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CUENTO / No. 60


 

El partido sin fin



Gabriel González Núñez

 

Gonz__lez_1.jpgNadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzó el encuentro, ni por qué juegan los dos equipos, ni cuál es el marcador exacto, pero yo hace años que dejé de investigar el asunto para ubicarme en un incómodo asiento azul de respaldo plástico y patas de fibra de vidrio a fin de tratar de descifrar el significado del juego, emprendimiento que me resulta tan infructífero como muchos dicen que es aburridor este deporte. Incluso así, me rehúso a desistir de mi objetivo, aunque los achaques de la vejez me reduzcan a una mera curiosidad en este lugar que parece escapar de toda noción del paso del tiempo.

Ya nadie se sorprende con este insólito partido, aunque supongo que en el principio fue causa de asombro. Tampoco resultan sorprendentes mis conclusiones al respecto, porque son casi idénticas a las de todos los académicos, científicos, místicos, entusiastas, curiosos y facinerosos que en algún momento se han planteado los secretos que sin duda encierra este encuentro. Claro, no son un calco exacto, ya que nunca dos personas podrán observar lo mismo y llegar a conclusiones idénticas —aunque aseguren todo lo contrario—, por lo que me aferro a mis propias conclusiones, tan parecidas a todas las demás: soy yo quien las ha deducido y por tanto las elucido como mías y de nadie más.            

Comencé mi pesquisa hace décadas, cuando a fin de recoger hasta el último dato útil, verdadero o no, viajé a los rincones más remotos de los cinco continentes para adentrarme en todas las bibliotecas, empresa que me exigió aprender todos los idiomas escritos, tanto vivos como muertos. Fue así que logré cernir las palabras para hacer que su significado verdadero se desprendiera de ellas. Con la misma entrega me di a explorar los recovecos del ciberespacio, actividad más compleja y descabellante que la de cazalibros. No encontré allí nada que las bibliotecas no me presentaran antes, pero aprendí a ver patrones en el caos y a tejer redes de significado que unifican todo, al punto de amenazar la fuerza de los jáquer secretos, que me mandaron matar pero que hasta el día de hoy logro evadir gracias a los conocimientos que descubrí en las milésimas de segundo que dividen las páginas de internet. Incluso ahora, que de descubrirme aquí sentado al rayo del sol podrían quitarme la vida sin que nadie lo advirtiera, los mantengo en inútil cacería por los barrios más pobres de las ciudades del sur gracias a las destrezas que adquirí en mis años de indagaciones.

Mis décadas de aprendizaje incontenible me revelaron prácticamente todo el conocimiento de la humanidad, abriéndome las puertas al conocimiento superior, que se esconde en lo cotidiano y que apunta al mundo paralelo que existe de forma casi inapreciable. Este conocimiento del supramundo me permitió entender casi todo, incluso el gran secreto: cómo surge la vida y cómo se la extingue. Digo “casi todo” porque los pormenores del origen de este partido que ahora presencio y su verdadero significado quedaron fuera del alcance de mis revelaciones. Ahora lo único que me interesa es comprender el juego, y, claro, por “comprender” no me refiero a un entendimiento profundo de las reglas: eso ya lo tengo.

Desglosar toda información que se me presentó sobre este partido en particular me permitió llegar a una noción bastante general de sus orígenes. Aunque muchos han presentado conclusiones semejantes y han sido rechazados rotundamente, no dudo tener razón. Este partido se juega desde hace por lo menos cuatro mil años, y creo que originalmente nadie se imaginaba cuánto iba a durar, porque rara vez duraban más de cuatro horas, cosa que al público actual le parece increíble. De hecho, los más eruditos se niegan a creerlo, pero de esa conclusión no me moveré jamás. Este juego es una anomalía: comenzó como uno de miles de millones que otrora se celebraran.

Gonz__lez_2.jpg Habiendo obtenido conocimientos fenomenales, formulé la idea poco original de que tal vez fuera el diseño del campo de juego el que enfrascase a estos dos equipos a perpetuar su empate de entrada en entrada. Traté de comprobar su diseño desde todos los ángulos, valiéndome de miles de fotografías y cientos de extensos tomos que se han escrito al respecto. Descubrí lo que otros supieron antes: el juego en sí se desempeña en campo de césped sobre el cual se han marcado dos rayas blancas acolchonadas en franjas diagonales de arcilla que reciben en ángulos de 90 grados a otras dos rayas cobijadas por una arco de arcilla para formar un cuadrado, en los vértices del cuadrado se colocan pequeños cuadrados blancos de mínimo espesor que sirven de centro gravitacional para los jugadores, en el centro mismo del cuadrado se coloca un círculo de arcilla elevado. Los parecidos con la simbología de los masones son claros, ya que el campo está compuesto de la escuadra y el compás que encierran, en este caso, el ojo que todo lo ve. Los masones, por su parte, niegan rotundamente la acusación y sostienen que señalar los paralelos como significativos no es más que una estrategia de las dictaduras de izquierda y de derecha que se han confabulado con los católicos ultraconservadores para propagar ideologías antimasónicas. Tras años de observación de rituales masónicos y meditación sobre sus significados he concluido que nada tienen que ver los masones con este asunto, puesto que es imposible que hayan llegado al conocimiento necesario para provocar este hecho. También me aferro a la conclusión de que el diseño del campo no es lo que hace que el partido se prolongue de forma indefinida.

Resulta sospechoso que los jugadores y sus cuerpos técnicos no se vean afectados por la edad ni se preocupen de lo que sucede a su alrededor. Traté en vano de encontrar entrevistas o pronunciamientos de ellos, así que el primer día que vine al estadio los quise entrevistar, pero unos guardias de seguridad enormes y poco comunicativos me impidieron bajar al campo de juego. Pensé en pararme junto a la puerta exterior de los vestuarios por si alguno salía en un momento insospechado, pero cuando llegué al lugar vi a una veintena de misioneros mormones con sus camisas blancas almidonadas y corbatas oscuras sentados allí. Me explicaron que llevaban muchas generaciones de espera, que cada dos años otro grupo de misioneros los reemplazaba, pero que no perdían las esperanzas de convertir a los atletas cuando salieran por esa puerta. El incidente me llevó a abandonar mi propósito de hablar con los jugadores y reafirmó mi certeza de que nada tenían que ver los mormones con la duración del juego.

Un partido tan extenso ha sido presenciado por millones de personas, a pesar del tamaño pequeño del estadio. Su capacidad es de 3,000 plateistas, los cuales se acomodan tranquilamente en los asientos ubicados de los dos lados que corren paralelos a las rayas trazadas desde el cuadrado principal hasta los límites exteriores del campo. Se han documentado varios cientos de casos de personas que cayeron fulminadas por infartos y otras muertes repentinas durante alguna de las entradas. Por tradición, cuando sucede un infortunio de esa suerte, se entierra a la víctima justo atrás del pequeño estadio, en un campo cuya forma se parece bastante a la del campo donde se practica el partido interminable. De tanto en tanto, cuando me aburro durante el partido —cosa que me sucede con frecuencia al anochecer— me dirijo al extraño cementerio y observo las lápidas blancas y semicirculares. En ocasiones las recorro, tratando de imaginar si alguno de esos hombres o mujeres cuyos restos se hacen polvo ahí habrá caído muerto por el repentino conocimiento del significado de este juego. Cuando leo las lápidas y considero las muchas posibilidades que he sopesado con los años me río ante la más popular, la que asegura que el partido está arreglado gracias a los intereses de los sepultureros y funebreros locales. Basta con penetrar en el conocimiento escondido en las letras que componen los nombres de los muertos para darse cuenta que nada tienen que ver ninguno de los lugareños con lo que sucede aquí.

Gonz__lez_3.jpg Son tantas las teorías místicas, religiosas, metafísicas y también científicas que con el paso de los siglos se han esbozado para explicar la permanencia de este juego antiquísimo que en momentos resulta difícil distinguirlas entre sí. Todas me parecen insuficientes. Naturalmente, las distintas carencias de las teorías han llevado a la necesidad apremiante de elaborar una teoría general, imperante desde hace unas siete u ocho décadas. Está de más señalar que no sólo no se ha logrado el objetivo sino que jamás se conseguirá. Sin entender elementos clave como los orígenes históricos, el estado actual del partido, la verdadera identidad de los jugadores, el motivo de su juventud perenne y el significado del juego jamás se llegará a esa codiciada teoría general.

Creo que sería mejor que cada cual aportara según sus conocimientos, pero la rivalidad entre los distintos exponentes es de tal calibre que la verdadera cooperación no figura como siquiera una posibilidad improbable. Es así incluso en mi caso. La vida entera que he dedicado a este misterio me ha llevado a algunos hallazgos meritorios que no me atrevo a hacer públicos. Por ejemplo, tengo la total certeza de que bajo el cementerio hay otra cancha, sólo que de uso exclusivo de las mujeres de la antigüedad. Entre tomos polvorientos y frágiles de las bibliotecas más antiguas he descubierto mención de esa variante femenina. Parece ser que se jugaba con menos frecuencia que la versión masculina, con una pelota más grande y en un campo de dimensiones menores. Naturalmente, la existencia de un lugar así —o mejor dicho, de una versión así del juego— sería prueba fehaciente de que nuestros antepasados consideraban a la mujer un ser de físico inferior, y ese conocimiento llevaría a algunas de las sectas generadas en torno al juego a replantearse la igualdad de los sexos, lo cual a su vez resultaría en la creación de sociedades feministas dedicadas a mostrar la superioridad de la mujer. Una posibilidad así me llena de pavor, ya que con mi sapiencia casi infinita entiendo claramente que lo que los jáquer secretos no logran por ineptos, dos o tres mujeres empedernidas pueden conseguirlo en un santiamén.

Me doy cuenta de que de haberme aliado con una mujer en mi búsqueda tal vez hubiera logrado ya descifrar algo, así fuera una pequeñez como el marcador real del partido. Por lo que ha llegado a mis manos puedo conjeturar con confianza sobre algunos aspectos: cuando el marcador llegó a 99-99, se decidió dejar de llevar el tanteo global con el acuerdo tácito de que no bien una entrada llegara con un marcador dispar a su fin, el partido se declararía concluido y el título se daría al ganador, sin importar la verdadera cantidad de carreras. Lo único que no me queda claro es cuánto tiempo les habrá llevado llegar al 99-99, aunque en base al ritmo actual de carreras anotadas, habrá sido de 30 a 45 horas. También he hecho todos los cálculos pertinentes para poner a prueba las teorías que sostienen que existe en esos números alguna clave. No la hay.

Aun sabiéndome solo en esta búsqueda no abandono mi consigna. A esta altura llevo varios años haciendo copiosos apuntes de cada entrada. Registro fielmente la temperatura a lo largo del día, la dirección del viento, los ángulos de cada parábola, la cantidad de bateadores, lanzamientos, bolas, strikes, foules, hits, bases recorridas, etcétera. Observo también los valores intangibles, como el humor de los jugadores e incluso el sonido de los bates al conectar la bola. Todo esto lo catalogo y según me permiten las circunstancias lo analizo basándome en los extensos conocimientos que años de investigación, un amplio caudal y una memoria prodigiosa me han permitido obtener. Cada día descubro nuevos patrones y significados, pero sigo sin poder contestar la pregunta más sencilla: ¿cuál es el significado de todo esto?

Gonz__lez_4.jpg Ya me quedan pocos años de vida, como lo evidencian los cabellos canosos que se me caen, la piel arrugada que me cuelga y la visión borrosa que cada vez me sirve de menos. A veces, cuando de noche me acuesto para dormir en un catre justo afuera del baño del estadio, me invade una angustia que me espanta el sueño. Esas noches una amargura viscosa me recorre la boca y una negrura pesada me oprime el pecho. Son noches en las que me parece real lo que jamás hubiera imaginado al comenzar mi odisea. Son noches en las que pienso en todo lo que he aprendido pero me doy cuenta de que nada sé de la verdad. Me aterra pensar que nunca la podré saber.


 

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Ilustraciones:
Jonathan Adrianzen, www.freeimages.com
Charmaine Veliz, www.freeimages.com
Matthew Bowden, www.freeimages.com
Pete ager, www.freeimages.com


Gabriel González Núñez (Montevideo, Uruguay, 1976). Es profesor de la Universidad de Texas en Brownsville, y ha cursado estudios universitarios en Bélgica, Estados Unidos y España. Sus cuentos se han publicado en las revistas La marca hispánica, Ventana abierta, Círculo: Revista de cultura, Entre líneas y Narrativas. Además, ha recibido reconocimientos en varios certámenes literarios, entre ellos el Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro, el Concurso Dr. Alberto Manini Ríos y el Premio Platero. En este último certamen obtuvo, en 2012, el primer premio en la categoría Cuento por la obra “El viaje que no se dio”.


Gabriel González Núñez (Montevideo, Uruguay, 1976) is a professor at the University of Texas Rio Grande Valley. He has earned college degrees in Belgium, Spain, and the United States. His short stories have been published in magazines such as La Marca Hispánica, Ventana Abierta, Círculo: Revista de Cultura, Entre Líneas, and Narrativas. Additionally, his short stories have placed in several literary contests, including Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro and Concurso Dr. Alberto Manini Ríos. In 2012, he won the Premio Platero first place award for his short story “El viaje que no se dio” [The Trip that Fell Through].