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CRÓNICA / No. 67


El primer rayo de sol que ilumina su rostro sirve de aviso para el inicio de una nueva aventura, si se le pude llamar así; más que eso, es una lucha por sobrevivir, otra oportunidad para conseguir atravesar un país que los ha recibido con los brazos abiertos pero también con la inseguridad a todo lo que da, otro día para lograr llevarse alimento a la boca y descanso al alma y, tal vez, cumplir el sueño americano.

Abrazados siempre a sus pertenencias: ropa, dinero, poco alimento; con sueño ligero, ese que te tiene medio despierto. Atentos a las luces azul y rojo de sirenas con cantos, no hermosos sino maléficos, que anuncian la desgracia y el abuso.

Cuando ya se tiene la lucidez que provoca el frío de la mañana, taladrando hasta los huesos sin que ninguna ropa pueda evitarlo, se hacen los preparativos para la recolecta de dinero y comida. Los grupos se ponen de acuerdo y se dividen la ciudad: a unos les tocará ir a algún semáforo, a otros a una intersección vehicular o a visitar negocios y hogares, pero todos con el mismo fin: conseguir recursos para afrontar el siguiente día.

Mauricio (un joven de 23 años, tez morena, delgado y demacrado, procedente de Honduras) inicia su trayecto al lugar asignado: uno de tantos semáforos de la ciudad. Camina por una hora u hora y media −minutos que le sirven para la remembranza: anhela su tierra, la seguridad de su hogar, pero sobre todo, recuerda a su familia, y eso es lo que lo impulsa a seguir−. Cuando el azar o los recursos económicos se lo permiten, aborda el transporte público para llegar. Una vez ahí, espera con paciencia cada cambio de luces. El rojo anuncia su labor: acercarse a las ventanillas de los automóviles y pedir dinero, comida, agua o cualquier cosa que pueda servir; en ocasiones muestra un billete de su país o una credencial para comprobar su nacionalidad, sin embargo, no es necesario: su acento marcado lo identifica como extranjero.

Acercarse a los coches parecería fácil, tal vez lo sea si se mira como asunto normal. No obstante, para él no lo es. Cada cambio de luces, cada dos minutos, cada hora, cada día se tiene que enfrentar a la indiferencia, la desconfianza, el miedo, el insulto y el abuso. Sabe que es necesario perfeccionar su labor −no es lo mismo los primeros días, cuando uno se acerca inseguro, que cuando se ha aprendido a manipular las emociones de los conductores y peatones usuarios de las calles y avenidas.

Hay que poner cara de sufrimiento, de dolor, de tristeza.

Y no es que no se tengan estos sentimientos, pero hay que ser capaz de externarlos para llegar a los corazones de la gente.

Él no puede explicar a cada persona que se encuentra en el camino que un alto porcentaje de migrantes realiza el viaje en condiciones deplorables: sin recursos económicos, alimenticios y con problemas de salud; sumado a esto, deben ser capaces de sortear diferentes obstáculos: oficiales de migración, policías estatales y municipales, ejército, delincuencia organizada, pandillas, etc. No, cuenta solamente con cuarenta segundos para provocar la caridad y la limosna.

Del total de las personas que se atreven a emprender tan duro viaje en busca de la “tierra prometida” que representa el vecino país, un gran número sólo alcanza a llegar a la mitad de México, ya sea por la necesidad de abastecerse o para descansar. El Estado de México tiene un papel destacado en el flujo y permanencia de los inmigrantes.

Esta entidad, que en el pasado se caracterizó por expulsar a su población a otros estados por falta de oportunidades, ha cambiado su tendencia. Gracias al aumento de la población en la Ciudad de México, poco a poco se construyeron grandes unidades habitacionales de interés social que los mismos habitantes de la capital y otros estados de la república fueron ocupando. Pero para el hondureño, este México no significa sino un obstáculo más para llegar a su destino.

Los habitantes del área metropolitana tienen mala memoria, olvidan muy fácil que ellos fueron, en su momento, migrantes aceptados por los nativos de estos municipios. Mauricio ha escuchado de sus compañeros de viaje que un gran número de mexiquenses rechaza a los inmigrantes, denunciándolos con las autoridades, culpándolos de la inseguridad que se vive en la zona; la indiferencia y la falta de empatía es lo que tiene que combatir con cada luz roja.

La ruta del ferrocarril apodado La Bestia, su último transporte, que va del sur al norte del país con rumbo final hacia Estados Unidos, ha obligado al centroamericano a atravesar varios municipios mexiquenses y refugiarse en la colonia Lechería, en Tultitlán, una tierra que recibe a los trenes que abastecen de materia prima a las diversas fábricas de los alrededores, la mayoría productoras de consumibles, detergentes, utensilios, etc. Por ello, las colonias periféricas han servido de tránsito, hospedaje y descanso para los grupos de personas que buscan llegar “al otro lado”.

Mauricio recuerda, mientras toma un sorbo de agua sentado en la banqueta, que su viaje inició en Tapachula, Chiapas, lugar donde se aborda el tren con rumbo al centro del país. En ese monstruo de metal los migrantes sufren de todo: accidentes, extorsiones, asaltos, secuestros y muerte. Sin embargo, poco importan esos riesgos, pues para muchos ese transporte representa el camino a la tierra de las oportunidades, de los éxitos: eso que no han encontrado en sus lugares de origen para poder vivir con dignidad.

Otra de las causas por las que estas personas se arriesgan a migrar es la inseguridad de su tierra, que cada día se acrecienta debido, entre otras cosas, a pandillas como la Mara, organización que ha cobrado importancia y llamado la atención por la violencia con que se desempeña, encargada de secuestrar, traficar y matar a quienes deciden no unírseles.

Pero no son los únicos que delinquen en Centroamérica. Mauricio, mientras frunce el ceño y pierde la mirada en el horizonte, recuerda con una furia reflejada en sus ojos que existe un grupo, pagado por el gobierno, encargado de combatir a los maras, pero éste también abusa de su poder y comete los mismos delitos que persigue:

Te detienen sin razón, sólo por tu forma de vestir o por tu aspecto, te quitan dinero, ropa; apoyo a la organización”, dicen ellos.

Para el medio día, con cansancio en los pies y con un hambre que ha aprendido a ignorar, charla con un desconocido que le ha hecho compañía en el semáforo, un vendedor de dulces con quien comparte las luces verdes, ámbar y rojas.

El motivo es la falta de oportunidades. —Le responde al vendedor, que no ha formulado pregunta alguna.— Allá en mi país no existen oportunidades de trabajo si tienes tatuajes o antecedentes penales (por algún error cometido en tu vida), no tienes oportunidad de nada, no te dan trabajo, no tienes derechos.


En tierras donde gobierna la Mara Salvatrucha

La Mara Salvatrucha es una organización de pandillas juveniles, cuyos miembros oscilan entre los 9 y 25 años de edad, dedicada a múltiples actividades criminales. Tiene su propia estructura organizativa social; sus integrantes operan unidos, con un alto nivel de lealtad a la organización y al líder. Cuenta con un código de silencio que la rige, así como con un ritual de iniciación de compromiso total con la organización.

Las actividades delincuenciales afectan a la población en todos los ámbitos: social, económico y político. Este fenómeno criminal ha sido capaz de crear una psicosis colectiva, especialmente entre las clases populares, quienes conviven con ellos de manera directa en sus comunidades y sufren los muchos delitos que realizan en las calles, barrios y colonias.

Mauricio sabe que en Honduras no se cuenta con ningún tipo de políticas de rehabilitación ni de reinserción social. Para él (a quien los maras ofrecieron las condiciones necesarias para vivir: seguridad, pertenencia grupal y respeto) no había más que dos opciones para sacar a su familia adelante: delinquir o emprender tan duro viaje.

La cuota impuesta por la Mara para abordar “la Bestia” es de 10 dólares; tienes que pagarla si quieres subir al tren Si no tienes el dinero, te obligan a trabajar para ellos; se apoderan de tus identificaciones; amenazan con quitarte a tus hijos o con matar a tu familia. Y cuando logras evadirlos, tienes que pagar también a los Zetas. Ellos te cobran 30 dólares de cuota, y te roban todo lo que llevas encima.


Si no te matan los Zetas, lo hace la Sombra Negra

Mauricio, que ha tomado como confidente al vendedor de dulces de su semáforo para desahogarse, da una pequeña cátedra: “…en Honduras existen dos pandillas, la Mara Salvatrucha, o 13, y la Mara 18. Si perteneces a alguno de estos grupos, el rival te matará; pero si no perteneces a ninguno de los dos, quienes te matarán son los que combaten a las pandillas: la Sombra Negra, un supuesto grupo de exterminio que las amenaza mediante volantes, mantas y mensajes. Pero este escuadrón de la muerte consta de grupos pagados por el mismo gobierno para atacar a los delincuentes”.


Existen albergues que dan asilo a los migrantes

Cuando conoció al profesor Arturo, Mauricio supo que no estaba solo en México y que había un halo de esperanza. Este profesor se encarga de administrar un albergue y tiene que batallar con la desconfianza que existe al interior de éstos, debido al riesgo de que se cuelen polleros o secuestradores con el fin de plagiar a los refugiados.

Otro problema con el que tienen que lidiar las organizaciones es la estigmatización pues, para las autoridades, “nosotros somos como delincuentes; al dar asilo, alimento y refugio a los migrantes se nos cataloga como criminales, por lo que debemos tener mucho cuidado con quienes nos relacionamos para solicitar apoyo”. Muestra de dicha cautela es que puede tomar más de un mes gestionar una visita al albergue para entrevistar al profesor Antonio o a algunas otras personas ahí alojadas.

Los migrantes que no han podido contactar con algún albergue duermen en las calles, en las vías, debajo de puentes vehiculares y peatonales, todos juntos para poder calentarse y cuidarse. “Nosotros nos estamos quedando en las vías o en algún vagón del tren.” “Nosotros venimos de la costa, aquí hay mucho frío, se sufre mucho de frío, pero la gente de México nos ha ayudado, hay quien nos regala comida, ropa y dinero.” “Gracias a Dios no han querido abusar de mi compañera.” “Si tienes suerte, hay algún familiar que te ayuda desde Estados Unidos; si no, debes juntar el dinero suficiente para poder contactar a un pollero para que te pase al otro lado; si no cuentas con uno, al menos debes tener una clave para que no te hagan nada en la frontera (si se te ocurre llegar desprevenido, allá es secuestro seguro: o te usan para transportar droga o te asesinan). Por eso es que estamos aquí, juntando dinero para poder contactar a los vatos que te cruzan para los United, debes juntar unos tres mil dólares para poder cruzar.” Estos son algunos de los comentarios de los migrantes con los que platiqué en el albergue.

Sin embargo, no todos corren con buena suerte. Es común que reciban constantes visitas de diferentes corporaciones policiacas quienes los localizan, los abordan y les quitan todas sus pertenencias, como testimonia un joven de 25 años que lleva dos meses en la colonia Lechería. Los oficiales los acosan: amenazan con detenerlos, deportarlos y entregarlos a las autoridades de su país; o, sin más, les quitan todo lo que han recolectado diciéndoles: “El dinero de México se queda en México, cabrón.”

Supuestamente hacen su trabajo pero, si les caíste mal, te pegan o te humillan.

Pero no hay nada que hacer; ellos tienen que soportar, no están en condiciones de exigir y no saben de denuncias ni conocen de derechos humanos; para los migrantes, todo es sobrevivir; si pueden pasar inadvertidos, mejor.

El rostro de Mauricio refleja cansancio. Su mirada se pierde mientras responde sin interés, sin pensar las respuestas. Su destino, el de todos: Estados Unidos.


Cinthia

Cinthia tiene 22 años y un bebé de uno. Lleva en el Estado de México más de tres meses. Actualmente está en compañía de Mauricio. Cuenta que no era posible seguir viviendo en su país pues, siendo madre soltera, no podía conseguir trabajo para alimentar y cuidar a su hijo, además de solventar las necesidades de todos los miembros de su familia. Finalmente, le hizo caso a los rumores que decían que en Estados Unidos se vive mejor, que allá podría darle educación y salud a su crío, que con los gringos tendría un futuro que en Honduras ni siquiera existiría.

El viaje es doblemente difícil para ella: pagar el doble de cuota para subir a La Bestia, arriesga su vida y la de su bebé a bordo del tren… Además,  el poco alimento conseguido está destinado a una sola boca: la de Carlitos (como bautizará a su vástago cuando llegue a su destino). Está totalmente convencida, prefiere afrontar estos obstáculos que sufrir el secuestro de su niño a manos de las pandillas de su país.

Su llegada a la estación Lechería fue un alivio, allí la esperaban conocidos y amigos que se aventuraron antes que ella. Le ofrecieron comida, ropa y un lugar donde descansar con su bebé.

Para Cinthia, los mexiquenses han sido generosos. Doña Lupe (dueña de un puesto en un mercado sobre ruedas) le ha dado un empleo temporal, me comenta con una sonrisa inocente. Su trabajo consiste en atender a los clientes, pesar la fruta y la verdura, envolver la mercancía, ofrecer, gritar invitando a comprar. Doña Lupe es la que cobra. Mejor para Cinthia, así no se mete en problemas. Además le cuesta trabajo hacer cuentas con la moneda mexicana. El pago es de cien pesos por día. Lamentablemente ese tianguis sólo se pone dos veces a la semana. Los otros días camina por los semáforos y las esquinas pidiendo dinero entre los vehículos.

También se ha enfrentado al acoso sexual. “Hay choferes de camiones que me hacen propuestas sexuales a cambio de que me den plata.” Se limita a contestar que si se dedicara a eso no estaría pidiendo dinero en las calles; se pone seria y frunce el ceño mientras me lo platica. La irritación se le ve en la mirada, se suaviza cuando atiende a su niño, lo carga y lo tapa con una pequeña cobija.


Stephani Lizeth

Stephani Lizeth nació en un vagón del tren a la altura de Veracruz. Ana, su madre, salió de su país para alcanzar a su esposo que ya está trabajando en Estados Unidos. La idea era que naciera en tierras americanas para que pudiera ser ciudadana estadunidense, pero la naturaleza y la suerte dictó otra cosa: que Stephani fuera mexicana.

El parto fue rápido y discreto, no se puede estar llamando la atención de los encargados de los vagones. Tuvo que pagar una fuerte suma que había ahorrado para su trayecto con tal de que la dejaran seguir adelante y no la entregaran a la policía. Ya tiene dos meses en México y espera que su bebé crezca un poco más, que se haga más fuerte y resistente para continuar con su viaje y llegar a Estados Unidos para reunirse con su esposo.

Los vecinos de la zona le regalaron una carriola, ropa y alimentos. Además, para su fortuna, una vecina de Tultitlán les permitió a ella y su bebé, junto con otros migrantes, quedarse en una habitación para descansar y dormir sin pasar fríos. De igual forma, gracias a un trabajo que otra locataria le ofreció, ha podido alimentar sanamente y dar atención médica a Stephani.

A pesar de existir información sobre violaciones sufridas por mujeres en Huixtla, Chiapas, desde hace más de quince años; de saber que hombres, mujeres y niños son despedazados bajo el implacable acero del tren al que esos mismos migrantes bautizaron como La Bestia desde hace casi dos décadas; de enterarse de que los migrantes son víctimas de la corrupción de funcionarios mexicanos y que son desamparados por las autoridades de sus países de origen; de sufrir asaltos en el lomo del tren o vivir la condena de enfrentarse al desierto o al río desde hace décadas… A pesar de ello, Ana ha decidido dejar todo atrás para poder darle un futuro a su hija, uno en el que no se tenga que prostituir o dedicarse a las drogas.

Cada canto del tren trae consigo migrantes; con cada arribo llegan más y más personas; nunca se detienen, sólo cambia el número, pero siempre llegan. Algunos ya han abordado La Bestia con rumbo al norte, hay quien ya tiene el contacto del pollero que lo cruzará pero muchos van a la aventura, a intentarlo: por el río, desierto o como se pueda; saben que tienen que lograr pasar, no hay vuelta atrás para ellos.

Cuando se oye el pitido sabemos que vienen más hermanos para cruzar hacia Estados Unidos. Cuando se oye el pitido, sabemos que ha llegado uno más.








Ilustración:
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Andrea Kratzenberg www.freeimages.com
Eyleen Reichel www.freeimages.com

José Manuel Chino Cisneros (Ciudad de México, 1980). Egresado de la carrera de Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Cofundador, administrador y colaborador de Revista Latente, proyecto de divulgación cultural en línea. Con su texto “Uno más” obtuvo una mención, en la categoría de Crónica, en el Concurso 47 de Punto de partida.