CUENTO / octubre — noviembre 2023 / No. 107

No extraño nada 

Ileana Garma


Mantenerlos en forma vertical no era problema, lo difícil fue colgarlos. Tuvieron que llamar a un carpintero para que instalara los ganchos en el techo. En todas partes eran solicitados esos carpinteros que ahora la gente llama “especialistas”, y que llegaban a las casas vestidos de blanco, con guantes de goma, botas y mascarilla, para hacer huecos en la pared, colocar ganchos y cubrir con cemento la instalación. Mónica esperó el regreso de Carlos y juntos encontraron el hilo en los cuerpos de sus hijos. Ella sostuvo con fuerza a cada uno, por turno, mientras su esposo terminaba la operación de sujetarlos. Así era más sencillo cuidarlos. Estaban ahí, en la habitación, palpitando, blancos y rítmicos, mientras sus caricaturas favoritas sonaban durante el día.

Parecían dormidos. Mónica entró a la habitación en donde colgaban las crisálidas. Percibió su acompasada respiración, un ronquido cálido en el más pequeño. Miró la televisión: un niño abría cajas y cajas de trenes de juguetes. Le cambió al canal. Se sentó a la orilla de la cama. A veces el trapo que llevaba para limpiar se le caía de las manos y, muchas mañanas, simplemente se echaba en la cama y se dormía. Todo estaba tranquilo. No había gente en las calles. La Compañía era el único edificio que permanecía abierto y recibía de manera puntual a sus trabajadores: ingenieros, biólogos, médicos y especialistas que estudiaban la situación día y noche. Las casas estaban cerradas, inmersas en la nueva dinámica. Muchas personas aprovecharon la situación para hospedarse en el campo o tomarse prolongadas vacaciones en residencias frente al mar. Muchas de estas personas eran amigas de Mónica, quien miraba todos los días sus fotografías en las redes. Ella misma tomaba fotografías y pasaba el desayuno y el almuerzo, eligiendo cuál debía compartir.

Sus hijos eran capullos de una textura sedosa y traslúcida. Sus dos amores, sus dos pequeños, permanecían colgados del techo por medio de sus hilos de seda. El más pequeño estaba cubierto por unas manchas redondas, como lunares que, en la noche, parecían resplandecer con el reflejo de la luz de la televisión. El otro, tenía unas finas rayas marrones que, con la luz del sol, a través de las cortinas blancas, se tornaban rojizas, rubias. Su hijo de nueve años era el que más pesaba, pero en el capullo del pequeño, de tan sólo seis años, de pronto se percibían estremecimientos, y Mónica, en varias ocasiones, escuchó su acompasada respiración, sus ronquiditos.

Le gustaba compartir imágenes de ellos en todo momento, además aprovechaba para presumir su nuevo espacio. No habían podido refugiarse en las montañas ni en la playa, porque el empleo de Carlos los ataba a esa maldita ciudad calurosa, pero con los nuevos cargos y el trabajo cada vez más pesado, le habían hecho un aumento. Encontraron un departamento con instalaciones modernas en el norte de la ciudad. Con muros altos, caseta, cercado eléctrico y cámaras de seguridad. Los departamentos eran nuevos, recién construidos y con un enorme jardín comunitario que se miraba desde las ventanas de las cocinas. Un bosquecillo en donde nadie podía caminar, no con los químicos que estaban en el aire y que impedían a las personas huir de sus hogares.

Carlos se ponía la máscara industrial por las mañanas y marchaba al trabajo, mientras ella protegía a los tranquilos capullos, tomándose fotos o videos. Mónica se levantó de la cama; se había dormido otra vez. Se dirigió al baño para lavarse la cara, estaba pálida por no tomar el sol. En realidad, le placía su nuevo aspecto. Odiaba tener que salir a la una de la tarde con el tráfico a reventar para ir por sus hijos al colegio. Ponía en el carro el aire acondicionado a tope y cruzaba la ciudad, rogando que ningún imbécil la chocara. Le había sucedido ya un par de veces. Regresaban los tres con la cara roja, quemada, aunque se cuidaran con bloqueador.

Fue a la cocina y se puso el delantal. Nunca los había usado, ni siquiera cuando comenzó el problema con los químicos. Pero ahora, cada vez encontraba más imágenes de sus amigas, en sus casas de recreo, con delantales de materiales naturales, de manta o lino, bordados y con encajes. “Sí, son hermosos”, se dijo, “poseen cierto encanto”. Se sentía ligera y la rutina era sencilla. Apenas despertaba, hacía un desayuno saludable y agradable a la vista. Antes no tenía tiempo. Hot cakes de plátano y avena, fruta picada, jugo de naranja recién exprimido. El olor del café haciéndose en la cafetera inundaba el lugar.

Después del desayuno, Carlos salía rumbo a La Compañía y ella escuchaba música al lavar los platos. Barría, regaba las plantas interiores y recogía la ropa. A las diez de la mañana inyectaba a sus hijos la solución recetada, veía que el purificador de aire funcionara y que la televisión diera sus caricaturas favoritas; los arrullara. Luego, podía hacer fotografías, hojear libros, oír las noticias. A las once se ponía a cocinar sin saber en qué momento regresaba a la cama. Muchas veces aparecía Carlos y se acurrucaba a su lado, miraban la televisión durante horas y la dejaban encendida toda la noche.

Lavó los frijoles, encontró varios rotos y algunos marrones que seleccionó para tirar a la basura. Vació sobre los frijoles agua purificada, tapó la olla y la puso al fuego. En la barra de la cocina la esperaba un buen trozo de carne de cerdo que tendría que cortar en cubos pequeños. Se pasó la mano por la frente, se le antojaba otro café. Cuando iniciaron los ataques químicos y las escuelas, los restaurantes, las plazas y el espacio público tuvo que cerrar. Carlos se vio obligado a supervisar la construcción de caminos subterráneos. Mónica y sus hijos se vieron recluidos, prisioneros, sin poder poner un pie en las calles. Una mañana los pequeños dejaron de hablar. Mónica ya lo esperaba, era algo que al principio causó terror en los padres, pero en las noticias explicaron que los niños estaban reaccionando a los químicos y sus anticuerpos habían encontrado una manera segura de protegerse. Después dejaron de caminar. Todos los niños estaban pasando por lo mismo, de manera que se emitieron cápsulas sobre cómo cuidarlos.

Cuando los niños comenzaron a babear, Mónica supo qué hacer. Estaban recostados en sus camas y ella limpiaba la habitación cuando se dio cuenta de que por sus bocas salía un líquido espeso y transparente. De inmediato fue a la computadora. No era necesario llamar a los médicos. La información y los nuevos hallazgos se publicaban cada día en la página oficial del Instituto Epidemiológico del país. “Crisálidas”, fue la palabra que leyó; los niños se iban a convertir en crisálidas. No era grave, aseguraba la pantalla. Mónica y Carlos conocían que esa reacción del cuerpo no sólo afectaba a los pequeños. Muchos adultos habían compartido imágenes con medio cuerpo dentro de un capullo. Ellos esperaban que les llegara su momento como a los demás para compartir fotos, tomándose una copa de vino o coñac antes del sueño largo.

Por las mañanas recibía videomensajes de sus amigas, algunas mostraban con orgullo lo grandes y brillantes que se encontraban sus larvas, en capullos sedosos, en habitaciones impolutas. Detrás de los capullos que colgaban del techo había muebles Montessori, camas de diseño o paredes de piedra con cascadas que emitían un sonido tranquilizador. Habitaciones climatizadas, pensadas expresamente para los pequeños. Los niños no debían moverse de su sitio, eso era vital. Recomendaban, aunque no era obligatorio —Mónica no estaba segura de que fuera oficial—, masajearlos con aceite de coco, y muchas madres compartían las imágenes de sus vástagos recién aceitados.

“No extraño nada”, se dijo Mónica. Apenas llegaba Carlos después de la comida, lo tomaba de la mano para conducirlo a la cama. De nada servían las tazas de café, estaba exhausta. Las crisálidas emitían sus reflejos y brillaban, azulados, mientras ella sonreía para una selfie familiar. “Sí, no extraño nada”, se dijo, y comenzó a picar cebolla. Adiós a las tensas reuniones familiares, al tráfico, a las escuelas, a los papeles, a las actividades vespertinas, a las visitas al pediatra, al dentista, a las fiestas infantiles. Ahora descansaban, mirando la televisión por horas. Además, tenía su larga colección de fotografías que tomaba: de los rincones blancos, de sus electrodomésticos, de sus delantales de manta, de sus muebles minimalistas, de las cortinas blancas y de su taza favorita. “No extraño estar afuera. No.”

Carlos abrió la puerta. Mónica revisó la hora en el teléfono. Había llegado temprano, la comida no estaba lista.

—¿Qué pasó?

—Nos dijeron que fuéramos a casa, no dieron mayores explicaciones —levantó Carlos los hombros.

Mónica lo tomó de la mano y lo llevó a la cama. La casa estaba brillante y perfecta, como de costumbre.

—Aquí se está bien —dijo Mónica.

Le pareció que su voz venía desde lejos, se había esforzado en decir esas palabras. Carlos se sentó a su lado. En la pantalla se observaba cómo un par de venados corrían en el monte, mientras una voz infantil narraba las actividades de los animales en el entorno salvaje.

—Eso es de hace mucho —dijo Carlos.

Reinaba una tranquilidad acunada por el ruido del televisor; la claridad era azul, fría. Mónica miró su teléfono. Tenía notificaciones de sus redes, intentó abrirlas, se movía con una agarrotada lentitud y no pudo. Su celular se había bloqueado, en la pantalla de inicio podía leerse: “Duerme”, un mensaje de La Compañía. Quiso girar la cabeza para ver a Carlos, pero le costó. Él descansaba sobre la cama. Ella se miró los pies. Había iniciado el cambio. La invadió un aturdimiento sueve. Todo parecía estar bien, pero no lo estaba, no podía fotografiar ese momento, compartirlo.


Ileana Garma (Mérida Yucatán, 1985). Licenciada en Artes Visuales por la Escuela Superior de Artes de Yucatán. Ha publicado los libros Cómo vivir sola después de los cuarenta (2023), 29 (2015), Días de fiesta y otros cuentos (2015) Ternura (2013)  e Itinerario del agonizante (2006). Obtuvo el Premio Nacional de Cuento “Agustín Yáñez” (2022), el Premio Estatal “El espíritu de la letra” (2015), el Premio Nacional de Poesía “Caza de Letras” UNAM (2012), el Premio Nacional de Poesía “Charles Bukowski” (2008) y el Premio Estatal de Poesía “José Díaz Bolio” (2005).

 

Punto en Línea, año 16, núm. 109, febrero-marzo 2024

Punto en Línea es una publicación bimestral editada por la Universidad Nacional Autónoma de México,
Ciudad Universitaria, delegación Coyoacán, C.P. 04510, Ciudad de México, a través de la Dirección de Literatura, Zona Administrativa Exterior, edificio C, 3er piso,
Ciudad Universitaria, Coyoacán, C.P. 04510, Ciudad de México, teléfonos (55) 56 22 62 40 y (55) 56 65 04 19,
http://www.puntoenlinea.unam.mx, puntoenlinea@gmail.com

Editora responsable: Carmina Estrada. Reserva de Derechos al uso exclusivo núm. 04-2016-021709580700-203, ISSN: 2007-4514.
Responsable de la última actualización de este número, Dirección de Literatura, Silvia Elisa Aguilar Funes,
Zona Administrativa Exterior, edificio C, 1er piso, Ciudad Universitaria, Coyoacán, C.P. 04510, Ciudad de México,
fecha de la última modificación 13 de febrero de 2024.

La responsabilidad de los textos publicados en Punto en Línea recae exclusivamente en sus autores y su contenido no refleja necesariamente el criterio de la institución.
Se autoriza la reproducción total o parcial de los textos aquí publicados siempre y cuando se cite la fuente completa y la dirección electrónica de la publicación.