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ENSAYO / No. 54


 

Las palabras: de verdades y mentiras



Gabriel Vázquez Dzul

 

  

 

 

 

A veces consigo ser como las palabras, tan llenas de significado. Entonces es normal que decaiga en explicaciones que no merecen una pizca de entendimiento sino, y más bien, de interpretación. Al parecer en eso consiste el lenguaje: ausencia de certeza y bastedad de formas de pensar lo posible. Aunque resulta torpe creer que pudiéramos tomar de la nada y resolver en el todo. ¿Acaso estamos destinados a mal-interpretarnos toda la vida? Sin duda estamos llenos de preferencias absolutas, una de ellas y la más absurda, es la verdad. Cuando hablamos creemos estar diciendo todo lo que pensamos y cuando escuchamos solemos creernos confesores incuestionables en un juego tan senil como lo es la propia mentira. ¿Siempre decimos lo que creemos o sencillamente nos interpretamos una y otra vez tratando de encontrar esa noción —siquiera— de la certidumbre tan vacía como la explicación misma? Ahora mismo estaría abogando a un conjuro de verdades que sin más ni más pudieran convertirse en la más cruel de las mentiras. Por eso, algunas veces, y sólo algunas cuantas, consigo ser como las palabras.

No hay discusión sobre el teorema de la verdad relativa; tampoco deberíamos dudar cuando mencionemos que la mentira también lo es. La idea misma es la proclamación de una relatividad de la mentira en términos estrictos (y confieso que uso estricto en un sentido más que espacial y además, con obviedad, ambiguo. Aunque me reconozca defensor de las definiciones, la noción strictus es mucho menos rígida; con cautela afirmo que no se le justifica cuando se interpreta como estreches o como la Real Academia Española asegura “que no admite interpretación”. Sin duda un golpe bajo a la rusticidad del término. Es curioso que strictus se vincule con apretar, una palabra atemorizante que desencadena hacia lo más inocuo posible: el pecho. El latinajo más atinado es ppectorāre y también pectus, que dan origen a pectoral y se relaciona con dos ideas. La primera podría vincularse con el pectoral ceñido de guerreros romanos; pero sabemos que pectun se refiere más a los pechos. Así el sentido estricto es sólo mi noción; y no es espacial porque no es posible asirlo. Por lo tanto es mi interpretación, mi verdad. ¿Cómo se transformó el sentido formal de una palabra en algo tan amplio como una metáfora? Creo que conviene hacernos la pregunta: ahora ¿quién es el que miente?). A propósito de la mentira: “decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa” (DRAE). Ir en contra de los que se sabe, cree o piensa, difícilmente puede llevarnos a la contraposición de la verdad. Sería más sencillo pensar en algo o alguien que deserta de las filas de una suerte de adeptos y adherirse a una fila contraria, pero ¿estaría mintiendo? La respuesta puede ser imposible si pensamos que ir en contra de lo que se sabe es estar errado de todo tipo de sabiduría legítima comprobada como verdadera. De ser así ¿sería acaso nuestra evolución una gran mentira? Responder incluso ¿de qué estamos hechos? Puede ser algo tan claro y perpetuo como una total y absoluta ambigüedad.

No hay forma ni fondo cuando se habla de verdades. Incluso ni siquiera cuestionamos la palabra verdad, mucho menos mentira. Sabemos que son y, en efecto, parecen incuestionables. No sería coherente si no ahondara en la verdad con la misma sazón con la que interpreté la mentira. La búsqueda del término es menos explorable que el anterior. La palabra verĭtas es verdad y nada más que eso. ¿Por qué a diferencia de las palabras exploradas la verdad es sempiterna? ¿Acaso estaría en contradicción con mis propósitos de interpretación? De ningún modo. De acuerdo con la definición más usada en nuestra lengua (la de la DRAE), la verdad es “conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente […] Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa. […]”. Sin duda la verdad es una noción ambiciosa cuando ella misma pretende la congruencia entre lo que decimos, hacemos y pensamos. ¿Acaso en esta vida existen individuos que deriven en tal congruencia? Si fuera de tal forma, ¿estaríamos hablando de sujetos de verdad? Qué pasaría con los sujetos cuya conformidad interna y externa no se mostrara tan coherente como se espera, ¿estaríamos refiriéndonos a sujetos de mentira?

Quisiera no tener que abundar sobre la primera frase descrita (“conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente”), que se nos haría más ridícula, pero es mi labor ahondar en la palabra. Ante esto, diría que la silla ha sido y será siempre silla, ¿por qué cuestionarla? Entonces la silla en efecto es verdadera ya que “es y está”, la sentimos y, desde luego, la pensamos. Pero podría ser otra cosa y de hecho se convertirá en algún momento en otra cosa, muchas veces un estorbo y nos compraremos una nueva. Por qué, si transformamos las cosas, no podemos transformar las palabras. ¿Por qué ahondar en definiciones tan dirigidas a la verdad cuando podríamos estar del lado de la mentira? Tal vez la respuesta no esté en terminar de definir las palabras sino en in-definirlas. Ese podría ser el verdadero objetivo de la comunicación y el lenguaje. Es verdad, declaro entonces este documento como una suerte de apología, en el sentido estricto, de la interpretación, esta es la metáfora. ¿Podríamos comunicarnos siempre con la metáfora? También preguntaría, ¿acaso no lo hacemos siempre?

Alguna vez en el aula de clases, un profesor nos pidió que formalmente aplicáramos una de las propuestas epistemológicas de las ciencias sociales al análisis de un elemento básico, común, cotidiano a lo mejor. Supongo que al único que se le ocurrió la horrenda idea de metaforizar al individuo fue a mí (sobre todo porque la idea del individuo es algo penalizada dado el sentido que conlleva la individualidad, es decir, se podría hablar de sujeto, de agente, de actor, etc. pero el hablar de individuo implica una postura arcádica e irreal para las sociedades que no son mera suma de éstos, y debo decir que comparto esa idea) pero lo hice desde una de las propuestas más atemorizantes, al menos en ese momento: el pensamiento relacional. ¿Cómo implicar al individuo desde un esquema de relaciones cuando en ellas no caben individualismos (al menos no en el sentido de la epistemología de las Ciencias Sociales)? Esta propuesta tan incongruente con las definiciones de verdad no fue tomada a la ligera pero lejos de despertar cuestionamientos, o mejor dicho acusaciones sacrílegas, fue motivo de interés y cierto tipo de ovación; y no porque ellos o yo hubiéramos creído que mi propuesta haya sido la mejor, sino porque los presentes se implicaron en la transformación de la palabra (pudieron haberse pronunciado en contra pero eso les hubiera valido cierta inconsistencia en la petición dadas las condiciones del enfoque). Aunque deba dedicar un ensayo alterno sobre el proceso de construcción del individuo en un ente socialmente relacionado, diré que no fue lo magnificencia de mi discurso (dudo que haya sido siquiera bueno) ni la especialización en la propuesta epistemológica empleada (de hecho todo eso era nuevo para mí) lo que logró el entendimiento claro de mi propuesta; fue más bien algo vinculado tanto con la verdad como con la mentira: la congruencia.

Antes de continuar con la catarsis de la palabra, debo decir que cuando hablo de mentira no me refiero al engaño ni a la traición, que lejos de ser palabras que deben abrirse bajo su propia luz son más bien acciones humanas que si bien deben problematizarse, no convendría hacerlo en este momento porque aunque esté interpretando vale la pena guardar la compostura. Con mentira me refiero más bien a la contraposición casi reflexiva con la verdad; y es en el sentido ambivalente que existen ambas, léase la definición de la Real Académica Española: “Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”. Resulta interesante que ambas “expresiones” resulten exactamente contrarias, como si una contradijera a la otra en la totalidad de la incongruencia. Pero no está demás reiterar que lo cierto es que ambas admiten ambas posibilidades.

Ya que lo he hecho expreso, la congruencia de ambas sólo es posible en una situación en la que se amerite la configuración de un escenario de la verdad, esto es, un ser y estar en la que la situación es consistente con lo que se dice, hace y piensa, aunque en una situación sea verdad y en otra mentira. No podemos convertirnos en críticos de arte si no conocemos aspectos mínimos del arte; y no sólo eso, deberemos adquirir un cierto estatus y hacernos de un deber ser y hacer entre cierto círculo artístico. Lo mismo ocurre con los catadores o aquellas personas cuya labor es el diseño, etc. (uso estos ejemplos porque son según yo los más precisos). Podemos opinar siempre sobre un algo o alguien de manera positiva y/o negativa, pero para algunas personas nuestra opinión será siempre errada. Esto es porque las verdades y mentiras suceden en contextos diferentes. El éxito de mis palabras —en el pasaje descrito antes— ocurrió en un contexto en el que se esperaba que hiciera uso de cierta creatividad. Entonces, las mentiras y las verdades son exactamente lo mismo, la incongruencia es la que las convierte en otra cosa. A estas alturas convendría in-definirlas a ambas:

Verdad/mentira: s.g. Es el todo específico de las palabras, acciones y pensamientos en contextos o situaciones en las que dichas palabras, acciones y pensamientos poseen congruencia absoluta o bien no son cuestionadas; en todo caso, legitimadas y/o aceptadas.

Las personas estamos acostumbradas a algo; estamos habituadas a un modo de ver las posibilidades o bien, sencillamente, no las podemos percibir. La idea de este ensayo es sacar de lo oculto algo que para muchos parece imperceptible: la congruencia/incongruencia de nuestras acciones y, ante todo, nuestras palabras. Lo cotidiano habita un demonio que nos aleja de la incertidumbre, de lo problemático y del cuestionamiento. Por ello es fundamental abrir la palabra, en tal medida abriremos nuestras acciones y nuestra congruencia podrá configurar una suerte de cotidianidad incierta; dicho de otro modo: llena de posibilidades.

 

 


Ilustraciones:

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Gabriel Vázquez Dzul (Muna, Yucatán, 1976). Doctor en Ciencias Sociales, poeta, ensayista y pintor. Ha sido becario de la Secretaría de Cultura del Estado de Quintana Roo en varias emisiones. En 2013 publicó Epistemología del martirio: Preguntas alternas gracias al Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico del Estado.