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RESEÑA / No. 50

 
Nostalgia de otro mundo


Jorge Pech Casanova


 
 

Braille para sordos
Rodrigo Balam
Fondo Editorial del Gobierno Estado de México
Estado de México, 2013


 

¿Anhelamos a los monstruos? Nos causan miedo, seguro, pero también son evocados, sugeridos, convocados por nuestra fantasía que frecuenta sus numerosas expresiones en imágenes, relatos y cantos. De las venus profusas del paleolítico a la iconografía retadora de Marilyn Manson, pasando por las alucinantes esculturas fotográficas de Joel-Peter Witkin. Inclusive los patéticos desnudos de Miley Cyrus, que parecieran la exacerbación de una androginia beligerante (sin importar cuán eróticos se pretendan), emanan de esa peculiar predilección por lo anómalo. Propensión nada nueva, pero que el siglo XX nos trasvasa como novedad a esta reciclante centuria que tiene todos los visos de la caducidad, aunque muchos la imaginaron como el futuro.

Hacia 1956 Diane Arbus quedó cautivada por las monstruosidades cotidianas. Acaso era la reacción normal a su trabajo en revistas elegantes, que la obligaba a fotografiar bellezas con exorbitante maquillaje; acaso la magnificencia hasta la inmoderación de ciertos personajes públicos es otra forma de lo monstruoso, lo cual entendió Arbus con escrupulosa perspicacia.

A partir de 1963 Arbus pobló la imaginación popular con sus retratos de personajes ignorados por otras lentes a causa de su extravagancia, de sus anomalías o de su llana fealdad. Durante casi una década la fotógrafa convivió con los usualmente rechazados por la cámara, y su laboratorio multiplicó las efigies de enanos, gigantes, siameses, gemelas perturbadoras, ancianos todos decrepitud, semblantes y cuerpos deformes sin remisión. Diane Arbus se mató en 1971 cortándose las venas, además de colmarse de barbitúricos. “Freaky thing”, pensó la escritora Susan Sontag, quien emprendió una meditada demolición de los retratos de Arbus en un ensayo que ahora se asocia a las fotografías de la suicida.

Indivisibles, la fotógrafa morbosa y la ensayista asqueada forman parte de nuestra cultura visual. Así las evoca Balam Rodrigo en su más reciente libro de poesía, Braille para sordos, que obtuvo el premio único de poesía en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, convocado por el Gobierno del Estado de México.

Balam Rodrigo emprende una relatoría poética de las famosas imágenes de Arbus: las gemelas inquietantes; el indefenso gigante que no puede prescindir de sus padres de estatura común; los crepusculares ancianos y las marchitas damas de sociedad son homenajeados por la metafórica inventiva del poeta, quien —previsiblemente— acude a los extremos del surrealismo para describir estas imágenes.

La belleza convulsiva no es el único tema de este libro peculiar, inevitablemente llamativo, pues reproduce las fotos de Arbus hasta colocarnos frente a una figura inesperada: Jorge Luis Borges, ciego de apariencia imperturbable. Por la fecha, parece que fue de las fotos conclusivas en la carrera de Arbus. En esa foto, Borges mira hacia el mundo con mayor intensidad que muchos rutinarios videntes. Quizá podía vislumbrar el destino fatal de quien lo retrataba.

Esa efigie del poeta ciego le sirve a Balam Rodrigo para ir cambiando el ritmo de su discurso poético sin alejarse del sentido teratológico de su poemario. También prepara el paso hacia otras obsesiones iconográficas. De Arbus, el libro salta a las fotografías decimonónicas de Joseph-Nicéphore Niépce y Louis-Jacques-Mandé Daguerre que prefiguran el arte onírico, las cuales embona con los collages escultóricos de Joseph Cornell (artista visionario fallecido poco después de Arbus).

Con estos textos que narran el mundo onírico prefigurado por Niépce y Daguerre, para concluir con el orbe esculpido por Cornell, Balam Rodrigo tiende un puente entre el surrealismo involuntario de los inventores de la fotografía con el surrealismo supérstite del artista estadounidense, y los pone a dialogar con el pesadillesco ámbito de Arbus —surrealista pese a su revulsivo realismo.

Si bien todo el volumen es de poesía, la carga poética más contundente se devela en la sección 11, cuando Balam Rodrigo se lanza a relatar las oscuras fábulas que descubre en las fotos de Arbus. Coincide esta efusión del poema narrativo con la imagen de un enano mexicano a quien la ya cercana suicida fotografió en Nueva York. A partir de ese poema y de esa foto, la delirante narración de Balam ya no se detiene hasta establecer las coordenadas imaginativas que el poeta halla entre Niépce, Daguerre y Cornell.

Balam Rodrigo, en su prolífica escritura, ha dado con un tema que se finca en lo repelentemente mundano para plantearnos una exploración de lo sagrado. Parte de una escatología iconográfica a fin de formular una pregunta que antes, ilustremente, formuló Jorge Luis Borges: Cuando nos miramos al espejo, ¿en verdad sabemos cuál es, para Dios, la forma de nuestro semblante?





 

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Ilustraciones:

marcuscq www.freeimages.com
 


Jorge Pech Casanova (Mérida, Yucatán, 1966). Ensayista, poeta y crítico de arte. Es autor de los libros de arte V Aniversario (Black Coffe Gallery, 2013) y Al Alimón (Black Coffe Gallery, 2011), el libro de poemas El viaje en plenitud (Instituto de Cultura de Yucatán, 2007) y el libro de ensayos En tiempos de penuria (Almadía, 2005). Su publicación más reciente es el ensayo “La confección de una imagen nacional: cine mexicano de 1933 a 1962”, para el volumen Artes plásticas y visuales en México 1810-2010 (Conaculta, 2013). Es integrante del consejo editorial de la revista Luna Zeta.