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ATALANTE: CINE / No. 50

 

Historias de hombres y caballos




Rodrigo Martínez

 

Hross í oss
Director: Benedikt Erlingsson
(Islandia-Alemania, 2013)

 

caballos_cartel.jpgUn hombre y un caballo pierden de vista a un grupo de paseantes. Heraldos de viento forjan el gris infértil de una inmensidad de rocas. La nieve galopa. Ya no es el paisaje de Islandia, sino el descenso de un cielo afilado. El joven moreno abraza el pelaje de su compañero. Gime y llora. Hunde una daga que escupe calor. Desprende tripas. Ofrece el banquete al gigantesco visitante blanco. Luego anida en la víctima. Ahora es un animal con cuatro patas y dos pies. Mamífero de nieve, pelaje y botas. Instinto de vida y motivo bucólico. Una bestia, como de antigua escultura mural, que enuncia una leyenda donde un extranjero vuelve a nacer en blanco y rojo.

En una comunidad islandesa, un orgulloso Kolveinn (Ingvar Eggert Sigurdsson) cabalga todas las mañanas sobre una inmaculada yegua blanca más grácil que elegante. Desde rincones no tan lejanos de un pueblo de praderas y nubes, los vecinos atestiguan el paseo. Como si fuera un ritual, desayunan, miran con binoculares y emiten códigos con el resplandor de unos espejos. Nadie imagina que un caballo negro, afilado de instintos, quebrará la cerca alambrada que lo separa de la juvenil hembra. El semental apaciguará su condición con todo y que el avergonzado jinete sigue en el lomo de su aliada. El derrumbe de este idilio caballo-hombre tendrá implicaciones severas, pero el accidentado trío hará palpable la identidad de una aldea inundada de Historias de hombres y caballos que gestan una sobrevivencia mutua.

El primer largometraje de Benedikt Erlingsson evoca la tradición oral del pueblo islandés, pero va más allá al formar un lazo visual entre animales y humanos. El prólogo del filme observa el reflejo de un hombre en el ojo de un caballo. La figura reaparece hasta crear un leitmotif que presenta los ojos como un espejo. La proyección de un caballo aparecerá en un iris humano para transformar el arquetipo. Si la oralidad antigua veía al equino como el movimiento cíclico de las fuerzas de vida (Juan Eduardo Cirlot), Historias de hombres y caballos replantea el esquema para convertirlo en un símbolo de instintos paralelos. El caballo con alma de hombre, y el hombre con alma de caballo. Esta película no es una moraleja en favor del retorno a la naturaleza, sino la mirada poética a un lazo único de dos temperamentos de un particular mundo natural.

La vida atestiguada por la mirada caballuna enlaza el anecdotario de un paisaje que no presenta meras postales efectistas como la de esa Islandia infantil de La increíble vida de Walter Mitty (Ben Stiller, 2013). El cinefotógrafo Bergsteinn Björgúlfsson procura que los ambientes plasmen el rasgo dramático de cada suceso. Humanos y caballos están unidos por quehaceres cotidianos, pero adquieren más presencia cuando actúan en un entorno que expresa sus voluntades. La atmósfera es pulsión de vida: el verdor inmenso del ritual que congrega pobladores cuando buscan caballos; el caminar sereno, a ciegas literalmente, ante un paisaje de montaña y florecillas; el mar de músculos que acompaña la hazaña de un caballo que nada; el viento hinchado de gris donde un muchacho extranjero experimenta un cambio que pareciera anunciar el fin del tiempo casi como en los planos del prólogo perfecto de El caballo de Turín (Béla Tarr, 2011). Y aunque hay momentos fúnebres tanto de hombres como de caballos, no es la capacidad de sobrevivencia ni la muerte lo que une el espíritu de estos dos seres. Son sus instintos y sus silencios. No en vano el caballo negro de Solveig (Charlotte Boving), la exmujer del ya maduro jinete Kolveinn, desata el primer impulso indomable al saltar sobre la yegua como los propios dueños lo harán, a campo abierto, para apaciguar sus propios ansiedades.

 

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Antes que una recuperación de la dinpamica de las sagas o de la más antigua oralidad, Historias de hombres y caballos construye un juego de miradas y asociaciones que forja una espiral lírica al abrir con imágenes que también son variaciones del punto final. No se trata solamente del caballo que mira al alma del humano o del que hombre que entiende el espíritu del caballo. No es, para nada, la fábula que humaniza al animal o que muestra el patetismo de los hombres por sus repentinos modos de bestia. No hay aquí función documental ni una tonalidad dominante de comedia o de tragedia. Es más bien un poema audiovisual, cuyo congénere más cercano es el cortometraje lírico Elegia (Zoltán Huszárik,1965), que rechaza el exceso de sonido no ambiental para plasmar una comunidad de iguales. Una colección de sucedidos donde el punto de vista de Kolveinn y del resto de los pobladores no es tan importante como el de los caballos. En contraste con el heroísmo inverosímil del Caballo de guerra (Steven Spielberg, 2011), la cámara no busca la humanidad en los equinos, sino que acompaña el cosmos que han erigido para definir la sociedad de sus acompañantes humanos. Si bien el realizador recurre a un montaje continuo, el poema caballuno no se conforma con crear un anecdotario de brevedades que intensifican y exaltan la experiencia. Es un símbolo sucesivo. Una imagen compleja, mítica y bella que no fue creada por el cineasta, sino que está dada en la realidad misma. Es una analogía circular, que a ratos es cine de pantomima clásica (que no silente), en la que el jinete tímido que perdió una yegua viaja al mundo silvestre para encontrar una sucesora en un ciclo de vida que tiene aura de leyenda local para volverse universal.


Caballo sólido como un Atlas. Un borracho obliga a nadar a un equino para comprar alcohol en un buque asiático. Serenos caballos que danzan con su amo. Dos animales finos guían a un terco ciego de ojos sangrados. Caballo de sacrificio. Un latino, a ratos inexplicable en la ausente trama, enfrenta un poderoso invierno de una noche con el cadáver de su compañero de pelaje color de sol. Caballos metáfora que acompañan a una antigua pareja que hace el amor, al fin, sobre el pasto sin separarse de sus cómplices. Caballos nobles que aceptan el liderazgo de la muchacha, domadora de bestias y de hombres, que es capaz de alcanzar y domesticar a un grupo entero de animales prófugos. El lazo simbólico ofrece así su estudio de composiciones en movimiento donde cada caballo es evidencia de una imagen más compleja: el ojo de caballo-hombre o ese símbolo existente en esas tierras islandesas. Un motivo visual que unifica, con numerosas imágenes expresivas (por impensadas y sorprendentes), el carácter de los personajes y la sensación de intemporalidad de ese mundo. Y la figura del espejo que proyecta espíritus es el medio con el que Historias de hombres y caballos evidencia la voluntad de una región donde la civilización está por debajo de ese peculiar estado del instinto que brota de la relación eterna entre dos seres que sólo son distintos por sus apariencias.
 

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Rodrigo Martínez (Ciudad de México, 1982). Es doctorando en Ciencias Políticas y Sociales (Comunicación) por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha publicado en las revistas Punto de partida, El Universo del Búho, Viento en vela, La revista y Periódico de poesía, y en espacios culturales de los periódicos El Financiero y El Universal. Es profesor de asignatura en la FCPyS y colaborador de la revista electrónica F.I.L.M.E (www.filmemagazine.mx) y de la revista Icónica de la Cineteca Nacional.