Personajes desesperados
Paula Fox
Madrid, Sexto Piso, 2020, 173 pp.

En su estructura más visible, la novela parte de un suceso tan simple como simbólico y brillante. Sophie Brentwood, una mujer burguesa de cuarenta años, es mordida por un gato al que alimenta a través de la ventana. El incidente desencadena una profunda angustia que ve a la protagonista fluctuar entre el terror, por lo que ella misma llama una “confrontación tan poco digna con la mortalidad”2 y el auto convencimiento de que exagera, de que no es nada.
Sophie lleva una vida a todas luces simple. Vive en una zona de Brooklyn recientemente gentrificada con su esposo Otto, un exitoso abogado. Lo que parecía una vida acomodada dedicada en gran medida al ocio y a los eventos sociales, revela repentinamente un sistema en crisis. La cabida de lo inesperado derrama el vaso, que, de manera inadvertida, estaba ya colmado a tope por la monotonía, la desidia y una crisis existencial incipiente. La mordida del gato es un pretexto extraordinario, un umbral. La prosa de Fox es un acontecimiento de clarividencia. Aunque da espacio a fragmentos de extraordinaria belleza, que se separan de todo impulso para mover los engranajes de la trama: que toman vida propia, siempre da la impresión de realizar un corte perfecto, sin sobrantes, como el que haría con elegancia el sable de un samurai. Para finalizar un capítulo, la autora escribe:
“Sofocó un grito ante la fuerza de un recuerdo que podía, en el lapso de una sola respiración, borrar la distancia entre la niña adormecida y la adulta exhausta, como si, pensó, le hubiera llevado todos esos años subir la escalera y meterse en la cama”.3
Durante gran parte del libro, Sophie se debate entre ir al hospital, ante la posibilidad de contraer rabia, o dejar que la herida sane sola. El titubeo interno que sostiene después del incidente revela, a la vez, una incapacidad de decisión y una compulsión por la introspección. Me pareció natural pensar en otra obra maestra: La Señora Dalloway. El clásico de Virginia Woolf publicado por primera vez en 1925, es una ampliación de la vida interior en miembros de la clase alta, que los revela complejos, nostálgicos, dolientes, detrás de sus rígidas y artificiosas máscaras públicas. Nada parece más alejado de la esencia íntima, que aquella persona pública —fingiéndose adormecida de toda verdadera dolencia existencial— que convocamos en sociedad. La duda, la intensa incapacidad de acción y la adicción a auto analizarse parecen después de todo compulsiones propias de quienes disponen del tiempo y la posición: una enfermedad propia de las clases privilegiadas: “Su maldición reside en estar demasiado preparados para interpretarse como textos literarios, plagados de significados solapados”,4 apunta de nuevo Jonathan Franzen.
Si en Personajes desesperados el gato es el pretexto para ampliar la visión, en La Señora Dalloway es un extraordinario acto de aparición de lo íntimo, que concreta una reflexión distraída que tienen en la juventud Clarissa Dalloway y su viejo amor Peter Walsh:
Clarissa Dalloway y Sophie Brentwood atraviesan una desazón similar; mujeres maduras de la clase alta, atrapadas en un mundo que enaltece las fiestas y las amistades frívolas; confrontadas con su propia nostalgia, con la aparición de un amante o con la vida que no pudo ser. A todo momento cae sobre ellas el yugo de tiempos nuevos. Con la crisis personal se reflejan también una serie de cambios sociales, el mundo atraviesa un momento de transformación al que no se acomodan. Es notable también la lectura que se le da en ambas historias a los rezagados: el veterano enloquecido, el vagabundo, el campesino, la fanática religiosa, la vieja solterona. Pero si hay algo que ambos libros revelan es la imposibilidad de conocer al otro. Aunque el verdadero centro de obras de este calibre es siempre cambiante y se renueva a la luz de nuevas lecturas. El relato íntimo de la vida de sus protagonistas es también un documento, a momentos brutal, de su época; sobre envejecer, añorar; sobre la mortalidad, la locura, el matrimonio, la religión, los estragos de la guerra o los males del capitalismo. Todo los temas que convocamos, sin siquiera imaginarlo, al ser anfitriones de una cena o al ser mordidos por un animal doméstico. Al pensarnos habitando un día cualquiera en el mundo.“Explicaba la insatisfacción que sentían; de no conocer a la gente; de no ser conocidos, sí, ya que ¿cómo iban a conocerse entre sí? Se veían todos los días; luego no se veían en seis meses, o en años. Era insatisfactorio, acordaron, lo poco que se conocía a la gente.”5
1 Jonathan Franzen, “Prologo: “No se acaba nunca”. Releer Personajes desesperados”, en Personajes desesperados, de Paula Fox, Trad. Rosa Pérez Pérez, (Madrid: Sexto Piso, 2020), 11.
2 Fox, Personajes desesperados, 71.
3 Fox, Personajes desesperados, 157.
4 Fox, Personajes desesperados, 15.
5 Virginia Woolf, La señora Dalloway, Trad. Andrés Bosch Vilalta (Barcelona: Lumen, 2002), 211.