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ENSAYO / No. 60


 

De la inteligencia de desaparecer



Oscar West

 

“La pelota se va, se va, y se fue a la verga.” Ésa fue la primera crónica oral que escuché sobre beisbol. Me la contó la madre de un amigo cuando estaba muy morrito. Dijo que un cronista de radio relataba un partido de los Naranjeros de Hermosillo y cuando el equipo estaba a la defensiva, vino un batazo del equipo contrario (supongo que del acérrimo rival, los Tomateros de Culiacán, por la vigorosa reacción que lo siguió) que mandó la pelota del otro lado de la barda e hizo saltar de su asiento al narrador, al tiempo que gritaba “La pelota se va, se va y se fue a la verga”. O lo que es lo mismo: la esférica desapareció. Mas con ella también el locutor que, por su osada expresión, fue despedido de la radiodifusora no sabiéndose de él ya más.

Cuando jugaba beisbol en la liga infantil de Hermosillo, el entrenador de picheo me dijo que no había nada más humillante para un lanzador que ser conectado con un batazo de cuatro esquinas: un home run. En resumidas cuentas, que le mandaran la esférica a la verga. El bateador no encontrará mayor alegría —siguió diciendo— que poner la pelota fuera del parque: desaparecerla. Sin embargo, un pícher encuentra su revancha en el (es)tira y afloja del strike, en la estrategia de hacer fallar al bateador y de mostrarle que en el error nos concebimos más humanos. Esconderle la pelota en la zona buena. Por eso desaparecer la bola es la acción más importante en el Rey de los deportes.

Pero fuera del beisbol y del ilusionista Harry Houdini, el verbo desaparecer ya perdió relevancia, más en la sociedad actual, colmada de apps que privilegian la imagen y la necesidad de vernos y vigilarnos. Y esto no es nuevo, Tony Scott en la película Enemigo Público (1998) analiza una sociedad que vive bajo la paranoia de la vigilancia, los ciudadanos éramos víctimas de un gobierno atento a cada uno de nuestros movimientos. Sin embargo, ahora, la vigilancia se volvió activa, voluntaria. Las redes sociales nos idiotizaron y nos olvidamos de la desaparición, con lo cual personas ajenas a nuestra vida (y ajenas incluso a la suya) nos ven —desinteresadamente— más seguido que los integrantes de nuestro hogar: aparecemos, o lo que es lo mismo, ya no nos vamos a la verga. Y es que la necesidad de desaparecer es para las pelotas de beisbol, para los inteligentes, para los sensitivos y para los pobres de espíritu. Estas últimas tres cualidades fraguaron el personaje literario Dr. Pasavento, de Enrique Vila-Matas, cuya virtud del desvanecimiento dio vida a la novela del mismo nombre. En ella, el protagonista ensaya la desaparición y la renuncia como el único camino para captar el destello de la vida plena e inexpresable, o cómo convertirnos en una pelota de beisbol. Las pistas narrativas de este texto nos llevan al escritor Robert Walser, de quien el Doc admira la disciplina para no encumbrarse en el poder (“Los poderosos son los verdaderos hambrientos”), para no mostrarse, para irse, fácilmente, a la verga, desaparecer. Y nos lleva no para crear una paradoja, pues Walser no quiere que se sepa de él, sino para revelarnos un decálogo de la desaparición que tanto nos urge en el ahorita.

En la biografía de Robert Walser se dice que el escritor dejo a medio escribir un ensayo sobre el fin de los libros. En él argumenta que estos desaparecerán no porque ya no existan escritores que los hagan, sino porque su alma estará predispuesta a la promoción de su imagen. La fotografía y el éxito como justificación de su trabajo. Lo contrario al legado de Thomas Pynchon, el escritor que nunca mostró su rostro. Y en el crimen el castigo, pues la literatura se negará a reproducirse verdaderamente.

“Permanece pobre y despreciado, querido amigo. Aleja de ti incluso la idea del dinero. Lo más hermoso y triunfador es ser un auténtico pobre diablo”, le dijo Johann a Jakob von Gunten (ambos personajes de la novela Jakob von Gunten de Robert Walser) como consejo perfecto en el orfanato. Ese consejo que pocos siguen y muchos ignoramos y en la necedad se revela un habitante de la Ciudad de México, un hombre que toma la advertencia de Johann y recorre la milla en Insurgentes y Salvador Díaz Mirón, allá por el eterno barrio de Santa María la Ribera, pidiendo dinero, una ayudita, una monedita o lo que sea su voluntad. El hombre, sí, permanece pobre y despreciado, y no sólo eso, permanece dañado por la figura del esmog y agredido por automovilistas y metrobuseros que le rozan las manos; el individuo camina entre los carriles de los coches particulares y del servicio público, justo por el medio, encimándose en esos bolardos amarillos en la calle más extensa de México. El hombre no sólo aleja la idea del dinero, también desaparece entre la calle, no es ni un coche ni un metrobús y mucho menos es alguna de las personas con las que nos cruzamos hacia Buenavista para entrar el centro comercial. Es un Dr. Pasavento o un Jakob von Gunten, quizás sea ambos o quizás él sea, antes que estos dos, un don Desaparecido.

Lo conocí en un día no matriculado, pasando hacia la biblioteca Vasconcelos, lo miré andando en plena Insurgentes con una gorra de los Naranjeros de Hermosillo, el equipo de mi niñez y de mi historia. La imagen fue empática porque los hermosillenses padecemos un síndrome: cuando viajamos fuera del estado solemos llevar la gorra para mandar señales de socorro a un posible paisano. La gorra, para nosotros, es lo que la máscara plateada al Santo. Pero cuál fue mi sorpresa que era y a la vez no la cachucha de los naranjas, por ratos era la de los Diablos Rojos del México —el otro equipo más ganador del beisbol mexicano—. Cuando era la de los Naranjeros pensaba en aquella crónica que escuché hace muchos años; cuando era la de los Diablos pensaba en lo dicho por Johann, que lo más hermoso y auténtico era ser un pobre diablo (¿Rojo del México?). Don Desaparecido simboliza las más precisas maneras de disiparse, por una parte es más listo que nosotros porque ya tomó el atajo para detestar este mundo, es un Pobre Diablo, así con mayúsculas pues es un nombre propio,  y por otra, todas las tardes, antes de regresar a casa, fija la mirada al horizonte con dirección al norte, hacia Indios Verdes, buscando a su compa el cronista y queriéndose perder, sabedor de que por allá están todas las pelotas de beisbol que se han, se han, y se han ido a la verga.
 

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Ilustraciones:
lkwokfson, www.freeimages.com
Blake Campbell, www.freeimages.com
Damian Stevens, www.freeimages.com
 


Oscar West (Hermosillo, Sonora, 1983). Es Licenciado en Lingüística por la Universidad de Sonora. Ha colaborado en varias revistas nacionales. Fue beneficiario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en el periodo 2014-2015. Actualmente es becario en la Academia Mexicana de la Lengua.


Oscar West (Hermosillo, Sonora, 1983). He graduated in Linguistics at Universidad de Sonora. He writes in several national magazines and has obtained, during 2014, a grant form Fondo Estatal para la Cultura y las Artes. He currently works in Academia Mexicana de la Lengua.