Falsos Odiseos, de Gabriel Rodríguez Liceaga
Falsos Odiseos
Gabriel Rodríguez Liceaga
México, Cuadrivio Ediciones, 2017

Merodeando en esa serie de posibilidades, hace un par de años cayó en mis manos Niños tristes (2013) del narrador Gabriel Rodríguez Liceaga (Ciudad de México, 1980), libro de cuentos de singular ironía, tragedias situadas en la Ciudad de México, con una suerte de cotidiana alerta y de una sensibilidad minuciosa ante el carácter de la cultura defeña. Una imaginación atenta que construye paisajes que nunca dejan de ser entretenidos. Hay cuentos memorables, como "Los Werners falsos" o "Dioses con ojeras". Llámese esto recomendación o sobresalto ante un mercado literario que se inclina con urgencia ante el horror e ilustra y quiere conmover hasta la lágrima, procurando sospechosamente los buenos sentimientos.
Rodríguez Liceaga volvió a atraparme con su libro más reciente: Falsos Odiseos (2017), publicado por Cuadrivio Ediciones. Diría que, con una narrativa que va ganando filo con el paso de los años, es un libro monterrosiano integrado por una serie de relucientes cuentos y microrrelatos, en su mayoría pequeñas historia de una sola página, títulos que de escoger otro camino podrían tomar la estructura de la novela, pero no es el caso: esa posibilidad queda en el imaginario del lector. “Había una vez un trabajador de la mar que quería, antes de morir, ver en persona un enorme edificio”, dice el escritor en "Piso cuarenta y ocho". Pienso en el final de la célebre novela decimonónica Bel Ami (1885) de Guy de Maupassant, cuyas últimas páginas dan la impresión de ser el comienzo de otra historia totalmente renovada.
Un pueblo que aspira a un quimérico progreso es descrito con destreza en "Jiquilpan, ciudad abierta": la denominación de “pueblo mágico” como máxima desventaja. El olvido de los maniquís de aparador en "Jamás les crecerán las uñas": estatuas de plástico que sirven de figuras derrotadas en un mundo que ya no los considera; ahora los maniquís en medio de las calles, abandonados, sin cabeza, sucios, derruidos bajo la lluvia. Me vino a la mente La doble vida de Verónica del polaco Krzysztof Kieslowski al leer "Al revés: imposible": el protagonista descubre en Twitter a un sujeto que opina lo mismo que él, y se sobresalta aun más al darse cuenta de que se trata de un gemelo suyo. El paralelismo de las posibilidades.
El hilo de la tradición de figuras como Edmundo Valadés está presente en la obra de Liceaga. Tampoco resulta extraño ver el homenaje a Monterroso, en uno de los microrrelatos que combina la fauna —un mono de la selva en este caso—, la admiración por los libros y el sarcasmo para dar función a una moraleja. Quizás también está cerca de Carver o de Ibargüengoitia, por aquello del asombro ante lo aparentemente inadvertido. Encuentro otra posibilidad al imaginarme estos textos convertidos en comedias cinematográficas, con el tipo de humor de los comediantes ingleses de Monty Python. Termino señalando otra historia de los Falsos Odiseos, en la que se describe un aparato que otorga a las plantas la habilidad de tener pensamientos. “Lo que la planta dijo a través de una bocina y con robotizada voz infantil fue: no soy cenicero”, anota el cuento.
"Nuestras voces se suman en esta hilera de ecos", dijo alguna vez el autor de los Falsos Odiseos a propósito de una novela suya. Esa fila falta que llegue a muchos más. Algunos caballeros de las mesas editoriales comienzan a notar las astucias y ventajas de la pluma de Rodríguez Liceaga. Su novela Aquí había una frontera (ganadora del IX Certamen Internacional "Sor Juana Inés de la Cruz") saldrá a la luz próximamente y será el gran salto del cuento a terrenos más extensos. Por lo pronto tenemos ante nosotros a un ejemplar cuentista.