Números anteriores

No. 3/ENSAYO

 
L’absente de tous bouquets: ¿El motivo?
La muerte del autor de Roland Barthes
y dos poemas de Stephane Mallarmé


Karina Falcón
 

 

Guardar silencio,
es lo que sin saber
queremos todos al escribir…

M. Blanchot


¿Quién está hablando así? Una voz se deslía de su —en su— raigambre.  El texto se asienta como un territorio de nadie donde las múltiples identidades y voces se diluyen en un sólo cuerpo, el cuerpo del discurso; el autor habita ahí como un remanente del silencio, ceniza de un artificio que se deja observar en su contingencia. Habla el texto y con cada palabra el autor muere: la voz se convierte en abandono.
 

mallarme3(www.37signals.comsvnposts576-stphane-mallarm-a-painters-poet).jpg
Facsimilar de “Le Hasard” Fuente: http://www.37signals.com svnposts576-stphane-mallarm-a-painters-poet/

El lenguaje ubica. Él solo se basta para desplegar las múltiples posibilidades que yacen dentro del discurso. El lenguaje es el deíctico del lector, lo señala, lo coloca, puede situarlo en la certeza, pero también puede llevarlo a la confusión, a la desorientación, lindes afuera. Donde el texto es suceso del lenguaje per se, el autor es un mero accesorio, el texto no necesita de una voz que lo dirija o de un centro depositario de toda su significación. Para llevar a cabo un acto de reciprocidad, él sólo precisa de otro actante: el lector.

El libro es ocasión sin origen o espacio donde una multiplicidad de orígenes se vierte.1 Ahí, el autor nunca permanece, es aquello indecible e indecidible que resulta del viaje en espiral hacia el inabordable corazón de la obra: mientras más adentro se llegue más afuera se está. El texto literario es un juego de lenguaje —solazado por sus significados y significantes— que abastece al libro de raudos dinamismos que sólo pueden encontrar mesura en los ojos del observador, en el espacio visual que él determina.


La escritura, a partir de la modernidad, comienza a efectuarse como un desplazamiento en la palabra —sin tocar su centro— es un ramillete puesto sobre el corazón discursivo en cuyas ausencias es. El pensamiento se interrumpe e inicia el lamento. La búsqueda de la palabra pura se convierte en balbuceo, aflicción y convulsión, trayecto hacia la página en blanco, la muerte del autor. La escritura es la flor ausente, la que hace al bouquet.

 


mallarme3(www.37signals.comsvnposts576-stphane-mallarm-a-painters-poet).jpg
Stéphane Mallarmé. Fuente: gl.wikipedia.org wikiSt%C3%A9phane_Mallarm%C3%A9
La obra de Mallarmé, en especial “Herodías”, “La siesta de un fauno” y, sobre todo, “Un golpe de dados” provoca un deslizamiento hacia la ruptura autor-texto; los poemas se vuelven —de manera sucesiva— mera enunciación, locución en el aquí y ahora sin locutor alguno más que el propio receptor. En Mallarmé la voz se disloca, y es posible recargar otras voces —el vacío mismo—, el silencio y con él, un muro que refracta posibles interpretaciones. El texto es por sí mismo, la poesía  —por sí sola— se sostiene, luego de su orfandad; ella misma se vierte, plena, diluida, sin centro alguno, en el fantasma de sus lindes. Es la pulsión hacia la palabra pura aquello que lleva a Mallarmé a disgregarse, a perderse para dar paso al extrañamiento del nombre, del nombrar. Es el autor que muere con cada nuevo poema porque el poema así lo exige, es menester. La palabra se va construyendo y re-construyendo con las muchas voces que es; en ella el autor va y viene y siempre es un cuerpo distinto, como lo es, también, el lenguaje.

El autor es un Odiseo, oudeis, nada.2 Así, en la poesía de Mallarmé es posible ver un hogar que se abandona, una muerte en cada palabra, una nueva construcción del tiempo; no se vuelve al hogar y se vive ahí, pero en una alteridad, en la sobrevivencia que brinda el cuerpo del otro a cambio de la auto-destrucción. Entonces, el contexto se disloca y se fragmenta hasta tentar los límites del espacio visual; la mirada no logra llegar más allá, no logra describir qué hay allá. Es posible intuir la muerte, los nombres de esas muertes, el devenir de la periferia y, con ella, el silencio de los muros —inexistentes. El texto se desborda.

Barthes, cuando habla de la muerte del autor, no propone sino la aceptación del verbo a partir de un hueco que lo prescinde y la celebración de éste en su plena oquedad. El vacío impulsa/repulsa la palabra y la espera en gesto recíproco. La poesía de Mallarmé es una aproximación al mutismo —al vacío— luego entonces, llega hasta el silencio y ahí parece abismarse, siendo el vacío  origen y desembocadura del poema. La energía centrífuga y centrípeta que lo hace posible es la sucesión de un balbuceo que logra pronunciarse y así construir sus propias horas.

El poema es —dentro del lenguaje poético— una suerte de intimidad donde los cuerpos actantes no se aproximan, pero convergen; es búsqueda en un mundo a través de las herramientas que él a sí —en sí— mismo (se) proporciona. Es un espacio visual para, por y hacia él mismo. Por eso es posible que transmita esa sensación de sentido inacabado, disperso aun en su completitud. ¿La voz? Inexistente, porque es sabido que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen.

rolandbartes(www.marxists.orgglossarypeopleba.htm).jpg
Roland Barthes. Fuente: http://www.marxists.org/glossary/people/b/a.htm
Para Barthes todo signo es cultural, no natural;3 todo signo porta un vínculo con la cultura en la cual está insertado. En el caso del texto literario, su lenguaje resplandece en opacidad, se extrae de un marco cultural, es un mundo y, por ende, no es locución natural: es una ausencia total, no implica ningún refugio, ningún secreto; no se puede decir que sea una escritura impasible; es más bien una escritura inocente.4 Justo en el código que construye esta “inocencia” radica la opacidad del texto. El lenguaje se pretende natural, pero se construye a partir de una técnica; es un lenguaje pensado, cimentado en una ideología. Es en esta pluralidad de pensamientos que el autor se disipa, se dilapida en un texto, su texto; se obtura y al mismo tiempo fragmenta sus lindes. Es decir, cierra los ojos para abrir los de ese otro en espera, los del lector. Así, el signo, la expresión que lo abraza, es también un mundo, una forma de habitar; Wittgenstein diría en sus Investigaciones Filosóficas: un modo de vida, un lenguaje del cual no se puede especular nada si se piensa como límite al autor. Esa voz que no pertenece al discurso, que está fuera del texto, y si acaso lograra permanecer dentro, lo haría como simple tropo, como un recurso retórico más: centro de un cuerpo sin centro alguno.

La obra de Mallarmé es un corazón que se colapsa y fragmenta hasta tocar el silencio. Silencio primigenio del cual brota la palabra para regresar a él. El poema es una imagen que fosforece hasta hacer desaparecer la voz del poeta justo en el incendio de la página en blanco; en “Herodías” (“Hérodiade”), iniciado en 1864, es posible ver la evaporación del respiro que se inicia en la obra. Mallarmé buscaba la palabra pura, un balbuceo que en posterior nitidez lograra liberar al texto y lo dejara en abandono. Lo que parece una entidad orgánica y completa es en realidad espacio medular dividido en distintas voces que en el diálogo extenúan la identidad del autor. La nodriza habla:

 

El agua taciturna se resigna,

No más visitas de la pluma y el cisne

Inolvidable: el agua refleja el abandono

Del otoño que en ella extingue su antorcha5
 

La filosofía en la creación del texto da lugar a diversas escrituras, a diferentes formas de la  poesía: pintar el efecto y no el objeto. Aceptar el mundo en sus apariencias y liberarlo en la sensación, como un pretexto. El objeto como un pretexto para la trascendencia; herodía como belleza y el poema mismo que se pierde (en el abandono reflejado en agua). El poema que emerge en soledad y a ella regresa, muere y regresa, y muere cada vez: “Sí, es para mí, para mí que florezco desierta”.6 La experiencia límite del silencio y la muerte que cierran y ciñen la voz poética; un desierto del cual surge la voz y a él regresa, sólo para callar, para morir.

Es ridículo buscar un lazo que líe la vida personal de Mallarmé con el poema y viceversa. Uno no dice o desdice al otro, no se pertenecen; si así fuera se diría que la obra de Mallarmé es también el fracaso de Mallarmé como hombre.7 Barthes plantea la impersonalidad de la escritura ante el sujeto vacío que es suficiente para conseguir que el lenguaje se mantenga de pie para agotarlo por completo. El sujeto es vitalismo y cercanía a la muerte, el texto es el tejido que hila vanos y en el se reprende y festeja, se repliega y encuentra. En el texto literario un sistema se desborda, un código se decodifica y un espacio se deconstruye hacia las muchas citas que es, pero nunca devela sus identidades. Sin embargo, disemina sus sentidos y los vuelve mutables de acuerdo al lector, quien puede, entonces, desenredar las apariencias, pero nunca descifrarlas. La vida del autor muere antes de la posibilidad del texto y el autor muere con el texto; entonces, otros ojos se abren para reavivar el corazón del discurso.
 

mallarme4.jpg
Stephane Mallarmé como fauno en la portada de Les Hommes d'Ajourd'Hui
Fuente: http://www.tumblr.com/tagged/mallarme
En “Un golpe de dados” el texto habla, los espacios en blanco arden; el respiro del discurso se deja sentir en la pulsión de las palabras. Un cuerpo desconocido se articula en el cuerpo del libro, hay más de dos alientos, tres, cuatro… El tiempo lo construye el lector, también el orden de la sintaxis. El espacio es un lugar construido por los ojos que irrumpen en la hoja y la armonía es el sino que se desgaja y se vuelve único vaso comunicante entre la palabra y el lector. Se llega al vacío, se habita el abismo. La oquedad que construye a la palabra y devanea en el verbo emerge aquí, resuena.

El poema es pulsión vital y ondulación de muerte, es una metáfora que se encoge y se distiende para ser alcanzada:

 

SEA

   que

                     el Abismo

blanqueado

                     despliegue

                                furioso

                                               bajo una inclinación

                                                         desesperadamente plana

                                                                                         un ala8

 

Ahí, se aleja el autor y se burla un código. Entonces, no se puede dejar a un lado el pensamiento del juego del lenguaje, una realidad que es burlada por el esparcimiento sinuoso de sus formas que llevan a la contusión verbal y a la pérdida de la coherencia. Es el lector quien hilvana el texto, quien adviene en los trazos de lo absurdo para apreciar la palabra: la escritura blanca, el vacío sobre el cual se agita el mundo:

  ERA/EL NÚMERO/SERÍA/EL AZAR

ERA/EL AZAR/SERÍA/EL NÚMERO

ERA/ EL NÚMERO/existiera/EL AZAR

Un navío en agua impasible que se enturbia cuando el silencio se solivianta y se vuelve en la página / se vuelve página. Las escrituras se contradicen y se niegan para crearse de nuevo y de nuevo volver a la posibilidad, al balbuceo. La identidad se sabe un camino perpetuo, donde los nombres de los muertos que van cayendo en el trazo son las piedras que hacen el camino y transfiguran así sus costados. Un navío que es pérdida, desvío; el juego de la reconfiguración a partir del otro, de ese otro inalcanzable y llamado identidad. La palabra, un navío que se pierde y habita una apariencia que burla al código del cual proviene, es y no está en el mar.

El autor ya ha muerto —tiempo atrás— en acto seminal: Nace el lector, tal vez, tal vez y:
NUNCA

  AUNQUE FUESE LANZADO BAJO CIRCUNSTANCIAS

ETERNAS


                DESDE EL FONDO DE UN NAUFRAGIO…

Un golpe de dados —un pensamiento— abolirá el azar… Es pues la ausencia, la que hace al lenguaje, al bouquet.
 

1 Barthes, Roland, “La muerte del autor” en, El susurro del lenguaje, Madrid, Paidós Comunicación, 1987, p. 71

 

2 “Mi nombre es Oudeis” (nada) dice Odiseo al Cíclope cuando éste le exige que se identifique. Homero, La Odisea, Libro IX, versión directa y literal del Griego de Segala y Estalella, prol. de Manuel Alcala, México, Porrua, 1976

 

3 Zecchetto, Victorino, Seis Semiólogos en Busca del Lector, Buenos Aires, Ediciones CICCUS, 199, p.80

4 Ibid.

5 Mallarmé, Stephane, Poesía, traducción de Ximena Subercaseaux, México, Mantis Editores/ Ediciones sin Nombre, 2005

6 Ibid.

7 Me refiero a la frase de Barthes en “La muerte del autor” con respecto a Charles Baudelaire

8 Mallarmé, Stephane, op. cit.

 
 


Karina Falcón (Ciudad de México, 1984) es autora de los libros Cartas (al abismo) (Narrativa) y Devoción: Poesía de la Carne (Poesía). Ha publicado ensayo y crítica en distintas revistas de México y Latinoamérica. Actualmente dirige la Editorial de Ensayo y Poesía Ojo de Esteno y colabora con el Periódico de poesía de la UNAM y con la revista Asfáltica.