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CUENTO / No. 60


 

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Iliana Vargas

 
Dejó el portafolios, el saco y la nueva tanda de libros en el estudio, se lavó la cara para refrescarse y, algo más extenuado que otros días, Korrlag se recostó sobre el sendero de musgo que dividía el inmenso jardín silvestre de las losas que llevaban directo a su estudio. Disfrutaba echarse sobre la vereda aterciopelada y observar la hierba que crecía en absoluto desorden entre las explosivas flores que murmuraban su sorpresa al encontrarse, en cada alborada, de nuevo con el sol. La resolana acariciaba los brazos extendidos al borde de su cuerpo, dotándolo de un acaramelado recubrimiento que, además, exhalaba un aroma propio de la textura que adquiría: entre cereza y manzana roja. Disfrutaba amoldarse, convertirse en un elemento más del paisaje y sentir los avances puntillosos de la fauna que solía acerarse, husmearlo, reconocerlo como parte del territorio.

Esa tarde, sin embargo, había llegado a la colonia de coleópteros subterráneos una nueva especie: un Trotador de Cienfuegos, cuya coraza de lodo y desechos encontrados a su paso durante constantes migraciones lo habían convertido en uno de los demoledores de argamasa de carroña más salvajes que se hubieran visto hasta entonces. Motivado por la candidez que aquella montaña de carne emanaba y que el calor trasladaba en ondas lumínicas hasta los recovecos de su caparazón, el Trotador de Cienfuegos activó cada una de las afiladas puntas/agujas de sus cuatro tenazas delanteras, listas ya con el amargo y tóxico líquido verde esmeralda, más espeso que de costumbre debido a la inmensidad del cuerpo por el que tendría que entreverar.


Pero no fue el pinchazo lo que despertó a Korrlag, sino la nitidez con la que de pronto percibía la tesitura proveniente del umbral que separaba su estudio del jardín. Jiiiiiimm//clinn//toinñññ//tainñññ producía una imagen de la constante expansión/contracción del metal cuando los tubos golpeaban distintos puntos entre sí: el sonido se extendía y jugueteaba de tal forma que por momentos parecía estar imitando la voz de su amiga Ingär al entregarle, efusiva, aquel móvil sonoro: “con esto evitarás cualquier intromisión no deseada a este espacio que es, de alguna forma, sagrado para ti, pues aquí es donde recreas tus sueños”.

La corriente de aire, más fría de lo habitual, serpenteaba entre su cuello, alojándose a momentos en el pecho o sobre sus largos y gruesos brazos ardientes a causa del exceso de sol. Evidencia de que había dormitado por lo menos dos horas pasadas las tres de la tarde era la metálica malicia de las nubes que se arrastraban magníficas de precisión y lentitud para descargar, a la misma hora cada día, su inevitable carcajada acuática sobre los inmensos campos de abedul que cercaban la ciudad. Korrlag tenía el tiempo justo para ir a buscar la tinta y el papel que utilizaría esa noche antes de que las callejuelas que rodeaban su casa quedaran del todo inundadas. Debía apresurarse: había prometido a Ingär enviar una imagen nueva cada mañana; una imagen que le transmitiera la sensación más emotiva, ya fuera de felicidad o de angustia, que Korrlag hubiera experimentado al momento de despertar y comprender que se encontraba en tierra ajena al sueño. A cambio, ella le enviaba cada noche una postal en la que describía lo que esas imágenes le habían sugerido: eran adictos a los asombros que se propiciaban mutuamente, al complemento que sus inconscientes habían aprendido a codificar sin repetirse ni obedecer a ninguna fórmula o regla más que la incitación a revelar los secretos que encontraban el uno en el otro a través de sus lenguajes particulares.


Korrlag se levantó dispuesto a irse así: sin suéter, sin sombrilla, sin nada más que el dinero que, sabía, llevaba en la cartera. Sintió un leve mareo que le hizo detenerse para no perder el equilibrio en su camino rumbo al portón. Recordó que no había comido y que, casi sin darse cuenta, había bebido el café que solía compartir con dos compañeros del trabajo, ausentes durante toda aquella mañana. Respiró hondo y contuvo el aire durante cinco segundos para después exhalarlo muy despacio: así solía calmar los fugaces episodios de vértigo que sufría constantemente debido, como es de imaginar, a su desorganizado ritmo alimenticio.

Logró estabilizarse lo suficiente para dirigirse al expendio donde solía adquirir los gruesos rollos de papel que tanto disfrutaba humedecer al contacto con la plumilla entintada. Avanzaba con premura, sin comprender qué movía su ímpetu cardiaco. Plaegggg//crrrraannn//trrraketrrrake//crrraannn//plaggg producía el ajetreo de la sangre, los músculos, los huesos impulsados por un brío ajeno, un resorte que elevaba las plantas de los pies y lo hacía moverse en zancadas sobre las puntas. El oxígeno salía del cuerpo antes de llenar sus pulmones, y ante él, como si el camino hubiera subido a una vertiginosa banda elástica, se le adelantaban las ventanas, las piedras, las jaulas repletas de pájaros azules, los árboles de groseros brazos verdes, como si no hubiera división entre la rama y la hoja, como si el espacio se abstrajera en ondulaciones de color a su paso. Sin embargo, el cielo empezó a desmoronarse, y, al entrar la piel en contacto con el agua, algo pareció calmarse dentro del desajuste corporal de Korrlag. Logró llegar al expendio, comprar los papeles y la tinta que le hacían falta, y, en medio de la inundación prevista, decidió emprender el regreso. Necesitaba comer, recostarse, hacer los dibujos para Ingär, consultar en algún tomo de la enciclopedia lo sucedido con su cuerpo. Pensaba en todo esto durante el camino de vuelta sin preocuparse mucho por evitar los enormes charcos que sus pies atravesaban instintivamente. No imaginaba que se había disparado una alarma en su sistema inmunológico que le impedía alejarse del agua y así detener un poco el viaje del tóxico verde esmeralda rumbo a su cerebro. Y como no lo imaginaba, lo primero que hizo al llegar a casa fue encender la chimenea, quitarse la ropa empapada, secarse y poner a calentar la comida. Empezaba a acomodar el papel y los instrumentos en la mesa del estudio cuando volvió el vértigo, un vértigo que brotó de su vientre y le provocó una náusea amarga. La quemazón arrasaba sus venas: Korrlag podía haber dibujado un esquema de su propio aparato circulatorio de tan perfecto que el dolor lo delineaba. Pero en su cabeza parecía latir una esponja que no le dejaba atinar cada movimiento, cada ráfaga de conciencia que aún le permitía observar la mutación de aquello que rebasaba su naturaleza: luces –líneas, rayos de luces– atravesaban las paredes, como si su casa se hubiera convertido en un colador de luz. Apenas alcanzó a sentir la necesidad de dejar constancia de lo que estaba sucediendo [acaso más fuerte que cualquiera de sus escabrosos sueños] y como pudo extendió el papel y abrió el frasco de tinta. Jiiinnnn//claaack//glonggggg//tliinnn//jiiinnnn enfebrecía el metal móvil que le había regalado Ingär: luchaba el sonido contra el halo de fuego que ya empezaba a traspasar la entraña de Korrlag, quien no supo en qué momento perdió fuerza y control sobre sus extremidades: hizo caer el frasco y la tinta derramó un chorro de negrura como lo indescriptible del repentino placer que empezó a sentir a causa de un cosquilleo que subía por el ombligo; un cosquilleo que horadaba y horadaba desde dentro, expandiéndose a través de una salivación rabiosa que recorría su sangre hasta estallar por los ojos: un agujero negro le había crecido justo en el centro de la savia corpórea: un agujero negro que empezó a absorber todo lo que palpitaba de vida alrededor. Sólo lo inanimado –cual cascarón seco de las serpientes al mudar de piel– quedó en pie, y al fondo, en el umbral interminable, feroz e inútil resonaba Jiiinnnn//claaack//glonggggg//tliinnn//jiiinnnnnnnnnnnnn.

 

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Ilustraciones:
Andy Hargraves, www.freeimages.com
Stephanie Blantin, www.freeimages.com
fausto giliberti, www.freeimages.com


Iliana Vargas (Ciudad de México, 1978). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autora de Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (Conaculta/FETA, 2012) y Magnetofónica (Ediciones y Punto, 2015). Cuentos suyos se incluyen en sitios electrónicos, publicaciones y antologías mexicanas y extranjeras como Entremaresmagazine, Es lo cotidiano, La hoja de arena, RevistaeSpiral, Revista Periplo, Revista Registro, La imaginación en México, Tatuaje (Novela hipermedia, Centro de Cultura Digital, 2015); Emergencias. Cuentos mexicanos de jóvenes talentos (Lectorum, 2015); Hic Svnt Dracones [Aquí hay dragones] (ebook, Conaculta/FETA, 2013); y Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013).


Iliana Vargas (Ciudad de México, 1978). She studied Spanish Language and Literature at UNAM. She’s the autor of Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (Conaculta/FETA, 2012) and Magnetofónica (Ediciones y Punto, 2015), which includes the short story published now in Punto en Línea. Her work has been published in several web sites magazines an anthologies in México and aboard, such as Entremaresmagazine, Es lo cotidiano, La hoja de arena, RevistaeSpiral, Revista Periplo, Revista Registro, La imaginación en México, Tatuaje (Novela hipermedia, Centro de Cultura Digital, 2015); Emergencias. Cuentos mexicanos de jóvenes talentos (Lectorum, 2015); Hic Svnt Dracones [Aquí hay dragones] (ebook, Conaculta/FETA, 2013); and Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013).