Hay niños que nacen con el don de hablar con las mariposas en vez del de
montar a caballo.
El mundo es un almiar desértico de amor, en el que un padre, cualquier
noche, se convierte en un monstruo mitológico. El filo de la ira arde en sus
adentros, impotente en su furia, arremete contra el niño que le regalaba
siempre las flores pequeñas que nacían de sus ojos.
El padre ya no es padre, tiene en la boca una flor negra, venenosa. Su
cuerpo está cubierto de escamas que cortan el aire del alma.
En el almiar desamorado que es el mundo, hay niños que nacen sin saber
llorar.
Pero a llorar (como a sentir) se aprende.
Los hombres que no saben hablar con las flores se convierten en demonios
el día que descubren que su hijo está enamorado de un muchacho.
Sus manos de fiera hambrienta se tornan sobre el cuerpo del niño.
El hijo tiene ahora espinas en la espalda y en su lengua oraciones de polvo.
No pueden hacer nada los grillos, ni la noche que se rompe con el llanto.
No puede la sangre, pedir que se detenga.
Tras la escena no hubo mariposas ni luciérnagas. No se veía la madre.
Ni siquiera Dios.
Ninguno atinó a decir cómo eran las estrellas de los cinco años,
se nos fue olvidando la niñez en alguna esquina de las nubes,
casi perdemos un día nuestro gusto compartido de mirar el cielo,
nacimos en lugares parecidos.
Allá había ranas azules, piedras y arroyos.
Deseaba saber de dónde venían los cuadros que nos adornaban los ojos
cuando el recuerdo de una infancia que quizás también habíamos
inventado.
Quería que por fin una noche abrieras la jaula de tu alma,
que me dejaras ver
la piedra ontológica de la que nació el fuego.
