El sol doraba la arena y las olas se columpiaban en el borde del pacifico, alegrando la vista y el oído. El faro rayado imponía a lo lejos, cruzando la boca de la laguna de Chacahua. Algunos turistas nos manteníamos callados, como en una meditación telepática. Mirábamos el horizonte medio azul, tostado por los rayos del sol, con una canción de los Caifanes elegida por unos chilangos que llevaban pocos minutos de haber llegado en una mamaván noventera, decorada con estampas de los Pumas, de Real de Catorce, de Santana.
Otra mañana en la enramada.
Los que apenas despertaban saludaron a los nuevos vecinos con frases cortas y alzando las cejas en señal de quiobole. El suave ir y venir del mar adoptaba ritmos que surgían luego como ecos, sonando firme al fondo de nosotros, distrayéndonos cuando las olas caían con mayor fuerza. Contrario es, reflexionaba, cuando el sonido es cortado repentinamente y nos sentimos incómodos por el vacío del silencio, demasiado conscientes de nuestra propia voz.
Tras haber reposado un rato en la hamaca, pasé a sentarme en una de las mesas y presté atención al panorama: una toalla blanca, un niñito corriendo encuerado, las señoras vendiendo pescadillas, la extranjera con muchas pecas en los hombros, una carcajada estridente, un perro dormilón bajo una sombra, las sillas de Corona, la parejita de novios contemplando el filo del agua. Un día de arena y olas, junto a esta soberana caguama helada, lejos del deefe, lejos de todas esas logísticas petrificadas. No habrá tráfico, ni alumnos, ni nada de eso, pensaba rascándome un piquete de mosco que sobresalía como chipote en mi tobillo.
Recuerdo que la primera vez que vine a esta playa fue en el noventa, cuando sólo era visitada por biólogos y oaxaqueños de pueblos cercanos; de vez en cuando un par de güerillos. Nada más. Cerro Viejo, aunque muchos siguen sin creerme, era un comedor turístico infestado de camarones. Ahora todo allá parece desierto y el poblado de Chacahua creció muchísimo desde entonces. Hoy alberga, más que nada, sujetos con el organismo saturado de drogas y hippies chavorrucos —como yo— provenientes de todas partes del mundo.
Los chilangos sustituyeron a los Caifanes por Juan Cirerol y comencé por entablar una conversación con uno de ellos. Tenía una forma muy lenta para articular las palabras, y a todo contestaba con alargados ¡ah! ¡va! ¡va¡ ¡va!. El de cabello chino tocaba la batería en una banda, que según me dijeron, era muy famosa en la cultura underdog del distrito, así lo afirmó.
Lagunas de Chacahua.
A veces es raro y se siente uno en otro país, en un territorio del Caribe o en algún recóndito punto del continente africano. Por ejemplo, la sensación se sostiene si el silencio se adueña del espacio y nadie dice una sola palabra. Una imagen que experimenté el día que llegué me produjo este pensamiento: el sol cae mientras un naranja encendido se esconde detrás de la figura de un lanchero de piel lampiña, recargando su cuerpo semi desnudo sobre el poste que divide un restaurante del otro. La sensación de estar en África se quiebra cuando el señor chifla y, en un acento costeñoamexicanado, le menta la madre a un amigo suyo que cruza a orillas del mar, riéndose luego con una sonrisa contagiosa.
Sonaba fuerte la música en las bocinas de los chilangos, ¡Pa’ besarla de pies a cabeza! ¡Llevarla a Guaymas para pasear! Dos de ellos se mantenían con las piernas estiradas, haciendo hoyitos sobre la arena con la punta del pie, dando largos sorbos a sus caguamas y bromeando entre sí; recordando momentos vergonzosos acerca de personas que sólo ellos conocían, muy contentos, con ganas de emborracharse de una vez por todas a pesar de ser tan temprano. Una de las dos mujeres del grupo se pasaba buena parte del día jugando con Sandrita, la nieta más pequeña de Doña Mónica —dueña de la palapa—: niñita de menos de dos años que apenas articulaba una veintena de palabras pero que, sin queja, corría de un lado a otro, sobre la arena quemada, con sus piernitas a punto de quebrarse, dándose duros trancazos a cada rato, sin hacer un sólo lloriqueo.
Minutos después de volver a recostarme en la hamaca —trataba de leer un libro que hablaba sobre Montevideo y un hombre que fumaba cigarro tras cigarro— surgió de entre la multitud de turistas. Su presencia, como un latigazo, se posó frente a mí.
Veintiséis años tenía sin verla. Una helada profundidad sentí sobre el pecho. Me quedé sin aliento.
Lucía.
¡Carajo, Lucía!
Súbitamente me invadieron lo recuerdos. Caminaba sobre la arena a paso pausado. Sola. Alta, de cabello castaño, de labios color granada, piel pálida, cuello alargado y perfil elegante. Vestía un traje de baño completo color azul, coloreaba el paisaje con su andar, sus largas y desnudas piernas y aquellos ojos que sirvieron de materia prima para un montón de ridiculeces que escribí a los diecinueve o veinte. El mundo se caía a pedazos y las alusiones a mi juventud me aplastaron de imprevisto. El rumor del mar había dejado de balancearse, sentía el estómago hecho un puño. Se secaba el pelo en un gesto que parecía sacarle más brillo.
¡Chicos, ya llegaron las chocobananas! ¡Paletas para aliviar la diabetes!, anunció un señor barrigón y bonachón, apareciendo de la nada, bromeando, impidiendo que la mirara por varios segundos. Pero ahí seguía. Era ella. Se veía igual de bella que a los dieciséis, pero ahora contaba con un semblante más serio, cargado de madurez. Quién sabe qué tantas cosas le sucedieron en los últimos años…
Su figura era reconocida por todos, irradiaba luz y sublimidad en cada paso.
De jóvenes conspirábamos sobre los motivos de su extraordinaria belleza. Era tan bella que destruía. Iván Deguer —amigo en común de esa época— decía que Lucía realmente no era hija de sus padres, sino más bien había sido producto de una violación acometida mientras su madre dormía. Que Zeus convertido en cisne la había violado una madrugada, que el acto sexual que produjo su nacimiento era un poema de Rubén Darío. Zeus transformado en cisne, en una casa de Cuernavaca. La broma de Gerardo provocaba que habláramos largo rato sobre cosas bellas —únicas en la historia— producidas a partir de catástrofes.
A orillas del mar, un señor con gorra y lentes de sol, que vigilaba a su hijito, no pudo contenerse y volteó. Yo seguía echado en mi hamaca con el libro del uruguayo sobre mi panza. Se aproximó a la sombra, echando reojos al mar. Saludó, en una de las palapas de junto, a tres personas que tenían pinta de fifís. La primera de ellas tenía un sombrero de palma, larga y flaca, con lentes de carey y al ver la llegada de Lucía se levantó para saludarla de beso. La tomó de los hombros, dobló los codos para después recargar su mano a la altura del pecho y realizar un respiro de alivio, como si Lucía hubiera sido acechada por algún peligro horas antes. Los otros dos se mantuvieron en la mesa, saludándola con gesto amable, fingido.
Había un montón de sillas y tiendas de campaña que hacían que mi vista fuera incierta. La acechaba desde mi hamaca, entre líneas y espacios abiertos. Si yo movía un poco la cabeza podía verle distintas partes del cuerpo, si me movía un poco más sólo aparecían sus manos. Compartíamos los mismos doscientos metros cuadrados. Me distraje otra vez con el rumor del paisaje, con un bolero que ahora sonaba a la distancia, con una conversación entre un alemán y Doña Mónica. Todo al mismo tiempo. Pero era imposible olvidarme de ella, sabía que con tan sólo girar ligeramente la cabeza podía verla y contemplar mi propia juventud, el origen de muchas cosas. Gracias a ella empecé a comprender la vida y la literatura: en una sola palabra, la felicidad.
La recuerdo todavía abriendo la puerta de su casa —casi treinta años tendrá eso— contenta, invitándonos a pasar con otros amigos al jardín. Caí embobado con su ligera voz ronca. Eran los años de preparatoria. Una noche iba con mis amigos en la Caribe amarilla, que apodábamos “La Piolín”, y me advirtieron que iríamos a una fiesta. Vivíamos todos en Cuernavaca. La casa de Lucía estaba sobre Avenida Palmira, una casa antiquísima que su abuelo, un exiliado español que se codeaba con Louis Malle y María Dolores Pradera, le había heredado a su padre.
La contemplé toda esa noche. Subía y bajaba las escaleras, entre pláticas con los amigos de sus padres, que conversaban en la sala, y junto a nosotros que tomábamos cubas en la terraza del jardín. Qué maravillosa me pareció desde el comienzo. En sus ojos advertí el paradigma, su inaudita singularidad.
Pasamos solamente una Semana Santa juntos, una Semana Santa de huidas y secretos. La vez en que nos venimos a esta playa sin permiso. Solos. Y yo la adoraba en una forma casi religiosa. Pero desapareció. Desperté y ya no estaba. Ni una palabra, ni una sola nota. Busqué respuestas y jamás las encontré. Volví a Cuernavaca y su padre me recibió con la amenaza de matarme si intentaba acercarme de nuevo a su hija. No tuve más remedio y me di por vencido. El paso de los años me ayudó a olvidarla aunque nunca por completo ¿No son los grandes amores un par de imágenes que se recuerdan toda la vida?
Sentía unas ganas profundas de hacerme notar, pero previne a la vez un temor enorme. Veía su figura como un brillo acerado. Su cuerpo etéreo y firme. Colocó su toalla en la arena y se sentó con las rodillas frente al pecho.
Lucía, ¿Cómo has estado? Me da gusto verte… Eso es lo que debería decir. Pero no, nada de eso…
Alrededor de la una regresó a la mesa donde había dejado su bolsa. Se perdió de mi vista por unos veinte minutos. Volvió después vestida de blanco, en compañía de un hombre y un niño.
Levantó la mano y dijo adiós a sus amigos. Reconocí la voz de siempre. El tiempo se quebró y cayó el peso del presente y la distancia. La brisa fue a parar en su cabello. La ola encalló su rumor en una descarga de espuma. Me invadió una especie de ahogo, una pena infinita, como si de alguna forma hubieran anudado un hilo en mi garganta.
Los chilangos ya estaban bastante borrachos. Me uní a la celebración. Me di cuenta luego de que tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no dije nada.
Hundí las manos en los bolsillos de mi traje de baño. La dimensión del horizonte aturdía. El sol revoloteaba con el agua. Me entretuve dibujándola mentalmente.
Cuando decidí por fin acercarme ya era demasiado tarde.