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CUENTO / No. 59


 

Las espinas y el deseo



Moisés García Hernández

 

 

El ascensor del hotel se detuvo en la tercera planta, la puerta se abrió y el bellboy Ernesto miró entrar a una gringa rubia de figura deslumbrante. Vestía sólo un sostén azul marino y una tanga del mismo tono, la cual se vislumbraba a través de un pareo de encaje negro que llevaba anudado a la cintura. Se miraron a los ojos durante el saludo habitual, ella con un aire coqueto y él tratando de disimular su interés. La rubia se colocó frente a la puerta, de espaldas a Ernesto, de modo que él pudo disfrutar la excelente perspectiva de su trasero en forma de corazón. A ella pareció no importarle; por el contrario, deslizó una mano cerca de la línea entre sus nalgas, como alisándose el pareo, dándole a la tela una irresistible forma bipartita. Ernesto lo interpretó como una suerte de insinuación. Cuando el ascensor llegó a la planta baja, ambos salieron y tomaron rumbos opuestos. Al volverse el bellboy para admirar el cuerpo escultural de la extranjera, advirtió sorprendido que ella también lo miraba mientras se iban distanciando.

El resto de la tarde lo consumió en especulaciones en torno a la gringa. Se miraba a cada oportunidad en los espejos, preguntándose si cabría la posibilidad de que ella se fijase verdaderamente en él. Más tarde concluyó que tal vez la cicatriz que le adornaba el labio inferior le había sugerido a la rubia un detalle sensual; al fin de cuentas a Cancún llegaban desde matrimonios ancianos hasta nómadas de gustos excéntricos.

Esa misma noche aprovechó cada servicio para buscarla en los pasillos, alrededor del spa y en otros lugares donde podría encontrarla. Reclinado en su módulo, fantaseó con la idea de que la gringa hablaba a Recepción pidiendo ayuda por unas cortinas que se habían atorado. Contra toda lógica, su capitán le encomendaba a él encargarse de ello. Se miraba entrando a su habitación y encontrándola sola, envuelta únicamente en una bata color púrpura, con la bastilla por encima del límite inferior de las nalgas. La rubia trepaba en un sillón para mostrarle que efectivamente las cortinas estaban obstruidas, pero desde su altura lo miraba de una forma lúbrica y desvergonzada. Ernesto se miró a sí mismo también trepando en el sillón para arreglar entre los dos el desperfecto, de modo que su miembro endurecido se prensaba contra las nalgas torneadas de la mujer. Después su fantasía se transformó en una erección dolorosa, lenguas enlazando y desenlazándose, caricias obscenas y al fin gemidos de placer y dolor mezclados, al grado en que no soportó más las imágenes en su cabeza y tuvo que correr al baño a desahogarse. 

Al inicio de la jornada siguiente, ayudó con la entrega de una Mini Cooper a un empleado novato de la arrendadora de autos que poseía un despacho dentro del hotel. Los clientes eran un gringo joven con tatuajes en los brazos y la rubia del ascensor. Durante el trámite la gringa no miró a Ernesto ni de reojo; en cambio concentraba los ojos en la cara del gringo, le acomodaba la ropa con delicadeza y se colgaba de su cuello para besarlo repetidas veces. Ernesto fingía no prestarles mayor atención. Simulaba enfocarse en el chequeo de la gasolina y del aceite y en llenar parte de la boleta de registro de condiciones; no era la primera vez que ayudaba a un empleado novato de esa compañía pues era amigo del agente de rentas. Cuando revisaron por entero el vehículo, la rubia ocupó el asiento del volante. Al encender el auto, colocó dos dedos en sus labios y luego los agitó en un ademán de dirigir un beso, mientras miraba a Ernesto por el espejo lateral. Éste quedó atónito. El Mini Cooper salió a todo motor. 

―Pinches gringos codos, quieren siempre lo mejor pero no están dispuestos a pagarlo. Lo que se tardó el rentador en convencerlos ―dijo con sorna el empleado de la arrendadora. Ernesto se limitó a escucharlo con una sonrisa imperturbable.

Al día siguiente fue su descanso. Acostado en su sofá, temió la posibilidad de que la pareja de gringos ya no estuviera en el hotel a su regreso. Pensó que lamentaría mucho no enterarse por lo menos de cuáles eran las verdaderas intenciones de la rubia respecto a él. De cualquier modo, si la pareja no se había marchado, estaba decidido a averiguarlo. Si habría que tener sexo apresurado en un ascensor, en una bodega o en la noche a la orilla de la playa, estaba dispuesto a correr el riesgo. “No todos los días tienes la oportunidad de cogerte a una extranjera, y si ésta es rubia pues con mucha más razón”, se dijo. “Además, una aventura en el hotel sería un recuerdo demasiado excitante”.

Al regresar a su puesto, el empleado de la arrendadora de autos le informó con cierta malicia que “la gringa del Mini Cooper” le preguntó por él. Ernesto quiso saber más detalles, pero el chico le aseguró que sólo había sido eso. Después le habló del problema que tuvo el agente de rentas con la pareja de gringos, pues ésta se negaba a pagar una llanta afectada durante el arrendamiento. Al final, después de muchos alegatos, solucionaron el problema reparándola. Ernesto le preguntó si la pareja continuaba en el hotel y el chico le respondió que sí.

―Se ve que te gusta la gringuita, ¿verdad? ―le dijo con mirada pícara―. El otro día vi cómo te lanzó un beso.

Ernesto sonrió con orgullo, un tanto más seguro de sí mismo.

Por la noche llevó un equipaje a la zona de las cabañas en torno a la alberca. Al pasar junto a ésta, miró a una mujer de traje de baño azul nadando sola. Ya de regreso, a medida que se fue acercando, constató emocionado que era la gringa de siempre. Apenas ella lo miró, nadó hacia la orilla. Él de inmediato moderó sus pasos. La rubia apoyó los brazos en el reborde de la piscina y el mentón sobre las manos, le dio las buenas noches de un modo amigable y le preguntó cómo estaba. Ernesto le contestó que estaba bien y le devolvió la pregunta. “Fine, thank you”, dijo ella sonriendo. Después lo felicitó, como si él fuera el director o el dueño, por el excelente servicio que les habían brindado a ella y a su “amigo”, y enseguida, en plan de juego lo invitó a meterse a nadar. Él por supuesto se negó. Ambos rieron. Antes de despedirse, la gringa le dijo que si gustaba tomar algo, una cerveza u otra cosa, cualquier día ella podría invitárselo en su “room”, “o aquí en la alberca”, dijo en español. Él se lo agradeció, disimulando su enorme alegría, y la dejó sola.

Esa noche al llegar a su casa se acostó pensando en la rubia, en sus pechos bronceados y en sus nalgas turgentes. Volvió a fantasear con ella: en esta ocasión, la gringa pasaba por su módulo y solicitaba al capitán de bellboys que le concediera llevarse a Ernesto para un asunto privado. El capitán lo miraba con envidia, sin poder negarse ante tal solicitud. Entonces ella se lo llevaba de la mano como un trofeo y lo empujaba de espaldas hacia dentro de su cuarto. Apenas cerraba la puerta, le bajaba el pantalón y se acuclillaba a darle sexo oral. Su faena tenía mucho de obscenidad y urgencia. Ernesto se masturbó un buen rato con esa imagen en la mente, sabiendo en el fondo que tales escenas se alimentaban de las películas pornográficas que a menudo compraba. 

Al día siguiente no vio a la gringa por ninguna parte. La buscó inútilmente en todos los lugares por los que caminó ese día. Preguntó al trabajador de la arrendadora de autos, pero éste le informó que tampoco la había visto. Esa noche volvió a su casa casi resignado a vivir con la expectativa frustrada de lo que habría pasado si esa tarde se hubieran tomado las cervezas. Pensó en preguntar en Recepción, pero ante la obviedad de la pregunta que le haría la recepcionista (¿para qué la necesitas?), advirtió que era una idea totalmente absurda. Se reconfortó pensando que tal vez ella había sufrido algún incidente o cualquier otra cosa que le impidió salir de su cuarto.

La noche siguiente aprovechó un servicio para buscarla en la piscina, pero la encontró vacía. Sin embargo, el agua estaba agitada, reflejando en las ramas de los arbustos la luz azul de los faros. Estaba a punto de regresar, cuando escuchó un siseo proveniente de las ramas. Caminó hacia allí y vio a la rubia asomarse haciéndole señas para que se acercara más. Ernesto la obedeció y cuando estuvo más próximo, ella lo tomó por el cuello y empezó a besarlo con fiereza, en tanto le acariciaba el falo por encima de la ropa. Tras unos minutos le abrió el pantalón, sacó su miembro enhiesto y se dedicó a propinarle, ya en la realidad, el mejor sexo oral de su vida. Él no creía completamente lo que estaba sucediendo. Los labios de la gringa eran toda una fantasía pornográfica: rojos, carnosos y suaves. La lengua era una serpiente furibunda y a la vez sensual que amenazaba con hacer estallar su cráneo. Después de unos minutos, la rubia lo desnudó de la cintura para abajo y lo hizo montar sobre ella, haciendo a un lado su tanga azul. Ernesto la poseía con urgencia y embeleso, agasajando ávidamente los muslos y las nalgas de la mujer. En cierto momento cayó en la cuenta de que no estaba usando protección. Sintió un miedo súbito que casi le puso flácido el pene. Aun así volvió a concentrarse, pensando ingenuamente que en cuanto terminara iría a lavarse con desinfectante al baño.

Cuando él ya estaba a unos segundos del orgasmo, la rubia se puso a gritar a todo pulmón: “¡Help me, help me, please. I´m being raped!” Eran gritos espantosos que resonaban por toda la zona, llevados por la brisa fresca del océano. Una recamarera que pasaba cerca corrió a pedir auxilio para la mujer. Ernesto no pudo comprender nada con exactitud en esos momentos. Se limitó a vestirse y a volver deprisa a su módulo en la entrada. 

No había cruzado el lobby cuando su gerente lo llamó a su oficina. Al acudir, ahí estaba la gringa, su “amigo” de los tatuajes, el director general y la recamarera. Entonces se enteró por el director de que los gringos pedían, a cambio de evitar un escándalo ante las autoridades y la prensa, que les reembolsaran en efectivo su cuenta ya pagada en el hotel, la cual superaba los cuatro mil dólares. Ernesto intentó explicar los pormenores del incidente, pero el director le ordenó con una serenidad cargada de rabia que cerrara la boca. No tenía dudas de que se trataba de un chantaje bien premeditado. Le resultó evidente que si acudían a un tribunal habría posibilidades de que el hotel triunfara, pero del escándalo no se librarían. Comprendiendo su derrota, le preguntó a Ernesto con una calma inverosímil si prefería ser despedido o seguir trabajando y pagar poco a poco la cuenta de la pareja. Ernesto miró con odio a la gringa, y de pronto recordó que no la vio con otro traje de baño más que el azul. Sintió un asco repentino y la certeza de no haber usado protección se le clavó como un dardo letal. A Ernesto no le quedó más opción que la segunda. Seguramente después de pagar la cuenta sería despedido. 

 

 


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Ilustraciones:
Dmitry Mayatskyy, www.freeimages.com
emmanouel V., www.freeimages.com
Leo Cinezi, www.freeimages.com
margarit ralev, www.freeimages.com


Moisés García Hernández (Centla, Tabasco, 1989). Es pasante de la licenciatura en Filosofía en la UMSNH. Ha publicado cuentos y poemas en diversas revistas de difusión nacional, así como en el suplemento Letras para llevar de la Gaceta Nicolaita. Obtuvo menciones honoríficas en cuatro certámenes de cuento a nivel estatal y nacional. Es autor de la plaquette de cuentos Horas tridentes (Ceiba Andante, 2013), coautor de la antología de cuentos Beber sueños en un cráneo de palabras (UMSNH/SEMICH, 2013) y miembro activo de la Sociedad de Escritores Michoacanos A. C. Actualmente radica en Morelia.