Números anteriores

CRÓNICA / No. 53


 

Real del Monte: perenne añoranza mineral



Alejandro Ponce



 

 

 

 

Cr__nica_Ponce_2.jpgTodo lo que ven es original: la cama, esta tela para cubrir las heridas y las sábanas para acostar a los heridos. Estos son los primeros calentadores que llegaron acá con los ingleses. La cama es de puro peltre, mire, peltre. Ahorita todo está blanco, recién pintado. Apenas se remodeló el museo pero los trabajadores se robaron unas cadenas de aparatos de rehabilitación, se las llevaron. Miren, en estas listas vienen apuntados los nombres de los pacientes, la fecha y la lesión por la que venían. Acá los mineros venían a atenderse desde fracturas de dedos hasta lesiones del fémur, de las vértebras, de los omóplatos  y de los pulmones. Todo es original, las camas son de peltre, mire, peltre. Aquí con esta máquina se comenzaba la rehabilitación. Aquí el paciente subía la pierna y se iba acostumbrando a tenerla en otra posición.

A Real del Monte llegó uno de los primeros aparatos de rayos X, y era muy avanzado porque éste que ven además era portátil. Muy moderno, muy avanzado, mire. Aquí entre los mineros la enfermedad es la silicosis. Al minero se le van ennegreciendo los pulmones, les salen manchas hasta que se ponen todos negros, ya entonces la vida es corta. El aparato de rayos X se usaba para ver los huesos lesionados y para diagnosticar la silicosis. Todo el mineral inhalado les ponía negros los pulmones, negros negros, les salían manchas.

En la botica se combinaban medicamentos con plantas medicinales para aliviar el dolor y para evitar las infecciones. Aquí mismo se preparaban las recetas que los médicos prescribían. Está bien conservada, todo lo que ven es original. Los frascos aún contienen pastillas y licores que se usaban entonces: alcohol, yodo, formol, Epontol, Conmel, Neo-melubrina, Tulu soluble, Pino blanco compuesto y todo lo demás que pueden ver aquí. Las jeringas eran de vidrio.

Este calentador data del siglo XVII. Estos roperos en los que las enfermeras guardaban sábanas limpias eran de peltre, todo era de puro peltre. Aquí otro calentador, éste ya eléctrico, data de la época de los estadounidenses. Por acá un consultorio con su pequeño botiquín, una máquina de escribir y una cama de madera, todo original. D’este otro lado están las regaderas y las tinas. En las tinas las enfermeras bañaban a los que estaban más delicados. En las regaderas ya se bañaban solos los que se iban aliviando. No están las regaderas porque apenas remodelaron y se las llevaron todas, se las robaron.

Las lesiones por las que venían los mineros eran causadas por falta de capacitación, por falta de seguridá, por ignorancia. Aquí en esta imagen el ayudante de perforador no debería estar enfrente, si llegaba a resbalar el perforador y se lo llevaba con todo y perforadora contra las rocas, se quebraría la espalda. Aquí el minero después de barrenar debía limpiar con agua para ver que no quedara pólvora o dinamita entre las rocas, porque luego al seguir perforando salía un chispazo y se le venían varias toneladas al perforador. Ya para sacarlo salían puros pedazos, no quedaba mucho. Todo era por falta de seguridá, por falta de capacitación. Mire, aquí en esta caricatura se ven los errores de seguridá de los mineros: “Usa las gafas, compañero; yo soy muy macho, no las necesito”, entonces se le metía algún mineral en el ojo y se le quedaba incrustado, falta de seguridá, falta de capacitación, ignorancia… Todo lo que ven es original, es de puro peltre, mire, peltre. 

Por la montaña se llega a Real del Monte y por los miradores se desciende hasta su centro, hasta sus jardines, hasta sus hoteles y hostales. En la plaza principal del pueblo hay un kiosco octagonal. Las ocho columnas del pabellón forman una corona sobre la cual se sostiene la cúpula. La cúpula bulbosa se aprecia desde adentro como una cavidad cóncava, vista desde afuera es como la tapa de una nave alienígena imaginada en los cincuenta.  A la altura de cada columna sobresale un remate de forma esférica encima del templete. Talladas en la parte superior de cada columna, debajo de la cúpula, yacen unas caras de demonios de color cobre.  

Cuenta la leyenda que los mineros que construyeron el kiosco colocaron a los demonios en la parte superior de cada columna  —y no en la base como sería más conveniente —  porque para ellos la superficie, todo lo que está sobre las grutas de la mina, era sinónimo de pesares y desgracias. Arriba en el pueblo asolaba la injusticia y la desazón de preocupaciones cotidianas. En cambio, abajo entre mineros barrenando muros de roca en busca de riquezas, la solidaridad y el compañerismo prestaban su ayuda. Al menos en las minas todos eran iguales, ningún hombre valía más que otro. Y con esa idea los mineros construyeron su kiosco con el infierno arriba y el cielo abajo.

Desde el kiosco el visitante puede darle la vuelta al mundo. El kiosco se encuentra a un costado de la plaza principal. En el centro de la plaza hay una fuente con cuatro esculturas de tortuga, cada una apuntando hacia un punto cardinal. Las esculturas solían ser de plata hasta que un día, algún gobernante receloso de la propiedad pública se reservó el metal para sí. Junto a la plaza hay varias tiendas de platería en las que aún se encuentran los vestigios del esplendor mineral.

Frente a la cara este del kiosco se puede apreciar el Templo de Nuestra Señora del Rosario, testigo de las diferentes etapas del pueblo. Una de sus torres fue construida por los españoles y es tan vieja como la bóveda que conduce hasta la sacristía. La otra torre de cantera blanca es más reciente. Cuando la compañía de aventureros ingleses trabajó las minas contribuyó a la causa de dios con esa torre.

Junto a la iglesia se encuentra el antiguo edificio del sindicato de mineros, lugar sacado como de una postal increíble. El sindicato de Real del Monte fue uno de los primeros sindicatos mineros del país. La presencia de este edificio, justo a un costado de la parroquia y enfrente de la plaza principal, hace patente la trascendencia de la actividad minera en el pueblo, ¿en cuántos otros lugares del país puede verse cosa semejante? Todo esto y más puede apreciarse desde el interior del kiosco.

Bares, restaurantes, tabernas, cantinas, una que otra panadería y una pulquería, tiendas de recuerdos, músicos callejeros y estatuas humanas revolotean animosos en la calle Hidalgo. Abundan los restaurantes, los expendios de pastes, las tiendas de recuerdos y de ropa. Algunos negocios cuentan con espacios más grandes donde el comensal entra y degusta sus pastes sentado cómodamente. En otros establecimientos apenas hay lugar para una o dos mesas y los pastes se piden para llevar.

Los sabores tradicionales son el de papa y el de frijol. Para satisfacer el paladar de los visitantes, los realmontenses han incrementado la variedad de sus pastes. Hay pastes de chocolate, de zarzamora, de cajeta, así como de chorizo, está el hawaiano, el de mole rojo, de mole verde y arroz con leche, de salchicha, de tinga, de piña y de atún, hay de guayaba y hasta de rompope.

El paste es un alimento que también trajeron los ingleses, pero al serio y solemne Cornish pasty,las esposas de los mineros agregaron ingredientes nacionales y así modificaron la receta. Además, el realmontense no podía dejar de acompañar sus pastes con pulque, porque como dijo el guía de la Mina de Acosta: El pulque no daba fuerza pero ahhh cómo daba valor.”

Siguiendo hacia el sur se encuentra a la derecha el Santuario del Cristo de Zelontla. La fiesta patronal del pueblo es la tercera semana de enero. Ese día, consagrado al señor de Zelontla y a la virgen del Rosario, el pueblo se llena de esplendor y no hacen falta ni el colorido ni la fiesta. Las escasas avenidas, las contadas calles y los numerosos callejones se atestan de fervientes cristianos. Los feligreses sacan en hombros a la virgen del Rosario y la encaminan hasta encontrarla con el Cristo de Zelontla.

Cuenta la tradición de Real que hace varios siglos unos hombres llevaban a cuestas un cristo. Venían de Veracruz y traían el rumbo de la Ciudad de México. Al pasar por Real del Monte se desató el temporal, y el viento furibundo en complicidad con la hospitalidad de los mineros impidió a los caminantes continuar su marcha. Una vez que hubieron reposado y recobrado el ánimo y las fuerzas, los fuereños quisieron seguir su camino. Cuando intentaron levantar al cristo del suelo, éste pesaba tanto que no hubo hombre que pudiera cargarlo. Ni siquiera los mineros, robustos a fuerza de templarse el lomo con vetas y piedras informes, pudieron mover un ápice la sacra reliquia.

El cristo, como cualquier visitante, se resistía a retirarse. ¿Quién dijo que al mesías le gustaban las despedidas? Los mineros adeptos y hacendosos se encargaron de adornarlo ricamente con un sombrero minero, un cayado y una lámpara. Prestos y laboriosos erigieron una capilla en el lugar donde todo aquello tuvo lugar. Tuvieron a bien llamar al ídolo Cristo de Zelontla, buen compañero en lengua aborigen. La imagen plantó sus pies en suelo tuzo y hasta la fecha sigue allí.

Más adelante, antes de tomar una curva, a un costado está el monumento al minero y enfrente un pequeño jardín con un busto de Juárez. El monumento al minero tiene forma circular y dentro de él hay un montículo de rocas. En el centro del montículo hay un obelisco de unos doce metros de altura. Al obelisco lo atraviesa una columna negra que llega hasta la punta y la desborda con una antena.

A la calle principal vienen a dar callejones escalonados en ascenso o en descenso, todos empedrados, todos circundados por casas coloniales. Subiendo los callejones está el mirador. Allí el viento, con su temperamento nublado, esculpe la cara de los visitantes y labra chapas en sus cachetes. La piel, hecha polvo a cincelazos, se esparce por la serranía. El viento del Monte no es cualquier viento; es viento de montaña, viento del lugar poblado más alto del país, viento que mineros realmontenses e inversionistas ingleses respiraron al disputar el primer partido de futbol: “El futbol en México nació en un rincón cerca del cielo”,reza la frase en una barda orgullosa. Así es el viento de Real del Monte, helado pero heraldo vivaz de la vida en pechos, pulmones y bronquios purificados.  

Por la calle de la antigua archicofradía de la Vera Cruz, cuyo empedrado, cuentan los rumores, encumbre sutilmente marcas masónicas, se llega hasta el Museo de Medicina Laboral.  El hospital fue fundado en 1907 y atendió a los trabajadores de las minas hasta 1982. Permaneció cerrado y a su suerte varios años hasta que en 1996 se convirtió en museo y centro cultural.

Allí, si uno trae veinte pesos en los bolsillos, puede escuchar los relatos del guía, sus explicaciones y sus secretos de sapiencia minera. Al guía lo nombraré Don Modesto por puro capricho. Modesto como minero que dejó de barrenar las cuevas y soltó sus herramientas, se puso la camisa, se peinó el pelo y se perfumó para recibir a los visitantes. Ahora entrecruza las manos al hablar y las extiende para señalar los objetos de su explicación. Responde a las inquietudes pueriles de los viajeros curiosos. Sonríe a su pequeño público, mostrando que de todo el mineral y del oro que contribuyó a extraer, no conservó sino un par de muelas.

El guía es Modesto como modesto es el pueblo. Real del Monte también extravió su tendencia natural porque la dura explotación terminó por dejarlo hueco y estéril. El tiempo lo obligó a consolidarse como mágico para sobrevivir. La gente transformó su actividad para seguir viviendo en la montaña, abandonó sus antiguos oficios. Pueblo Modesto porque no sabe con exactitud si lo mágico es la cereza del pastel, la gema de la corona, o si es el estigma de la pérdida de algo muy suyo: su propia identidad.  

La magia conlleva a veces al desvanecimiento de un objeto. Y quizás no habrá boca que sepa decir si los pueblos, al ser nombrados mágicos, abiertos al escudriñamiento turístico, han dejado de ser ellos mismos. Ya no son el hogar que solían ser para su gente. Y si uno trae veinte pesos en los bolsillos, puede acercarse a Don Modesto y escucharlo decir, sin prisas y sin guiones, que todo es de peltre, que todo es original, y que los accidentes eran por falta de seguridá, falta de capacitación, por ignorancia.

Nostalgia de altura o mal de montaña

 

MINERO, UNIDO, JAMÁS SERÁ VENCIDO; CONDE, ENTIENDE, EL PUEBLO NO TE QUIERE;
MINERO, UNIDO, JAMÁS SERÁ VENCIDO; SI EL TEQUIO RECHAZAMOS, AL
CONDE NOS CHINGAMOS.


Éstas y otras consignas van gritando numerosos mineros de la veta La Vizcaína. Al Conde de San Miguel Regla, Don Pedro Romero de Terreros, reclaman la eliminación del partido, cuota a la que tienen derecho después de haber cumplido con el tequio obligatorio. Y después de andar en la oscuridad y el frío de las minas, después de luchar contra la silicosis, enfermedad de origen desconocido para la época, los mineros del Real todavía tienen fuerzas para reclamar lo que les pertenece. Para cumplir con el tequio a los mineros apenas si se les asigna una vela y una escalera, misma que ellos construyen con algún tronco macizo del bosque. Día y noche llevan tortuosas cargas de rocas en la espalada. Si la vela se les termina antes de finalizar su jornal, no tienen de otra más que lidiar en la estrecha oscuridad sorteando niveles en las cuevas. A pesar de todo, los mineros del Real todavía tienen fuerzas para reclamar lo que por derecho les pertenece.


Ya presentaron sus demandas en un pliego petitorio que fue ignorado por las autoridades de Pachuca. Porque, ¿quién osaría inclinar la balanza de la justicia contra el hombre más rico de La Nueva España, tal vez el más acaudalado del mundo? ¿Qué autoridad sumisa ante la corona atentaría contra el hombre cuyos avaros esfuerzos transforman un montón de roca en un buque de guerra para el rey? Qué importa que el minero viva apenas unos años. Qué crédito pueden tener las quejas de unos indios. El buque tiene ochenta cañones, nada más que ochenta cañones, ochenta lustrados y potentes y serviles cañones; es un fuerte en el Atlántico y se mueve como isla nómada. Además, el Conde ha ofrecido construir un camino de plata de Veracruz a Pachuca en caso de que su real majestad, Carlos III, quiera visitar inmundos lares, no vaya a pisar tierra pobre, tierra de indios.

Pero los mineros ya se hartaron y caminan en muchedumbre armados de palos y piedras. Se dirigen a San Cayetano donde el Conde, el cura y otros pillos se han atrincherado. Incesante la granizada de pedradas rompe la paz de los hombres opulentos de la montaña. Indefenso en su inmenso palacio convertido en ratonera por el furor popular, el Conde decide no hacer frente a la situación. Su vida está amenazada por los revoltosos —toda época tiene sus propios revoltosos— y no le queda más que huir a su hacienda en San Miguel.

Los mineros han triunfado al menos por unos días; pero su huelga, la primera huelga en América, pasará a la posteridad sin turbar las páginas de la historia nacional —tal vez por ello libre de erratas ortográficas— y será unas de las mejores huelgas jamás contadas. Al menos así lo sugiere el joven que dirige la caminata de Noche de Leyendas de Real del Monte. A las siete de la noche comienzan los recorridos y los grupos salen de la plaza principal a cada hora. Allí, un par de mozos con vestidos anacrónicos gritan para atraer a su público: “¡Noooooche de leyendas, caaaaaaaminata noooctuuuuuurna!”.

Vestido de fraile franciscano, con una sotana café de seminarista vetusto, el guía veinteañero lleva un lacito atado a la cintura. Regordete por los suéteres debajo del hábito, o por tantos pastes comidos en tan reducida vida, el fray camina en el empedrado con las manos metidas en las mangas de su disfraz. Un grupo de personas venidas de todos lados, de Morelos, de Hidalgo, de Puebla, de la Ciudad de México y de Baja California, siguen al muchacho esperando escuchar historias tenebrosas y “chascarrillos culturales” de Real del Monte.

El fraile nos presenta a un par de indios mineros alebrestados, que como veníamos diciendo, ya no soportaron la injustica y se revelaron. Quizás los mineros originales caminaron enervados y armados, pero sin gritar consignas. Al menos yo no los imagino gritando CONDE, ENTIENDE, EL PUEBLO NO TE QUIERE. No obstante, el toque de protesta moderna ayuda a los jóvenes de Noche de Leyendas a llevar acabo su presentación con observación participante. Así, los desconocidos que coincidimos esa noche en Real, porque pagamos una pequeña cantidad y esperamos una hora en la plaza, sentados junto a las tortugas de la fuente, nos unimos en las consignas al caminar por los callejones hacia la Capilla de la Santa Vera Cruz.

Además de la historia de la primera huelga americana, el hermano nos relata otras leyendas. Está la de los fetos encontrados en las ruinas de una archicofradía en la que frailes y monjas comerciaban sin la autoridad divina; la de la enfermera holandesa despreciada por sus compañeras y cuyo espíritu ronda el hospital; la del señor Chencho que cuidó el panteón inglés por más de cuarenta años sin recibir paga y al que la reina Isabel hiciera Sir, Sir Chencho; y la del hijo jorobado del Conde de San Miguel que acarreó la desgracia para su esposa. Al final el fraile nos dijo: “Y como el cielo mineral  está en el inframundo y como todo final es principio, yo los invito a que su estancia en Real del Monte no termine sin visitar las minas que hay en el pueblo”.

Las minas más importantes de Real del Monte son las de la Acosta, donde se puede descender por un túnel hasta una profundidad de 450 metros; la de la Dificultad, de 700 metros, en la que solía haber una inmensa bomba de agua y en la que aún se conserva un malacate del que emana vapor. Está también La Purísima, a la que sospecho sólo se permite el acceso montado en el turibús. En ella tuvo lugar un accidente realmente funesto. En 1969 más de 60 mineros cayeron al romperse el malacate y más de cuarenta y cinco murieron. La mina La Rica fue la última en cerrarse. Conecta con la ciudad de Pachuca y a través de sus túneles la compañía transportaba el mineral hasta la capital. En la explanada de la Mina Dolores se jugó el primer partido de futbol del país.

La mina de Acosta es la única de las mencionadas en la que el visitante puede aventurarse bajo tierra. A ella se puede llegar caminando quince minutos por la calle Guerrero. Allá no hay servicio de taxis, sólo los coches particulares, un poco destartalados, que ofrecen a los paseantes llevarlos al centro. Al pagar la entrada del boleto a uno le colocan una etiqueta en el pecho. En la explanada de la mina reluce el pasto tan fresco que dan ganas de acostarse en él. La fragua y el malacate dominan el paisaje. Antes de comenzar el recorrido en el interior de la cavidad mineral, hombres y mujeres deben ponerse sus cascos.

La entrada de la mina es como de tres metros de ancho. Los primeros metros del túnel son de tabique. Al continuar la marcha el muro se desvanece y la roca inhóspita y la oscuridad creciente van apareciendo. Las risas inquietas y el júbilo nervioso de quien visita por vez primera una mina se escuchan en el ambiente. Los mineros amateurs se arremolinan en torno al barrenero experimentado, pegado a los muros de tanto estar en las penumbras. Sus piernas son cuarzo macizo, el hombre pisa fuerte y deja la huella de sus pasos con sus botas de gigante, con sus anclas mineras, sus raíces de piedra. De su rostro escurre sudor como de la mina escurre el agua filtrada. Su piel es tostada y áspera. Morada como manganeso y hierro. Sus manos son de amatista violeta. Sus dedos son como cristales corroídos, filosos, sensibles sólo al oro y a la plata. Su discurso no es pirita, no es oro para tontos, por eso los indiscretos parlotean y los atentos escuchan:

Mi padre murió de silicosis a los treinta y siete años, yo apenas si tengo algún recuerdo de él. Aquí a la gente de repente les entraba el mal de mina, no podían respirar y luego luego se les tenía que sacar. Bajaban el malacate y los subían, si la gente se quedaba acá abajo más rato ya no salían. Acá les aplicábamos un salvamento de emergencia, muy bruto, muy de ignorantes, pero era el único que conocíamos. La compañía nunca nos capacitó, con la capacitación podríamos haber salvado muchas vidas pero acá no, acá nomás les amarrábamos la lengua con una franela para evitar que se la trozaran cuando les entraba el vaguido.

Y entre anécdotas e información histórica, contando cómo cagaban los mineros en la mina y explicando el verdadero origen del dicho “a ojo de buen cubero” mostrando diferentes tipos de cuarzos y reconociendo su mal juicio al no guardar nada de esas piedras en tantos años, el antiguo minero lleva a todo el grupo hasta el final de túnel a 450 metros de profundidad, nada más que hasta el punto en donde la mina de Acosta entronca con la de la Dificultad. Allí, propio y amable, el guía nos pide autorización para apagar las luces y ver cómo era la mina cuando los mineros trabajaban.

No hay oscuridad más densa. Aquella oscuridad pesa toneladas, aquel túnel ha estado allí por cientos de años y aun así podría de repente caerse y aplastar a todo mundo. Allá abajo la única luz perceptible es un punto minúsculo a más de 400 metros de distancia. La entrada se alcanza a distinguir como la luz mortecina al final del túnel. El aire frío y la oscuridad pesada contrastan con la luz a la entrada. A pesar de que la claridad solar se cuela al subsuelo el calor no alcanza la epidermis anhelante, aquel destello no calienta más que el ánimo. Y el final del recorrido es también su principio. Por eso uno sale de la mina por el mismo lugar por el que entró.

También por la misma carretera por la que se llega a Real del Monte se sale de él. Prefiero no pensar que así como llegué me voy; al contrario, me gusta imaginar que así como nos vamos llegamos, estamos llegando en el recuerdo y en fotos llegaremos; es más, tal vez volvamos por más pastes alguna vez. Caminamos hacia la salida de la mina por donde el recorrido termina. El túnel está ligeramente inclinado y a medida que lo recorremos, la luz es cada vez más intensa. Justo un paso antes de salir todo se transforma en un resplandor que ciega unos segundos.

Sobre el cielo minero el infierno de afuera, sobre las cavernas y grutas el pueblo y sobre el pueblo la montaña, sobre la montaña el adiós. Adiós a la neblina que se arremolinó en nuestros pulmones. Adiós a las bocanadas tibias de locomotora. Adiós a los pastes de la montaña, a sus minas y mineros, a sus malacates y a sus fraguas. Adiós a las jaurías de perros mendigando comida en la calles.

A pesar de la despedida inminente, no todo fin está fregado, condenando, hay fines que son principio y principios que se niegan a abandonar su fertilidad. Ya vendrán tiempos nuevos para la mina, tiempos en que una nueva veta será descubierta y el pueblo desempolvará perforadoras, forjará herramientas y se dará buena vida con el digno esfuerzo de su trabajo.   

 

 



Ilustración:
Fotografìa de tren “colección J.M. Menes Llaguno”
http://www.tramz.com/mx/pc/pc06.jpg
Foto de la mina tomada de
http://www.visitmexico.com
Foto panorámica del pueblo
http://www.panoramio.com/
 

Alejandro Salvador Ponce Aguilar (Ciudad de México, 1990). Es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha publicado en las revistas electrónicas MilmesetasPerro NegroContratiempo Revista Autónoma de Comunicación. Ha obtenido dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de partida, en la edición 44 por ensayo y en la edición 45 por crónica.