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CARTOGRAFÍAS / No. 55



  De Renga*

 
 

Renga
[RETIRAR AL JURADO...]
Self-Korea
Los libros de mi jefe
Ningún cañón borrará el surco de tu arrozal
Ningún cañón borrará el surco de tu arrozal
Ningún cañón borrará el surco de tu arrozal


 

Renga

Quisiera dar las gracias
por este pan sobre la mesa.
Si me llevara la vida entera
agradecer este desayuno

espérenme, por favor:
espérenme leyendo en los escaños
de una escalera que dirija a otra
escalera, divagando sobre
la calidad de los alimentos

recibidos –y su relación
irrenunciable con la lengua.
En el intertanto

pueden practicar lecciones
de dibujo o algún instrumento
musical, pueden practicar
el camino del guerrero

–Gorin no sho, de Musashi
y estudiar la forma en que
el enemigo intenta aprovechar
tus debilidades (saca ventaja

de que intente aprovechar
tus debilidades), escribir con
tinta invisible un mensaje
que lo confunda: el kanji

donde su muerte venga escrita.
Aprender la caligrafía de los hiragana.
El tono con que se dibujan las sombras
cuando el bambú se corta para usarlo
como un remo para defenderse contra el agua.
Aprender a esquivar los golpes
y la tinta demasiado gruesa.

Aprender a aprender a respirar.


                                            San Agustín Etla, 30 de Abril, 2013



RETIRAR AL JURADO de la sala para no influenciarlo
con la belleza de la acusada. Cruzar el puente
de noche para que los transeúntes no te reconozcan

mientras haces abandono de la única ciudad
que podría haber sido tuya. Acordarte de
que eres santiaguino poniendo el dedo

sobre un mapa, endilgándole nombres
a esa novela que se construye para ocultarle
la línea del horizonte a los que osan todavía

vivir en primer piso, en otros lugares eso
se llama la planta baja, es lo único que podrías
contar si tuvieras que volver, el castellano

no te sirve salvo cuando quieras disculparte
por haber creído que los libros eran gratis
en las pulperías donde aún se paga en fichas

aunque los mineros ya no extraigan el salitre
hoy en día se visten de mineros para hacer
sufrir la tierra en busca de lo que puedan

sacar de un socavón que ha sido clausurado
cada vez que parten los turistas, afuera
de esa ciudad sentada ahora en el banquillo

se habla un español que sólo entienden
aquellos que se esfuerzan pero no pueden
pronunciarlo, los que te dan las gracias

por obligación y hacen referencias bíblicas
para hablar de la propina que le dan a las meseras.
Son los mismos que se tienden sobre el pasto

para dibujar un mensaje que sólo puede verse
desde el cielo (otra referencia de la misma
índole. Una metáfora del mismo corte

es la pérdida del paraíso, la torre donde
se hablaba un solo idioma, la semilla
que cayó sobre suelo fértil, todas

te vienen como anillo al dedo (símil)
cuando se trata de convencerte que
en verdad es justo y necesario, es tu

deber y salvación dar gracias por haberte
ido, no importa adónde pero haberte ido:
no faltará el libro más sagrado

que justifique a su manera mi retorno.



Self-Korea

Acá se llama primavera a una estación más bien inhóspita.
Los árboles tienen nombres que no recuerdo.
Los partidos de la U los veo por internet.
Mis colegas están más locos que una cabra, pero
no se supone que hable de ellos. Y lo hice.
Las fiestas de cumpleaños duran hasta las cuatro
de la tarde. Las despedidas de solteras
son un capítulo pendiente.





Allá a los maricones se les llama mariones.
De vez en cuando se les apedrea
con el beneplácito explícito e implícito
de los guardias de seguridad. Los chinos
han invadido otros rubros más allá
del culinario. Los peruanos son recibidos
con los brazos abiertos por la sección local
del partido nacional socialista. Las mujeres
son más mujeres que nunca. El país está
siendo arrasado por su falta de nombre
y la capa de ozono sigue siendo un tema
del cual todavía hay que encontrar
el tono adecuado para tratarlo.



Los libros de mi jefe

Separo, ordeno, me robo alguno.
Manuales de gramática euskera,
volúmenes sobre Pérez Galdós, poetas
que alguna vez fueron jóvenes en España.
Ya nadie los leerá. La viuda y su familia
me piden que se los entregue a la biblioteca
(para que estén al alcance de todo el mundo):
aquí en mi oficina seguían recordándome
a quien pusiera su nombre en la primera página
como si fuera una advertencia para el lector
reducida simplemente a dos palabras: Antonio, Candau.
Entre esos libros encontré una fotografía de hace treinta años,
un grupo de gente joven entre los cuales distingo al hombre
a quien hasta hace poco obedecía. Helo ahí joven por ahora,
levantando las faldas de las pudibundas y hablando de sus
tobillos y rodillas, tocando el timbre de las personas prácticas
para contarles que nunca ha trabajado y vivirá para siempre.
La vida de Antonio no es una cita de Ezra Pound
como las tres últimas líneas, pero no es difícil imaginárselo
soñando con llegar a Norteamérica porque recién ha conocido
a una mujer y está decidido a seguirla, sabe que la travesía
estará más llena de capitanes que de barcos, pero también sabe
que esa mujer podría darle hijos y una casa para ser habitada
donde pudiera prender el fuego por las noches porque una mujer
como esa debe venir de algún lugar donde haga mucho frío
no se puede explicar de otra manera que se acurruque contra
su pecho y le diga Antonio sería mejor que preparara
utilizando con maestría el pasado del subjuntivo
una taza de café antes de que llegue el invierno
y ya no seamos capaces de vivir en Norteamérica
donde nadie es capaz de vivir sin haber vivido
antes muy lejos de ese país, la nostalgia es un comercial
destinado a los inmigrantes, da lo mismo que tengan
o no documentos, lo importante es estar casado
con alguien que te haya hecho llegar a estas orillas
no sin antes desamarrar el bote. Todos miran hacia
adelante para no convertirse en la mujer de Lot.
La vida de Antonio Candau tampoco es una cita de la Biblia.
A mí me tocó hacer las clases que él ya no podía hacer.
Y por qué no un hombre en vez de una mujer de sal.



Ningún cañón borrará el surco de tu arrozal

Habíamos salido a protestar en contra de las últimas medidas del gobierno
—no importa qué medidas, no importa qué gobierno—

y entonces escuché a esa gaviota: prístina, indudable, derrotada.
Pensé que podría venir de alguno de los grandes lagos

ya que el mar está muy lejos para escucharlas a tanta distancia:
mientras nosotros seguíamos marchando ante el sopor

de los transeúntes, los grandes lagos que dividen
a Estados Unidos de Norteamérica, a Michigan

de Ontario y a nosotros de nosotros mismos
se encuentran allí para que estas gaviotas del norte

tengan algo que anunciar a falta de un océano.
Nunca podremos celebrarlas como un náufrago.

Estaba bañando a mi hija menor, ajustando
el agua caliente y el agua fría de la ducha

cuando escuché a esa gaviota única, persistente, derrotada.
Pensé que podría venir de alguno de los grandes lagos

ya que el mar está muy lejos para escucharlas a tanta distancia:
mientras seguía enjabonando a la cabra chica que estaba

cantando una canción de Marina and The Diamonds, los grandes
lagos que dividen a Estados Unidos de Norteamérica, a Michigan

de Ontario y a nosotros de nosotros mismos
siguen allá afuera para que estas gaviotas del norte

tengan algo que anunciar a falta de un océano.
Tendría que estar en Chile para verlas desde el muelle

desde el que las vi. Tendría que estar dándole una vuelta
a la isla, como se dice en Tongoy a salir a caminar

por el camino que rodea al pueblo, Carlos tendría
que estar vivo y la hipertrofia del miocardio

no haber ocurrido nunca para que verlas volando
por el aire signifique solamente verlas volando

por el aire.



Ningún cañón borrará el surco de tu arrozal

Se devuelve a chequear que esté bien cerrada la puerta.
Se asegura de que estén firmes los picaportes.
Le pasa el seguro, le vuelve a echar llaves.
Revisa que las ventanas estén bien cerradas, “es que si llueve
se me moja todo güey” –agrega como si tuviera que justificar
esas neurosis que todos compartimos. Nosotros que leíamos
a Jorge Jobet, entendimos desde lo más profundo del lago
sobre el que se levanta esta ciudad lo perentorio de hacer pasar
a las muchachas rápidamente hasta nuestros dormitorios
como aves marinas que por primera vez murieran
sin sentir el oleaje contra sus alas. Conozco el veinte
por ciento de una ciudad donde ya me siento en casa.
He visto un par de colegios donde podría poner a mi hija.
Yo nací en una ciudad contaminada que estaba llena de chilenos.
En uno y otro lugar el museo de antropología está en la calle.
Podría hacer un listado telefónico con los lugares en los que se podría
morir tranquilo luego de haberse alimentado allí. Un amigo intentó
explicarme que los zapatistas son una invención del gobierno.
Las librerías donde se acumulan las primeras ediciones
podrían cambiar tu vida. La comparación de aves
con mujeres resulta además de inoportuna, inexacta. Para qué
seguir usando palabras que le vendrían como anillo al dedo
a la generación del cincuenta. Yo estudié en una ciudad
que tenía que pedir el aire prestado. Carmen bien podría hacerlo
en una que ni siquiera lo necesita.



Ningún cañón borrará el surco de tu arrozal

Sangro por donde todos y cada uno de nosotros
la misma vagina que nos cuelga entre los huevos,
las mismas muñecas cortadas el día de tu cumpleaños
después de enviar un currículum que te responderían
veinticinco años más tarde dándote las gracias por tu interés
pero ya encontraron a la persona indicada. No sé si eso
responde a tu pregunta, pero sangro cada vez que uno blande
la espada y el viento no sopla a mi favor, cada vez que Arkadi
y Basarov se declaran nihilistas y sus familiares dejan de azotar
a un mujik para evitar el juicio de los más jóvenes. Cuando se
seca pareciera estar manando. Cuando cae sobre la nieve
son malas noticias para los amantes, los relatos medievales
abundan en esa clase de enxiemplos que deberías tener
más en cuenta sobre todo a la hora de realizar proposiciones
indecorosas a señoritas educadas a la antigua. Cuando
las invites a ir al cine, y su blanca entrepierna esté
manchada de rojo, recuerda aquello que los copistas
ponían al terminar sus manuscritos: fecha y nombre de
aquel que hubiera cumplido con la tarea de mantener
disponible para otros lo que en un principio sólo se pensó
para algunos. Pon a disposición de los demás aquella
sangre que baja por sus piernas, no dejes que deje de correr
por las calles del pueblo arrasado por las tropas que no fueron
leales a la bandera que juramos ser leales. Fui el único
juramento que hicimos, el único que no fuimos
capaces de mantener porque antes ya habíamos
abierto un canal sobre nuestras venas el mismo día
de tu cumpleaños para que así de una vez por todas
nos respondieran al currículum que habíamos enviado
con tal de percibir un sueldo que no nos diera para comer
pero sí para sacar las fotocopias que nos abrirían
las puertas de la percepción y las del cielo
mientras nos sentábamos en el pasto para derrocar a la dictadura
a fuerza de conversar hasta que pasara la última micro.
En esa época la poesía estaba a punto de llegar
de la mano de un furgón de carabineros.


 

De La nieve es nuestra                                                    De La poesía es lo que se pierde en las maletas



* Renga, Liliputienses, España, 2015.