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CARTOGRAFÍAS / No. 52


 

Cartografías

Dios, un potro negro


Planos para una ciudad que no existe reúne el trabajo de poetas de Hispanoamérica cuya obra es inédita en México. Propone un recorrido por distintas propuestas y voces de esa tradición de tradiciones que es la poesía en castellano. Son los trazos y las líneas de un grupo de mujeres y hombres que construyen el esplendor y las ruinas de uno de los futuros posibles.

La poesía de Elena Anníbali es un testimonio. Es el paseo de una niña y su madre entre los animales y los objetos de un terraplén oscuro. Es una ejercicio de distancias, una escritura que nombra el tiempo que transcurre y lo deja frente a nosotros, limpio y extraño. Esta muestra recoge material de sus libros publicados Las madres remotas (2007) y tabaco mariposa (2009), de La casa de la niebla (2013) y de diversos textos inéditos en el apartado Literhartura o matar a la madre.

 



Elena Anníbali

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 De tabaco mariposa*
 
 


lalo, el uno
el paseo
tabaco mariposa
la creciente
lo mismo digo agua que palabra
la loba
la brecha en el cielo



lalo, el uno

lo que cupo en la pieza de lalo el uno
fue todo

no hubo esposa
cacerola de bronce
gato
niño amaestrado

hubo, sí, catre
puro catre hecho
de sudores rancios
del sueño amargo de las heladas
hueso perfilado
en la desbaratada colcha

hizo cosas en los galpones de solazzo
amagó un amor de domingo
con juana, la rubia,
y se dejó ir hacia la muerte
sin ruido
bajo el maíz y el maíz
de los silos
una noche
su fantasma nos hizo
una seña lenta y delicada
como deben ser las que uno hace
en los sueños

éste es
el cielo, dijo
un camino turbio en el que andamos
perdidos sin fin
unos
solitos



el paseo

madre me llevaba de la mano
por el terraplén oscuro

decía:
esa es la bomba de agua
el perro amarillo, ése, no lobo,
ahí las parvas
más allá el pajonal de las cluecas
decía:
nunca, a tu edad,
vi estas cosas

llegábamos hasta la capilla de los garzón
a ver
los altos vitrales del cristo
de la buena muerte
el áspero cuero de las iguanas
la ruta, siempre lejos

a la vuelta me daba
el pan de la tarde, cantando
los salmos preferidos
y una tristeza hermosa me cerraba la garganta
o quizá el polvo del camino
o dios, que entonces era
un potro negro
que despertaba el miedo



tabaco mariposa

aprendí a fumar con rubén
enrrollando tabaco mariposa en papel
de seda

lo hacíamos de noche
sentados en un escalón de la casilla
mientras a nuestros pies
sus lánguidos perros soñaban
con la sangre dulce de las liebres
en el monte cercano

a veces todo era oscuridad, salvo
su cara
iluminada brevemente por el fuego
como un animal
por los relámpagos

el día que se fue del pueblo
me dejó su radio
y los jabones partidos
que yo usaba pasándomelos
despacio

por el cuerpo

con la última espuma disuelta en el agua
se fue, también, la memoria
y el deseo de él
una cosa fragante
y sutil
como los eucaliptos
cuando los moja la niebla



la creciente

esa noche llegó la creciente y trajo
muebles viejos, mugre
de los canales vecinos
botellas
víboras

se va a llevar todo, dijo
mi madre
y me imaginé los huesitos de enzo
flotando en la corriente, al lado
de los canteros de verdura
me imaginé su ropa última
roída por las polillas y la fiebre
sus uñas crecidas
las hebritas de pelo rubio
entre los alambres del portón

entonces me apuré a encender el sol
de noche en la cocina
a tapar la puerta con las bolsas de arena
esperando que la muerte no pasara
que siguiera el curso del agua
hacia el naciente
donde las tierras son bajas
y crece el aleppo
y la enredadera azul



lo mismo digo agua que palabra

frente a la casa, antes que construyeran
los edificios ostentosos
las oficinas asépticas de la calle belgrano
los negocios de chucherías
hubo un baldío
y en el centro
un malacate

íbamos con mauro lesjtch
algunas siestas, a jugar
que éramos caballos ciegos
y dábamos vueltas alrededor
del pozo seco

mauro es un hombre ahora
ha hecho dinero, hijos,
sólo persisten en él
los ojos oscuros
con pestañas de muñeca
yo sigo atada
al hábito de esas tardes
caminando el círculo del pozo
jugando al animal ciego
ahora
la sed es real



la loba

quieta, loba
vengo a tocarla

si en su ojo arde la noche
yo quiero la quemazón de mi mano
la rica ceguera de tiresias
la casa en llamas

déme, señora
alguna muerte



la brecha en el cielo

mi madre me daba a beber sus pechos
y me enseñaba el mundo

decía, con sus tetas grandiosas:
hija, en el mundo hay lutecia, hay china
hay un bosque o miríadas de bosques
cuyo nombre de todo es eslovenia
y esas cosas están más allá de mí

entonces se me agrandaban los ojos
y a los diez años se podía decir
que cubrían el patio
la ruta nueve sur
las autopistas donde pacían vacas
los incendios de las sierras

crecían rabiosos
como maleza en verano
y andaba viendo el corazón de la gente
abriendo los baúles donde la ropa de mi hermano muerto
educando mis córneas en el neón triste de las ciudades
en sus márgenes prolíficos de basura y de perros

¿qué fulgor opalescente coronó
aquella tarde
la tristeza de las antenas?
¿qué color de apocalipsis?


 
De La casa de la niebla


tabaco mariposa, Editorial Caballo Negro, 2009.


Elena Anníbali (Oncativo, Córdoba, Argentina, 1978). Estudió Licenciatura en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba. Ha publicado los libros de poesía Las madres remotas (Cartografías, 2007; Luzbelito Ediciones, 2011) y tabaco mariposa (Caballo Negro, 2009). Forma parte de las antologías Cucrito-Antología de poetas argentinos (Ratona Cartonera, 2010); Quince-Antología de poetas mujeres de Córdoba (Tinta de negros ediciones, 2010), entre otras.