Carbón Seguro que ahora duermes, a lo mejor sueñas. Qué bueno, síntoma de que no has muerto. Así hoy, antes de comenzar el insomnio, te mantengo en mi mente. No sé bien qué hagas durante el día ni qué te siga provocando, pero no pensaba en regalarte un diamante, porque son caros, fríos, brillosos, secos, sosos, no me gustan; tampoco más de cuarenta poemas porque ya no hacen mella en ti; ni siquiera un manojo de flores porque se marchitan a los tres días; prefiero darte con mis manos un trozo de carbón incandescente, rojo, encendido, vivo, para iluminarte en la oscuridad. ¿Lo quieres?
Todo el tiempo he caminado sobre una línea, directo al fracaso. Es más fácil esnifarlas que mantener el paso, respirar y de vez en cuando levantar la cara para escupir odio con dignidad. Nunca he tenido brillo en los ojos, desde niño me encargué de que así fuera. Contaba del uno al diez, sumaba, restaba. Enumeraba mis frustraciones. Por ese entonces ni soñar con televisión a color, atari o computadoras. Me entretenía mirando por debajo de la puerta las peleas entre pandillas, el morbo era más fuerte que mis miedos, me batía de lodo y polvo; no me gustaba, pero lo hacía. Evitaba la ventana por cuestiones de seguridad, según mi madre, los proyectiles podrían lastimarnos. Los vidrios estallaban en pedazos y no era prudente que, aun detrás de la cortina, los pandilleros reconocieran nuestros rostros. Cerraba los puños, me provocaba heridas en los dedos, era común que alrededor de mis uñas hubiera sangre. Me comía los pellejos de puro coraje. De desesperación, no de miedo; coraje y desesperación.
Ilustraciones:
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Israel Chávez Reséndiz (México, 1982). Egresado de la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Trabajos suyos pueden encontrarse en el blog www.elsobacodemihermana.blogspot.com, mismo que es administrado por el autor. |