Bitches Bew
Cerca de la media noche, Duke Ellintong dejó el hoyo y sentó sobre la tumba, observando la lápida vecina de Miles Davis. Duke Ellintong observó la luna llena y se quedó tamborileando los dedos sobre el cemento de la tumba.
Miles Davis llegó atrasado. Todas las noches era lo mismo. Miles Davis estaba con los ojos rojos y no paraba de frotarse el callo del labio superior en el callo del labio inferior. Duke Ellintong creía que la manía de Miles Davis era muy fea y saludó al trompetista:
“¿Cómo estás, Miles?”
“Muerto, como siempre, Duke.”

“¿Todavía pondré a ese muchacho en la banda?”
Miles Davis también observaba la luna llena y no habló nada.
Duke Ellintong pensó:
“Él es extraño, piensa mucho.”
Miles Davis movió la mano como si apretara las válvulas de la trompeta.
Duke Ellintong preguntó a Miles Davis:
“¿Has practicado, Miles?”
“No, sólo escucho, Duke.”
“¿Y qué es lo que escuchas, Miles?”
“Escucho secuencias de notas, timbres e intensidades.”
Duke Ellintong creyó que la respuesta de Miles Davis era obvia y que Miles Davis siempre hablaba de cualquier cosa. Entonces, Duke Ellintong dijo a Miles Davis:
“No entendí lo que quieres decir, Miles.”
“No es necesario, Duke.”
“Pero yo siempre quise entenderte, Miles. ¿Aquella música que hacías con los chicos. Eso era jazz?”
“Sí, sí, sí, Duke, usted es un campeón. No necesita ser tan anticuado.”
“No es eso, Miles. Es que aquellas improvisaciones eran hechas sobre ninguna armonía.”
“¡Qué bien que le gustó, Duke!”
“Una nota sin armonía cambia cualquier nota.”
“Sí, sí, sí. No, Duke, una nota suelta, libre del acorde, contiene todas las armonías.”
“Tú todavía eres joven, Miles.”

“Sus armonías eran tan perfectas que las notas también quedaban libres.”
“Eres muy intelectual, Miles. La música, si se hace, es con el corazón”
“Sí, sí, sí. La música junta a la banda porque es divertido.”
“Mira, quién habla. El que pasó toda la vida deprimido, malhumorado.”
“Sí, sí, sí. Heroína, sueños extraños, mujeres. Mujeres, Duke.”
“¿Ellas adoraban a la banda, eh, Miles?”
“Sí, sí, sí.”
“¿Miles?”
“¿Qué pasa, Duke?”
“¿Cómo se llamaba ese, tu disco loco? Aquel con los chicos, cada uno tocando por un lado diferente… tenía un guitarrista inglés, creo.”
“Era Bitches Brew, pero la banda tocaba del mismo lado.”
“No importa, Miles. Yo quería saber si Bitches significaba putas, perras o brujas.”
“Sí, sí, sí. Con permiso, Duke.”
Miles Davis sacó una jeringa del saco dorado con lentejuelas, agarró un puñado de tierra y lo diluyó en el agua de lluvia que comenzaba a caer.
Duke Ellintong, inmóvil, se quedó viendo a Miles Davis inyectarse el líquido marrón en una vena de la pantorrilla, de la pierna delgadísima.
Miles Davis tosió, escupió a un lado y le dijo a Duke Ellintong:
“Descanse en paz, Duke.”
Duke Ellintong escuchó el sonido de la lluvia cayendo, el timbre de las gotas golpeando la tierra, en cada tumba, escuchó una sirena de ambulancia a lo lejos, el eco de un cachorro latiendo en un callejón, una carcajada de mujer, el viento, muchachos que corrían por la calle pateando latas vacías. Y se dijo:
“Mañana llamo a ese chico para tocar en la banda.”
Bird y algo
Charlie Parker tocaba de poca madre y él lo sabía. Él debería de estar muy feliz, finalmente, se ganaba la vida haciendo lo que quería, tenía una mujer bonita, inteligente y cariñosa, además de ser el mejor de todos.
The Bird. Todo el mundo amaba al Bird.
Pero no.
Charlie Parker no se contentaba con ser el mejor, con vivir diariamente aquella cosa excitante del jazz, aquella sensación única que pintaba durante las improvisaciones, aquellas miradas de alegría pura con los otros músicos, etc., etc., etc. Charlie Parker quería algo, un cambio más allá de los sentidos, además de la propia vida. Todos los días Charlie Parker se despertaba pensando en algo. Y el modo más simple de olvidar algo era fumando un cigarro. Charlie Parker tardaba unos siete minutos para fumar un cigarro y, después de que los siete minutos pasaban, volvía a buscar algo. Por tanto, Charlie Parker pasaba todo el día fumando cigarros y queriendo algo. Querer algo era tan angustiante, que Charlie Parker necesitaba más que el cigarro para olvidar ese algo. Entonces, Charlie Parker bebía alcohol, y, al estar borracho, era casi como si algo estuviera con él. Pero, para eliminar el ansia por algo, tan sólo por algunas horas, Charlie Parker se inyectaba heroína.

Charlie Parker no quería morir sin encontrar algo. Desde entonces, Charlie Parker dejó de fumar, de beber, de inyectarse, y descendió al infierno. Y en el infierno de la abstinencia no había algo, ni música. Sólo estaba el diablo. Sin algo y sin música, Charlie Parker comenzó a vagar por ahí, tropezándose con las cosas, sin ganas de improvisar. Era como si le hubieran cortado las alas a Charlie Parker. La mujer de Charlie Parker cuidaba de él, le daba todo lo mejor, y Charlie Parker no le prestaba atención. Cuando iba a tocar con la banda, Charlie Parker no sentía nada. Ni pensaba, Charlie Parker no pensaba. Todo el tiempo era sólo aquella fisura por algo.
Hasta que un día de esos, por ahí, Charlie Parker, abstemio, infeliz, no aguantó, fumó un cigarro que ilumino su cara, se picó y tocó de poca madre. La banda elogió los movimientos y las habilidades de Charlie Parker.
Charlie Parker volvió a ser el Bird de siempre, fumando, bebiendo, picándose, escuchando elogios, fue cuidado por su mujer bonita, inteligente y cariñosa, muriendo, tocando de poca madre, en aquella angustia, sintiendo la falta de algo.

Ilustraciones:
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André Sant'Anna (Belo Horizonte, 1964). Vivió en Río de Janeiro y fue bajista del grupo Tao e Qual de 1980 a 1990. Es autor de Amor (Oito e Meio, 1998), Sexo (Ficções, 2000), Amor e outras histórias (Cotovia, 2001), O Paraíso é bem bacana (Companhia das Letras, 2006), Inverdades (7 Letras, 2009) y O Brasil é bom (Companhia das Letras, 2014). Actualmente vive en São Paulo y trabaja como redactor publicitario.
Ramón Peralta (México, 1972). Escritor y fotógrafo, estudió Antropología social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.