Gaza
Un fruto cayó del árbol del deseo, porque de ese árbol no había que cortar nada, y para nosotros ese árbol no estaba prohibido. En sus ramas los ángeles habían recargado los pies y se dejaban acariciar por la brisa negra del mar. Ahí no había primeros hombres ni primeras mujeres, ahí estábamos todos, ya viejos y sangrantes: sólo había dos niños que mostraban las palmas de las manos abiertas para que se vieran los músculos y también los huesos.
El árbol era un olivo y los ángeles no eran blancos.
Pero ahora, madre, la lengua se nos ha trabado. ¿Qué haremos? Si no podemos abandonar las palabras. En gargantas sin cuerdas, en bocas sin dientes, llevamos todo lo que tenemos. No tenemos cama, no tenemos polvo, no cargamos nada. El desierto nos traga. Es la franja la que corta por mitad los cuerpos, la que nos da de comer dolor. Yo he visto cómo dejan dos cazuelas llenas de odio hasta la mitad, les escupen, las pasan a través de las alambradas, y cuando una quiere estirar la mano, la piel se le achicharra.
Ésta es nuestra casa. Las ramas que interpretaron los sabios, sus letras sagradas, sus esferas, nos tienen encerradas aquí, madre, en nuestra propia casa. Yo, que nací bajo este árbol, ahora no puedo soportar el sol, es tan fuerte que lo debe de estar secando. Alguna vez salimos a defenderlo, pero ¿qué se hace sin piernas y sin ojos? Las direcciones se pierden, el camino se escapa. La gente es necia, los niños trepan, se les caen las manos, huele a cabello quemado, a hojas quemadas, a piel seca.
Yo seguiré bajo el olivo, aunque los ángeles se vayan. Si me quemo también, madre, planta uno nuevo, cuídalo hasta que crezca, deja que mi carne desnuda lo alimente.
Pequeño poema para el pueblo sirio
Se alzan las velas
ciegas de islas:
el barco parte hacia Brindisi
o hacia Chipre;
la mujer que mira a tierra tiene las manos quemadas,
el rostro negro.
Allá en las ciudades sagradas,
prehistóricas,
arde el deseo de los hombres,
ondean doscientos estandartes.
La mujer ha besado la cruz
pero también hace sus oraciones a la Meca
y a veces recuerda
que en algún punto de su vida
sacrificó carneros
en los templos de ladrillo sepultados.
Su plegaria se extiende ahora
en el ancho desierto del mar
hasta tocar los pies de los niños ahogados,
hasta cobijar los huesos de los que perecieron
en esta masacre
y en la de otro siglo.
El barco se hace pequeño,
se vuelve un bote.
La mujer que mira a tierra
como Isabel de Jerusalén
hace ochocientos años
llora y se lamenta:
“¡Dulce Siria,
que nunca más volveré a ver!".
Qasida imposible
Sólo soy capaz de un balbuceo.
Las sílabas que intento se diluyen.
Igual que el calígrafo
me esfuerzo
por trazar de derecha a izquierda
para llegar al corazón de lo divino.
