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ENSAYO / No. 55


 

Resquicios del movimiento



Claudia Mendoza Olivar

 
 

No importa dónde me encuentre, dese hace varios meses se repite esa terrible pesadilla que es el insomnio. Un enemigo al acecho de muchas personas en el mundo, no por ello menos fastidioso. De modo que comienzo todos los días con unas grandes ojeras que enmarcan mi nariz, ese pedacito de mí tan sensiblero y que últimamente se ha vuelto muy irritante.

En realidad no me desagrada mi nariz, no me parece fea o poco común; pero debido a un accidente que tuve de pequeña se me han desarrollado padecimientos que me causan dificultades para respirar. A veces siento picazones que se extienden poco a poco por toda mi nariz y sus fronteras; otras veces, ésta escurre de forma abundante o se tapa repentinamente debido a cambios mínimos de temperatura o sustancias particulares en el ambiente. Pero lo irritante es que durante mis desvelos estos malestares se vuelven probaditas del infierno. El silencio de la noche hace que sólo tenga oídos para mi nariz. Cuando la comezón llega, rasco y rasco pero el picor no cesa, incendia mi carne y, si llega el escurrimiento, siempre aviva las brasas. Cualquier intento por distraerme de esto resulta inútil. Al percibir mi carne incendiada me viene una nausea que con rapidez se convierte en unas ganas de querer arrancarme la nariz. Veo en todo armas sofisticadas y certeras para arrancármela. Paso toda la noche imaginando cada intento, y pensando que cada cosa a mi alrededor podría cumplir una función diferente de la que fue hecha.

Me dicen mis papás que cuando era muy pequeña tampoco dormía mucho, pero a pesar de ello era muy alegre y andaba velozmente de un lado a otro. No me gustaba estar quieta, tanto, que llegué a tener cinco andaderas antes de aprender a caminar. Yo no recuerdo, pero me han contado que un día caí de unas escaleras con todo y andadera. Me golpeé fuertemente en la nariz, escurrió sangre, fue abundante, espesa y tibia; eso sí lo recuerdo, pero no por aquella caída sino por otras tantas veces que me he golpeado la nariz. Sí, también solían decirme que la ponía cada vez que me caía, así que ha sido muy afectada por mis movimientos y sus incompetencias.

Sin embargo, hubo momentos en los que disfrutaba de algún modo mis caídas y golpes. Pensaba lo cómico que resultaba para otros ver caer a alguien que siempre colocaba el rostro como punto principal de choque contra el suelo. Una persona miente descaradamente si dice que nunca se ha reído al ver caer a alguien debido a un tropiezo o algún obstáculo inadvertido. El filósofo Henri Bergson en su libro La risa, una obra que pese a hablar de lo cómico tiene un tono demasiado serio que no provoca ni un ligera sonrisa, explica muy bien por qué nos reímos de los demás cuando se caen. Bergson nos dice ahí que si nos reímos ante esta situación es por la rigidez mecánica que se nota allí donde hubiésemos querido ver despertar en la persona que tropieza, agilidad y flexibilidad. De modo que no reímos de quien se cae por su cambio brusco de actitud, sino de lo involuntario que hay en ese cambio -su torpeza-. Bergson reflexiona en los tres estudios que conforman este libro sobre la risa causada por lo cómico y su punto de partida es que lo cómico es algo propiamente humano. ¿Y cómo no serlo? Al igual que todo humano, la risa es algo tan efímero y, al mismo tiempo, algo tan corporal; al grado que uno puede llegar a sentir un intenso dolor de estómago por reír en demasía.

Aunque estemos dormidos o despiertos estamos siempre con nuestro cuerpo, así que caernos o moverlo de un lugar a otro y de ciertas maneras no debe ser algo superfluo. Por ejemplo, las referencias que existen sobre las dimensiones corporales y los distintos tipos de movimiento añaden valorizaciones que privilegian ciertas posturas o circunstancias. Así pues, una persona que permanece acostada o en reposo mucho tiempo es relacionada con la enfermedad o el pernicioso tedio; cuando se dice que una persona se mantiene de pie solemos atribuir a su postura una fortaleza moral inquebrantable y admirable; con frecuencia expresamos que avanzar o ir hacia delante es bueno y alentador, en cambio, retroceder o ir hacia atrás tiende a relacionarse con algo insano o peligroso. Incluso las descripciones sobre nuestras emociones están permeadas de referencias a las dimensiones corporales. De tal modo que consideramos que la alegría es algo que levanta –por supuesto algo propio de la persona que se mantiene de pie–, mientras la tristeza comúnmente nos tira a un lado del enfermo recostado e inútil. Y ni qué decir sobre esa idea que nos enseñan desde pequeños que señala que siempre hay que seguir un camino recto. Poco a poco vamos aprendiendo que está prohibido un camino con desviaciones, descansos prolongados y tropiezos.

Hubo un tiempo en el que me gustaba pasar horas tumbada sin hacer nada de provecho, no veía al aburrimiento como un peligro o un mal que había que evitar a toda costa. Disfrutaba las cosas que pasaban en medio tanto de mis alegrías como de mis tristezas. Pensaba que era terrible ser feliz o triste en todo momento. Me pasaban muchas cosas divertidas cuando desviaba mis decisiones o pensamientos habituales a lugares imprevistos. Pero como la mayoría de las personas no alaban el ocio, ni la tristeza ni lo inesperado, yo terminé por hacer lo mismo.

Unas noches atrás, imaginé aquel accidente que afectó mi nariz, me vi empujando mi andadera hacia el vacío, no por falta de agilidad, sino por la búsqueda de una especie de ligereza o libertad. Desde esa noche, han aumentado las molestias causadas por mi nariz y siento el deseo de revivir de algún modo aquel lanzamiento, pues creo que si logro identificar aquella sensación de no tener miedo al vacío podré moverme a donde yo quiera y como yo quiera, sin preocuparme en atender las ideas de los demás. Podré volver a disfrutar del ocio, de mis tristezas y de mis desvíos. ¡Qué genial o qué terrible! Cada quien puede crear su propio infierno, yo he creado ese infierno nocturno para remontarme a aquella caída por las escaleras. Cada noche me privo más del aire y del placer de identificar nítida y totalmente los olores, me obligo a pensar en el vacío y en las nuevas direcciones en las que podría moverme.

 


Ilustraciones:

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Claudia Mendoza Olivar (Ciudad de México, 1989). Filósofa con formación en Historia del Arte y escritura creativa.