
Apagó la computadora y miró el reloj: los números rojos de la pantalla bailoteaban: las tres de la madrugada. Se talló los párpados cansados; fue quitándose la ropa mientras se dirigía a la cama. Aunque dejó el foco apagado y entró cauteloso, tierno, en las cobijas, su mujer despertó a medias. Estiró sus brazos tibios con flojera y farfulló un te amo, Julio, antes de volverse a arrebujar en las mantas. Él le besó la frente y se dio la vuelta para dormir.
-¿Me puedes traer un vaso de agua, por favor? -susurró Sofía, con la voz arrulladora con que a veces le pedía que le hiciera el amor.
Sofía despertaba con frecuencia en las noches, lo que muchas veces resultaba una ventaja. Un sábado se había incorporado a medias en la cama y se había quedado con la vista fija en la vela encendida con que su marido y ella erotizaban la habitación cuando se emborrachaban juntos. La suave flama con aroma a manzanas brincó de pronto del pabilo al cable de la televisión y escaló en cuestión de segundos el aparato hasta incendiarlo y llenar el cuarto de humo negro. El grito despertó a su esposo y él corrió por el garrafón de agua de la cocina y apagó el incendio. La mitad de la televisión había quedado chamuscada y desde entonces él solía decir que estaban aislados del mundo.
Antes, un jueves, Sofía se levantó, prendió la luz de la lámpara, fue descalza al baño, sintió el frío de las baldosas, regresó al cuarto y, junto a las pantuflas que había olvidado ponerse, descubrió un alacrán negro escalando las barbas del edredón de su cama. Lo tumbó al suelo de un tirón a la manta, pero cuando trató de aplastarlo con una pantufla, ya había desaparecido en el armario. Toda la semana, Sofía había sufrido la sensación de que algo le recorría la espalda.
-Tengo sed -dijo entre sueños. Habían pasado quince minutos.

Prendió la luz: había regresado a su habitación: su mujer se tapó la cara con la cobija.
—Apágala -dijo ella—. ¿Ya me traes mi agua?
—No —respondió y apagó la luz—. Ahorita.
Anduvo por el pasillo treinta pasos. Se detuvo y prendió la luz. Pero el foco apenas alumbraba: colgaba casi al fondo de un larguísimo túnel, justo enfrente de la puerta de la cocina. Parecía la débil iluminación de una mina. Caminó los doscientos metros que lo separaban de aquel escuálido foco y miró hacia atrás, al punto del que había partido: la negrura más profunda.
Escurrió la mano por la puerta de la cocina para apretar el interruptor de la luz. Todo parecía hallarse en su sitio: los trastes sucios, el grifo que goteaba, los platos puestos a secar. Tomó un vaso de vidrio y sirvió agua directamente de la llave. Dio los siete pasos del pasillo con el vaso en la mano y prendió la luz de la sala.
El departamento era pequeño. Una pequeña burla de cuatro estancias: la recámara que compartía con Sofía, una cocina que se unía a la sala por el pasillo, un baño.

Deambuló durante varias horas por el desierto. De vez en cuando se detenía a quitarse granos de arena de los zapatos. El sol peregrinó hacia el poniente de la sala, firmemente atornillado en el socket que colgaba del techo.
El oriente comenzó a apagarse y asomaron las primeras estrellas.
—Está anocheciendo —pensó.
En un terraplén, de bajada, encontró el sillón verde, de brazos deslucidos, donde solía tumbarse cuando regresaba del trabajo. Se sentó y miró el atardecer. Pensó en que ver a un foco ponerse en el horizonte tenía algo de futurismo melancólico. Bebió un pequeño sorbo de agua del vaso, lo suficiente para refrescarse las encías y la lengua. En alguna película sobre tuaregs había aprendido que no debía acabarse su reserva de agua. El calor lo adormeció.
Lo despertó la voz amodorrada de Sofía al fondo del departamento. La noche estaba iluminada por el tenue resplandor azul de la luna de dos watts amarrada al cable de la corriente eléctrica y soplaba un viento frío que echaba a girar remolinos de polvo como si lanzara trompos.
—¿Dónde estás, amor? ¿Y mi agua?
—Ya voy —dijo—. No te apures.
Bajó la duna y se dirigió hacia la entrada de la habitación cargando impertérrito el vaso de agua: al menos debería recorrer unos dos kilómetros. Al cabo de unos cientos de pasos, la blanda arena del desierto cedió lugar a una dura tierra seca, erosionada. Pero apenas alcanzó el librero para tomar otro descanso, se le presentó un hombre triste vestido con un arrugado traje negro y sombrero. De la boca pendía un ajado cigarrillo sin filtro. Interrogó por fuego con la mano haciendo la seña de frotar un encendedor invisible.
—Ya no fumo —informó él, aunque se revisó los bolsillos.
—Quizá si lo pongo directo al sol...
El hombre se retiró caminando hacia el oriente. Lo vio dos días más tarde, vagando por encima de un médano, triste y ardiendo en llamas. Había conseguido encender su cigarro, pero también se había terminado por prender fuego a sí mismo. El agua del vaso no alcanzó para sofocar el incendio. El hombre estaba tristísimo y se despidió pronto. Decía que en la noche se usaba como pira humana para mandar señales de humo.

Comenzó a sonar el teléfono y él corrió para responderlo antes de que el campanilleo despertara a Sofía.
—¿Bueno?
—Buenas tardes, queremos ofrecerle una tarjeta de crédito.
—No me interesa, gracias.
—¿Sabe si le va a interesar en un mes?
—No molesten, por favor. Son las tres de la mañana. Tengo que entregar un proyecto temprano.
Un día se encontró con una pareja de turistas estadounidenses. La mujer, que era quien mejor hablaba español, le preguntó por la Ciudad de México.
—Váyase todo derecho hasta aquella puerta —les indicó—. Es la salida del departamento. No tomen la otra puerta porque ésa es la del baño. Luego bajan las escaleras, cruzan un patio y ya: salen a la Ciudad de México.
Un día se despertó y vio un alacrán negro frente a sí en posición de crispación y alerta. Por cómo ponía en tensión todo su cuerpo, el bicho le recordó a un pavo real en celo. Debía ser el que había espantado hasta las lágrimas a Sofía.
—Estás caminando en círculos —dijo el alacrán, sacudiendo su cola.
La sombra de un periódico doblado planeó a diez centímetros del suelo hasta cubrir al alacrán. Un solo golpe bastó para exprimir la gelatina de su interior.
Una tarde, andando con la cabeza gacha, chocó contra la pared. Decidió caminar pegado a ella hasta alcanzar la puerta de la recámara. Cuando la abrió, descubrió a Sofía dormida. Puso el vaso a un lado de la mesilla de noche. Adormilada, su mujer se levantó un poco, estiró la mano y bebió agua. Él se había metido ya a las cobijas.
—¿Por qué tardaste tanto?
—No sé. Maté al alacrán.
—Te amo, Julio —dijo ella antes de volverse a quedar dormida y respirar suavemente a través de la boca entreabierta.
Él le dio otro beso en la frente y luego entrelazó los dedos detrás de la nuca; miró el techo y pensó en que no conocía a ningún Julio. Al cabo de media hora de insomnio, se durmió.
Diego Velázquez Betancourt (Puebla, 1978) cursó estudios de Lengua y Literatura en la UNAM. Ha colaborado en diversas publicaciones de la ciudad de México y del interior de la república. De 2003 a 2004 fue integrante del consejo editorial de la revista Matardragones (hubiera podido estar más tiempo allí, pero la revista falleció). Formó parte de la antología Moscas, niñas y otros muertos (Punto de partida UNAM, 2004) y próximamente saldrá su primer libro de cuentos Mi vida como payaso salvaje. Actualmente trabaja como traductor y editor. En las noches escribe cuentos.