CRÓNICA / octubre-noviembre 2023 / No. 107

El infierno en una casa con luz apagada



Bryan Hernández

B regresa a la sala de espera del Hospital del Niño Poblano y de golpe la luz le hiere los ojos. Hace rato, cuando salió al pasillo para comprar un café en la máquina expendedora, solamente una lámpara de escritorio iluminaba la recepción. Cobijado por la penumbra del amanecer, todo lo demás —las pantallas, los dibujos de arcoíris pintados en las paredes, las sillas metálicas de cuatro piezas donde los padres, entre el cansancio y la angustia, luchaban para no quedarse dormidos en espera de la salida del médico— era un amasijo de sombras que  contrastaba con el blanco impoluto del piso, como el decorado de una película de terror.

Pero es el desvelo y el retorno a ese correr del tiempo habitual lo que le sorprenden. De pronto, siente un poco de alivio. Suspira. Con la salida del sol y el repentino encender de todas las luces en la sala de espera, la aterradora noche que pasó junto a su familia ha terminado. Ahora lo importante es saber el estado de Madelayne, su hermana menor de 16 años que ingresó por la zona de urgencias al hospital.

B avanza por la sala de espera con la cabeza gacha. Abatido, preguntándose todavía por qué pasó lo que pasó, alza la mirada y distingue sobre las sillas metálicas a Michelle —su otra hermana menor, gemela de Madelayne—, pero no a su mamá. Entonces el alivio de hace unos segundos desaparece y siente un vuelco en el corazón.

—¿Y mamá? —le pregunta B tratando de conservar la calma.

Michelle enmudece. Sobre sus rodillas, conserva las manos apretadas en un puño. Luce el cabello revuelto y mantiene la vista clavada en un punto fijo de la pared.

Finalmente, pasados unos segundos, responde:

—No sé. El doctor salió para decirle que entrara. ¿Me das café?

B la mira y se sienta a su lado. Sabe que no puede darle café, sigue aterrada, así que le inventa cualquier excusa.

Durante todo ese rato, su padre ha permanecido afuera. B puede verlo a través de la pared de cristal que cubre el frente del edificio. Camina de aquí para allá por la zona de juegos. Vestido como está —en camiseta, sudadera y pijama— cualquiera diría que acaba de escaparse de un hospital psiquiátrico; sobre todo por la venda elástica que le cubre la cabeza y esos tenis que lleva calzados como si fueran pantuflas.

Al rato, un policía auxiliar se le acerca y parece decirle que no puede andar por allí. Su padre pone entonces cara de sorprendido y también le responde. B observa todo desde donde está. Pero el policía no entiende. Nadie entiende. Tal vez su padre tampoco entiende: no entiende por qué tiene puntos en la cabeza, por qué su hija llegó desvaneciéndose al hospital, por qué durante la madrugada siete hombres y dos mujeres entraron a su casa para robar a su familia y vio cómo hincaban a sus hijos y a su mujer apuntándoles con una pistola; por qué tuvieron que vivir esa pesadilla… ¿Por qué?

B lo cuenta así, en tiempo presente pues, aunque han pasado los años, no olvida aquel olor tan característico, ni el sentimiento de angustia que lo embargó mientras estuvo allí. Era la primera vez que aguardaba en la sala de espera de un hospital.

Su familia llevaba catorce años con una tienda de abarrotes. Su padre y su madre tenían 42 y 43 años respectivamente. B tenía 21 y estudiaba la licenciatura en comercio internacional.

 
Casa habitación: un problema de seguridad pública

El robo a casa habitación en Puebla se castiga hasta con doce años de cárcel. Sin embargo, esto no ha impedido que el delito haya ido en aumento. Datos de la Fiscalía General del Estado de Puebla refieren que tan sólo en 2022 se reportaron 2 mil 537 casos en la entidad, un incremento del 3.1% con relación al año anterior.

Es en la ciudad de Puebla donde más ocurre este delito, seguido por los municipios de Amozoc, San Andrés Cholula, San Pedro Cholula y Tehuacán. Desde la llegada de Morena a la gubernatura del estado en 2018 y el subsecuente regreso del PAN a la capital poblana en 2021, la cifra de estas cinco ciudades asciende a 5 mil 300 casos por robo a casa habitación, de los cuales, 993 se cometieron de manera violenta. Casi mil hogares que pasaron por la misma pesadilla que la familia de B.

Notas recogidas de distintos periódicos traducen estos números en historias humanas. Hubo un caso donde una pareja fue asesinada después de haberse cometido el robo; otro, donde violaron a las mujeres de la familia y golpearon al padre hasta casi matarlo. El móvil de los asaltantes es el dinero, pero pronto descubren algo más valioso: el poder de arrebatarles a las víctimas su libertad.

***

Por la tarde, después de haber salido del hospital, la familia de B acudió a la fiscalía para levantar una denuncia. Llegaron alrededor de las cuatro, pero no los atendieron hasta las siete. Michelle y su madre fueron las únicas que entraron a declarar. Con los ojos enrojecidos por el desvelo y un hambre que empezaba a traducirse en un dolor de cabeza, pasaron dos horas sentadas en una oficina relatando de principio a fin cómo había ocurrido el delito.

Por su parte, la fiscalía prometió que empezaría a investigar y que contactaría a la familia de B tan pronto como supiera algo. Nunca los contactaron. Han pasado casi cinco años desde aquel entonces y su denuncia permanece sepultada en los archivos pudriéndose entre el polvo y la humedad.

Por supuesto, no se trata de recuperar lo perdido; se trata de que haya justicia. Si lo segundo nunca llega a pasar, al menos los consolaría saber quiénes fueron las personas que los asaltaron. Así detectarían a tiempo si aún los vigilan o se pondrían en un lugar seguro en caso de topárselos por la calle. Eso es lo que piensa la familia de B.

 
El Salvador: una zona gris

La colonia El Salvador es un paisaje de casas bajas y zaguanes despostillados. Se encuentra a un costado de la carretera federal a Tehuacán, en la salida Este de la ciudad de Puebla. La mayoría de gente que vive aquí percibe un salario promedio de 7 mil 380 pesos al mes.

La familia de B llegó a esta zona a principios del año 2001. Habitada tanto por gente de clase trabajadora como por profesionistas. La colonia El Salvador era entonces un lugar agradable para vivir. Pese a estar ubicada en las afueras de la ciudad, —esa zona gris conocida también como periferia—, contaba ya con todos los servicios públicos. Había escuelas y comercios y la mayoría de las calles estaban pavimentadas. Era, en suma, un barrio tranquilo que brillaba por su sencillez.

Fue después que aquel brillo se perdió. No sucedió de la noche a la mañana, sino más bien de manera gradual. Lejos de que mejorara la infraestructura, la delincuencia en la zona empezó a crecer, y el Salvador acabó convirtiéndose en un lugar inseguro. Los bajos salarios, la falta de oportunidades, o la poca vigilancia por parte de la policía, son algunas de las razones que los vecinos le atribuyen a este fenómeno. No se debe criminalizar a la pobreza. La inseguridad en las colonias populares tiene que ver con muchos factores.

La casa de la familia de B es de dos pisos con nueve piezas en total. Sala, comedor y cocina en la planta baja; cuatro dormitorios y una pequeña estancia en la segunda; más un baño completo, una cochera y una terraza junto al jardín. En realidad, no es diferente de otras viviendas en la colonia, pero fue la suya la que siete hombres y dos mujeres eligieron aquella noche para asaltar. Aquí, en El Salvador.

 
A sangre fría

Ocurrió la madrugada del sábado 21 de abril de 2018, entre las cuatro y cuatro con diez de la mañana. Un tiempo corto en realidad, pero que para B representaron los minutos más largos de su vida. Nunca imaginó que en su propia casa —hasta entonces un lugar seguro— pasara del miedo al terror, del terror a la parálisis, de la parálisis a la angustia y, finalmente, a la impotencia y desesperación.

Entraron violando la cerradura del zaguán, el único modo de acceder a la casa desde la calle. Vestidos los siete hombres y dos mujeres con ropa de civiles, la cara descubierta y un arma de fuego en la mano cada uno. Avanzaron cinco metros en la oscuridad, por la cochera, hasta toparse con la puerta del recibidor.

En ese momento, el perro de la familia empezó a ladrar, un french poodle que aquella noche había dormido en el cuarto de Madelayne. El padre de B se levantó por el ruido y miró a la calle por la ventana. Nada. Las cortinas estaban echadas y todo aparecía sumido en la profunda quietud. Sólo dos casas más allá, en la otra acera, un coche azul permanecía estacionado con las luces prendidas, pero antes de que el padre de B pudiera comprender algo la puerta de abajo se abrió. Los asaltantes acababan de entrar.

Lo que sigue es una sucesión de imágenes caóticas, de gritos y caras de espanto, de golpes y más golpes y cabezas ensangrentadas, y una bala. Una sola bala, siendo disparada con su cola de fuego en cámara lenta cerca del cuerpo de Madelayne.

El padre de B salió de la habitación que compartía con su esposa, la madre de B. No tuvo tiempo de reaccionar. Apenas avanzó un metro por el pasillo y entró en la pequeña estancia, cuando un hombre alto y corpulento se abalanzó sobre él y lo golpeó en la cabeza con la cacha de la pistola.

—¡Quieto, cabrón! —dijo el hombre alto y corpulento en la oscuridad.

Entonces el padre de B cayó de bruces al piso y los demás asaltantes empezaron a subir.

Michelle abrió los ojos cuando su puerta se vino abajo. Estaba en short y camiseta, así que lo primero que hizo fue cubrirse el cuerpo con las cobijas cuando vio a dos hombres armados entrar en su habitación. Luego quiso correr, pero no pudo. Las piernas no le respondieron, y su respiración se había empezado a agitar.

—¿DÓNDE-ESTÁ-EL-PUTO-DINERO? —Michelle escuchó que gritaron afuera, en otra habitación.

La pregunta iba dirigida para la madre de B. En su recámara, un hombre y una mujer la tenían sometida de los cabellos, y la llevaban de aquí para allá pidiéndole el efectivo, cosas de valor o joyas que la familia pudiera tener.

Entonces los dos hombres tomaron a Michelle de los brazos y la llevaron a rastras junto a su padre, quien a pesar del golpe aún estaba consciente. Ella se puso de rodillas y lo abrazó. Le acarició con dulzura el pelo y le pasó una mano por la mejilla, pero al sentir su barba rasposa y ver que éste tenía la cabeza bañada de sangre, un sentimiento de rabia se apoderó de su ser y empezó a sollozar.

Durante todo este tiempo, B había permanecido encerrado en su cuarto. Fue tras el golpe de su padre que se despertó. Estaba solamente en bóxer, así que ahora, semidesnudo, echaba todo su peso contra la puerta para que los asaltantes no pudieran abrir.

Ésta fue su primera reacción, su instinto de supervivencia, pero apenas recobró el sentido común pensó en sus hermanas. Se acordó de ellas y se preocupó. Ambas estaban afuera. Una idea cruzó por su mente: también se las podían llevar. Así que él mismo quitó el seguro y retrocedió dos pasos alejándose de la puerta.

Cuando los hombres lograron entrar, atropellándose, lo primero que le dijeron fue:

—Te crees muy chingón, ¿no? —Y, acto seguido, le apuntaron con una pistola en la frente. Entonces la mente de B se bloqueó. Por instinto, levantó las manos, pero su memoria fue incapaz de retener la cara de los asaltantes. Blanco sobre blanco, sólo el frío del metal presionando contra la frente, su cuerpo paralizado por la impresión, la respiración detenida, el rostro con una mueca de espanto.

Abrieron después la recámara de Madelayne, mientras sacaban a B de su cuarto. Ella también había echado su peso contra la puerta, de manera que, cayó de espaldas al piso cuando ésta se derribó. Los encargados de sacarla fueron un hombre y una mujer. De pie en el umbral, vacilaron un momento cuando el perro empezó a gruñir, pero enseguida le dieron una patada y se deshicieron de él.

Por supuesto, todo sucedió muy rápido. El hombre y la mujer entraron. Madelayne, de espaldas al piso, los miró aterrada y empezó a gritar. El hombre y la mujer le dijeron que se callara. Madelayne, como pudo, se arrastró por el suelo para alejarse de ellos, levantó los pies y se defendió con patadas. El hombre avanzó más rápido, la golpeó en el piso, como si lo disfrutara, luego sacó el arma, le apuntó en dirección al cuerpo y le disparó.

B sigue viendo en sueños aquella mano empuñando el arma y el chispazo de la pistola. Le parece escuchar todavía aquel sonido ensordecedor. Recuerda que en ese momento sus piernas se vencieron, sintió un hueco en el estómago, como si algo o alguien tirara dentro de él, y dijo:

—No.

Luego sacaron a Madelayne de su recámara y se la entregaron a B. Él la abrazó y empezó a esculcarla. No, nada, ni sangre ni heridas externas. Fue hasta que los llevaron a la pequeña estancia —donde estaban su padre y Michelle— que B se dio cuenta de que Madelayne tenía el codo dislocado, como un lápiz partido por la mitad.

A partir de aquí las voces de los asaltantes se mezclaron con las súplicas y el llanto de la familia de B. Hubo un: «¡Al suelo! ¡Todos al suelo, ya!». O: «Ya les entregué todo lo que tenemos, ¿qué más quieren? Ya déjennos, por favor…». Y hasta: «Al chile, era mejor esto, carnal. El plan original era secuestrar a tu hijo». Hubo oscuridad, pues los siete hombres y dos mujeres apenas si encendieron la luz. No hubo ningún Dios y, en ese momento, B quiso saber dónde estaba.

Finalmente, los asaltantes reunieron a la familia de B en la pequeña estancia. Les hicieron hincarse en el piso, las manos levantadas, y les pusieron la pistola en la nuca. El hombre alto y corpulento volvió a aparecer. Les dijo que se callaran, que dejaran de temblar, que no les había pasado nada. Luego los mandó al baño, advirtiéndoles que por ningún motivo fueran a salir… Y fue entonces que todo terminó. La casa quedó en silencio, y tres patrullas de la policía estatal llegaron veinte minutos después.

 
De él a yo

Llevo toda mi vida conociendo a B. Su historia me atraviesa por cada uno de mis poros. Tenemos en la sangre la misma rabia y sufrimos del mismo miedo: el de sentir que, por más que han pasado los años, en este país lleno de injusticias, vivimos con un arma apuntándonos en la frente de la cabeza. El cañón de la pistola está ahí, presionando contra la piel que recubre el hueso, como una marca imposible de quitar. ¿La razón? La razón es que se trata de mí. La razón es que yo soy B.

Varias veces quise escribir esta historia, para exorcizarla más que para inmortalizarla, para generar preguntas más que para obtener respuestas, pero por más que traté no pude hacerlo. Al poner en palabras las imágenes sobre el papel, éstas perdían la fuerza con que mi mente las había pensado. No transmitían lo que quería decir, y yo entonces me sumía en la desesperación. Pero ahora lo sé. No estaba listo, y en la casa seguía habiendo mucha oscuridad.

Probablemente, también se debiera al género. Lo que entonces quería escribir era un cuento, después un relato de no-ficción. Sin embargo, fue hasta que empecé a escribir crónica, ese ornitorrinco de la prosa del que habla Villoro, que comprendí que sólo de esta manera se podía contar. Si al final he decidido distanciarme del relato, narrar la historia desde afuera, ha sido para no caer en la autocompasión.

Por supuesto, esto no lo ha hecho más fácil. La experiencia aun así ha sido catártica. Además de llevar a cabo toda una investigación y de sentarme con cada miembro de mi familia para saber lo que recordaban o, mejor dicho, cómo lo recordaban, tuve que enfrentarme a mi yo de esa época y revivir la pesadilla otra vez.

Por eso, ahora creo saber una cosa. Creo que por sí sola mi historia no es importante. Lo importante es la historia más grande que la rodea: la de un país azotado por la violencia y la inseguridad. Esto nos pasó a mi familia y a mí, pero al rato que caiga la noche, por mucho que lamente decirlo, tal vez le ocurra a una familia más.

***

Aquella mañana, Madelayne salió caminando del área de urgencias del Hospital del Niño Poblano. Recuerdo que Michelle y yo la vimos y corrimos hacia ella. Llevaba una férula en el brazo y aún seguía atontada por la anestesia, pero ya no corría peligro, estaba bien. Mi madre nos explicó que había entrado con el médico porque Madelayne había empezado a delirar, de ahí que fuera preferible que estuviera su tutor. Luego los cuatro salimos del edificio y nos reunimos con mi padre, que ya nos esperaba cerca de la entrada principal. Pero no nos dijimos nada. Tampoco lloramos o una cosa por el estilo. Solamente nos miramos, dimos media vuelta y echamos a andar hacia la calle. Estábamos vivos, eso era lo que teníamos que saber, y aquel sol que caía sobre nuestros rostros lo confirmaba. El aire entraba con regularidad a los pulmones, y se escuchaba el trinar de las aves en el jardín de enfrente. Se trataba, sin duda, de una bella mañana de abril.

 
Una medicina particular

Los siete hombres y dos mujeres no se llevaron joyas, porque no había joyas. Tampoco computadoras portátiles o tabletas, porque sólo teníamos una PC de escritorio que no se molestaron en desconectar. Lo que sí se llevaron fue una televisión, la única de la casa; un Xbox 360 en el que jugaba con mis hermanas Naruto: Ultimate Ninja Storm; cuatro teléfonos de gama media; unos tenis Nike y treinta mil pesos en efectivo —sumando los ahorros y la venta del negocio del día anterior—. ¿Fue poco? ¿Los asaltantes esperaban encontrar más? ¿Habría sido peor si no se hubieran llevado nada?

Mi familia y yo discutimos de eso a veces, sobre todo cuando uno de nosotros recibe una llamada extraña, sueña con algo o siente que lo han estado siguiendo. Entonces nos convencemos de que fue poco, muy poco, y de que no volverán. Luego nos acordamos de Michelle y su fuerza, de Madelayne y su dolor, y volvemos a asombrarnos de valientes que fueron. Nos reímos y en ocasiones nos abrazamos. Hemos descubierto que sólo la risa es capaz de aplacar el miedo que hay en el corazón. Desde hace casi cinco años que vivimos así.

Puebla, Puebla, 28 de febrero de 2023

 
Dedicada a mi par




Bryan Hernández (Puebla, 1996). Es licenciado en Comercio Internacional por la BUAP. Ha publicado cuentos y textos de opinión en Cultura Colectiva, revista Sputnik y RadioBuap.com. Ganador del concurso “Mi historia lectora”, ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA-PUEBLA 2022). Actualmente es estudiante de la Maestría en Literatura Aplicada en la Universidad Iberoamericana de Puebla y colabora con el medio independiente Manatí.

 

Punto en Línea, año 16, núm. 109, febrero-marzo 2024

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fecha de la última modificación 13 de febrero de 2024.

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