Era primero de enero cuando dejé la casa. No nos movimos de la cama. Ella a la izquierda. Yo a la derecha.![]() Los trastes sucios, de un mes al menos. Abrí la ventana para que se escapara el olor a podredumbre. Tomé un plato con restos de cereal y comencé a tallarlo con la fibra. Levanté la mirada hacia la ventana. Casi nada de ruido: un auto ocasional y, más tarde, el grito de un niño que me hizo suspirar de alivio. Ya está, me dije. Ese plato era el único reluciente. Contrastaba tanto con el fregadero que suspiré de nuevo. Desde allí escuché su tos, luego un breve gemido y un sorbo al vaso de agua que estaba en su buró. Volví a tallar el plato, eché hacia ![]() —Ni lo pienses —le dije—, recuerda que estamos a punto de hacer ese gasto. —Entonces no hay marcha atrás —dijo en tono de resignación más que de pregunta. —Tú lo decidiste, yo simplemente estoy de acuerdo. —Eres un pendejo. —No puedes tenerlo —grité y le aparté la mano con la que sostenía el saco. —Ahora lo veo —dijo ella—, ahora lo veo. A partir de ahí no volví a verle las mejillas chapeadas, ni la dentadura. Solté el recuerdo. Dejé de tallar el plato. Fui hacia la recámara y la miré de nuevo acurrucada. Volteó hacia mí, le dio otro trago a su vaso y volvió a cerrar los ojos. A mí me dieron ganas de salir. Manejé por toda la calzada Porfirio Díaz. Subí al cerro del Fortín y entré al centro por la calle Madero. La ciudad era un desierto. En un semáforo de Calzada de la República se me ocurrió ir a esa pequeña boutique dentro de Plaza del Valle, gastarme una parte de la quincena en ese saco de pana y animarla un poco. Me entusiasmó tanto imaginar su reacción que apreté el acelerador hasta el semáforo de Avenida Universidad. Ahí me detuve. Es inútil, me dije, es primero de enero y la tienda debe estar cerrada, nada más voy a gastar gasolina. Aún así, una extraña culpa me condujo hasta la plaza. El estacionamiento estaba vacío. Extrañados, dos policías me vieron caminar hacia la boutique, seguro de encontrarla cerrada. Ni un alma, ni un ruido. Y ahí estaba, iluminada, abierta de par en par, con la empleada aburrida, sin ánimo de atender a nadie. Me detuve a dos pasos de la puerta. ![]() |
Ilustraciones: Andrei Vásquez (Oaxaca, Oaxaca, 1982) estudió Diseño y Comunicación Visual en la ENAP, UNAM. Ganó el décimo consurso de cartel de la filmoteca de la UNAM. Es guionista, reseñista de literatura y colaborador de revistas. Como narrador ha sido antologado en Sin mirar atrás y Fantasiofrenia II. |