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CARTOGRAFÍAS / octubre - noviembre 2016 / No. 64

De Cuadernos de Lengua y Literatura, volumen VIII*

  
[TRES DÍAS MÁS tarde...]
[EL VIEJO LLEGÓ...]
[CUANDO EL VIEJO...]
[LOS CAJONES DE los armarios...]
[EN LINGÜÍSTICA, SE denomina...]
[SE HACE DE de noche...]



TRES DÍAS MÁS tarde, coloco el televisor arriba de un tronco frente a la parra, saco una reposera y me siento. A través del aparato veo que las hojas tienen un verde intenso y que ya comienzan a formarse los racimos.

Cuando escribí la primera versión de estas líneas, todas las noches mi padre se sentaba en la cocina a mirar una película o algún partido. Y ahora, su televisor como muchas de sus cosas, quedó para mí. El resto se repartió entre mis hermanos.

La trayectoria oscilante de un caracol brilla sobre una hojita de la parra.

Y algunas noches, de un modo fugaz e inconsciente, me asalta la preocupación de que no lo llamé para ver cómo andaba o si bajó las persianas.

Hace poco sonó mi celular. Era una vieja amiga de mis padres. Se la notaba preocupada. “¿Qué pasa con Alfredo? Marqué su teléfono muchas veces y no me contestaba nadie. Ayer probé de nuevo y me atendió otra persona. Me dijo que ese número ahora le pertenecía a él”.

¿La realidad supera a la fantasía? ¿La fantasía a la realidad?
La mosca que atraviesa el hueco de la pantalla permanece en la indiferencia.



EL VIEJO LLEGÓ a una edad muy avanzada y sus movimientos se redujeron a desplazamientos mínimos entre su habitación, el baño, la cocina, el living y a veces el patio. Su cerebro, sin embargo, funcionaba perfectamente y, como estaba solo desde la muerte de mi madre, se ocupaba personalmente de sus propias necesidades, encargaba por teléfono las compras cuando ya no pudo ir al almacén, podaba los rosales y, al terminar la mañana y durante toda la tarde, se sentaba en uno de los sillones de living.

Cuando era chico, ese living no se integraba a los movimientos cotidianos de la familia. Lugar de cierta excepcionalidad, era lo que también solía llamarse “recibidor de visitas” y por eso no funcionaba más que un simple espacio de tránsito entre la calle y el comedor; decorado y pulcro, algo formal y helado como un museo. Tengo la idea de que esto también ocurría en otros lados. En la casa de un amigo del secundario, ingresaban a la cocina directamente por el garaje, de tal manera que el living permanecía inactivo la mayor parte del año. Sólo entraban para hacer la limpieza diaria o levantar las persianas.

Pero el viejo terminó haciendo del living lo que literalmente significa esa expresión inglesa: living-room, la habitación donde pasaba su vida, donde tomaba mate, leía, escuchaba el informativo cada hora en LU2, miraba a través del ventanal y pensaba y recordaba hasta que tenía luz. Al caer la noche, se incorporaba pesadamente aferrándose al andador de cuatro patas y, en medio de la semipenumbra, se dirigía hacia la cocina, encendía los tubos fluorescentes y comenzaba a preparar la cena. Usualmente, un café con leche cuando no tenía ganas de cocinar. Anoche comí algo liviano, solía decirme. Pan con medio paquete de manteca.



CUANDO EL VIEJO ya no podía subirse a la escalera para quitar los racimos de uva o podar la parra, me llamaba por teléfono. “Y sí, como te podrás imaginar, te voy a afanar algo –escribí también en el volumen v– No te va a salir gratis el trabajito. Te lo estoy avisando. Después de podar, voy a ir a la habitación del patio, voy a revisar hasta el fondo los cajones del escritorio, pero en absoluto silencio, para que no te des cuenta.  Por esta vez, voy a dejar algunas fotos a un costado, apiladas junto a algunas hojas dobladas en dos pliegos… Para cuando tengas el mate preparado en la cocina, ya me habré agenciado el cuadernillo del tío. Lo preciso para completar unos trabajos”.

Ese era el cuadernillo de tipografías,

Pero aquella habitación del patio ya no existe más.
Y la casa tampoco.



LOS CAJONES DE los armarios entregaron mudas de ropas, pulóveres, fotografías, papeles, documentos y boletas que el viejo ordenaba metódicamente.
   Las alacenas se abrieron para retirar cubiertos, vajilla, fuentes, jarras, aceite, galletitas sin sal, té y café de malta.
   Los cajones del bajomesada se vaciaron de cuchillos, tenedores, cucharas, repasadores y algunos utensilios de cocina que no se usaban nunca.
   Revistas.
   Shampoo y crema de enjuague.
   Novelas, libros de cocina y de espiritualidad.
   Medicamentos.
   Sábanas y frazadas.
   Portarretratos y calendarios.
   Palas, rastrillos, tijeras de podar, serruchos y pinzas.
   Discos de vinilo.
   Mangueras.
   Electrodomésticos.
   Muebles de jardín.
   Escalera y tablones.
   Silla mecedora, sillones, mesa de la cocina.
   Latas de conserva.
   Sobretodo, camisas y corbatas.
   Macetas con plantas de interior.
   Cortinas.
   Cacerolas.
   Detergente.
   Bastón de una pata y andadores de cuatro patas.
   Silla de ruedas.
   Lavarropas.
   Jabón en polvo.
   Camas.


   Revisar y discriminar.
   Dividir y repartir.
   Tirar.
  
   
   Mis hermanos mayores se dedicaron a ese trabajo durante jornadas que los dejaron físicamente destruidos y sentimentalmente arrasados.
   Yo ni siquiera pude tocar un papel. 
  
   Hacia principios de enero de 2013, el living, la cocina y las habitaciones eran cajas de resonancia en medio del vacío.
   ¡Hola!
             ¡Hola!, me respondía el eco.
  
   ¡Adiós!
               ¡Adiós!



EN LINGÜÍSTICA, SE denomina “conector” a una palabra o un conjunto de palabras que une partes de un mensaje y establece una relación lógica entre ellas. Entre las diversas clases de conectores encontramos los “temporales” que indican un determinado momento o establecen relaciones entre diferentes tiempos. Hay tres tipos:

a) De anterioridad: antes, hace tiempo, había una vez, al principio, al comienzo, anteriormente, previamente, tiempo atrás, antes de que, en primer lugar, inicialmente, hasta que…

b) De simultaneidad: en este (preciso) instante, al mismo tiempo, mientras tanto, a la vez, cuando, entonces, fue entonces cuando, mientras, simultáneamente, actualmente, mientras que, a medida de que….

c) De posterioridad: más tarde, luego, después, con el paso del tiempo, posteriormente, finalmente, después de que… etc.


El poeta Manuel José de Lavardén murió en 1809, siete meses antes de que se produjera la Revolución de Mayo.

Sergéi Prokofiev murió el mismo día que Stalin.

Cervantes murió el mismo año que Shakespeare.

Las hojas de la parra se secan al mismo tiempo que las del fresno en la vereda.

Arturo Jauretche murió en un aniversario de la Revolución de Mayo.

Mi madre murió la misma semana que Alfredo Yabrán; mi padre, poco después de que encontrase el Zenith.

La pava se enfría mientras estoy escribiendo.
  

El Túnel del Tiempo fue proyectado como una especie de conector temporal que unía diversas épocas con el presente; pero algo falló en la máquina y los científicos Tony Newman y Douglas Phillips quedaron a la deriva sin otro vínculo con su época más allá de unas imágenes que flotaban ante la abertura del túnel como en un gigantesco televisor.  

Excelentísimos señores de la Academia: ahora les presento un aparato lingüístico. Vean de qué modo la máquina del tiempo verbal reúne los fragmentos dispersos de diversos ejes paradigmáticos y realiza nuevas conexiones sobre la delgadísima superficie sintagmática: los doctores Newman y Phillips entablan diálogo con Jauretche, Shakespeare y Lavardén acerca del río del tiempo, del fluir manso del Napostá mientras  las sencillas ninfas argentinas / pulsan y sacan sones blandos /en liras de cristal, de cuerdas de oro.

Son contemporáneos.

La máquina los recogió antes de que mueran.



SE HACE DE noche.
Bajo la persiana y corro las cortinas.
Comienzo a tomar notas. Parafraseo a Pierre Menard: mi admirable ambición es producir una página que coincida –palabra por palabra, línea por línea– con las de Mario Ortiz cuando tenía 17 años para recuperar aunque sea un mínimo fragmento de lo que se extinguió.

Hago un esfuerzo máximo de concentración.
La historia comenzaba en el presente en que escribí el cuento, en 1984.
Escribo y tacho.
De nuevo.
No es eso.

…reconstruir frase por frase, ladrillo por ladrillo en un esfuerzo de memoria absoluta que al reescribir cancele el presente…

 hasta que vuelva a escuchar las voces…

trato de verme como era en aquel entonces, pero lo que sale no es completamente cierto, no es completamente aquello…

insisto aunque me doy cuenta de que es imposible
  
   me aferro a la materia