
Corren los años veinte. Entre el barón vienés Felix Volkbein, el doctor Matthew O’Connor, Nora Flood, Robin Vote y Jenny Petherbridge, hay una sola cosa en común que genera el motor de convergencia de la novela: una paradoja en la propia identidad. Así, aquello que los hace similares, también los aleja entre sí. En el doctor O’Connor, las dicotomías se derraman unas en otras. Se le llama doctor, pero no tiene un quinto, y tampoco cuenta con título. Es una especie de Tiresias, un oráculo de oscuridades, ya hombre, ya mujer, al que le gusta llamar “Ella” a Dios por haberle “hecho así”. Pareciera ser más bien un doctor de tragedias, aunque no se cure la propia, pues sus largos y enrevesados soliloquios sólo progresan hacia la imposibilidad de comunicar, o agotar, su desesperación ontológica.
Por su parte, el falso barón Felix Volkbein se esfuerza en preservar el linaje que le ha dejado su padre, un judío converso de ascendencia italiana, que habría de montar toda una parafernalia de retratos y relatos de origen. Quizás intuyendo su falsa aristocracia católica, Felix se aferra al prestigio de la descendencia, y es esto justamente lo que lo lleva a elegir como esposa a Robin Vote. Una mujer a quien se describe como la “portadora del pasado […] [y ante la cual] sentimos que podríamos devorarla, a ella, que es la muerte devorada que vuelve, porque sólo entonces llegaríamos a acercar nuestro rostro a los labios ensangrentados de nuestros antepasados”. Sin embargo, a través de esos labios, el barón sólo encuentra colmillos, ya que tras el nacimiento del heredero Volkbein, su esposa lo confronta con una mueca de dientes pelados, lo abofetea y, refiriéndose al hijo, grita furiosa que no lo quería y no vuelve nunca.
Huyendo del Viejo mundo y de sus asfixiantes anacronismos, Robin llega a Estados Unidos, en donde se cruza con Nora Flood, anfitriona de uno de los salones más excéntricos y concurridos del país. El encuentro ocurre en un circo. Las dos desconocidas están sentadas una al costado de la otra en el público. De pronto, una leona entra en la arena, y en un momento liminal, realiza una serie de movimientos, dirigidos, en apariencia, a Robin, como si el animal reconociera al animal llevando a cabo un ritual secreto. El momento se vuelve difuso. Robin y Nora se dirigen dos que tres palabras (sus nombres) y salen del circo para no separarse más.
Una elipsis lleva la narración al punto ciego del hechizo de amor. Robin y Nora viajan juntas a París y entablan una domesticidad de objetos y memorias compartidas. Con todo, a Robin se la disputan dos energías, “el amor y el anonimato”, y sale de nuevo al encuentro de la Noche. Se enreda con desconocidos, se nubla la conciencia con alcohol, vaga sin rumbo. Entretanto, Nora la espera encerrada en una domesticidad que naufraga.
Llegado el solsticio de invierno, Robin la abandona por una tal Jenny Petherbridge, una viuda que busca enraízar su identidad con un amor sagrado que logre sublimarla, y borrar su falta de singularidad. En esta triangulación, tanto Nora como Jenny sufren los estragos de la Noche de Robin. Entretanto, el animal nocturno va desdibujándose cada vez más, como si se convirtiera en una sombra que ya sólo puede deambular, pero en el corazón de Nora, ya se ha formado un fósil:
Y bien, ¿podría imputársele a un animal nocturno como Robin, que en torno a ella se constelen la pérdida y el dolor de los personajes que la han querido para sí? ¿O es más bien que lo que despierta Robin en el barón, en Nora y en Jenny, es el deseo por capturar la oscuridad? Probablemente Djuna Barnes no respondería directamente a este enigma. Quizás sólo diría que “Hay un hueco en el ‘sufrimiento del mundo’ por el que el ser singular cae de continuo”. Ese hueco tal vez sea la Noche, atrayendo con su poderoso imán, a los seres diurnos que caen en ella con violencia, buscando a su Robin.