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POESÍA / No. 52


 

Poemas


Alejandro Baca


 

De algunas tormentas (fragmentos)

Atravesamos los arrecifes del Leviatán petrificados y vimos centenares de hipocampos estrellarse contra las olas que nos veían de frente y retornar a las arenas en forma de caballos negros y blancos. Caballos que más tarde nos llevarían a lo más profundo del desierto para convertirse en alacranes. Traicioneros y ponzoñosos. Comprendimos que llevaban el dolor de las tormentas y la avaricia de los navíos que se hundieron cargados de piedras preciosas y espadas tan filosas como los dientes de las profundas cordilleras.

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Suena el mar lejano dentro de mi ciudad, de grafito y luces blancas. Mi ciudad, en espiral de concha grabada con las plegarias de un pueblo cansado de construir escaleras al cielo. Cansado de ver caer la noche como una columna que se desmorona. Un reloj de arena cargado de grava y algunas piedras raras. Suena el mar lejano, como el eco de algún llanto que aún no termina de ser derramado. Un dolor que se estampa contra las murallas, al ritmo de la Luna, una y otra vez. Suena el mar lejano dentro de un vaso de agua. Y yo canto, y todos cantamos. Dentro de la concha de mar, el mar, dentro de un vaso la concha, dentro de mi ciudad el vaso, la Luna y ella, y sólo ella.

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He visto nacer piedras debajo de los árboles y quebrarse como las granadas. Las he visto hundirse en el mar y volver contorneadas y frágiles por la cornisa. Han sido arrojadas lejos de mis manos y muchas otras me han golpeado mientras duermo. Y nunca escuché que un reclamo surgiera áspero y rugoso. Sin embargo, cada que una golpea mi ventana saco la cabeza buscando el extravío de las sombras, algún viajero perdido entre las ciénagas del concreto, y más de una vez volví a la cama sin preguntarme si era la roca la que buscaba asilo o un tintero que le dibujase una sonrisa a cada lado.

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Ahora que el flujo es la vena más cobarde del ocaso y de los dragones sólo quedan algunas vigas blanquecinas: reptílico néctar del que hoy se nutren mis ciudades, puedo ver el cristal quebrado y las fatídicas sombras que me llaman. Puedo ver, y el clamor de los volcanes es la erupción cetrina que hizo de los diarios infantiles un obituario que se extiende como la explosión de un disparo a lo lejos, entre la soledad de los lupanares.

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La tormenta se ha ido y entre sus pliegues se llevó los dientes de león que crecían sobre la acera. Ahora deben ir lejos de aquí, siguiendo el paso lunar. Quizá sigan meciéndose entre las nubes y alas, o quizá, encontraron la humedad de otra grieta en la cual tejer la fe de mis catedrales. La tormenta se ha ido, y con ella, las semillas esporádicas de las que brota la llovizna. Esas pequeñas piedras de ámbar-soporífero que se cuela entre las pestañas de los que levantan la cara buscando las alas de blancos tallados.



Carta que se escurrió de las manos de algún cartero

La tormenta se ha ido y entre las gotas que no terminaron de caer te recuerdo como la hoja de crisantemo, como el amatista que algún volcán esculpió con la forma de un faro de azul menguante. Y te preguntarás si me he olvidado del arte de la serigrafía o de lacrar cartas con una gota de sangre ardiendo. Te preguntarás, y yo seguiré detrás de los palos de agua de los que hice nacer el floripondio más tóxico de las aceras. Te diré que de la jungla donde nos conocimos sólo quedan jardineras ornamentadas y algún tocón del que se sostienen todas las catedrales. Que aprendí a trazar mapas con las grietas de las paredes, que aprendí a lanzar botellas al mar y a hundirme dentro de ellas. Que inventé el primero de los naufragios e hice del extravío una ciudad altamente fortificada. Te diré que encima de las murallas se logra ver el destello de una ciudad que aúlla y grita y gime y me llama mientras escribo. Mentiré cuando te diga que nunca he dejado de escribirte, que las cartas fueron tan continuas que no tuve la oportunidad de cerrar el sobre, y ahora que seco mi lengua lamiendo los bordes inconclusos, me doy cuenta que mi carta se escurrió de las manos de algún cartero, que la nota se perderá y volverá a la ciudad que yo mismo he construido.



 


Alejandro Baca (Estado de México, 1990). Ensayista, crítico y poeta. Director del Colectivo Órfico de poesía y artes escénicas. Director del Proyecto Centauro de Cine-Poesía. Coeditor de Cuadrivio. Forma parte del consejo editorial del Proyecto Almendra de INFOCAB. Ha sido publicado en periódicos y revistas como El Columnista Puebla, El Clarín, Revista Ritmo de CCH, Revista Flintt, Invisible Gazzete, La rabia del axolotl entre otras. Aparece en las antologías Un disparo en la nuca para terminar el verso (Editorial La rabia del axolotl, Bolivia, 2013) y Los volátiles (Editorial Juanita Cartonera, Chile, 2014). Su primer libro Apertura del cielo será publicado en Editorial Naveluz.