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No. 4/RESEÑA

 
El ritmo de la violencia: Síncopes, de Alan Mills


Aurelio Meza
 


Alan Mills,
Síncopes
,
México, Literal (2005)


 Harold Bloom ha dicho que cuando una obra entra al canon lo hace provocando en sus lectores una sensación de extrañeza. No hay un caso más ilustrativo que el de la literatura estadounidense, en que la mayoría de sus más grandes representantes (Emily Dickinson, Herman Melville, los beats, etcétera) han tenido que entrar “por la puerta trasera”, por así decirlo, tras muchos años de depuración y sólo hasta que los académicos y lectores ampliaran sus perspectivas y los leyeran con más simpatía (en el caso de Dickinson, hasta que fue literalmente redescubierta más de medio siglo después de su muerte). En Latinoamérica somos mucho más afortunados, pues la constante búsqueda de una identidad común hace que los lectores y escritores sean mucho más perceptivos a la llegada de obras que marcan un parte aguas en nuestra tradición literaria. Tal es el caso del poeta chileno Raúl Zurita, quien en su presentación a Síncopes, de Alan Mills (Guatemala, 1979), no duda en afirmar: “Como si se tratara del alumbramiento de una asombrosa posibilidad, en Latinoamérica está emergiendo la nueva gran poesía […]. Si todavía podemos hablar de un continente es porque esos nuevos poetas están […]. Alan Mills es uno de esos grandes nuevos poetas”.

Pero, ¿en qué reside la extrañeza de este nuevo gran poemario? Quizás lo primero que llame la atención acerca de él sea su forma. Todos los poemas están escritos en prosa y, aunque en Latinoamérica hay una buena cantidad de poetas que usan esta modalidad (entre los mexicanos contamos con López Velarde, Julio Torri, Alfonso Reyes, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, etcétera), pocos son los que han creado un libro con las características de Síncopes, que nos remite más bien a obras como El spleen de París y Una temporada en el infierno, productos de la tradición francesa, tan importante en la obra de Alan Mills.

La utilización de esta forma tan particular tiene implicaciones inmediatas en la recepción de la obra: durante el encuentro de poesía El Vértigo de los aires, celebrado este año en la Ciudad de México, el propio Mills afirmó que, en algunos países de Latinoamérica, se ha colocado a Síncopes en la sección de novela de las librerías. Fuera de las estrategias mercadotécnicas que hay detrás de esta decisión, habría que preguntarnos qué pensará el lector que compra el libro considerándolo novela al ver que la primera persona en esos textos se desdobla en muchas voces distintas, en las cuales a veces resulta difícil determinar o distinguir si se trata de un narrador propiamente dicho, o de un personaje cuya voz es la de todo un pueblo, o de una caracterización alegórica, etcétera. Al acercarnos al libro como una obra poética resalta igualmente la forma: la densidad de significado es mucho mayor que la de un poemario convencional en verso, con una temporalidad reestructurada (o, mejor dicho, desestructurada) y su lectura exige un mayor nivel de atención de su lector, uno al que quizá no está acostumbrado, que obliga a la relectura y la reflexión constante, como todas las grandes obras que no dejan de sorprender a sus lectores por la gran complejidad con la que están formadas.

Los tres epígrafes que abren el libro funcionan como los ejes de navegación, como las directrices que han de regir los poemas: la cita del Popol Vuh, obra fundacional de la literatura guatemalteca; la de Edmón Jabés, otro francés importante en la obra de Mills, y la de la canción “Something I can never have” de Nine Inch Nails. De este último y su genio creador, Trent Reznor, parece apropiar también el concepto de la violación como el ejemplo perfecto de la dualidad creación/destrucción, que luego aplica a diversos niveles: físico, psicológico, social, etcétera. Las nuestras, nos dice Mills, son sociedades violadas, o bien, producto de una violación; y esto ha marcado muchos de sus aspectos, son el origen de tanta violencia y desolación en ellas. Pero también existe una salida, por muy precaria que sea; como dice el propio Mills: “aquí se sufre pero se goza”. Sólo si aprendemos a gozar en medio de este sufrimiento ineludible podremos hallar quizás la única posibilidad que tenemos de renovarnos, de regenerarnos. Reznor es una figura importante para Mills, no sólo en el plano discursivo, sino también en el ideal, pues es uno de esos individuos que, en sus palabras, “se desean con tanto ardor y meten virajes partout”, entre los cuales nombra a Jimmy Hendrix, Hölderlin, Van Gogh, Jesús, Virgina Woolf, Kafka, Vallejo, Thelonius Monk, etcétera. La música juega un papel preponderante en Síncopes, como ya se habrá notado en el título; los doce poemas “síncopes”, dispersos a lo largo del poemario, son la médula de toda la obra, además de que utiliza la influencia musical como una poderosa herramienta poética, son comunes las alusiones, veladas o expresas, a muchas canciones, grupos y cantantes totalmente distintos entre sí, desde Los Amantes de Lola hasta Daddy Yankee, refiriéndolos en contextos que cambian su textura y le dan una nueva forma, en un acto muy parecido a las famosas apropiaciones de fragmentos de otros poemas que hacían Eliot o Kavafis, de las cuales habla Seferis con tanta admiración. Un ejemplo superlativo es el “síncope vi”, que fácilmente compite con otros textos “fractales” (como “El grafógrafo” de Elizondo), al combinar varias frases en una intricada serie de segmentaciones y fragmentaciones:


podría gritar beber de tu sangre que me dejes mamá se está volviendo creo que podría gritar que me dejes mamá beber de tu podría me creo se está volviendo gritar loca que me dejes tu sangre beber mamá se está loca volviendo podría gritar que me dejes beber de tu sangre loca volviendo está se mamá…

 


…y así sucesivamente.

El mundo de las sensaciones es importantísimo en estos poemas de la crudeza y la crueldad del mundo. Cuando la prostituta del segundo poema exclama: “puta cómo duele ahí abajo”, Mills no está tratando de evocar una imagen poética, está localizando para el lector el punto exacto de una sensación física; la poesía es usada ya no para comunicar sentimientos solamente, sino para transmitir cualquier pulsión percibida por el cuerpo humano.

Al público mexicano le sorprenderá encontrar entre estas páginas a personajes conocidos que han incidido en nuestra cultura popular, como el Chupacabras, el Coyote o Malitzin, quien en el “síncope xii” busca hacerse un extreme make-over, después de locual, dice Mills con mordaz ironía, “nos mirarán sobre el hombro sus nuevos ojitos verdes”. Y es que de nuestros hermanos centroamericanos tenemos mucho que aprender: que compartimos una historia en común con otras naciones, que nuestro nacionalismo nos impide ver a veces la amplitud de nuestros problemas y de nuestros horizontes y que nuestros destinos llevan también, más o menos, la misma dirección. Ya Octavio Paz nos había dicho antes que todos somos hijos de la Malinche, hijos de “la chingada”, frase que esconde tras de sí un turbulento pasado. Aunque la influencia de Paz no se manifiesta directamente en Mills, éste nos ha enseñado de nueva cuenta y por otros medios que la figura de la Malinche sigue vigente hoy en día, que nuestras sociedades aún ven reflejada en ella la marca de la dominación y el abuso de unos pueblos sobre otros, un símbolo que sólo visto a través de los ojos de grandes autores cobra las monstruosas dimensiones que verdaderamente tiene. La nueva gran poesía latinoamericana parte de una violación porque la historia misma de Latinoamérica nace de una. En Síncopes, encuentra Alan Mills la forma de desentrañar, retratar y discutir las cuestiones de identidad de nuestro continente con certeza y precisión quirúrgicas sin caer en la fácil vía del proselitismo.



Aurelio Meza
(Ciudad de México, 1985). Ha participado en los congresos de estudiantes de literatura (CONELL, ENELL) desde 2005 a la fecha. Ha publicado en la revista La cabeza del moro (IZC, Zacatecas) y en la revista virtual Trivium (UNAM). Actualmente trabaja en la traducción del poema “Sir gawain y el villano de Carlisle”.