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CRÓNICA/No. 30


 

Los anafres de cristal



José Alejandro Arceo Contreras



 
 
1. Desayuno
Los chilaquiles de la abuela


―Abue, les volviste a poner bien poquito queso.

―Es que son chilaquiles con queso, no queso con chilaquiles, mijito.

Esta graciosa anécdota es narrada por el buen amigo Germán, mejor conocido en Ecatepec, Neza y anexas como “el Cabezón”, por la prominente cholla que no soporta las cachuchas de beisbolista porque le aprietan mucho. ¿Pero a qué viene la historia de los chilaquiles sin mucha cuajada? Lo que pasa es que se estrenó, en Ciudad Azteca, el Mexipuerto Bicentenario. Al recorrerlo, como bien dice Germán, no sabe uno si es un paradero con centro comercial o un centro comercial con paradero. ¿Qué será?



2. Almuerzo

Los tamales de Germán


La línea B, que junto con sus diez hermanas compone el Sistema de Transporte Colectivo conocido como Metro fue construida en tramos que se inauguraron en diferentes años.

Su emplazamiento comenzó en 1994, aunque la crisis económica que se desató ese mismo año la mantuvo en “obra negra” (más bien arrumbada) por muchos meses. Tuvo que pasar un lustro para que Rosario Robles, a la sazón jefa de gobierno del Distrito Federal, entregase un primer tramo, de Buenavista a Villa de Aragón, e hiciera el recorrido inaugural junto al entonces presidente, Ernesto Zedillo, el 15 de diciembre de 1999.

los-anafres-mexipuerto-comercial.jpgCasi un año después, el 30 de noviembre de 2000, se realizó la apertura del siguiente tramo, hasta Ciudad Azteca, aunque ninguna autoridad importante asistió al acto; quedó en la terminal ecatepense una placa alusiva sin develar, que quizá nunca estuvo cubierta por un velo.
Semejante desdén, adujo el gobierno federal, se debió a que Zedillo debía atender a los muchos mandatarios y demás visitantes extranjeros de alcurnia que habían venido a México para la unción de Vicente Fox como presidente.

Pero, como sucede en estas tierras de Huitzilopochtli donde la planificación urbana siempre lleva puntos suspensivos… la terminal de Ciudad Azteca no empezó a trabajar completamente acabada, le faltaba aún la mitad del paradero proyectado. Por ello, hacia el costado izquierdo, en donde se ubica Plaza Aragón, quedó una estampa citadina de corte surrealista: un puente que penetraba en un lote baldío, con escalinatas mochas que quizá jamás fueron pisadas, y, debajo de ellas, maleza y tierra suelta en lugar de las prometidas “bahías” para que el transporte público pudiese dejar y recoger pasajeros.

―¿Y por qué nunca fue terminado el paradero? ―preguntan al Cabezón.

―No estoy muy seguro, pero creo que la Compañía de Luz no quería desocupar las instalaciones que tenía junto al páramo ―responde presuroso―, pero, al final, se terminó saliendo, pues logró un trueque con el gobierno municipal, que le cedió un terreno más grande en otra parte del municipio.

―¿Qué pasó después?

―Comenzamos a trabajar en el otro costado de la terminal, en la mitad del paradero que sí se hizo.

Semejante uso del plural proviene de un personaje que no encarna la movilidad social, ni siquiera la inmovilidad social, sino la regresión social. Germán siempre fue un buen estudiante, obtuvo altas calificaciones en el CCH, por lo que pudo ingresar a la carrera de Relaciones Internacionales en Ciudad Universitaria. Doble triunfo: entró a una licenciatura muy solicitada y, además, en el campus que más piden los estudiantes de prepas y CCH a la hora de ejercer su pase reglamentado. Sólo que la crisis económica lo trituró en poco tiempo; y no la crisis de 2008-2010, sino la que se dejó venir durante los primeros dos años del pusilánime gobierno de Vicente Fox. Las circunstancias del Cabezón se complicaron aun más tras la muerte de su padre, fumador empedernido, a los 52 años de edad. Desprovisto de ingresos propios, obligado a contribuir al gasto familiar y, como él mismo dice, “sin la posibilidad de pedir alguna beca tipo Pronabes porque no existían apoyos así en aquel entonces”, no le quedó otra opción que abandonar sus estudios. Poco antes buscó algún trabajito de medio tiempo, pero terminó desilusionado por los míseros sueldos de las plazas disponibles, que de ningún modo justificaban el tiempo y el esfuerzo que debía invertir en ellas.

Vio entonces la luz al final del túnel: una piadosa mujer, vecina de la familia, le dijo a su madre que se estaban apartando lugares para instalar puestos en el paradero de Ciudad Azteca. Esto, a finales de 2002. Al Cabezón le repugnaba la idea de terminar como vendedor informal, pero tenía urgencia de dinero, y como trabajaría muy cerca de su casa, ubicada en la colonia Valle de Anáhuac, se presentó, resignado, con la persona que llevaba el tejemaneje del asunto. ¿La condición para tener un puesto? Apoyar al PRI en las elecciones para presidente municipal de Ecatepec en 2003. ¿Y por qué hasta entonces no habría vendedores en el paradero? Precisamente porque no eran tolerados por los democráticos panistas que gobernaban el municipio desde 2000, que los creían un sostén corporativo de los corruptos priístas. Poco después, bajo la batuta de un diputado cuyo nombre Germán no quiere recordar, los aspirantes a un local se organizaron para desempeñar tareas específicas, que dieron fruto una vez que los zorrunos priístas lograron volver por sus fueros y desbancar a los inexpertos panistas. Así, los puestos comenzaron a brotar como hongos en un sitio que se había mantenido accesible para los peatones a toda hora. Al Cabezón, como premio por haber usado sus conocimientos sociales y políticos en beneficio de la causa, le tocó un espacio para vender atole y tamales (que a su mamá, dicho sea de paso, le quedan muy buenos).

―Además de tu puesto, ¿qué más te dejó la política?

―El descubrimiento de mi destino como tamalero, y del cielo me cayeron las hojas.

―¿Cómo eran tus jornadas de trabajo en el puesto?

―Me tenía que levantar a eso de las 5:30 de la mañana para preparar la venta, que debía comenzar a las 6:00. De ahí me seguía más o menos hasta las 10:30, a veces hasta las 11:00, cuando los últimos tamales ya eran más bien almuerzo. Pero eso ya se acabó ―al decir esto, su semblante se torna triste.



3. Comida
Las Tortas Locas Hipocampo


Por un momento la conversación se interrumpe, pues alguien grita “¡goooooool!” Un narrador proclama el tanto anotado en un partido de fútbol que proyectan las pantallas colocadas en el área de comida del Mexipuerto Bicentenario.

Casi de inmediato, la charla se reanuda, pero no por mucho tiempo, pues un malencarado policía, casi con más cicatrices (¿de acné o de viruela?) que poros en su rostro, se acerca y nos advierte: “Jóvenes, estas mesas nada más pueden ser ocupadas por clientes del lugar.” Los que preparan las tortas más famosas de México, que por lo visto ya son una franquicia, esbozan sonrisas burlonas. El Cabezón se levanta de mala gana y escupe: “Mejor vámonos, que de mejores lugares me han corrido.”
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Hay muchos, quizá demasiados, policías en este lugar. Algunos, incluso, portan atuendo antimotines, que sin duda los protegen bien de la cabeza a los pies (sus botas, de tan gruesas, resultan intimidatorias), como si los macheteros de San Salvador Atenco fuesen a venir por unas Tortas Locas. Y si todos los elementos pertenecen a la Agencia de Seguridad Estatal, como lo denota el distintivo fosforescente que llevan, en el cual sobresalen las siglas ASE, pues se hace evidente que esto es un paradero, una instalación pública custodiada por uniformados a quienes les paga el erario.

Pero no, no es así. Esto se comprueba por el recorrido kafkiano que ahora deben hacer los pasajeros que salen del metro para tomar los camiones y microbuses en los que se internarán todavía más en el norte y el oriente del Estado de México, rumbo a las ciudades-dormitorio que han proliferado en aquellos lares. Si antes, tan pronto bajaban de los convoyes anaranjados, les bastaba con subir por unas escalinatas, llegar a los puentes ubicados en el costado derecho de la estación y luego descender hasta el antiguo paradero, ahora precisan:

1. Hacer casi lo mismo de antes, con la novedad de que deben dirigirse hacia el costado izquierdo de la estación y cruzar por los resbalosos puentes que la enlazan con el Mexipuerto. (Quien escribe padeció los derrapes causados por el flamante piso de jaspe y no por las suelas.)

2. Una vez en el Mexipuerto, tienen que ascender, por escaleras eléctricas o de cemento, al segundo nivel del inmueble, que es como la galería de cualquier centro comercial moderno, con establecimientos y grandes aparadores uno junto a otro, alineados de manera que sea imposible salir de allí sin verlos, pues las escaleras están ubicadas en el centro y en los extremos, que se corresponden con los extremos de la estación Ciudad Azteca.

3. Posteriormente, justo por el centro del segundo nivel, deben bajar al primero, que es una galería similar a la de arriba. Es aquí donde se encuentran el área de comida y es posible salir al exterior del Mexipuerto, pero no al transporte público, por otras escaleras que se ubican, para variar, en las puntas del nivel.

4. Después tienen que descender, por peldaños adicionales, hasta lo que parece un “sótano”, aunque se encuentre ¡justo al nivel de la calle!; no podía ser de otro modo, pues por él entran y salen las unidades del transporte público. Este nivel es menos lucidor que las galerías superiores, si bien persiste la presencia de comercios, sobre todo de comida, lo que evidencia la vocación comercial del inmueble.

5. Oh, sorpresa, como no es posible caminar al paradero de camiones y microbuses porque los andenes están separados con vallas metálicas (menos el primero, reservado para un sitio de taxis), los futuros pasajeros tienen que bajar otra vez por unos escalones de cemento, recorrer un frio pasadizo que es la tripa del nuevo monstruo urbano de Ecatepec y, ahora sí, escoger, desde aquí, las múltiples gradillas por donde se puede trepar a cada andén. Acá abajo, por cierto, hay pequeños locales de revistas y periódicos, telefonía celular, etc.

Y todo para tomar un miserable pesero.

Seguramente, el recuento previo ha resultado tedioso, pero lo es mucho más para quienes diariamente lo realizan desde diciembre de 2009. Y no una, sino dos veces, de ida y vuelta, al derecho y al revés.

Octavio Paz dijo alguna vez que la arquitectura es el testigo insobornable de la historia. También puede ser una excelsa metáfora de la vida contemporánea: ¿el Mexipuerto, con sus bajadas y subidas, con lo relamido de sus altos y lo astroso de sus bajos, recuerda lo efímero de la dicha y la prolongada infelicidad de la época?

los-anafres-combis.jpgQue no haya lugar para el engaño: el Sanborns, el Chedraui, el +Kota, La Ciudad de Colima, el Quick Learning y todos los demás negocios del Mexipuerto fueron traídos para seducir, antes que cualquier otra cosa, a potenciales compradores, imponiéndoles la ilusión de que usan “el paradero más limpio, seguro y eficiente del país”. Y lo peor de todo es que, precisamente, lo sepan o no, lo quieran o no, son consumidores casi cautivos, como antes lo eran de los vendedores informales del viejo paradero. Andar por aquí ya es “voluntariamente obligatorio”, como el pago de esas cuotas que desde tiempo atrás vienen cobrando las “escuelas públicas”. Sí, el dios Consumo ha de estar contento por su nuevo templo y por las víctimas propiciatorias que se le ofrendan diariamente.

Pero la ilusión se desvanece cuando hay que abordar camiones o microbuses. En el espacio donde fueron confinados, en ese inframundo al ras de la calle, se acaban los compradores y quedan los mismos de siempre, los pasajeros, los ciudadanos de pesero. ¿De qué les ha servido a ellos el cambio del paradero si lo esencial, es decir, el servicio de movilización colectiva, no ha mejorado? Las mismas unidades carcamanas, los mismos choferes irresponsables, las mismas tarifas, la misma duración de los recorridos hasta las ciudades-dormitorio, la misma inseguridad en el trayecto. “En lugar de tener tantos policías aquí, mejor los hubieran puesto en nuestras unidades, para ver si bajan un poco los asaltos, que los hay de a madres por la avenida Central”, se queja un operador que conversa con un colega.

¿Cuántas personas ya se habrán dado cuenta de esto? Cuando menos los ancianos, las mujeres grávidas y los discapacitados, ya que el diseño de los andenes no los tomó en cuenta. Una escena como ejemplo: dos policías sudan la gota gorda para subir, desde el pasadizo, a una mujer obesa que, horror de los horrores, va en silla de ruedas: “Hasta que por fin sirven para algo estos pinches tiras”, expresa, con voz queda y socarrona, el Cabezón. Y añade, ya con molestia, que “si allá arriba hay un elevador, ¿por qué mierda no lo hicieron hasta acá abajo?”. Lo cierto es que sí llega hasta el pasadizo, aunque de momento no funciona, lo cual, de todas maneras, constituye una grave omisión.

―Y ante esto, Germán, ¿por fin qué es esta cosa: paradero con centro comercial o centro comercial con paradero?

―Mira, la neta, no lo sé. Pero creo que lo importante no está en qué es, sino en cómo se siente uno aquí. Y yo me siento enojado, no tanto porque este pinche lugar me haya desplazado: más bien me molesta que los pasajeros sigan jodidos. Es como si los viejos anafres se hubieran transformado en aparadores.



4. Cena
Las últimas fritangas de doña Lola


Salir del Mexipuerto implica dejar atrás el particular bullicio que delata una obra inconclusa, pues todavía se escuchan los golpes de martillo, las perforaciones de taladro, las maderas que sucumben ante las motosierrras. También, y cuán desagradables resultan, los aromas de la pintura y el solvente que escapan de algunos establecimientos. Bien los percibe Germán cuando sugiere: “Salgamos de aquí o nos ponemos pachecos.”

Por fuera, el edificio posiblemente se parezca a una pirámide, con contornos que se van compactando tenuemente de la base a la crisma. Y si esto es difícil de percibir para los ojos abotagados por la transportación diaria e incómoda ―que termina imponiendo una rutina―, es aún más difícil darse cuenta de su altivez, que contrasta con las edificaciones chaparras alrededor. Entonces, ¿cómo no darle el mote de monstruo urbano e, incluso, de templo?

Total, que el Cabezón se dirige al otro costado de la terminal Ciudad Azteca, donde estaba el viejo paradero, y hay que seguirlo porque prometió un “espectáculo sui generis”. Mientras avanza por uno de los puentes nuevos, una mujer comenta por celular “lo nice que está ahora el paradero de los camiones”, pero no ha terminado de decirlo cuando un tremendo resbalón la manda al piso, y su teléfono cae hacia la avenida Central por una rendija que no debía estar aquí. “¡Mi celular, mi celular!”, grita con llanto mientras la ayudan a incorporarse. El Cabezón, que ha contemplado la escena sin moverse, sonríe y luego murmura: “Ah, qué vieja tan pendeja. Y lo más seguro es que ni siquiera sepa el nombre de su paradero nice.”

Continuamos avanzando y unos pasos adelante, sobre uno de los puentes viejos que también se correspondían con los extremos de la estación del metro, abrimos los ojos sorprendidos ante lo que parecía imposible: los vendedores informales se van, sí señor, se van para no volver.

Lo que sorprende del espectáculo de abajo, es el estado en el que se encuentran otros paraderos que están junto a otras estaciones del metro. Piénsese en Cuatro Caminos, Indios Verdes, Pantitlán, Tasqueña, Tacubaya, Chapultepec, El Rosario, Martín Carrera, donde los vendedores informales ya más bien se volvieron “fijos” (nunca formales, pues no aportan nada al fisco ni a ninguna otra autoridad), y donde hay comerciantes toreros que no siempre trabajan, pero cuando lo hacen tienden sus mercancías en un sitio hoy y otro mañana, siempre listos para recoger sus cosas y huir de los vigilantes, formando una masa escurridiza que no deja de crecer. Eso ―con el Cerro Gordo de fondo y el Cerro Tres Padres (con sus múltiples antenas) a lo lejos― ya se acabó en Ciudad Azteca.

Bajamos del puente y Germán es abordado por unos tipos que, al parecer, también son, o eran, vendedores informales:

―¿Qué onda, pinche Cabezón? Abróchate la cachucha de atrás, como deber ser ―le dice uno.

―Deja de estar mamando, güey ―contesta el aludido.

―Ya recogiste tus cosas, mai ―inquiere otro.

―Justo a eso vine ―se despide de ellos.

Germán enfila hacia donde estaba su negocio. Cada paso intensifica el deprimente réquiem urbano creado por los incontables fierros que chocan contra el suelo, arrojados por los que desmontaron sus puestos. También se escucha el chirriante sonido de las seguetas que trozan las cadenas que, hasta hace muy poco, servían para asegurar los tenderetes; ahora sus propietarios, descorazonados, deben llevárselos a otra parte.

De sobra está decir que abundan las caras largas. Y no nada más entre los que alguna vez vivieron del comercio, también de los que venían cada vez que corría, como reguero de pólvora, el rumor de que los comerciantes regalarían comidas y bebidas sobrantes a los que llegaran por ellos, aunque era tanta la demanda y tan poca la oferta, que casi todos los pedigüeños se quedaban con un palmo de narices. Por otra parte, causa horror constatar los devastadores efectos de la crisis económica del país: entre la concurrencia hay gente que a leguas muestra su ya largo trajinar en la indigencia, pero la mayoría, sin parecer opulentos, no viste harapos, ni andrajos; hay quienes se lamentan por teléfono celular de no haber alcanzado nada. ¿Clase media que con horror mira el abismo ante sus pies, o, que tal vez, ya cayó en él? Puede ser.

 

 

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En medio del ruido de metales y lamentos hay, sin embargo, tiempo y disposición para que los ex-vendedores intercambien sus impresiones. He aquí lo dicho entre una señora que vendía fritangas y alguien con quien probablemente se llevaba muy bien:


―¿Qué pasó, doña Lola? Oiga, ¿y hace cuánto que estaba con ese aceite? ―y con el dedo señala un enorme cazo atiborrado de una sustancia negruzca y repugnante.

―Újule, pues creo que desde que nos instalamos aquí.

El puesto de Germán era de los mejor montados. Ostentaba un rótulo que decía “Tamales Internacionales” y, a otros de igual tamaño, llegó a formar un tinglado largo, hasta había estufas, hornos de microondas, licuadoras, extractores de jugos, freidoras, refrigeradores patrocinados por cervecerías o refresqueras, y muchas mesas con sus sillas, sin dejar de lado los arquetípicos anafres; y también venta de ropa dark, de juegos y software piratas (con computadoras incluidas) y hasta un body art studio donde se hacían insalubres tatuajes y perforaciones.

La tónica del momento es la misma: hay que montar todos, absolutamente todos los enseres, incluyendo las láminas de los techos y las tablas que fungían como paredes, en diablitos que no volverán a rodar por aquí. También hay quienes sacan sus triques en camionetas que, igualmente, no circularán de nuevo por este sitio que en unos pocos años será la terminal definitiva del Mexibús, versión mexiquense del Metrobús chilango, y que provisionalmente ha comenzado a operar en los andenes del Mexipuerto. (Su puesta en operación ha resultado mucho más problemática de lo que se pensaba en un principio, y la prensa ha dado cuenta de ello, por lo que aquí no se dirá nada al respecto.)

―¿No les ofreció el gobierno del estado alguna alternativa de trabajo?

―No, y más bien fue por una pendejada nuestra. Mira, hace un tiempo se quiso meter aquí la gente de Alejandra Barrios, del DF, pero no la dejamos porque nos sentíamos protegidos por el PRI. Pero a la mera hora éste nos dejó colgados de la brocha, mientras que esa vieja hasta les consiguió plazas comerciales a los vendedores que dejaron el Centro Histórico hace un tiempo.

―¿Y qué onda con el gobierno municipal?

―¡Uf! Ni me lo mientes. Eruviel Ávila es la rata más inmunda que pueda haber ―y tras decir esto, con visible coraje, lanza, hasta donde le alcanza la fuerza del brazo, una botella que aún tenía algo del refresco.

Ahora bien, ¿cuándo y por qué se acabó el amor entre los priistas y los comerciantes del lugar? Para responder hay que remontarse al 5 de julio de 2009, día de las elecciones municipales y federales, cuando Germán y los suyos, como en 2003, trabajaban para que Ávila fuera presidente del voluble Ecatepec, municipio que desde 2000 ha sido gobernado por el PRI, por el PAN y por el PRD. Hacer proselitismo en día de comicios está prohibidísimo, pero los ex vendedores estaban impulsando el voto por el PRI cuando se toparon con los vagoneros de la línea B, quienes hacían lo propio por el PRD (su principal soporte corporativo desde el Distrito Federal, y que les ha permitido, a pesar de los pesares, extenderse por toda la red del Metro). En el enfrentamiento hubo un muerto de cada bando. Los medios de comunicación, equivocadamente, difundieron la noticia de que se había tratado de un zafarrancho entre grupos priistas contrarios, así que Ávila no tuvo más remedio que deslindarse de todos los participantes, logrando, de paso, desembarazarse de cualquier compromiso con ellos. Malagradecido el hombre, porque en 2009, como en 2003, sin su apoyo quizá no habría ganado en el municipio más poblado del país.

No es de extrañar que de los montones de basura que dejan los ex vendedores, sobresalgan los distintivos de su organización ―llamada Comerciantes Fijos y Semifijos del Metro Ciudad Azteca―, y muchos, pero en verdad muchos, afiches del PRI que sobraron de la campaña, en los que se aprecian varios Eruvieles ya tuertos, ajados, cuchos.

―¿Y bueno, Germán, no te sientes triste por tener que dejar tu negocio?

―A veces, pero a veces no; ya más bien no. Así es la vida: ciclos que se abren y ciclos que se cierran. Ni modo, paso del subempleo al desempleo. Total, es un cambio de índices que no ha matado a nadie… creo.

El puesto de Germán ya está casi vacío. “De seguro mi jefa vino antes a llevarse todo lo importante”, conjetura. Sólo ha quedado una gran bolsa con desechos: vasos de unicel, tapas de plástico, rollos de papel estraza, bolsas de plástico en paquete y hasta la cartulina en donde se enlistaban los precios. “¿Para qué quiero todo esto, si nada más me traería recuerdos inútiles? ¡Mejor lo tiro todo!”

Llama la atención el cuidado con el que quita el rótulo de “Tamales Internacionales”, confesando, con cierto optimismo, que “éste sí me lo llevo porque me recuerda lo que un día dejé a medias y que hoy puedo retomar, aunque ya tenga más de 30 años”.

―¿No será más bien que pondrás otro puesto de atole y tamales?

―Puede ser, y allí mismo, un espacio para colgar mi título de internacionalista, ya lo verás.


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Ilustraciones:
  Ciudad Azteca: eldefe.com
Camión: papantlaenlanoticia.blogspot.com
Mexipuerto comercial: www.jornada.unam.mx
Combis: www.reporterosenmovimiento.com

Elias José Alejandro Arceo Contreras (Ciudad de México, 1983). Estudia en la Facultad de Arquitectura de la UNAM.