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POESÍA/No. 40


 

En la esquina de Xicoténcatl y otros poemas



Miguel Ángel Cabrera



 

En la esquina de Xicoténcatl

Día como de lienzo blanco.
La plazuela es un cántaro hendido en la tierra
y ya los zaguanes observan al viento tejer las alfombras de
          jacarandas.
Inquieto, como el benjamín, arquea en mi taza el atardecer.
A la distancia los paredones se amansan;
el mundo es ahora sólo ese lugar humeante.
En el cielo, se descifra el color del ciruelo y el sonido de requinteos.
Toda la calle se ondula en los pliegues fervientes de la vendimia
y quizá sea una brisa de hojas o un poeta el que se asome tras las
          troncos.
En la mesita, los trebejos orientales alzan la mirada sosegada,
el té de manzanilla se despereza de la miel
y los pájaros sacuden a los hombres con el trino.

Hoy he sentido cálido el pecho y tomado la enseñanza del sueño y la
          buganvilla.
Despacio
, dijo, me devolveré a mi ignorancia.



Epígrafe de cualquier sensato

No inquiete al pájaro mancebo las
escarchadas noches al trinar del abandono,
enlistando con minuciosidad
al arbusto, la valoración, las dudas, la vida.
Tal rosario mal atesorado está a la sombra
y el pájaro no cante lo que hablen los hombres.
Lo inesperado de la carne lacerada
—la engañosa libertad,
el milagro instantáneo del destierro y la presencia del amor—
nunca termina.
Tiernamente exige olvido el espíritu oceánico
cuando se siente asegurado en propia singladura,
cuando tú mismo alcanzas a ver y eres la copia
de los que no tuvieron las nubes
y otros verán, y ven, la eternidad de los soles.



El árbol

Vivimos para encontrar en las horas
a las arcillas de Aquel valle.
Las huellas obstinadas de la noche
se habían remansado y aguardaban ser como un gajo de luz.

¿Qué es posible entrever en la tierra?
La historia, de tan cansada, perforaba los siglos
y del chubasco creó, entre hojas, un sol-tallo
que se asomó a tu boca.
La fronda saluda sus propias hojas;
observo cuando se erige al zigurat
y una lluvia glacial la bautiza en su jadeante verdor.
No hay tiempo que se le imponga a sus altos pájaros.
Allí, entre las pértigas y rocas húmedas,
esculpido por el agua que se despeña
encontramos un árbol tallado de palabras:
es un retoño que barre cabeza abajo al polvo esparcido de Su mano



Tarde en el pedregal

Una tolvanera, brasa,
cúmulo terroso de los labios.
Sin hablar siquiera
crece inevitablemente
un diálogo en el despeñadero.
Mar seco;
(sangre de arena en los ojos)
quedo anclado en su bahía.
La firmeza de la penca
entre precipicios de sal.
Luna de broza, tersa plata
que saluda (en una jarra de agua)
y muestra los escaños de tu pecho.
Río soy en las nervaduras,
vapor de laja,
                  vapor de arena,
de piedra,
            espuma silenciosa
boca de mármol
suavizada
por la jerarquía del viento
en las manos,
por la palma incólume de los milenios
y los días:
               el abrazo
es un latido,
                  uno solo
entre muros de adobe,
                 incuestionable,
cada noche
                ofrenda
al templo imperecedero.
                               Labrar
mientras los otros aman
es envolverse con los astros,
                    retener
palabras
          hasta la consagración,
hasta el reflejo puntual,
                                el alabastro,
hasta despertar tu boca.



El pequeño dodecaedro

 

Già va riluciendo
mosso, quel mare,
aperto per chi sogna…

Giussepe Ungaretti

I

El Universo vibra
en cada cuerda
y cada nota de los versos.

II

Todos hablan de sí mismos.
El literato habla de literatura,
el filósofo de filosofía,
el matemático del álgebra.
Yo hablo del Vacío.

III

Su placer era el ritmo,
sus piernas se engarzaban a la luz del Sol,
sus manos eran fuego,
su respiración, eterna.

IV

Sentado sobre el dorso del Universo, Él me dijo:
mira en las redomas a las jacarandas;
volteé y ¡oh sorpresa!, me encontré contigo.

V

¿Qué es Eso?
eso eres Tú.

VI

Una ola de aire
me envolvió en el prado
y susurró a mi mano:
mira, ya no tienes nada.

VII

¡Qué maravilloso el crin de las montañas,
los templos hollados por el polvo,
el rebullir del agua cuando se alza al firmamento!

VIII

¡Oh, las motas del rocío,
ingrávidas,
cabalgando por el aire!

IX

Ya las olas
se retiran hacia las veneras del alba
donde las espera un nuevo Sol.

X

—Padre, ¿cómo llamas a ese gran océano plateado?
—Es la Nada, hijo.

XI

Un punto
nos contiene a ti y a mí
y a todo lo existente.
Debajo de mis ojos
tengo sendos Universos.

XII

El pensamiento
es filosofía
que es arte
que es poesía
que es Dios.



Miguel Ángel Cabrera (Ciudad de México, 1988) ha colaborado en revistas como Bonsái y Los poetas del cinco. Escribe la columna "Cartapacio" en el blog de Cuadrivio.