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RESEÑA / abril-mayo 2021 / No. 92
Estrella de dos puntas, de Malva Flores




Estrella de dos puntas. Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad
Malva Flores
Ciudad de México
Ariel, 2020


 
portada de Retrato de una familia en pedazosEstrella de dos puntas de Malva Flores, libro ganador del Premio Mazatlán de Literatura 2021, es una obra biográfica que posee la rara virtud de informar gozosamente al lector, de recorrer con certitud y firmeza los polos opuestos de la erudición y el disfrute. Sin embargo, al avanzar por su lectura, comencé a preguntarme si el subtítulo Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad resultaba el más adecuado.

El libro tiene una extensión de más de 500 páginas y el lector debe saber que la exploración de la relación de amistad entre los dos personajes titulares abarca sólo una parte muy pequeña del texto. Lo que encontramos, en cambio, es el recuento de dos vidas paralelas, dos trayectorias personales —un poco más la de Paz que la de Fuentes— que se intersecan brevemente cada 10 o 20 páginas. Más que una estrella de dos puntas, se trata de dos cuerpos celestes que siguen órbitas propias, se encuentran eventualmente por un fugaz momento y después se alejan. El propio Paz, en una carta a Pere Gimferrer y transcrita en el libro, define su amistad de casi 40 años con Fuentes como “resignada a sus intermitencias y a sus desapariciones súbitas” y a su amigo como “inconstante y escurridizo”. En este tenor, la amistad Fuentes-Paz podría examinarse a fondo en un volumen mucho más delgado, o incluso en un artículo extenso.

La investigación de Malva Flores, entonces, rebasa por mucho el estudio de la amistad inconstante y, a decir verdad, no demasiado profunda entre Fuentes y Paz. Lo que el texto ofrece —y cumple sobradamente— es adentrarnos, a través de dos figuras señeras, en el humus vital que nutrió el crecimiento y el desarrollo de la literatura mexicana e hispanoamericana en la segunda mitad del siglo XX. Estrella de dos puntas rebosa una cantidad generosa —y a veces abrumadora— de información. Un simple vistazo a la bibliografía que comprende 50 páginas puede ocasionar vértigo; no obstante, no es éste un texto de lectura ardua o erizado de terminología académica. El único reproche que le hago, sobre todo en la primera parte, es que por momentos la autora parece ansiosa por avanzar más rápidamente de lo que su estudio sosegado y minucioso requiere, y es así como hay múltiples saltos temporales que comparan los hechos que se narran con sucesos posteriores, en particular con todo lo que rodea los eventos del 68. Estas abundantes prolepsis no son necesarias: rompen el ritmo de la lectura y podrían acomodarse mejor reunidas en una introducción o en el apartado temporal correspondiente.

Lo más valioso en cuanto a las fuentes son, sin duda, los datos obtenidos de la correspondencia de Fuentes, Paz y algunos escritores del boom. Asimismo, es muy meritorio el seguimiento puntual que Malva Flores hace de las publicaciones de la época, y que permite medir el pulso literario, social y político de los múltiples periodos por los que avanza la narración. Especialmente iluminadoras son las declaraciones y los textos cruzados entre escritores durante las polémicas literarias en las que intervienen Paz y Fuentes.

Si bien el libro es ameno y no está dirigido necesariamente a especialistas, considero que el lector deberá estar al menos familiarizado con los ires y venires de la literatura mexicana del siglo XX o con la historia básica del boom. Si no es así, requerirá de fuentes adicionales de información. Un lector ideal puede ser alguien que tenga una idea somera de la relación entre los dos autores, pero el libro también atraerá al especialista que busque ahondar en los acontecimientos de aquella época. Así, por ejemplo, Alfonso González, profesor emérito de literatura en la Universidad de California, asegura:
 
Carlos Fuentes empezó su carrera literaria inspirándose principalmente en la obra de Octavio Paz. Como lo constatan varias dedicaciones y epígrafes mutuos, logró cosechar la amistad y admiración de Paz. Sin embargo, esta afinidad sufrió una ruptura insuperable a raíz de la matanza de Tlatelolco en 1968.

Después de leer Estrella de dos puntas es fácil desmontar esta narrativa. Lo que hace tan acertadamente Malva Flores es guiarnos por las empinadas cuestas de la relación Fuentes-Paz, subir a sus cumbres y bajar a sus honduras para develar una historia mucho más compleja y fascinante. ¿Cuándo comenzó a resquebrajarse la amistad? ¿Fue en el 68 con los sucesos de Tlatelolco? ¿En los setenta, cuando Fuentes se declara echeverrista? ¿En los ochenta, cuando Fuentes se adhiere a la revolución nicaragüense mientras que las declaraciones de Paz, quien critica la falta de democracia del régimen sandinista, causan que sea quemado en efigie frente a la embajada norteamericana? ¿O con la publicación de “La comedia de Carlos Fuentes” de Enrique Krauze en Vuelta con la autorización de Paz? De la lectura del libro extraigo que ninguno de estos momentos es realmente definitorio; que la amistad pura, sin cortapisas, se da sólo durante los primeros años, y que ya hay un alejamiento entre Carlos Fuentes y Octavio Paz a finales de los cincuenta cuando Fuentes salta al primer plano de la literatura mexicana con La región más transparente. Es entonces cuando comienza a establecerse la idea de que Fuentes es deudor directo de la obra de Paz. Malva Flores rescata un artículo contemporáneo a la publicación de La región más transparente. En éste, el autor encuentra en 50 páginas de la novela citas directas de El laberinto de la soledad. Más grave aún: cuando aparece la reseña del libro en inglés —que representa la puerta de entrada a la consagración internacional que Fuentes tanto ansía—, el reseñista advierte que la representación del mexicano está tomada directamente de la filosofía de Octavio Paz, que la novela es un roman à clef y que el protagonista Manuel Zamacona es en realidad Paz. Además, incluye un comentario demoledor de Paz sobre la novela: “es un trabajo ambicioso en el peor sentido posible”. La frase parece críptica, pero en realidad resume muy bien la posición que Octavio Paz manifestó siempre frente a Carlos Fuentes y su obra, y que coincidía en lo esencial con el juicio de Julio Cortázar. Paz admiraba su “voluntad de contagio, de impureza, de violencia” pero guardaba reservas frente a la desmesura de su prosa, el abuso del lenguaje y la ligereza de algunos de sus conceptos. Airado por el agravio, Fuentes responde al reseñista y en su texto, aunque reconoce a Octavio Paz como un gran escritor, se deslinda de su influencia.

Malva Flores dedica varias páginas a propósito de la polémica que en 1959 Octavio Paz sostuvo con el crítico Emmanuel Carballo a raíz de la reedición de El laberinto de la soledad. Carballo aseguró en su reseña que la prosa de Paz era imprecisa y no distinguía “entre el orden y el caos, entre la lucidez y la irracionalidad”; además, denunció al autor de plagiar sus ideas de los trabajos de Samuel Ramos y Rubén Salazar Mallén. Malva Flores se muestra extrañada por la virulencia con la que Carballo atacó a Paz, sobre todo porque Paz había sido un mentor para el joven crítico. Aventuro una posible explicación: Carballo, muy cercano a Fuentes y un defensor acérrimo de la calidad literaria de La región más transparente —la nombró la novela del año— intentaba demostrar, sin formularlo explícitamente, que la acusación de que Fuentes abrevaba de las aguas pacianas era infundada porque el propio Paz recurría a autores anteriores. El intento de Carballo generó una larga cadena de réplicas, contrarréplicas y acusaciones, pero no cambió la idea de que la literatura de Fuentes estaba entrampada en el laberinto de Octavio Paz.

Es innegable que Fuentes y Paz se admiraron y respetaron, pero la lectura de la correspondencia entre ellos denota siempre una cierta frialdad en el trato. Malva Flores llama la atención sobre el “cordialmente” que cierra muchas de las misivas. Por otra parte, los encuentros personales entre ambos, de los que da fe la autora, con día, mes y año, suceden siempre cuando hay otras personas presentes.

Más allá de las diferencias políticas, a las que se les suele atribuir demasiado peso, me parece que si la crítica literaria no hubiera acercado tan peligrosamente la estética de Fuentes a la de Paz, la amistad habría sido más natural, menos ríspida. En los sesenta, cuando de acuerdo con Malva Flores el acercamiento entre los dos autores estuvo en su perigeo, no se revela en sus intercambios epistolares confianza suficiente para hablar de temas personales. De lo que sí hablan, y mucho, es de los amigos y enemigos mutuos; de formar alianzas, crear revistas e impulsar diversos proyectos culturales; de la importancia de la crítica lúcida, la rebeldía intelectual y el compromiso con la obra personal y colectiva; pero, sobre todo, del ambicioso proyecto común de trascender los “regionalismos de rancho” y unir en un bloque sólido a las literaturas hispanoamericanas.

Si el lector quiere saber cómo estas dos figuras literarias fueron indispensables para que este proyecto se gestara, triunfara, y de cómo evolucionó posteriormente, el libro de Malva Flores resultará una lectura no sólo provechosa, sino también plena de vislumbres y revelaciones.



Juan Manuel Labarthe (Ciudad de México, 1974). Es licenciado en Literatura por la Universidad de las Américas Puebla y maestro en Letras Latinoamericanas en la UNAM. Actualmente estudia la maestría en Literatura Aplicada en la Universidad Iberoamericana Puebla. Ha escrito cuento, teatro y poesía. Entre sus premios obtenidos, destacan el primer lugar en el Concurso de Poesía de Ciencia Ficción José María Mendiola 2017 y el primer lugar en el Concurso de Poesía Hispanoamericana Rostros 2018. Su obra de teatro breve Hotel Alkar, representada en Barcelona y en Lima, fue premiada como “Mejor obra de temporada” en Microteatro México en 2015 y Microteatro Veracruz en 2017.