Mientras dormía
Monserrat Ortiz
Un instante de sopor parpadeante
cuando tus ojos de gato se van cerrando
como abanicos,
entregas la gravedad a los párpados
y tu cuerpo se precipita
obediente
sobre la cama;
inhalas hondo el aire tibio de la recámara,
lo sacas
con fuertes retumbos desde la nariz;
roncas, sueñas cosas
aunque no recuerdes cuáles;
Te siento cuando hundes el lado izquierdo
de la cama
despierto de mi propio sueño, te observo:
qué maravilla es soñar contigo,
que sueñes a mi lado,
y soñar contigo junto a ti,
con la esperanza en que también
estés soñando conmigo.
Te miro vulnerable, quieto, calmado entre el sopor
y comienzo a soñar despierta
contigo:
qué prodigio cuando tu padre abandonó
su tierra de volcanes
para conocer a tu madre
en ese pueblo de hojas de palmeras,
caminar juntos entre casas de adobe
entrar en una
amarse
y fundir sus células para crear una sola:
la más grande
qué milagro que el cuerpo de tu madre hiciera
lo imposible
por entregarte un refugio seguro
obsequiarte la mitad de sus nutrientes
avanzar con el peso de tu vida
entre las brasas del Istmo
mientras acariciaba tu silueta esférica
con un huipil tehuano.
Te miro y me estremezco:
cansado, con tu boca de niño sellada, tibia
bajo esa nariz con marcas de anteojos
labios que se entreabren como ventanas
lentos
duermes y abrazo tu infancia de pies descalzos
sobre la tierra, el pasto y la hojarasca,
tus primeros lentes de botella
tu primera guayabera, pequeñita
Te sueño soñando sobre tu hamaca
paseándote en búsqueda de tus flores favoritas:
Guie-chachi
arrancándolas para perfumar el comedor de tu casa;
tú a los dieciséis andando en bicicleta
por caminos de tierra sin camino,
tú revolcándote a mitad del río fangoso
con los ojos asombrados, receptivos
a la espera de ver un cocodrilo
tú picando flores en el campo
en tu casa
o en el panteón municipal;
tú recitando un poema en la escuela rural,
tú el día en que incendiaste la carpintería de tu padre
cuando jugabas con fuego.
El fuego te hizo, de él naciste, eres incendio.
Te miro y recuerdo
el día en que te miré por primera vez:
durante un segundo
supe que querría mirarte para siempre.
El primer paseo que nos duró un suspiro
más largo que un relámpago
la escapada al mar,
las promesas de amor
frente a la iglesia de Santo Domingo,
nuestra primera vez
en la penumbra y sin silencios,
la primera cita donde te propuse
quedarte conmigo para siempre.
Con tus propias memorias
recuerdo la primera vez que alguien más
tocó tus labios con sus labios
y cómo decidiste
que no eran esos los que serían tuyos
porque, en vez de estancarte
a la primera
y con la primera
supiste que debías esperar,
salir,
viajar,
conocer cientos de bocas
hasta encontrar la mía;
esta boca abierta, atónita
que ahora reposa junto a tu almohada
y espera
a que despiertes para decirte:
"buenos días,
cuánto te extrañé mientras dormías".