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ENSAYO / No. 56


 

Declaración de principios



Josué Castillo

 
 

A Joanna Méndez

Tus pasos se desprenden de ti
y hacen caminar un fantasma intangible y perpetuo
que te expulsa del sitio donde vives
tan pasajeramente y te suplanta.
Jorge Cuesta.


Compré una cajetilla de Delicados con veinticuatro.

Parece irrelevante pero no lo es tanto: hace algunas semanas sólo compraba cigarros sueltos. Así, pensé al principio, controlaba mi consumo, ahorraba y, si empezaba a fumar mucho, pararía con sólo pensar en cuánto dinero estaba gastando. Era mentira y lo sabía, pero comprar cigarros sueltos fue una manera de considerarme alguien que no depende del tabaco como de una muleta para andar por la vida.

Hoy compré una cajetilla de Delicados con veinticuatro y vuelvo al vicio como quien regresa a un feliz recuerdo de la infancia cuando todo va mal: más por supervivencia que por placer.


Empecé un nuevo diario.

Es una buena señal: desde que nuestros encuentros se presienten inminentes abandono por tiempo indefinido cualquier tipo de escritura. Estos periodos de agrafía son el recuento de los daños de nuestras cada vez peores despedidas.

En un mes no he sabido nada de ella; en más de un mes no escribí nada. No podría estar seguro de qué tanto he hecho y qué tanto de lo que tenía que hacer está aún pendiente. El resultado de nuestro encuentro anterior fue un sentimiento de insignificancia del que no me deshice en varias semanas; la consecuencia de éste, que será último, fue una semana de desasosiego y el resto de una serie de dudas que, primero, cargué como un silicio que a cada paso se ajustaba un poco más sobre mi piel para después ser el combustible que me tiene frente a la página en blanco de nuevo; para personas como nosotros no hay fruto que caiga lejos del árbol de la obsesión.

¿Porqué escribir diarios?

No tengo una respuesta contundente pero se me ocurren algunas posibilidades.

Alguien lleva un diario para conocerse a sí mismo y asirse a una ilusión de certidumbre ontológica.

Me llamo Josué, mi apellido es Castillo. Nací un catorce de enero de mil novecientos ochenta y seis, no un quince ni un trece, mucho menos un diecisiete. Al día de hoy llevo vivo diez mil seiscientos veintinueve días con cuatro horas y media aproximadamente y mi bebida no alcohólica favorita es el café y no la yerba mate ni el té de manzana o
frutas o verde. Mi color favorito es el azul y no el rojo, aunque también me gustan el negro y el verde pero detesto el amarillo, el lila y el marrón. Soy editor, soy periodista, soy escritor, no soy copy ni creativo ni redactor publicitario, tampoco soy agente de relaciones públicas ni priista, panista, perredista o verdecologista. Soy lo que digo que soy pero sobre todo lo que han hecho de mí.

Alguien lleva un diario para tener un registro preciso de sus síntomas durante una enfermedad, durante la tribulación.

Hoy amanecí con los pulmones destrozados por la infección de garganta que pesqué en algún café, en algún bar; la fiebre se concentra en mis mejillas, detrás de los ojos y la entrepierna; la congestión nasal y las flemas dan a mi voz un tono peculiar: hablo como arrastrando cada uno de mis fracasos por la garganta, como si lo que digo hoy reptara entre los restos de un ayer que sería mejor olvidar.

Alguien lleva un diario para no olvidar que un día como hoy de tal año estaba mejor, peor, igual o en una posición distinta a la que ahora está y así puede saber si su vida ha mejorado o ha empeorado, si la felicidad está lejos o cerca o ninguna de las anteriores.

Hace un año llevaba apenas unos días en la Ciudad de México, hace dos lo mismo en Xalapa y hace tres en Córdoba. Entonces, como ahora, la extrañaba y no se lo decía: el peso de mis decisiones y la conciencia de mi estupidez me impedían tomar el móvil y marcarle, aceptar que nada pintaba como esperaba. Hace un año, como ahora y como hace dos años, empezaba un diario nuevo y, como ahora  y el año pasado y el año anterior al pasado, leía las cartas de Jorge Cuesta a Guadalupe Marín como quien ve la misma película varias veces esperando un nuevo final.

Alguien lleva un diario porque necesita saber de su progreso en algún arte o técnica, como el fisicoculturista que sabe que ayer consumió tantas calorías y quemó tantas otras o el escultor que lleva una cuenta exacta de los días dedicados a una obra.

Ayer no podía escribir nada. Hace dos semanas no podía escribir un texto con más de dos páginas. Hace tres meses no me interesaba escribir. Hace cinco meses no me interesaba leer. Hace seis meses sólo pensaba en morir. Hace dieciséis semanas sólo pensaba en huir. Hoy escribo como si la vida se escapara de entre mis manos.

Alguien lleva un diario para saber cuánto ha gastado y en dónde a qué hora, pensando en el futuro, procurando ahorrar.

Por tres litros de mezcal silvestre son doscientos diez pesos, una cajetilla con veinticuatro Delicados cuarenta y cinco pesos (aunque tendré que ir por dos más), un encendedor nuevo diez pesos, las benzodiacepinas se venden en la calle a veinte pesos cada pastilla con dos miligramos y compré diez, un doce de Indio lo consigo en ciento veinte pesos, quinientos cuarenta por catorce pastillas de modiodal para mantenerme despierto, doce pesos por unas aspirinas, doscientos cuarenta por dos pizzas grandes: mil trescientos setenta y siete pesos de inversión que me durarán tres o cuatro días. Sigue siendo más barato que ir a terapia.

Alguien lleva un diario para documentar sus encuentros y despedidas.

Tal día me reencontré con mi padre después de varios años, desconocí a mi madre, murió un tío. Hace un par de años encontré un amor para perderlo meses después en una mar de malentendidos y peores intenciones. Anteayer encontré una foto de mí mismo cuando era más joven y no me reconocí, así como no me reconozco nunca cuando me miro al espejo; encuentro en cada uno de mis gestos el recuerdo de alguien más: fumo como mengano, del que leí hace tiempo en un libro y me visto como zutano de quien me hablaban seguido mis amigos más mayores, escribo como fulano, por quien nunca he ocultado mi admiración y leo con la voracidad que le conocí a perengano, te tomé por la cintura cada vez con la intensidad de nuestro primer encuentro y aún hoy sigo gritando como aprendí a hacerlo la primera vez que te perdí.


Alguien lleva un diario para saber en qué se le va el tiempo y aprender a ser más eficiente.

Un minuto lanzado al vacío se multiplica por siete. Si en una hora procrastinamos durante, digamos, tres minutos con treinta segundos, en realidad estamos desperdiciando veinticuatro minutos con treinta segundos de nuestra vida. Un día en cama, masturbándome viendo porno de teens japonesas es el equivalente a una semana botada a la basura. Caso contrario: cada minuto dedicado racional y voluntariosamente al trabajo lo parte por la mitad, es decir, un proyecto que implica cuatro horas de trabajo normal (y por “normal” me refiero a horas en las que, eventualmente, uno se toma un break para estirarse, beber agua u orinar) se convierte en dos horas efectivas. Conclusiones: 1) el tiempo es relativo, 2) la disciplina abre espacios para ejercer el ocio y, finalmente, 3) sólo en las últimas dos semanas ya desperdicié la mitad de lo que me queda por vivir.

Alguien lleva un diario para llegar a un acuerdo entre su memoria y lo que carga de orgullo.

Reconozco que hice aquello esa vez en aquel lugar y que al salir de allí me arrepentí pero no tenía opción: era hacer eso y no aquello o no hacer nada. Sí, era yo dando tumbos en el centro a las dos de la mañana pero así lo requería la trama del cuento que empezaré a escribir en cuanto pase mi resaca, igual que aquella vez que me subí hasta el culo de ácidos al metro para experimentar el miedo posmoderno a la muchedumbre y la cercanía, o cuando por puro capricho dejé mi trabajo y una vida estable porque así lo requería mi formación, lo hice en el nombre de la literatura por venir, no es que sea un imbécil o un impertinente.

Alguien lleva un diario para desconocerse a sí mismo.

Nunca sería yo ese que dijo eso o hace aquello. Tampoco el que viene o va ni el que escribe así. Yo no soy ése que dije aquella vez que era y ni siquiera estaba allí. No importa lo que dije ni lo que hago, sino lo que se dice cuando digo: soy las referencias que se cuelan en mi discurso y las citas que cito sin citar, las canciones que escuché y las que recompuse en mi mente cuando oí mal, las conversaciones que quedaron pendientes, lo que otros ya dijeron mucho antes de mi nacimiento. Soy un accidente, un efecto de superficie: más lo que se cuenta de mí que lo que cuento yo mismo.


Escribo por la misma razón que fumo: para sobrevivir al abandono, al tedio y al insomnio, para entregarme a la tentación; escribo como estrategia para cortarle paso a la desesperación y la melancolía o bailar con ellas a veces la danse macabre; porque acepto esta Enfermedad como quien carga en su cuerpo con un cáncer terminal o conoce ya la fecha de su ejecución. Escribir para el enfermo es jugar una partida de ajedrez contra la muerte.

Escribo, antes y más que cualquier otra cosa, diarios. Por adicción a la palabra. Porque sólo en y a través de ella me es comprensible una vida construida más por accidentes y coincidencias que por planeación y destino; para sobrellevar la orfandad y el desarraigo y la desgracia de que durante esos inminentes encuentros seamos como dos trenes en movimiento perpetuo que se cruzan en una estación: se ven venir y pasar sin jamás, en realidad, encontrarse. Escribo en este diario porque, cuando la Enfermedad difuminó la de por sí delgada línea que separa la realidad que habitamos de las ficciones que construimos, no estoy seguro de que sea yo Josué Castillo quien escribe afectado o el personaje creado por un tal Josué Castillo luchando por existir en cada una de estas letras.


Tanto como fumar como escribir destruye el cuerpo pero es un precio que vale la pena pagar: cada vez que las circunstancias me obligan a elegir entre vivir una vida larga pero aburrida o fugaz y gloriosa, he apostado por lo segundo; me niego a habitar un espacio anónimo en la fosa común de la historia.

 


Ilustraciones:

The world of cigarretes, de giacom www.freeimages.com
Notes, de ioxDesign www.freeimages.com
Words , de vale www.freeimages.com


Josué Castillo (Córdoba, 1986). Periodista y editor. Escribe sobre la escritura y sobre los principales poetas de la revista Contemporáneos.