Números anteriores

CUENTO / No. 60


 

De niños que vienen con un peso o un peso y cincuenta centavos



Raquel A. Bojórquez G.

 

No falta quien piensa que como su vida ha sido un estatismo, el mundo también lo es y cree que los Cheetos valen dos pesos como hace ocho años. Por ello, veo llegar cada día, a distintas horas ―pero sobre todo entre el mediodía y las tres de la tarde, cuando el calor, al menos aquí, es el más intenso― a niños que no pasan de los nueve años, descalzos, guerreros del pavimento que se cocinan los pies, y que sólo necesitan la sombra de algún árbol para recuperar las fuerzas unos segundos y seguir su camino con paradas continuas y fugaces en esas sombras que llamarían benditas si conocieran el significado de esa palabra.

Podría dividir a estos niños en dos: mujeres y hombres. Desde hace un tiempo pienso que los hombres son menos complicados que las mujeres ―complicados, no complejos―  y mi prueba más fehaciente son los niños. Cuando escucho al otro lado del mostrador una voz que aparentemente no tiene cuerpo y recargo mi estomago hacia adelante y descubro que es una niña que me dice “señor” o “señora” (indistintamente aun cuando me ve), pienso entonces por qué no es un chico.

La voz inquiere sobre el precio de todo lo que sus ojos alcanzan a ver sobre el mostrador. Entonces formulo la pregunta necesaria: “a ver, enséñame, ¿cuánto traes?”. Sí, lo suponía, un peso, o dos, o uno y cincuenta centavos. “Sólo te alcanza para éste, o éste, o este otro”, le digo. “No”, siempre escucho. “¿Y éste?”, dice ella. “No, sólo los que ya te dije. Mira, toma éste”, le respondo. “No me gusta”, me contesta. Acto seguido, y no importa que sea la primera vez que viene a la tienda porque está de vacaciones con su abuela o sea la niña que viene todas las tardes, pareciera que veo la misma rutina en ellas. Después de no querer nada del mostrador, se van hacia el pan Bimbo. Preguntan desde las rebanadas hasta los roles glaseados grandes. Se dirigen a las Sabritas, Barcel, Marinela, Gamesa. “Mejor un yogur”, casi escucho que piensan. “Tampoco te alcanza”, vuelvo a repetir no sé cuántas veces. Creo que si viniera una niña china haría lo mismo, preguntar casi las mismas veces por las mismas cosas, pero luego pienso que allá a las niñas no las quieren, y me acuerdo del video famoso donde atropellan a esa niña chinita y la gente no la levanta ni hace nada; entonces reflexiono y creo que no haría lo mismo una niña china, no suena lógico.

Derrotada por no encontrar algo más allá de lo que puse a su alcance, vuelve, no triste sino desinteresada, y me da el dinero. Yo lo tomo y trato de darle lo que me parece que será lo más delicioso para ella. Lo toma sin cuidado, sin mirarme. Ya no le importa ver lo que ha conseguido y finalmente lo mete a su boca. Mastica rutinariamente mientras camina hacia la puerta. Yo espero que voltee pero no pasa.

Los niños son diferentes. Pareciera que comienzan igual, preguntado por los azúcares de colores que ven frente a ellos; luego viene la pregunta necesaria, y por su naturaleza masculina veo la posibilidad de no darles opciones, sacar dos dulces, tomar su dinero y hasta decir “ya, no te sobra”. En ese instante, él me mira, o ellos, no importa, con la mayoría pasa igual, dubitativamente unos segundos pero toma los dulces y, en ocasiones, sonríe y se va; tal vez los mete a su boca o los guarda en las pequeñas bolsas de su pantalón. Entonces pienso que si viniera un niño israelí haría lo mismo. Aceptaría los dulces con esa mirada de duda que no falta, la cual hace que crea que tal vez después no los acepten tan fácilmente y me dirán que no. Casi nunca pasa.

Cuando salen de la tienda a veces pienso ―me da tiempo porque la gente no viene: hace demasiado calor y está tomando una siesta o viendo la telenovela de las tres de la tarde― que esos niños y niñas crecen. Ellas van por los pasillos de papitas, galletas y dulces, pensando en su dulce azul o papita azul o galleta azul. Rechazan dulce tras dulce. Creen merecer algo más aunque ellas tengan para ofrecer el mismo peso que han guardado desde siempre y que nunca sacaron para jugar a la lotería por miedo a perderlo. Y van pasando los años y se cansan. Vuelven a recorrer los mismos pasillos hasta llegar a las primeras ofertas, o distintas, pero que tampoco les gustan. Ya no les importa. Las toman sin convencimiento. Entregan el peso que nunca apostaron. Sin tomar riesgos, el peso se estaciona en el bolsillo de alguien que también estaba enfadado de mirarlas dar vueltas esperando su retorno inevitable.

Y los niños que crecen y se trasforman en hombres no se pasean por los pasillos. Han aceptado una vez más el dulce que se les asigna. Unos han sonreído y otros no. De grandes, la mirada dubitativa no se asoma, se ha esfumado, y por eso han llegado hasta este punto. Pero si por casualidad aparece, imagino que protestan y dicen que ellos quieren otra cosa, que tal vez se pasearán por los pasillos, que ellos quieren elegir; porque ellos sí jugaron a la lotería y ganaron más pesos o cincuenta centavos y ahora pueden pasearse por los pasillos.

Alguien me pregunta si tengo no sé qué cosa y dejo de pensar en los niños que crecen. Me acuerdo de la colonia en la que trabajo y de que esos niños vienen con un peso o un peso y cincuenta centavos porque sus papás son pobres y no tienen dinero, o se lo gastan en cerveza o en cristal o marihuana o en ninguna de las últimas tres: sólo son pobres y no les dan más dinero. Vuelvo a preguntarle al cliente qué fue lo que pidió y su respuesta me regresa a la rutina.
 

Más cuentos aquí...


Ilustraciones:
Edwin Pijpe, www.freeimages.com
John Pilge, www.freeimages.com
alfonso diaz, www.freeimages.com


Raquel A. Bojórquez G. (Hermosillo, Sonora, 1991). Estudió la licenciatura en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha participado en diferentes foros de literatura: académicos y de creación literaria. Algunos de sus textos han aparecidos en plaquettes y revistas de literatura como Círculo de poesía y Anders Behring Breivik. Fue seleccionada  para el curso de creación literaria para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas Xalapa-2013 y como becaria del Festival Interfaz del ISSSTE Noroeste 2014. Actualmente, es becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora en la categoría Jóvenes Creadores.


Raquel A. Bojórquez G. (Hermosillo, Sonora, 1991). Completed her B.A. in Spanish Literature at Universidad de Sonora. She has participated in several academic and literary creation forums. Some of her writings have appeared in plaquettes and literature magazines such as Círculo de Poesía and Anders Behring Breivik. She was selected for the literary creation course hosted by Fundación para las Letras Mexicanas Xalapa-2013. Moreover, she earned a scholarship sponsored by the Festival Interfaz del ISSSTE Noroeste 2014 (ISSSTE Interfaz Festival from Northwest). Finally, she is currently a grantee in the Young Creators category at Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (Fund for Culture and Arts of Sonora).