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ENSAYO / No. 59


 

Del ombligo (y similares)



Aldo Rosales

 
 

 

Hace tiempo, un par de años ya, me encontré con un video en la red en donde un hombre pintaba en la playa. El lienzo, enorme, se iba llenando de tinta negra —el único color utilizado— y aquello parecía no tener forma: eran simples manchones. Luego, en un giro inesperado —literalmente— puso de cabeza el lienzo y apareció un rostro. Dibujó a la inversa, colocando las sombras y delimitando así el rostro. Podríamos decir, entonces, que él dibujó —o delimitó— las ausencias en el cuadro y dejó, por ende, más palpables las presencias.

Si somos capaces de definir —o adivinar— algo por medio de lo que no es, es decir, a través de sus ausencias (como en el caso arriba mencionado), lo mismo se podría aplicar en cuerpo humano. Normalmente tomamos en cuenta las partes que están constituidas por materia, por presencias palpables (que son) y a éstas prestamos mayor atención pero, ¿qué pasa con las partes del cuerpo que son, a pesar de no ser, de no tener ellas mismas cuerpo? Pongamos por ejemplo el ombligo. Además de ser la cicatriz primigenia, el primer sello que nos pone la vida en el pasaporte de la piel, el ombligo es, ante todo, una ausencia. Nunca he visto un ombligo conservado en formol. Es una parte del cuerpo, sin duda (no en balde se enseña a los niños, en las primeras etapas de la educación y conciencia del cuerpo, que tenemos un ombligo) pero en realidad no podemos tocarla; quien se lleve en este momento la mano hacia el vientre se encontrará con la frontera de las paredes de la piel del estómago —más estirada en unos que en otros— y eso es el ombligo: una ausencia presente, una parte del cuerpo que, sin ser, es, puesto que otras a su alrededor son. Hay, por supuesto, zonas más pudorosas, que también se caracterizan por ser sin ser, que son un vacío; un entrecruce de fronteras. El cuerpo como cadena montañosa, donde hay innumerables accidentes y canales que llevan a distintos lados, a distintas sensaciones.

Una vez, cuando niño, un primo me dijo que uno de sus compañeros de salón no tenía ombligo. Le contesté que eso no podía ser cierto, pero luego comencé a dudar: una mentira bien formulada es casi una verdad. Vive allá, me dijo, y señaló una construcción a la usanza de los castillos de los libros de texto; no en balde llamábamos a esa casa de campo así, El Castillo. Cuando le pregunté a mi mamá si eso era posible, me dijo que no, pero no supo explicar por qué. La imagen del niño sin ombligo, viviendo en un castillo a mitad del cerro, me rondó la cabeza durante días.

Llegó la época de la secundaria y dejé de frecuentar a mis de por sí poco frecuentados primos, así que la imagen del niño desombligado quedó atrás. Tenía otras cosas de que preocuparme preocuparme: la clase de música, por ejemplo, en la que nunca tuve buenos resultados. La libreta quedó, al final del curso, casi vacía porque la única teoría que nos dio el maestro fue la frase que recitaba a todos los alumnos de primer ingreso como si fuera un mantra: la música es la combinación armónica de sonidos y silencios. La música es la combinación armónica de sonidos y silencios, me repetía ante la flauta todos los días, antes de ensayar el “Himno a la alegría”, con la mirada fija en los hoyos (¿tienen otro nombre?) del instrumento. Una vez un compañero no pudo ejecutar la pieza porque alguien le había llenado la flauta de papel mojado. Así, sin huecos, sin ausencias, su flauta no era diferente a un tubo de plástico; imposible insuflar vida a un objeto total, sin ausencias, sin oquedades. Yo casi repruebo música porque todo me sonaba igual: mi canal auditivo, otra oquedad, no es del todo sensible.

En el cuerpo, las áreas destinadas al aire —que es la vida— también deben de ser huecas. Los pulmones, por ejemplo, simulan, según mis maestros de biología, un par de globos con ramificaciones internas, donde el aire entra y sale (porque ha viajado, previamente, a través de las fosas nasales y/o la boca, para llegar a la tráquea: una cadena de ausencias, oquedades interconectadas). El aire que inhalamos oxigena las células y luego emitimos CO2, que las plantas transforman nuevamente en oxígeno a través de la fotosíntesis; somos hermanos en esta tierra, dijo una maestra. Pero nunca nos quedamos el aire dentro, siempre lo expulsamos, siempre lo devolvemos al ambiente, distinto, pero el mismo. Nuestras oquedades vuelven a ser oquedades, no pueden permanecer de otra manera o moriríamos. Si la música es la combinación armónica de sonidos y silencios (que definimos como la ausencia de sonidos), entonces el cuerpo es la combinación armónica de ausencias y presencias, de oquedades y macizos, dentro de la piel. Porque un cuerpo sin oquedades, sin ausencias, quizás sería semejante a un bloque de carne. Si Borges dijo que la literatura se hace más con la goma que con la punta del lápiz, entonces un cuerpo se forma más de sus vacíos que de sus presencias, o al menos en la misma medida. 

Hay, sin embargo, otras ausencias dentro del cuerpo que no siempre son bienvenidas. Uno de mis compañeros de salón había perdido el brazo izquierdo en una etapa anterior a la secundaria (nunca, a nadie, le dijo cómo) por lo que el maestro de música le dijo que él estaba exento del examen de flauta. Todos en la escuela lo conocían porque había una ausencia en él, a diferencia de los demás. Suele suceder, no es extraño: la parte más famosa del cuerpo de Vincent van Gogh no es otra que la oreja que le faltaba; casi nadie repara en la mano de Cervantes que escribió toda su obra sino en la otra, la que se quedó perdida en algún campo de batalla; hablamos de la cabeza de Pancho Villa porque se extravió, no está. La Venus de Milo no sería, quizás, tan famosa si tuviera las dos extremidades faltantes: la ausencia como rasgo definitorio, resaltante, porque detrás de ella siempre hay una historia, que a veces intuimos maravillosa o fuera de lo común, aunque en ocasiones resulte trivial. Por ejemplo, de los padres de mis compañeros de primaria sólo recuerdo a unos cuantos, pero al que más tengo presente es al señor Quintana, porque era tuerto; rara vez reparamos en los dientes de alguien, a menos que sean excepcionales o que falte alguno. Las facciones de mi compañero de secundaria siguen vigentes en mi memoria, pero es su manga derecha, laxa, ondulante durante los partidos de futbol, lo que más recuerdo: diecisiete centímetros de tela habitada sólo por el aire: un fantasma.

Reminiscencia de alguien, de algo, que aún podemos ver, incluso tocar (afirman algunos): eso son los fantasmas. Por ello se habla también del dolor fantasma en mutilados, sobre todo de guerra, que aseguran que les duele cierto miembro aunque éste se haya perdido hace tiempo. Difícil caso, ¿cómo aplicar medicina tradicional, que generalmente se ocupa del cuerpo, a algo que no es cuerpo y que, por paradójico que suene, duele? Y también existe el otro caso, el de gente que asegura que una parte de su cuerpo no le pertenece, le estorba. Supe de un hombre que aseguraba no necesitar su pierna derecha; es más, decía sentirla como un estorbo. Numerosos especialistas —sobre todo psicólogos— intentaron convencerlo de que no había necesidad de continuar con los planes que había elucubrado desde los diecisiete años (tenía cincuenta y dos al momento de dar su testimonio) para deshacerse de su pierna, que iban desde prensarla entre dos autos hasta cortarla él mismo con un cuchillo de carnicero; fue inútil: un año después de realizado el documental, un año exacto después, al hombre se le removió, quirúrgicamente, la pierna derecha. Al pedirle su testimonio, meses después de la operación, dijo sentirse feliz, completamente [sic] feliz, por primera vez en muchos años.

¿En verdad existe algo que nos sobre en el cuerpo? Al día de hoy, en que la ciencia si bien no se encuentra en la cima se halla adelantada, los médicos hablan de un sólo órgano que no realiza ninguna función en el cuerpo humano más que la de, en palabras de algunos, joder: el apéndice. Numerosos son los casos de gente que llega al área de urgencias con él inflamado y es necesario removerlo, porque si el contenido del órgano non grato se esparce dentro del cuerpo, los resultados pueden ser dolorosos, incluso mortales.

— ¿Por qué, entonces, tenemos un apéndice? —le pregunto a mi sobrino, estudiante de enfermería.

Se encoge de hombros y usa la palabra joder, como si fuera terminología común cuando se habla del apéndice; un polizonte en el largo viaje del cuerpo humano a través de la evolución porque, según afirman ciertos entusiastas de la naturaleza, antes, miles de años atrás, sí tenía una función. Si entonces nos servía, me pregunto, pero ahora no, ¿por qué no simplemente desapareció, como la cola?

Pero antes de hablar de la cola, hablemos de los demás órganos que, si bien importantes, no son indispensables. Las amígdalas, por ejemplo, son removidas en ocasiones sin que esto afecte en lo más mínimo la calidad de vida del paciente. Vesícula —tanto biliar como seminal—, bazo, próstata y ojos son órganos que no se necesitan, en el sentido estricto de la palabra, para vivir. Incluso hay ocasiones en que, una vez removido cierto órgano, es otro el que realiza la función del fenecido o por lo menos amortigua su ausencia.

En el cerebro, por ejemplo, cuando se presentan lesiones debido a un traumatismo (afasias) y una parte del mismo queda inutilizada (desaparece, por así decirlo), es otra parte la que sustituye, la que aminora la ausencia. Si el lado izquierdo del cerebro (encargado de las funciones del lenguaje) falla, puede ser sustituido, con relativa suficiencia, por el derecho, al menos en edades tempranas, cuando su plasticidad es mayor (se habla de los trece años como límite a esta condición, aunque varía). Y si el cerebro, este intrincado amasijo de presencias y ausencias lo logra, quiere decir que es un rasgo innegable del humano. 

Regresemos, pues, a la parte del cuerpo que parece haber sido la que entregamos a la naturaleza a cambio del cerebro del Homo sapiens: la cola, la parte del cuerpo que no tenemos (y que sin embargo tuvimos) que nos define por excelencia: el ser humano, un mono sin cola (de los muchos que hay).

12:30 del día, en una oficina cualquiera, cuando la hora de la comida se acerca y sólo es posible pensar en ella. El señor Valtierra se echa para atrás, ayudado por los pies, en su silla con rueditas, y le aplasta la cola al señor Osorio, su compañero de cubículo. Un grito desgarrador recorre la oficina y luego se ve al señor Valtierra y al señor Osorio pelear al lado del área de elevadores, donde las puertas dicen “cuidado con manos y cola”. ¿Sería una cola prensil? ¿O dado nuestro peso y dimensiones actuales esto no sería una opción? Tal vez serviría como objeto de seducción, de pudor. En los hombres podría ofrecer contrapeso al miembro viril, y veríamos por las calles a más hombres caminando erguidos, no con la espalda hacia adelante. Un paquete de tres cremas, la corporal, la facial y la de la cola, para las mujeres. Las colas en medio oriente, digamos, estarían destinadas sólo a la vista de la pareja (una esposa lapidada porque salió a la plaza con la cola de fuera). Dicen algunos que el coxis es la reminiscencia de la cola; si el ombligo es la cicatriz del nacimiento, el coxis lo es de la evolución.

La evolución, más que ponernos, nos ha quitado. Así como Borges lo hizo con sus textos, así como Miguel Ángel lo hizo con un bloque de mármol hasta lograr El David, la naturaleza borra, poco a poco, con la paciencia que sólo ella podría tener, partes de nuestro cuerpo, las que sobran, para lograr seres más vacíos pero menos imperfectos; una especie de minimalismo orgánico. Somos lo que somos, pero también lo que no somos, lo que hemos dejado de ser, de poseer. Y si el ombligo, que es una ausencia, puede interpretarse como una parte vital del cuerpo (o al menos la cicatriz de lo que alguna vez fue cuestión de vida, el cordón umbilical) podríamos considerar más los vacíos que las presencias, o al menos a la par, cuando hablemos de nuestra fisonomía. Después de todo, si algo como la música, que parece ser un hilo continuo, se nutre y se forma también de ausencias, el cuerpo humano, tal como lo conocemos, no podría ser entendido sin ausencias, sin huecos, sin fantasmas. Que si el oído no es hueco para la música, ni la nariz tiene fosas para que aniden los aromas (y si los vacíos entre los dedos de la mano no son muelle, no sirven para que ahí arriben otros dedos, otra mano) y así con todas las partes del cuerpo que son ausencias, oquedades, entonces todo, hasta la primavera, es un error.  

 


Ilustraciones:

Gail Rau, www.freeimages.com
Janderson Araujo, www.freeimages.com
bayani baniamin, www.freeimages.com
brendan bernard, www.freeimages.com

 


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Aldo Rosales Velázquez (Ciudad de México, 1986). Es egresado de la licenciatura en Enseñanza de Inglés en la FES Acatlán, UNAM. Autor de los libros de cuentos Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (Fondo editorial Tierra Adentro, 2013) y La luz de las tres de la tarde (Fondo Editorial BUAP, 2015). Actualmente dirige las publicaciones A buen puerto y Arribos. Coordina del taller de creación literaria del FARO Indios Verdes.