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CUENTO / No. 55


 

Fogata



Ulises Granados

 

 

Cuento_Granados_1.jpgAhí está Lucía, sentada a unos pocos metros de mí; me observa de cuando en cuando con la ansiedad más evidente que le he conocido en la vida. No sé qué podríamos hacer en este momento además de permanecer callados e intercambiar miradas mientras terminamos de comer y escuchamos cómo cruje el aire alrededor de su cuerpo incendiado. Y, debo decirlo, yo también estoy inquieto como nunca. ¿Cómo debería sentirme ahora?, ¿amado, temeroso, libre de culpas, como un moribundo cualquiera? Apenas puedo creer que…

Tengo mis dudas sobre lo que pasa por su mente ahora que estamos en este lugar, en esta casa deshecha por el fuego. Sé que ésta es la habitación en la que ella solía dormir porque no tiene techo, porque ella parece estar cómoda ahí, acostada sobre el piso, pero en realidad no sé distinguir su estado de ánimo si no es por su voz, y ambos guardamos silencio esperando a que anochezca.

Cuando nací, Lucía ya estaba cubierta de fuego. Le brotó a los siete años mientras dormía con papá. Quemó la colcha y el par de almohadas con las que papá quiso apagarla; calentó el agua en que la sumergió; corrió a lo largo y ancho del patio por horas mientras papá se deshacía de los muebles, las cortinas, la alfombra. Cuando Lucía se percató de todo lo que faltaba, de por qué papá se deshizo de ello, bajó la mirada hacia el suelo donde unas pequeñas manchas ennegrecían los pasos que dejaba. Frunció el rostro mucho tiempo para no llorar. Luego papá tuvo que deshacerse de parte del techo para que Lucía pudiera dormir sin que se encerrara el humo y, finalmente, se mudaron a un lugar menos concurrido después de que se quemara la casa y mamá muriera en el incendio. Nadie habla ya de su muerte, por supuesto, y menos enfrente de Lucía. Es verdad que papá salió de la casa conmigo en brazos y ya no pudo regresar por nadie, que Lucía estaba muy pequeña y muy en llamas para ayudar. Ya no hablamos de la muerte de mamá, aunque a veces papá me mire con ganas de culparme por haberse quedado sin esposa. 

He visto la cara de mi hermana en las pocas fotos de sus primeros cumpleaños que sobrevivieron al incendio, a diferencia de mamá, y cada vez que las observo me da la sensación de estar frente a los retratos de alguien a quien me hubiera gustado conocer algún día. Recuerdo una de esas fotografías en especial. Lucía parece tan alegre en las piernas de mamá; y mis primos la ven con un asombro…. como si no entendieran su tamaño ni su felicidad. Papá tomó la fotografía, así que puede verse una parte de su dedo invadiendo la imagen, como en la mayoría de sus intentos. Yo terminé estudiando fotografía para poder corregir a mi papá en algo.

Afortunadamente tengo muchos otros recuerdos con mi hermana, recuerdos que no tienen que ver con su rostro: su olor a canela tostada, la fogata que era mientras hablábamos en la azotea, el agua tibia alrededor de ella cuando nadábamos.

La primera serie de fotografías que conseguí tomar satisfactoriamente fue de ella mientras nadaba: Oleaje en llamas o fogata imposible. Las tomé durante unas vacaciones. Las flamas amarillentas y rojizas que se alzaban por encima del mar nocturno, junto con el humo que despedían, daban la ilusión de un pequeño bosque flotante que brotaba de su cuerpo y se perdía entre sombras y reflejos de la luz lunar. Debo agradecer a esta serie que al concluir mis estudios consiguiera un trabajo fuera del país fácilmente.

La noche antes de que me fuera de la casa, Lucía y yo caminamos por más de dos horas por calles sin importancia. Conversamos lo menos posible. Yo tenía veintitrés años; ella treintaidós. Hablamos muy poco y al final insistió en darme un beso en el hombro para no marcar mi mejilla. La cicatriz que me dejó es pequeña, como sus labios.

Nos mantuvimos en silencio casi todo el camino de regreso a casa, salvo por un momento en que me detuvo para decirme:

—Me estoy consumiendo —como si esperara que yo hiciera algo para ayudarla, como si estuviera en mis manos.

Y luego siguió su camino a prisa, sin voltear a verme, inmediatamente arrepentida de confesármelo. Nunca había reparado en ello, pero me perdí de la vida de mi hermana por vivir la mía.

En la mañana salí lo más temprano que pude para evitar una despedida más difícil de manejar que lo sucedido la noche anterior.

Cuento_Granados_2.jpg Me extravié muchos años y fui feliz lejos de mi familia. Traté de conformar otra con menos cargas, pero no dejaba de pensar en lo que me dijo Lucía. Le escribí cuantas cartas pude con el deseo de que algo hubiera cambiado, de que papá me contara por lo menos una vez que mi hermana salía con alguien o que había subido un poco de peso desde que me fui, que había ido a nadar a la playa, a caminar por calles cada vez más importantes para ella, de que me dijera te escribo ahora que tu hermana no está porque tengo tiempo… tenía mucho de no verla tan feliz. Pero eso nunca pasó, en su lugar, papá me contaba de sus deudas, de Lucía solitaria o trabajando en esto y aquello, de que ya habían tenido suficientes problemas con la gente que la rodeaba, conmigo ausente.

Poco me importó. Volví porque fracasé como fotógrafo y me cansé de intentarlo ya muy tarde, ya que no tenía adonde más ir y había envejecido notablemente. Me tuve suficiente lástima como para volver al lugar de donde salí y esperar que me recibieran con los brazos abiertos. Nunca dejé de sentirme como un cobarde por irme en cuanto pude, menos aún ese día en que regresé cabizbajo.

Acepto que no todo estaba mal. Papá me enseñó periódicos llenos de artículos sobre mi hermana, videos grabados de los noticieros en los que hablaban de ella y fotos que había tomado de Lucía y de su dedo en estos años. Ella, mucho más calmada, me recibió bastante alegre. Aparentemente no me guardaba ningún rencor:

—No conozco a nadie que se hubiera quedado —me dijo con el afán de reconciliarme conmigo, pero Lucía conoce bien a poca gente.

En cuanto llegué a casa, retomamos algunas de las cosas que hacíamos juntos: caminamos por la noche a lo largo de calles que ella iluminaba como un pequeño sol noctámbulo a punto de esfumarse, calles que yo ya no identificaba; dormimos un par de noches en la azotea; miramos el mar sentados sobre la arena. Y volví a tomarle fotos. No eran ni la mitad de buenas que la primera serie, sin embargo, la notaba contenta con el resultado. En algún momento recordé la foto de Lucía con mamá. Tuve que preguntarle:

—¿Qué harías si te abrazo?

Permanecimos callados mucho tiempo antes de que respondiera.

—Probablemente no te soltaría.

No quiero decir a quién se le ocurrió hacer el amor, pero a los dos nos pareció una buena idea.

La última vez que hablé con papá, me pidió que me sentara con él a ordenar todas las cartas que escribí mientras viví fuera. Como se detenía a leerlas cuidadosamente conforme las guardaba, nos tomó varias horas. No supe cómo despedirme de él.

Parece que Lucía acostumbra venir a esta casa. Las quemaduras en la puerta principal y en las paredes se ven recientes. Además, el aroma que deja es inconfundible y persistente. Siempre lo he disfrutado bastante y no quisiera que un día dejara de oler así esta casa, aunque tarde o temprano suceda.

En la sala están colgadas algunas fotos de Oleaje en llamas… y la foto de Lucía sentada en las piernas de mamá.

Puedo decir que Lucía ha cambiado. Ha perdido algunos centímetros de estatura y partes de su cuerpo ahora brillan como brasas fatigadas. Detrás del fuego apenas se perciben la figura de su cuerpo y algunos rasgos del rostro: su nariz delgada, la quijada afilada, la forma del cráneo, los senos todavía firmes y redondos, las piernas enjutas. Parece haberse consumido a lo largo de todo este tiempo, pero ya no hablamos de eso, sólo esperamos que oscurezca por completo. Nos gusta el cielo estrellado.

Aun así quiero seguir adelante, a pesar de mi cuerpo flácido y avejentado. Quiero continuar aunque me dé vergüenza desnudarme para Lucía con este cuerpo cobarde, con estas arrugas. No dejo de acariciar la cicatriz en mi hombro para decidirme. Sería más fácil si dejara de mirarme…


 

 


Ilustraciones:
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imalush www.freeimages.com
 


Ulises Granados (Ciudad de México, 1984). Músico, escritor, lector, cinéfilo, melómano y artista marcial. Participó en el proyecto de investigación de literatura policiaca “Crimen y ficción”. Actualmente es coeditor de la sección de cine en la revista Síncope, mantiene el blog Antología (no tan) arbitraria de textos <antologiasinpoesia.blogspot.com>, toca la guitarra en la banda mexicana de swing Cotton’s y escribe minificciones para la revista Deletéreo. Textos suyos han sido publicados en las antologías Fantasías desanimadas (Editorial Literal, 2013) y Deletéreo. Selección de 62 shots de literatura ilustrada (Deletéreo.com, 2012-2013).