yo salí de mi pueblo hace diez años. Vivía en la sierra norte de Puebla, pero un día me cansé de la pobreza y las limitaciones, y me vine para acá. Rápido conseguí chamba de diablero, pero la cosa estaba muy canija: mucha chinga y poca paga. Así que un día decidimos organizarnos un grupo de cargadores y yo para cambiar las cosas, y más o menos se ha podido.”

IV

Condorito (gran lector de las tiras cómicas del personaje creado por el chileno René Ríos, alias Pepo) me ha dicho también que muy cerca de la CEDA hay un lugar llamado Centro de Apoyo al Menor Trabajador de la Central de Abasto, y que existe desde hace 16 años. Lo administran, conjuntamente, el gobierno que encabeza Marcelo Ebrard y el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF). Se puede decir que este Centro labora con eficiencia: no solamente proporciona techo y comida a sus beneficiarios, sino que también los integra en actividades deportivas y artísticas, al tiempo que les facilita, de vez en cuando, atención médica. Todos sus servicios son gratuitos. Empero, quienes crearon dicha institución, y aun quienes la patrocinan, se olvidaron de algunas cosas importantes: en primer lugar, pasaron por alto las diferencias culturales y lingüísticas, y es que, por ejemplo, muchos diableros son indígenas y no hablan español, sino alguna de las 62 lenguas autóctonas que sobreviven en México. Además, la atención proporcionada es de corte asistencialista, compensatoria, y la cruda realidad recomienza a la hora de salir del Centro para vivir la explotación cotidiana en la CEDA. Peor cuando se sabe que aquél no tiene suficientes camas, así que muchos de sus beneficiarios, luego de la cena, deben ingeniárselas para dormir en cualquier parte, si es que no cuentan con familia ni vivienda.

Sin embargo, por paradójico que pudiera parecer, resulta tan poderosa la influencia que la CEDA ejerce sobre sus trabajadores, que la reivindicación de éstos únicamente puede darse desde el interior de su espacio de trabajo, y no de afuera hacía dentro, como se intenta en el Centro antes mencionado. Sabiendo esto, y gracias a que Condorito y los suyos detectaron, en la zona de flores y hortalizas, una bodega abandonada, se dieron a la tarea de convertirla en el sitio idóneo para brindarle techo a quienes no contaban con él. ¿Una bodega abandonada? En efecto, porque, a pesar de que las tres mil 775 bodegas que hay en la CEDA representan un negocio millonario para cada uno de sus dueños, lo cierto es que desde 1982, cuando entró en funciones el recinto, el constructor del mismo, el gobierno federal, se reservó para sí un gran número de ellas, las cuales fue privatizando con el paso del tiempo… excepto la que Condorito y los suyos detectaron hace cuatro años.

diablito-de-hannibal-central2.jpgDecidieron hacer todas las gestiones necesarias para convertir la bodega abandonada en un albergue interno. Pero había un problema: dado que la bodega se encontraba muy cerca, casi junto a la planta de transferencia que procesaba (y sigue procesando), diariamente, las entre 600 y 800 toneladas de basura que genera la CEDA, el pútrido olor que impregnaba a una pequeña parte de la zona de flores y hortalizas era un obstáculo casi invencible, y por eso ningún particular quiso adquirir la bodega 308, situada en un punto conocido, con cruel ironía, como La Perfumería.

Afortunadamente, con los avances técnicos, ya es más sencillo aislar los lugares del mal olor. Fue necesario revestir la bodega con materiales aislantes, qdonados por la empresa Rolan, quien no únicamente fabrica, sino que también proporciona su asesoría en el diseño y revestimiento de interiores que deben ser aislados, y quien proporcionó vidrio celular con relleno de silicato de calcio, al mismo tiempo que los diableros, organizados, aprendieron algo que se puede aplicar a otras situaciones de la vida: si se deja fuera el calor, el olor no pasará.

Éstas y otras donaciones se consiguieron gracias a la asesoría de Cooperativa Pascual, empresa embotelladora de bebidas que desde 1985 ha demostrado que las cooperativas son viables en México, y que mantenía negocios con Rolan. Desde un principio, Pascual ayudó a Condorito y los suyos, considerando que el reciclaje de la bodega 308 iba en sintonía con los cinco mandamientos urbanos de Jaime Lerner, tres veces alcalde de Curitiba (ciudad brasileña que es un modelo en América Latina, y quizá para el resto del mundo, por haber resuelto sus problemas), y dos veces gobernador del estado de Paraná. Así pues, vale citar tales mandamientos:

1) Utilizar tu auto lo menos posible en los trayectos/rutinas diarias. Las ciudades tienen que ofrecer alternativas viables de transporte público a sus habitantes.

2)  Separar la basura y reciclar todo lo que pueda ser reciclado (ej.: basura orgánica, periódicos y papel, materiales reciclables como aluminio y plásticos).

3) Vivir más cerca de tu lugar de empleo ―o traer tu trabajo más cerca de tu casa―. Por ejemplo, la creciente práctica de telecommuting, en la que muchos empleados trabajan desde sus hogares.

4) Entender que el desarrollo sustentable es una ecuación. Mientras menos gastas, más sustentables son la economía y los gastos energéticos de una ciudad. Cero desperdicio = un medioambiente sustentable infinito.

5) Los espacios públicos y municipales deben ser concebidos como lugares de múltiples usos. Ej.: un gran estadio para eventos deportivos debe ser utilizado continuamente. Por la mañana puede ser un mercado público, por la tarde una escuela, y en las noches se puede utilizar ese mismo espacio para conciertos, deportes, etcétera.

(Y, según parece, la CEDA, en su conjunto, camina en la dirección correcta: algunos de sus espacios, como los muchos estacionamientos que contiene, ya son usados para realizar encuentros deportivos, como funciones de box y lucha libre. A esto se puede sumar el uso de sus instalaciones como foro de televisión, ya que además de la mencionada telenovela, se han grabado otra clase de programas, e incluso algunas películas.)

Pero ¿cómo fue posible que un grupo de diableros, escasamente educados, hayan logrado rehabilitar un espacio con criterios incluso urbanísticos y medioambientales? Para ello fue determinante la intervención de una organización no gubernamental llamada Progresando Juntos, que desde tiempo atrás está facultada, como muchas otras ONG, para recibir a universitarios que deben realizar su servicio social. En palabras de Marcial Cantú, director ejecutivo de Progresando Juntos, “nuestros prestadores de servicio social, entre los que había futuros urbanistas, arquitectos, economistas y trabajadores sociales, detectaron muchos problemas en la Central de Abasto, así como sus posibles soluciones. Después, ante la imposibilidad de arreglarlo todo, decidimos enfocarnos a un problema y a una zona muy específica. Fue así como nos propusimos convertir una bodega abandonada en albergue interno, gracias a que la propia bodega fue detectada por sus futuros usuarios, es decir, los cargadores”.

V

Regresando a los vericuetos de la bodega 308, debe decirse que ocuparla fue relativamente fácil; mantenerla, no tanto. Un buen día de enero de 2005, Condorito y algunos diableros que ya eran sus amigos, movidos por la convicción de que es mejor pedir perdón que pedir permiso, rompieron las maderas que tapiaban la entrada, y sin más se metieron. La encontraron fría, húmeda y maloliente.

Casi de inmediato, la Administración de la CEDA los quiso sacar, pero no lo han logrado porque, simultáneamente, los nuevos ocupantes aceleraron el trabajo necesario para concretar otro objetivo que se habían trazado: fundar una empresa cooperativa de diableros. Debido al temor de perder el control sobre los trabajadores esto parecía muy complicado, por no decir imposible. La gente de Pascual les enseñó el camino correcto, y los aleccionó políticamente. “Nos hicieron ver ―explica Condorito que aquí en la Central de Abasto no existía una autoridad única, porque ni siquiera la Administración cumplía ese papel. Lo que había era un titipuchal de grupos de poder, bien dispersos todos. Eso lo teníamos que aprovechar.” Si el lugar era, pues, como un concierto de jazz, Condorito y los suyos tenían que tocar sus propias notas, y entre más fuerte, mejor. Pero si los vieron tan inmaduros que nadie les hizo caso, menos les iban a mostrar respeto. Sin embargo, la coyuntura les ha sido favorable. La regularización de los trabajadores de la CEDA se ha vuelto una necesidad imperiosa, dada la exigencia de volver competitivo al lugar, que en los últimos años ha resentido el embate de Wal-Mart, con sus precios bajos (y altos costos, siempre ocultos, como lo demostró el documental llamado Wal-Mart: high cost of low prices), así como de otras cadenas de supermercados. Y es que, a pesar de que su meta original era la de ser un mercado mayorista, la realidad socioeconómica del país ha determinado que la CEDA funcione, ahora mismo, como un mercado minorista.

El grupo decidió pintar la dotación de cien diablitos ―recolectados por Pascual y otros donadores― en un solo color (verde oscuro), para diferenciarlos. En respuesta, y al poco tiempo, empezó un programa que se extendió al resto de la CEDA: se volvió obligatorio que cada diablito cuente con una placa, como los vehículos automotores. También existe la idea, aún no implementada, de dotar a cada trabajador de una credencial que le será dada por las autoridades a cambio de mostrar su acta de nacimiento, y así crear, poco a poco, las condiciones para un necesario padrón de trabajadores, en el que sería imperativo erradicar el trabajo de los menores de edad. Empero, si las credenciales no se hacen acompañar de medidas adicionales, terminarán fracasando, puesto que cualquier trabajador podría alquilar su diablito en la cooperativa o asociación que más le plazca.

Por lo anterior, la cooperativa de los diablitos verdes no sólo alquila, sino que ha buscado, en la medida de lo posible, reinventar el sistema. De tal suerte que cada trabajador, del dinero que obtiene por un día de trabajo, alrededor de 150 pesos, aporta a la cooperativa un 15%: 7.5 por el diablito y 7.5 por el uso de la bodega 308, que ya ha sido rebautizada como “El Diablito de Hannibal”, en recuerdo del personaje creado por el escritor Thomas Harris, e interpretado en el cine por Anthony Hopkins. Se le recuerda porque, cuando el caníbal Hannibal Lecter fue llevado a juicio, se le presentó montado en un diablito, inmovilizado con una impresionante máscara-bozal. Durante los primeros trabajos de acondicionamiento de la bodega, los cargadores decidieron llevar tapabocas, dada la hediondez; muchos de ellos siguieron usándolos a la hora de mover mercancías, para así darle un sello distintivo a la naciente cooperativa, hoy conocida justamente como Los Hannibales; de ahí la “H” que empezaron a ostentar poco tiempo después en unos tapabocas mandados a hacer con fines distintivos. ¿A quién se le ocurrieron los nombres de la cooperativa y del albergue? Nadie lo recuerda a ciencia cierta. Quizá fue a alguno de los universitarios que estaban con Progresando Juntos, alguien con evidentes gustos cinematográficos, pero no quedó constancia de ello.

De todo el dinero recaudado ―se restan los pagos de: electricidad, agua, cuotas a la administración, etcétera―, cada fin de año se reparten las ganancias entre los socios, que ya son 60, luego de cuatro años de esfuerzos conjuntos. Gracias a estas aportaciones, El Diablito de Hannibal es ya un sitio muy diferente: cuenta con 90 camas (30 de ellas en la sección para mujeres), baños con 10 duchas para cada género, una pequeña mediateca multilingüe pensada en quienes no hablan español, y que fue conformada con donaciones y asesorías del Instituto Nacional de Antropología e Historia, un también pequeño dispensario médico y psicológico (sostenido gracias a estudiantes de medicina y psicología que hacen ahí su servicio social), y se está instalando una cocina comunitaria, en espera de que en unos dos o tres meses entre en servicio. Para darle un cierto aire artístico a los 350 m2 de la ex bodega, se ideó convertir sus paredes en un mural colectivo, donde cada socio plasma o escribe algún pasaje de su vida, un anhelo o algún fragmento mitológico de su pueblo originario ―en caso de ser indígena.

Las reglas, por otra parte, se limitan a dos: no alcohol y no drogas. Si algún socio tiene alguna adicción, se le expulsa de la cooperativa. “Esto puede parecer muy duro, pero así nos evitamos problemas adicionales y no proyectamos la falsa imagen de un asistencialismo que rechazamos desde un principio”, manifiesta, enfático, Julio Salinas, quien colaboró en la fundación del lugar cuando era prestador de servicio social de la carrera de trabajo social, y que ahora, además de trabajar también para Progresando Juntos, es uno de los principales asesores del albergue.
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Por lo demás, los socios, si viven fuera de la CEDA, ya cuentan con un refugio, a fin de que no tengan que recorrer largas distancias de su casa al trabajo. Y si no tienen techo ni familia, “El Diablito de Hannibal”, cubre aspectos materiales y culturales.

Vale decir, por último, que el esfuerzo se ha circunscrito a la zona de flores y hortalizas. La CEDA es tan grande que en otros de sus puntos Los Hannibales aún no son conocidos. Los dueños de bodegas en la zona, que en un principio fueron hostiles, ya ven con buenos ojos a Condorito y los suyos, pues han comprendido que no les hacen competencia en cuanto a ventas, y sí, en cambio, han puesto su granito de arena para modernizar la CEDA, algo que tanta falta hace. Ojalá que el ejemplo cunda en el resto del mercado más grande del orbe.

Para el futuro inmediato se tienen los siguientes retos: lograr que el gobierno del Distrito Federal conceda el comodato definitivo (ahora “El Diablito de Hannibal” está bajo la figura jurídica del comodato provisional), así como enmendar el Reglamento Interno de la Central de Abasto, el cual data de su fundación y prohíbe el uso habitacional de las bodegas. Por fortuna, el abogado Pedro Morales Aché, defensor de los derechos humanos en México, que  ha asesorado el proyecto, sostiene que “tal prohibición está pensada contra el subarrendamiento o invasión ilegal, mas no para usos sustantivos de la CEDA y el bienestar de quienes en ella trabajan”. Se necesitan, por lo demás, todas las garantías jurídicas.

Para concluir, una cita de Tim Flannery, autor de La amenaza del cambio climático: “Nuestra civilización se basa en dos pilares: nuestra capacidad para cultivar la suficiente comida para sustentar a un gran número de personas que se ocupan de tareas que no son cultivar comida; y nuestra capacidad para vivir en grupos lo bastante grandes como para mantener grandes instituciones. Estas aglomeraciones se conocen como ciudades, y el mundo civilizado deriva de sus habitantes, los ciudadanos. Las ciudades son clave para la civilización, y sin embargo son entidades frágiles, vulnerables a las tensiones que provoca el cambio climático. Es importante, por tanto, considerar las ciudades en relación con el suministro de las necesidades básicas: alimento, agua y energía”.


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Elias José Alejandro Arceo Contreras (Ciudad de México, 1983). Estudia en la Facultad de Arquitectura de la UNAM.